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domingo, 24 de abril de 2016

Aníbal en los Alpes (2): los aromas de la historia

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Sir Gavin Rylands de Beer (1899-1972)
Terminé la primera parte de esta entrada introduciendo al biólogo evolucionista inglés Gavin de Beer, que irrumpió en el bizantino (pero no menos apasionante debate acerca de la intrépida travesía de los Alpes realizada hace unos veintidós siglos por Aníbal Barca. Recordemos: El general cartaginés Aníbal se dirigió a Roma con sus tropas, caballos y elefantes de guerra, batió a los romanos en numerosas batallas, pero no llegó a entrar en Roma y años más tarde cayó derrotado en Zama, en la actual Túnez. 
La travesía de los Alpes en el 218 AEC ha pasado a la historia tanto por la magnitud de la hazaña como por su valor estratégico, pero los historiadores, investigadores, estrategas militares y un sinfín de diletantes nunca se pusieron de acuerdo sobre cuál fue el itinerario exacto que siguió el intrépido cartaginés por los Alpes. ¿Qué paso eligió? ¿Qué puerto de montaña? Los excrementos de la caballería cartaginesa dejaron una huella invisible sobre el terreno que han podido detectar los microbiólogos, unos aromas de la historia que acaban de desvelar el misterio.
La Batalla de Zama según un grabado de Cornelis Cort (1567).
En su libro Étude sur Annibal. Marche d'Annibal des Pyrénées au Pô et description des vallées qui se rendent de la vallée du Rhône en Italie (Paris, E. Dubois, 1887), que los interesados pueden encontrar aquí, el coronel Jean-Baptiste Perrin (no confundir con su homónimo, Premio Nobel de Física 1926, que nada tiene que ver en el asunto) propuso el paso de Clapier en el macizo de Mont-Cenis y Gavin de Beer fue el primero que propuso el paso de Traversette, situado a unos 3.000 metros de altura. De probarse la ruta por allí, Aníbal habría escogido uno de los caminos más peligrosos y traicioneros en su marcha hacia los dominios romanos. Lo hizo para evitar emboscadas de las tribus galas hostiles, sostenía de Beer. A pesar de presentar este y otros razonables argumentos en defensa de su tesis, ésta cayó en saco roto salvo en Inglaterra donde tomaron buena nota. Han tenido que transcurrir 61 años para que la Ciencia, a la que de Beer consagró su vida, haya salido en su ayuda.
Fuente: El País, 13 de abril de 2016
Como nos recordaba hace algunos días Jacinto Antón, ese incansable sabueso de las aventuras, enigmas, entresijos y trapisondas que subyacen en el inframundo de la Historia oficial y con mayúsculas: 
«la arqueología fecal contribuye enormemente al estudio del pasado. Desde el estudio de los coprolitos (heces fosilizadas) de los dinosaurios y otros animales prehistóricos hasta el análisis de las letrinas de las antiguas poblaciones y ejércitos. De alguna manera, podríamos decirlo poéticamente, es una forma de recuperar los aromas de la historia». 
Y eso es lo que ha venido a ocurrir ahora, cuando el pasado mes de marzo la revista científica Archaeometry ha publicado sendos artículos (1, 2), en los que un equipo de investigadores, dirigido por Bill Mahaney, de la Universidad de York (Toronto), que reafirman la tesis de Gavin de Beer:
«Mediante una combinación de análisis metagenómicos microbianos, química ambiental, investigación geomórfica y pedológica, análisis polínicos y otras técnicas geofísicas, los investigadores han demostrado que hubo una deposición animal masiva cerca del paso de Traversette que puede ser fechada aproximadamente en el año 218 AEC».
Los especialistas se refieren, claro está, a grandes cantidades de excrementos animales procedentes de la caballería, que probablemente se alimentó y bebió al hacer un alto en el camino. En sus Historias Polibio escribió lo siguiente sobre el avance de Aníbal y su ejército por los Alpes: 
«Al noveno día llegó a la cima de estos montes, donde acampó y aguardó dos días para dar descanso a los que se habían salvado y esperar a los que se habían quedado atrás».
Si tenemos en cuenta que un caballo evacua entre 7 y 10 kilos de excrementos diarios, durante los tres días que estuvieron los miles de caballos y los elefantes (estos no sé lo que excretan) que llevaba consigo Aníbal, debieron dejar un verdadero montón de mierda.
Removiendo los aromas de la historia.
Fuente: Universidad de Queen's, Belfast

Los excrementos dejaron una huella invisible sobre el terreno que han podido detectar los microbiólogos: 
«La deposición se extiende dentro de una masa batida de fango aluvial de un metro de grueso, producida por el constante movimiento de miles de animales y humanos. Más del setenta por ciento de los microbios que hay en el estiércol de caballo proceden un género de bacterias, Clostridium, que son muy estables en el suelo y que sobreviven miles de años»
Billones y billones de esas bacterias y de otros microorganismos habitan en el ciego y en el intestino grueso de los caballos, donde realizan el proceso de fermentación que rompe las complejas moléculas que forman la fibra de las plantas.
«Hemos hallado evidencias científicas y significativas de estos mismos organismos en una firma genética microbiana que data precisamente de la época de la invasión púnica», ha afirmado Chris Allen, microbiólogo de la Universidad Queen's de Belfast, otro de los firmantes del artículo.
Y ahora, para terminar con algo más poético, les dejo unos versos extraídos de la obra de José María Álvarez Antología de 16 Poetas de la Antigua Cartagena (Editora Regional de Murcia, 1983), que el autor atribuye a Himilcón, un general cartaginés, al mando de la guarnición de Lilibea durante la Primera Guerra Púnica, que acompañó a Anibal (Han Baal en el texto) en su marcha transalpina.


HONOR Y GLORIA DE ANÍBAL


Y te seguí oh Han Baal,
crucé mares, montañas, arrostré la batalla
y nunca traicioné el alto destino de Carthago […]

Sobre el más bello y audaz caballo
te veíamos entrar el primero en las filas enemigas
Más de dieciocho inviernos seguí tus huellas
sobre arena, piedra, nieve,
crucé el gran río […]
y las altas montañas que ninguno antes pisara
Perdimos muchos hijos de Carthago […]

En mi cuello luzco con orgullo
la cicatriz de una flecha a ti destinada,
y cuando los hijos de mis hijos me dicen
«¿Quién era Han Baal?», yo muestro mi cuello
y digo «Esto es Han Baal» […]

… después divisamos las feraces llanuras de los romanos.
Lucharon con valor, pero nosotros seguíamos
al más insigne de los generales.

Lucharon con valor, pero el coraje de sus armas
no hizo sino situar aún más alto el nombre de Carthago,
y los vencimos río tras río, y en la gran batalla de los lagos
nuestra caballería voló sobre sus cuerpos
como el viento sobre la mies.
Y seguimos alegres hacia el Sur. […]

En Cannae dimos la espalda al sol
y en nuestras manos tuvimos la suerte del mundo […]

¿Por qué no hiciste caso de Marhabal? 
Después te seguí a Capua.
En la noche soñábamos con tomar Roma. […]

¿Por qué no hiciste caso de las voces de tus soldados?
Y esto te digo, oh mi general,
con el orgullo que me confiere haber acompañado nuestras armas
a la victoria tantas veces,
con el orgullo de haber luchado en la derrota
y de que mi brazo izquierdo quedase
con nuestras banderas, en el polvo.
¿Por qué no hiciste caso de tu ejército?
Te hubiéramos seguido al fin del mundo […]

Como en Alalia vencimos a los griegos
el Imperio ha vuelto a cambiar de manos.
Ya nada importa, oh mi general,

tan sólo haber servido con honor.