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sábado, 23 de abril de 2016

Tiempo para El Quijote

Mientras que escribo estas líneas, al lado de mi casa, en el Paraninfo de la Universidad en la que trabajo, los Reyes entregan el Premio Cervantes al escritor mexicano Fernando del Paso. Ausente ahora de la ceremonia, puedo imaginarla con todo detalle. He sido testigo de once de ellas, primero como miembro del equipo rectoral de la Universidad (1986: Buero Vallejo; 1987: Carlos Fuentes; 1988: María Zambrano; 1989: Augusto Roa Bastos; 1990: Adolfo Bioy Casares; 1991: Francisco Ayala). Más tarde, en mi etapa como alcalde, me tocó sentarme en la mesa de presidencia junto al rey Juan Carlos (2000: Francisco Umbral; 2001: Álvaro Mutis; 2002: Jiménez Lozano; 2003: Gonzalo Rojas). Por pura afición, me las apañé para asistir a las ceremonias en las que se entregó el Cervantes a Rafael Alberti (1983), Mario Vargas Llosa (1994), José Hierro (1998), Jorge Edwards (1999), Antonio Gamoneda (2006) y Juan Gelman (2007). Conocerlos y poder hablar con ellos fue todo un privilegio. La ceremonia, qué quieren que les diga, un tostón.

Este año es una conmemoración especial, pues se cumplen 400 años desde el día de la muerte de Miguel de Cervantes. Murió el hombre, pero el escritor sigue vivo en sus libros. No hay libro tan malo que no encierre cosa buena, decía el bachiller Sansón Carrasco, y eso aunque algunos de ellos solo sirvan –como pensaba Moratín- como sustitutos de la cachiporra o del pisapapeles. No es el caso, ni cabe tal, cuando se trata de Cervantes, al que releo estos días mientras vienen a mi recuerdo aquellas palabras de Alfonso II de Aragón: <<Los libros son, de entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la ambición les impiden decirme lo que debo hacer>>.

Y es que la obra de don Miguel de Cervantes sigue siendo una fuente inagotable de la que fluyen relecturas que parecen siempre nuevas y amenas, reflexiones e interpretaciones de lo que significan sus diálogos, sus ambientes y sus personajes, principalmente los que en prodigioso retablo de caracteres pueblan El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Como dejó escrito el intelectual mexicano Alfonso Reyes: <<A fuerza de releer este libro y apropiárnoslo en cierto modo, nos vamos envalentonando y nos entran ganas de descubrir el Mediterráneo por nuestra cuenta, y valga ello lo que valiere>>.

Como decía Max Aub, uno llega a la conclusión de que en cualquier lector interesado de El Quijote hay un conferenciante en ciernes, siempre prendido de Cervantes y de su inmortal personaje. Cervantes y Alonso Quijano parecen muchas veces ser el mismo, la cara de una moneda en la que aparece una figura universal, don Quijote, en cuya cruz luce un personaje típicamente nacional, Sancho Panza. <<No he podido yo contravenir a la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante”, escribe Cervantes en las primeras líneas de El Quijote, para culminar, casi en las últimas, diciendo de él y de su personaje “los dos somos para el uno>>.

Cervantes y don Quijote son la culminación del creador literario y del personaje creado. Las ideas, como lo personajes, navegan por el mundo como navíos en busca de piloto. Cervantes ha sido el mejor de ellos, el mejor navegante de un mundo de sueños que es, sobre todo, real. Encontrado por su autor, don Quijote encarna mejor que ninguna otra creación literaria el espíritu de una época de esplendor –la de los Austrias españoles- cuyo lastimoso fin Cervantes supo mejor que nadie intuir. Don Quijote es hombre de libro y espada, y, por tanto, prototipo de la transición renacentista entre la oscuridad medieval de los libros de caballerías, a los que alocadamente se aferra, y el espíritu de la Reforma que apenas se esboza en el horizonte de una España fecunda en lo espiritual pero arruinada en lo material.

Pero don Quijote no me parece, como piensan muchos, arquetipo del español sino figura humana en la que se encarna la España del cenit imperial. Don Quijote –quizás sin saberlo el propio Cervantes- es España luchando por unos ideales muertos, metida en empresas tan descabelladas como gloriosas. Don Quijote desfacedor de entuertos y redentor de galeotes, arquetipo de una España redentora de infieles, luz del mundo, imperio en el que nunca se ponía el sol, por más que las hambrunas y la peste asolaran el solar ibérico. Un solar como La Mancha, telón de fondo por donde se mueven las fantasías cervantinas trocadas en las demencias de un hidalgo que son las locuras de la propia España.

No hubo, ni hay, ni probablemente habrá, un escritor español que se pueda comparar con Cervantes. Ningún otro ha podido ni siquiera acercarse a la magnitud heterogénea de su obra tanto en prosa como en verso. Si el día de mañana, por cualquier causa, se borrara de la faz de la tierra toda la literatura española de los siglos XVI y XVII, bastaría con la obra de don Miguel para reconstruirla por entero. Escribió la mejor novela, la mejor tragedia, las mejores novelas cortas, los mejores entremeses y algunos de los mejores sonetos jamás escritos en español. No hay, pues, hipérbole alguna en ese verso de Cervantes que reza <<Yo el soneto compuse que así empieza, / por honra principal de mis escritos: / Voto a Dios que me espanta esta grandeza>>.

La grandeza de Cervantes es tal que la literatura española no sería la misma sin El Quijote. Hay un antes del Quijote en la literatura española que es poco, con ser mucho; hay un después del Quijote que lo es todo. Mutílese la literatura inglesa de Romeo, de Hamlet o de Shylock y seguirá siendo lo que es; anúlese a Fausto o a Werther y la germana no cambiará; bórrese a Gargantúa, al Avaro o al Misántropo de los anales de la francesa y continuará brillando con esplendor. No puede hacerse lo mismo con don Quijote y aún con Sancho, porque la literatura en lengua hispana no sería lo que es.

Y más todavía, porque no puede entenderse la novela moderna sin entender El Quijote. Con este libro Cervantes abrió un camino cuyo fin no se intuye, una senda desde la que han surgido las múltiples veredas de la creación novelística universal. En El Quijote están todos y cada uno de los vericuetos por los que ha transcurrido la novela en cualquier lengua. De la misma forma que Descartes y Galileo están en Einstein, en Bohr o en Pasteur, Cervantes está en Joyce, en Faulkner o en los ensoñadores universos tropicales de García Márquez, de Miguel Ángel Asturias o de José Eustasio Rivera. Cervantes abrió una puerta por la que han surgido, bulliciosas e incontenibles, las mil y una ramas de la invención literaria que, llámense como se llamen, estén escritas en prosa o en verso, encontrarán en la obra cervantina su origen y su insuperable cima.


Se cumplen 400 años que Cervantes pusiera <<pie en el estribo con las ansias de la muerte>>. Es un buen momento para volver a leer su obra, en la seguridad de que cada lector encontrará en ella lo que dejó escrito don Miguel en otro de sus sonetos: <<Yo he dado en Don Quijote pasatiempo / al pecho melancólico y mohíno, / en cualquier sazón, en todo tiempo>>.