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viernes, 13 de febrero de 2026

POR QUÉ RESPIRAMOS Y NO SALIMOS ARDIENDO

 

Los principales gases de la atmósfera terrestre son nitrógeno (78%), oxígeno (21%), argón (0,9%) y dióxido de carbono (0,04%). De todos ellos, el oxígeno es un oxidante (como su propio nombre indica), lo que significa que permite que otras cosas ardan. De los otros tres, ninguno arde. Afortunadamente, ninguno de ellos es inflamable. Si el aire fuera rico en un gas realmente inflamable —como el hidrógeno o el metano— la historia del planeta sería bastante más espectacular (y probablemente muy corta).

Y si ningunos es inflamable, ¿por qué hay incendios? Porque el aire contiene oxígeno, y eso es justo lo necesario para que un combustible (madera, gasolina, gas natural) pueda reaccionar rápidamente y liberar energía en forma de llama. Sin oxígeno, no hay fuego. Pero con solo oxígeno, tampoco. Y ahora vamos a lo que vamos.

El principal componente de cualquier ser humano, el que ocupa el 61% del espacio disponible, es el oxígeno. Parecer un tanto contrario a la intuición que estemos compuestos casi en dos terceras partes de un gas inodoro. La razón de que no seamos livianos e hinchables como un globo es que el oxígeno está en su mayor parte combinado con hidrógeno (que representa otro 10 % de nosotros) para formar agua; y el agua, como sabrá cualquiera que alguna vez haya intentado mover una piscina infantil o simplemente caminar con la ropa empapada, resulta muy pesada.

¿De dónde sale todo oxígeno que llena nuestro cuerpo? De la respiración. En la respiración, las cifras resultan asombrosas, de hecho, fantásticas. En silencio y con ritmo, despiertos o dormidos, como el que no quiere la cosa, todos los días inspiramos y espiramos unas 20 000 veces, procesando constantemente alrededor de 12 500 litros de aire, dependiendo de nuestra complexión y nuestro nivel de actividad. Esto equivale a unos 7,3 millones de respiraciones anuales, o 550 millones más o menos en el transcurso de toda una vida, y cada vez que respiramos exhalamos unos 25 000 trillones de moléculas de oxígeno.

En términos porcentuales, resulta que cada bocanada de aire que entra en nuestros pulmones contiene aproximadamente un 21% de oxígeno, el mismo elemento que convierte una tea en una antorcha, una chispa en un incendio forestal y una barbacoa mal vigilada en un episodio traumático del verano. Y, sin embargo, aquí estamos: caminando, leyendo, bostezando y pagando impuestos sin salir ardiendo espontáneamente. Lo cual, pensándolo bien, es un alivio.

La pregunta es evidente: si el oxígeno es el gran cómplice del fuego, ¿por qué no salimos ardiendo al respirar? ¿Qué impide que cada inspiración sea una especie de ruleta rusa térmica? Para responder hay que desmontar una confusión muy común: el oxígeno no es el pirómano de la historia. Es más bien el amigo que sostiene la puerta abierta.

El fuego, como los malos planes, necesita tres cosas para prosperar. Los bomberos lo llaman el triángulo del fuego: oxígeno, combustible y calor. Falta uno solo de esos elementos y el incendio se viene abajo como un castillo de naipes mojados. El oxígeno, por tanto, no basta. Es imprescindible, sí, pero inútil sin compañía. Y aquí empieza nuestra salvación.

Empecemos por el combustible. Uno podría pensar que el cuerpo humano, lleno de grasas, proteínas y otros materiales orgánicos de nombre inquietantemente inflamable, es un candidato ideal para la combustión. Pero no lo es. Principalmente porque —como he apuntado más arriba— somos, en esencia, bolsas ambulantes de agua. Entre un 60 y un 70% de nuestro cuerpo es agua, una sustancia famosa por muchas cosas —apagar fuegos, arruinar meriendas campestres, rebajar la leche, aguar el güisqui— pero no por arder. El agua actúa como un formidable inhibidor: absorbe calor, enfría tejidos y hace que cualquier intento de combustión sea tan frustrante como tratar de encender una fogata con sopa.

Luego está el detalle crucial del calor. Para que algo arda necesita alcanzar su temperatura de ignición, es decir, el punto en el que sus moléculas empiezan a reaccionar violentamente con el oxígeno. La madera necesita varios cientos de grados. La gasolina, menos, pero aun así muchos más de los 36,5 °C que marca un termómetro humano en un buen día. El aire que respiramos entra a temperatura ambiente y sale ligeramente calentado, pero jamás se acerca remotamente a los niveles necesarios para iniciar un incendio. Si nuestro interior alcanzara esas temperaturas, el problema no sería arder, sino sobrevivir siquiera unos segundos.

Hasta aquí, bien. Pero aún queda el punto más interesante y el que realmente marca la diferencia entre una persona viva y una antorcha con opiniones políticas: la respiración no es combustión. Aunque se parezcan en los libros de química, en la práctica son procesos muy distintos.

Cuando el oxígeno llega a nuestras células no se dedica a reaccionar de forma descontrolada, como hace en un incendio. En lugar de eso, participa en una exquisita coreografía bioquímica llamada respiración celular. Todo ocurre dentro de estructuras diminutas llamadas mitocondrias, que son, por decirlo de algún modo, centrales eléctricas microscópicas con un estricto código de seguridad. Allí, el oxígeno ayuda a extraer energía de los alimentos paso a paso, reacción a reacción, con la paciencia de un contable suizo.

Las mitocondrias son orgánulos que se encuentran en todas las células eucariotas en las que cumplen una función muy importante: mediante la respiración, transforman la energía en formas utilizables para impulsar reacciones celulares. Esto dicho en otras palabras, es que forman ATP (la “gasolina celular”) a partir de otras moléculas como son los ácidos grasos y los azúcares o hidratos de carbono.

La clave está en la lentitud. En un fuego, la energía se libera de golpe: calor, luz, caos. En el cuerpo humano, la energía se libera a cuentagotas, en cantidades tan pequeñas que pueden ser aprovechadas para mover un músculo, transmitir un impulso nervioso o mantener caliente el café interno que llamamos metabolismo. Si esa misma energía se liberase de una sola vez, como en una llama, nos cocinaríamos desde dentro antes de tener tiempo de decir “esto no parece saludable”.

Una buena analogía es comparar la combustión con quemar una casa para calentarse, y la respiración celular con encender cuidadosamente una estufa y regularla con un termostato. Ambas usan la misma fuente de energía, pero una es claramente preferible si se desea conservar el inmueble y la vida.

También ayuda recordar que el oxígeno que respiramos no es especialmente agresivo. La atmósfera terrestre lleva unos 2 400 millones de años con niveles de oxígeno relativamente altos, y si este gas tuviera tendencia a provocar incendios espontáneos, el planeta habría sido durante eones una especie de barbacoa cósmica. El hecho de que los bosques necesiten un rayo, una cerilla o un descuido humano para arder debería tranquilizarnos bastante.

Curiosamente, cuando el oxígeno sí se vuelve peligroso es cuando hay demasiado. En ambientes enriquecidos con oxígeno —quirófanos, laboratorios, estaciones espaciales— materiales normalmente inofensivos pueden arder con entusiasmo suicida. En esas condiciones, una chispa minúscula puede provocar un desastre. Pero incluso entonces, el cuerpo humano no se incendia por respirar: el problema es el entorno, no los pulmones.

Así que podemos respirar tranquilos salvo, claro está, si no nos llega una notificación de Hacienda. Cada inspiración no es un acto de valentía inconsciente, sino una colaboración cuidadosamente regulada entre química y biología. El oxígeno entra, hace su trabajo con disciplina y se va discretamente convertido en agua y dióxido de carbono, sin montar un espectáculo pirotécnico.

En resumen: no ardemos porque no somos una maldita hoguera. Nos falta el calor, nos sobra el agua y, sobre todo, tenemos un sistema exquisitamente diseñado para domar al oxígeno y obligarlo a comportarse. El verdadero milagro no es que no nos incendiemos, sino que este proceso funcione millones de veces al día, en silencio, sin que tengamos que pensar en ello.

Lo inquietante no es respirar oxígeno. Lo inquietante sería no hacerlo.