Mi primer encuentro con la
economía global —aunque yo entonces apenas sabía atarme los cordones— ocurrió
una tarde cualquiera de los años sesenta, frente a un televisor que
probablemente pesaba más que yo. Allí aparecía un señor llamado Jed Clampett,
que vivía felizmente en la pobreza hasta que, de pronto, un día cualquiera, el
suelo de su granja decidió vomitar un líquido negro y espeso. Y con ese gesto,
sin previo aviso, Jed pasó de ser un campesino con problemas para alimentar a
su familia a convertirse en millonario.
La serie se llamaba Los nuevos
ricos (aunque en su idioma original tenía un título mucho más sonoro, The
Beverly Hillbillies), y comenzaba con una canción que, traducida
libremente, venía a decir algo así como: “Escuchad la historia de un pobre
hombre… que un día encontró petróleo… y, bueno, eso fue todo”.
Y, claro, uno se preguntaba: ¿eso fue todo? ¿De verdad basta con que un líquido oscuro brote del suelo para que te compres una mansión en Beverly Hills? La respuesta, como descubriría años más tarde en una clase de química orgánica, es: sí, desde luego que sí, absolutamente sí. Lo que Jed Clampett había encontrado era el líquido que mueve el mundo.
El petróleo es una de esas cosas
que, como el aire acondicionado o los calcetines limpios, damos por supuestas
hasta que desaparecen. Y entonces, de repente, el mundo se vuelve incómodo,
pegajoso y, en el peor de los casos, completamente inoperante. Porque el
petróleo no es solo gasolina para coches (aunque eso ya sería bastante). Es, en
realidad, una especie de sopa primordial de moléculas extraordinariamente
útiles llamadas hidrocarburos, compuestas únicamente por carbono e hidrógeno,
que tienen la notable habilidad de convertirse en casi cualquier cosa que se le
ocurra a la civilización moderna.
Plásticos. Medicamentos.
Fertilizantes. Cosméticos. Pinturas. Adhesivos. Detergentes. Ropa sintética.
Asfalto. Incluso el teclado del ordenador con el que escribo este artículo o ese
bolígrafo con el que alguien firmó el contrato de compraventa de la mansión de
Jed Clampett probablemente nació, en algún momento de su vida química, como un
residuo viscoso enterrado bajo un antiguo océano, sin el cual el mundo no se
detendría: simplemente colapsaría con una dignidad sorprendentemente escasa.
Conviene aclarar, por cierto, que
el petróleo no proviene ni de dinosaurios ni de tiburones muertos, a pesar de
que la imaginación popular insista en ello con entusiasmo digno de mejor causa.
En realidad, tienen un origen menos glamuroso: se formó hace millones de años a
partir de organismos diminutos —algas, bacterias y plancton— que murieron, se
depositaron en el fondo marino y quedaron enterrados bajo capas de sedimentos.
Allí, en ausencia de oxígeno y bajo presión y calor, se transformaron
lentamente en hidrocarburos. Es decir: el combustible que impulsa los aviones
intercontinentales es, en esencia, una versión muy sofisticada de barro
microscópico prehistórico.
Con el tiempo, esta mezcla —más
ligera que el agua— migró a través de rocas porosas hasta quedar atrapada bajo
capas impermeables, formando lo que llamamos yacimientos. Y cuando estas capas
se fracturan, el petróleo escapa, a veces con la misma discreción que un géiser
particularmente ambicioso. De ahí su nombre: petra (roca) y oleum (aceite).
Aceite de roca. No suena glamuroso, pero tampoco lo es.
Los humanos descubrieron pronto
que aquel líquido oscuro tenía ciertas cualidades interesantes. Hace unos 5 000
años, los mesopotámicos ya utilizaban el petróleo que afloraba de forma
natural. Cuando sus componentes más ligeros se evaporaban, quedaba una
sustancia espesa y pegajosa llamada brea (hoy la conocemos como betún), que
resultó ser extraordinariamente útil para impermeabilizar cosas.
Los babilonios la usaban para
sellar edificios y barcos. Los egipcios la aplicaban a las momias (lo que, en
cierto modo, convierte al petróleo en uno de los primeros conservantes
industriales de la historia). Incluso la Biblia —que nunca ha dejado que la
precisión técnica estropee una buena historia— menciona su uso: Noé
embadurnando el arca, la madre de Moisés sellando una cesta. Todo muy práctico,
aunque probablemente sin hojas de seguridad química adjuntas.
Mientras tanto, en China, hacia
el año 1000 a. C., alguien tuvo la brillante idea de perforar el suelo con
cañas de bambú para extraer petróleo y gas natural. Y no solo eso: construyeron
redes de tuberías de bambú para transportar el gas y usarlo para evaporar agua
de mar y obtener sal. Es decir, mientras en otras partes del mundo la gente aún
debatía si el fuego era una buena idea, los chinos ya gestionaban
infraestructuras energéticas complejas.
Durante siglos, el uso del
petróleo fue limitado. Pero todo cambió en el siglo XIX, cuando apareció un
problema urgente: la iluminación. Antes de la electricidad, las lámparas
funcionaban con aceite de ballena. Lo cual tenía dos inconvenientes
principales: olía fatal y requería un número preocupante de ballenas. Entonces
apareció un médico y geólogo canadiense llamado Abraham Gesner, que decidió
calentar betún a ver qué pasaba. (Este tipo de decisiones, por cierto, han
cambiado la historia más veces de lo que uno esperaría). El resultado fue una
fracción líquida que ardía con una llama brillante, olía menos y no se
enranciaba. La llamó keroselain, que pronto se simplificó a queroseno. Y,
de repente, las ballenas pudieron respirar tranquilas.
El verdadero punto de inflexión
llegó en 1859, cuando Edwin Drake perforó el primer pozo petrolero moderno en
Pensilvania. Al principio, el interés se centraba en el queroseno. Pero en
1885, un tal Karl Benz construyó un vehículo que funcionaba con gasolina, un
subproducto hasta entonces bastante inútil. Y entonces todo se descontroló.
Las refinerías comenzaron a
separar el petróleo en sus distintas fracciones: gas, gasolina, diésel,
lubricantes, asfalto. Se inventó el craqueo, un proceso para romper moléculas
grandes en otras más útiles. Y la humanidad, sin darse demasiada cuenta, se volvió
completamente dependiente de aquel líquido negro que había hecho rico a Jed
Clampett.
En paralelo, los químicos
descubrieron que los derivados del petróleo podían transformarse en todo tipo
de compuestos: tintes, fármacos, materiales sintéticos. En 1906 apareció la
baquelita, el primer plástico. Luego el nailon. Después, básicamente, todo lo
demás.
De modo que, visto en
perspectiva, la pregunta infantil tenía una respuesta bastante sólida: sí,
encontrar petróleo te hace millonario. Pero también explica por qué cualquier
conflicto en regiones productoras —como el que involucra a Irán— provoca
temblores en la economía global. No es solo una cuestión de combustible: es una
cuestión de casi todo.
Una tarde lluviosa de hace ahora un año, cuando viajaba por Estados Unidos, una búsqueda en la tele del hotel rescató de mi memoria aquella serie, que en Estados Unidos se llamaba The Beverly Hillbillies. Agucé el oído y traduje la pegadiza canción con la que comenzaban todos los episodios:
«Venid a escuchar mi historia sobre un
hombre llamado Jed, un pobre montañés que apenas podía alimentar a su familia.
Y entonces, un día, cuando estaba cazando para conseguir comida, del suelo
brotó crudo burbujeante. Petróleo, es decir, oro negro, té de Texas. Bueno, de
repente, el viejo Jed se convierte en millonario».
Aquella tarde lluviosa en un hotel de carretera, décadas después de mi infancia, cuando volví a escuchar aquella canción entendí por primera vez que no era una exageración. Cuando el suelo de la granja de Jed empezó a burbujear, no solo estaba brotando petróleo. Estaba brotando el mundo moderno.