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domingo, 12 de abril de 2026

LA CERILLA, EL ALQUIMISTA Y LA MANDÍBULA QUE SE DESHACÍA

 

Hay pocas cosas más tranquilizadoras que encender una cerilla. Uno raspa, aparece una llama obediente y el universo parece funcionar como es debido. Sin embargo, como ocurre con casi todo lo que parece sencillo, detrás de ese pequeño milagro doméstico se esconde una historia que incluye alquimistas obsesionados con la orina, fábricas llenas de vapores tóxicos y trabajadores cuya mandíbula decidía, sin previo aviso, abandonar la estructura facial.

Todo comienza, como tantas historias científicas memorables, con alguien haciendo algo que hoy consideraríamos profundamente sospechoso. En 1669, un alquimista alemán llamado Hennig Brandt decidió que el color amarillo de la orina podía indicar la presencia de oro. Esto, en retrospectiva, no era una línea de razonamiento particularmente sólida, pero tampoco era la peor idea que ha tenido la humanidad.

Brandt, que claramente no se arredraba ante los desafíos logísticos, reunió una cantidad considerable de orina —no entraremos en detalles, pero digamos que no fue un vaso— y se puso a hervirla con la esperanza de obtener oro. Lo que obtuvo, en cambio, fue algo mucho más interesante: una sustancia que brillaba en la oscuridad. Era fósforo.

El fósforo tiene la peculiaridad de no conformarse con existir discretamente. Le gusta participar. Le gusta reaccionar. De hecho, cuando entra en contacto con el oxígeno, lo hace con entusiasmo, lo que en términos químicos se traduce en que arde. Y arde de formas distintas, porque el fósforo es una criatura versátil que se presenta en varios “disfraces”, llamados alótropos.

En uno de ellos, el fósforo blanco, cuatro átomos se agrupan en una estructura tetraédrica que parece diseñada por alguien con un gusto dudoso por la tensión molecular. Esa tensión hace que la sustancia sea extraordinariamente reactiva: tan reactiva, de hecho, que puede inflamarse espontáneamente al contacto con el aire. También es altamente tóxica, lo que añade un matiz de peligro a su ya excitante personalidad.

En su forma más sensata, el fósforo rojo, los átomos se organizan en largas cadenas, lo que reduce considerablemente su nerviosismo químico. Sigue siendo inflamable, pero al menos hay que persuadirlo con calor, lo cual es de agradecer. Durante un tiempo, sin embargo, la humanidad decidió que lo mejor era utilizar la versión más peligrosa.

En la década de 1830 aparecieron las primeras cerillas modernas, conocidas con el encantador nombre de “Lucifer”. Y no era un nombre casual. Estas cerillas contenían fósforo blanco, azufre y clorato de potasio, una combinación que, básicamente, estaba esperando cualquier excusa para arder. Bastaba con frotarlas contra casi cualquier superficie para que se encendieran.

Esto tenía ciertas ventajas evidentes —no necesitabas un laboratorio para producir fuego—, pero también algunos inconvenientes notables, como el hecho de que podían prenderse en el bolsillo, lo que convertía la rutina diaria en una especie de ruleta rusa térmica.

Pero el problema más grave no era ese. En las fábricas donde se producían estas cerillas, los trabajadores —en su mayoría mujeres y niñas— estaban expuestos a los vapores del fósforo blanco. Y entonces empezó a aparecer una enfermedad tan espantosa que parece inventada por un novelista particularmente sombrío: la fosfomandíbula.

La enfermedad comenzaba con un dolor persistente en la mandíbula. Luego venía la infección. Después, la necrosis ósea. Finalmente, la desfiguración. La mandíbula, en términos sencillos, empezaba a descomponerse. No era un efecto secundario menor.

Cerillas Lucifers y mujer con mandíbula fosfórica. [Del Archivo Nacional de los Países Bajos a través de Wikimedia Commons.]

Lo notable es que, en una época en la que las condiciones laborales solían ser descritas como “mejorables” solo por personas con un optimismo desbordante, los trabajadores decidieron que aquello no era aceptable. Hubo huelgas. Protestas. Y, por primera vez, la sociedad empezó a prestar atención a los riesgos químicos en el lugar de trabajo. Todo esto gracias a una cerilla.

La solución llegó, como suelen llegar las soluciones en química, con una idea ingeniosa y un sueco. En 1844, Gustaf Erik Pasch desarrolló la cerilla de seguridad, que resolvía varios problemas de una sola vez, lo cual siempre es bienvenido. El truco consistía en separar los componentes peligrosos. En lugar de tener el fósforo blanco en la cabeza de la cerilla, se utilizaba fósforo rojo —mucho más estable— en la superficie de la caja. Al frotar la cerilla contra esa superficie, una pequeña cantidad de fósforo rojo se transformaba momentáneamente en fósforo blanco, lo suficiente para iniciar la combustión.

Era, en esencia, una reacción química cuidadosamente orquestada para ocurrir solo cuando uno lo deseaba, que es exactamente lo que uno busca en una reacción química. Así nacieron las cerillas tal como las conocemos hoy: discretas, fiables y, en general, poco interesadas en desintegrar la anatomía de sus fabricantes.

Volviendo a Brandt, es difícil no sentir cierta admiración por alguien que, en su búsqueda de oro, acabó descubriendo un elemento fundamental para la vida y la industria. El fósforo, después de todo, no solo sirve para encender cerillas. Es un componente esencial del ADN, la molécula que contiene las instrucciones para construir prácticamente todo lo que está vivo, incluido usted, que probablemente no esperaba compartir un vínculo químico con un alquimista alemán y un cubo de orina del siglo XVII.

El brillo que tanto impresionó a Brandt no era magia, aunque lo pareciera. Era química: fósforo que reaccionaba con el oxígeno y liberaba energía en forma de luz. Pero en una época en la que la frontera entre la ciencia y la alquimia era, digamos, flexible, no es sorprendente que pensara que había encontrado la piedra filosofal.

The Alchemist Discovering Phosphorus de Joseph Wright (1771). Derby Museum and Art Gallery. 

De hecho, esta escena fue inmortalizada en un cuadro de 1771 por Joseph Wright, en el que un alquimista —probablemente Brandt, aunque nadie lo confirma— aparece arrodillado ante su descubrimiento, iluminado por el resplandor del fósforo como si hubiera convocado una divinidad menor. Y, en cierto modo, no estaba tan equivocado.

Porque pocas sustancias han tenido un impacto tan profundo en la vida cotidiana como el fósforo. Desde las cerillas que encendían los primeros cigarrillos hasta los fertilizantes que alimentan a miles de millones de personas, pasando por su papel esencial en la biología, el fósforo ha estado discretamente presente en casi todos los avances que damos por hechos.

Todo gracias a un hombre que pensó que la orina podía contener oro. Lo cual, si uno lo piensa bien, no es tan absurdo: al fin y al cabo, terminó iluminando el mundo.