Woke empezó siendo una
expresión positiva dentro de la cultura afroamericana para describir conciencia
social. Hoy se usa sobre todo en guerras culturales y debates políticos, a
menudo como término polémico o despectivo. Por eso, cuando alguien dice “eso es
woke”, casi siempre conviene preguntar qué quiere decir exactamente.
A veces las guerras civiles no
necesitan trincheras. Les basta con X (Twitter para entendernos), una
universidad privada y un actor secundario despedido por un tuit escrito en
2011. Cada uno de estos elementos tiene un simbolismo. Twitter representa la
indignación instantánea, la viralidad y el juicio público permanente. La
universidad privada simboliza el mundo intelectual o progresista donde muchas
de las discusiones hoy llamadas wokistas nacen o se sofisticaron. El actor
secundario despedido por un tuit de 2011 alude a la llamada “cultura de la
cancelación”: personas castigadas años después por comentarios antiguos que hoy
se consideran ofensivos.
Estados Unidos lleva años
librando una de esas guerras civiles. No deja demasiados muertos, aunque sí
abundantes damnificados, y sus combatientes rara vez pisan el mismo territorio
mental. La línea del frente atraviesa redacciones, campus universitarios,
platós de televisión, supermercados orgánicos y, sobre todo, teléfonos móviles.
A un lado está el woke. Al otro, el antiwoke. Y en medio, como un
vendedor de biblias en un incendio, aparece Donald Trump.
El término woke nació con
buenas intenciones. Procedía del viejo inglés afroamericano y significaba algo
bastante razonable: permanecer despierto ante las injusticias. Estar alerta. No
mirar hacia otro lado. Durante años la palabra tuvo una dignidad tranquila,
casi sindical. Pero en Estados Unidos ninguna palabra permanece tranquila mucho
tiempo. Acabó absorbida por el gigantesco parque temático ideológico del país y
se convirtió en otra cosa: una mezcla de progresismo cultural, activismo
identitario, corrección política y fervor moral capaz de discutir durante tres
semanas sobre el peinado apropiado para una sirena de dibujos animados.
El antiwokismo apareció poco
después, como aparecen siempre las contrarreformas: cansado, enfadado y
convencido de estar defendiendo la civilización occidental del colapso absoluto
provocado por estudiantes de sociología y ejecutivos de plataformas televisivas.
Su crecimiento fue meteórico porque comprendió algo elemental: casi todo el
mundo tolera que le suban los impuestos; muy poca gente soporta que le
expliquen cómo debe hablar.
Ahí entró Trump. Trump entendió
antes que nadie que la política norteamericana ya no consistía en discutir
presupuestos federales sino emociones culturales. Mientras los viejos
republicanos hablaban de déficit y libre mercado, él hablaba de banderas,
hamburguesas, villancicos y periodistas arrogantes. Descubrió que millones de
estadounidenses sentían que el país empezaba a parecerse demasiado a un
seminario universitario dirigido por recursos humanos.
Trump ofreció una revancha
emocional. El trumpismo tiene mucho de eso: una insurrección sentimental contra
una parte de la élite cultural estadounidense. No importa demasiado si el
votante vive en Ohio o en Arizona; lo importante es que sospecha que alguien,
en alguna universidad de la Costa Este, considera problemático el chiste que
acaba de hacer durante una barbacoa. Trump convirtió esa irritación difusa en
identidad política.
Los progresistas más militantes
cometieron, además, el error clásico de las religiones jóvenes: la pureza
doctrinal. En ciertos ambientes norteamericanos empezó a desarrollarse una
vigilancia moral agotadora. Libros infantiles revisados como si escondieran
códigos nucleares. Profesores investigados por frases ambiguas. Comediantes
obligados a pedir disculpas públicas por bromas que en 1997 les habrían valido
un contrato televisivo. Hubo algo profundamente puritano en todo aquello, y
Estados Unidos, país fundado por puritanos, reconoce inmediatamente el olor de
sus viejas obsesiones.
Naturalmente, el antiwokismo
exageró hasta el delirio. Acabó viendo conspiraciones marxistas en películas de
superhéroes y dictaduras bolcheviques en los formularios escolares. Algunos
gobernadores republicanos parecían convencidos de que el principal problema
nacional no era la deuda pública ni la sanidad, sino las drag queens leyendo
cuentos infantiles en bibliotecas municipales. El debate se volvió tan
histérico que uno tenía la impresión de que el Imperio Romano no cayó por los
bárbaros, sino por el lenguaje inclusivo.
Lo fascinante es que ambos bandos
se necesitan. El woke militante necesita al trumpista enfurecido para demostrar
que el fascismo acecha tras cada camioneta con pegatina patriótica. Y el
trumpismo necesita a algún estudiante progresista explicando los pronombres no
binarios para confirmar que Occidente se encuentra al borde del abismo. Son
ecosistemas complementarios. Se alimentan mutuamente con una eficacia casi
ecológica.
Entre tanto ruido queda una
mayoría silenciosa bastante desconcertada. Gente que cree que el racismo existe,
pero no desea asistir a seminarios de deconstrucción lingüística. Personas que
consideran razonable respetar minorías sin necesidad de reinterpretar toda la
historia universal como una reunión de villanos coloniales. Ciudadanos que
sospechan, quizá con razón, que tanto el woke extremo como el antiwoke
profesional son industrias culturales extraordinariamente rentables.
Porque al final todo esto también
es negocio. Las cadenas de televisión viven del escándalo. Las redes sociales
viven de la indignación. Los políticos viven del miedo. Y las guerras
culturales son perfectas porque nunca terminan. Siempre habrá un nuevo motivo
para enfadarse: una estatua, una película, una mascota deportiva, un disfraz de
Halloween o un emoji sospechoso.
Estados Unidos descubrió hace
tiempo que las batallas culturales producen más audiencia que las económicas.
Nadie organiza manifestaciones multitudinarias por el sistema de
alcantarillado. Pero basta cambiar el género de un personaje de ficción para
que el país parezca al borde de otra guerra de Secesión.
Trump no creó ese clima, pero
supo explotarlo mejor que nadie. Entendió que millones de personas no querían
únicamente menos impuestos o gasolina barata. Querían sentirse culturalmente
defendidas. Querían dejar de pedir disculpas. Querían reírse otra vez de los
chistes antiguos sin mirar alrededor antes de pronunciarlos.
Y así Estados Unidos terminó
atrapado en una discusión interminable donde todos hablan de libertad mientras
vigilan cuidadosamente las palabras de los demás. Un país que inventó Hollywood
y el jazz convertido en una gigantesca asamblea universitaria permanentemente
ofendida.
Probablemente dentro de veinte
años nadie recordará exactamente qué significaba woke. Pero el cansancio
cultural que lo rodea quizá siga ahí. Porque las guerras culturales nunca
desaparecen del todo. Solo cambian de uniforme.