Vistas de página en total

sábado, 16 de mayo de 2026

EL CANSANCIO WOKE

 

Woke empezó siendo una expresión positiva dentro de la cultura afroamericana para describir conciencia social. Hoy se usa sobre todo en guerras culturales y debates políticos, a menudo como término polémico o despectivo. Por eso, cuando alguien dice “eso es woke”, casi siempre conviene preguntar qué quiere decir exactamente.

A veces las guerras civiles no necesitan trincheras. Les basta con X (Twitter para entendernos), una universidad privada y un actor secundario despedido por un tuit escrito en 2011. Cada uno de estos elementos tiene un simbolismo. Twitter representa la indignación instantánea, la viralidad y el juicio público permanente. La universidad privada simboliza el mundo intelectual o progresista donde muchas de las discusiones hoy llamadas wokistas nacen o se sofisticaron. El actor secundario despedido por un tuit de 2011 alude a la llamada “cultura de la cancelación”: personas castigadas años después por comentarios antiguos que hoy se consideran ofensivos.

Estados Unidos lleva años librando una de esas guerras civiles. No deja demasiados muertos, aunque sí abundantes damnificados, y sus combatientes rara vez pisan el mismo territorio mental. La línea del frente atraviesa redacciones, campus universitarios, platós de televisión, supermercados orgánicos y, sobre todo, teléfonos móviles. A un lado está el woke. Al otro, el antiwoke. Y en medio, como un vendedor de biblias en un incendio, aparece Donald Trump.

El término woke nació con buenas intenciones. Procedía del viejo inglés afroamericano y significaba algo bastante razonable: permanecer despierto ante las injusticias. Estar alerta. No mirar hacia otro lado. Durante años la palabra tuvo una dignidad tranquila, casi sindical. Pero en Estados Unidos ninguna palabra permanece tranquila mucho tiempo. Acabó absorbida por el gigantesco parque temático ideológico del país y se convirtió en otra cosa: una mezcla de progresismo cultural, activismo identitario, corrección política y fervor moral capaz de discutir durante tres semanas sobre el peinado apropiado para una sirena de dibujos animados.

El antiwokismo apareció poco después, como aparecen siempre las contrarreformas: cansado, enfadado y convencido de estar defendiendo la civilización occidental del colapso absoluto provocado por estudiantes de sociología y ejecutivos de plataformas televisivas. Su crecimiento fue meteórico porque comprendió algo elemental: casi todo el mundo tolera que le suban los impuestos; muy poca gente soporta que le expliquen cómo debe hablar.

Ahí entró Trump. Trump entendió antes que nadie que la política norteamericana ya no consistía en discutir presupuestos federales sino emociones culturales. Mientras los viejos republicanos hablaban de déficit y libre mercado, él hablaba de banderas, hamburguesas, villancicos y periodistas arrogantes. Descubrió que millones de estadounidenses sentían que el país empezaba a parecerse demasiado a un seminario universitario dirigido por recursos humanos.

Trump ofreció una revancha emocional. El trumpismo tiene mucho de eso: una insurrección sentimental contra una parte de la élite cultural estadounidense. No importa demasiado si el votante vive en Ohio o en Arizona; lo importante es que sospecha que alguien, en alguna universidad de la Costa Este, considera problemático el chiste que acaba de hacer durante una barbacoa. Trump convirtió esa irritación difusa en identidad política.

Los progresistas más militantes cometieron, además, el error clásico de las religiones jóvenes: la pureza doctrinal. En ciertos ambientes norteamericanos empezó a desarrollarse una vigilancia moral agotadora. Libros infantiles revisados como si escondieran códigos nucleares. Profesores investigados por frases ambiguas. Comediantes obligados a pedir disculpas públicas por bromas que en 1997 les habrían valido un contrato televisivo. Hubo algo profundamente puritano en todo aquello, y Estados Unidos, país fundado por puritanos, reconoce inmediatamente el olor de sus viejas obsesiones.

Naturalmente, el antiwokismo exageró hasta el delirio. Acabó viendo conspiraciones marxistas en películas de superhéroes y dictaduras bolcheviques en los formularios escolares. Algunos gobernadores republicanos parecían convencidos de que el principal problema nacional no era la deuda pública ni la sanidad, sino las drag queens leyendo cuentos infantiles en bibliotecas municipales. El debate se volvió tan histérico que uno tenía la impresión de que el Imperio Romano no cayó por los bárbaros, sino por el lenguaje inclusivo.

Lo fascinante es que ambos bandos se necesitan. El woke militante necesita al trumpista enfurecido para demostrar que el fascismo acecha tras cada camioneta con pegatina patriótica. Y el trumpismo necesita a algún estudiante progresista explicando los pronombres no binarios para confirmar que Occidente se encuentra al borde del abismo. Son ecosistemas complementarios. Se alimentan mutuamente con una eficacia casi ecológica.

Entre tanto ruido queda una mayoría silenciosa bastante desconcertada. Gente que cree que el racismo existe, pero no desea asistir a seminarios de deconstrucción lingüística. Personas que consideran razonable respetar minorías sin necesidad de reinterpretar toda la historia universal como una reunión de villanos coloniales. Ciudadanos que sospechan, quizá con razón, que tanto el woke extremo como el antiwoke profesional son industrias culturales extraordinariamente rentables.

Porque al final todo esto también es negocio. Las cadenas de televisión viven del escándalo. Las redes sociales viven de la indignación. Los políticos viven del miedo. Y las guerras culturales son perfectas porque nunca terminan. Siempre habrá un nuevo motivo para enfadarse: una estatua, una película, una mascota deportiva, un disfraz de Halloween o un emoji sospechoso.

Estados Unidos descubrió hace tiempo que las batallas culturales producen más audiencia que las económicas. Nadie organiza manifestaciones multitudinarias por el sistema de alcantarillado. Pero basta cambiar el género de un personaje de ficción para que el país parezca al borde de otra guerra de Secesión.

Trump no creó ese clima, pero supo explotarlo mejor que nadie. Entendió que millones de personas no querían únicamente menos impuestos o gasolina barata. Querían sentirse culturalmente defendidas. Querían dejar de pedir disculpas. Querían reírse otra vez de los chistes antiguos sin mirar alrededor antes de pronunciarlos.

Y así Estados Unidos terminó atrapado en una discusión interminable donde todos hablan de libertad mientras vigilan cuidadosamente las palabras de los demás. Un país que inventó Hollywood y el jazz convertido en una gigantesca asamblea universitaria permanentemente ofendida.

Probablemente dentro de veinte años nadie recordará exactamente qué significaba woke. Pero el cansancio cultural que lo rodea quizá siga ahí. Porque las guerras culturales nunca desaparecen del todo. Solo cambian de uniforme.