| El sírfido Volucella zonaria |
Hay un momento, casi siempre a
finales de primavera, en que una persona perfectamente razonable deja de serlo
durante unos segundos. Está inclinada sobre una lavanda o una margarita,
disfrutando de esa extraña satisfacción que produce observar a los insectos
trabajar con diligencia, cuando aparece una pequeña criatura amarilla y negra
zumbando alrededor de las flores. La reacción es inmediata. Uno da un paso
atrás. Tal vez dos. Los más teatrales emiten incluso un pequeño sonido de
alarma.
—¡Cuidado, una avispa!
Y, sin embargo, muchas veces no
lo es.
Lo extraordinario es que el
insecto en cuestión agradecería profundamente el error. Las moscas de las
flores, o sírfidos, pertenecen a la familia Syrphidae, dentro del orden de los
dípteros. Son, por tanto, parientes de las moscas domésticas. Sin embargo, han
pasado millones de años perfeccionando un disfraz tan convincente que han conseguido
que buena parte del planeta las tome por avispas o abejas.
EVolutivamente hablando, eso
constituye un golpe maestro. En un artículo
reciente sobre la polilla Sesia apiformis, describí cómo una
mariposa puede sobrevivir gracias a la reputación ajena. El mismo principio se
aplica a los sírfidos: no son peligrosos, pero han descubierto que aparentar
peligro puede ser casi tan eficaz como poseerlo.
El engaño tiene su nombre:
mimetismo batesiano. Henry Walter Bates, un naturalista inglés del siglo XIX,
observó en el Amazonas que ciertas especies inofensivas parecían copias exactas
de otras desagradables o peligrosas para los depredadores. Su explicación fue
brillante en su sencillez.
Si un pájaro intenta comerse una
avispa, recibe una lección dolorosa. Las avispas poseen aguijón, veneno y una
actitud que podría describirse como "mal carácter
institucionalizado". El ave aprende rápidamente a evitar cualquier cosa
que presente determinadas franjas amarillas y negras. Ese disfraz lo utilizan los
sírfidos.
No tienen aguijón. No producen
veneno. Ni siquiera pueden morder con eficacia. Pero lleva puesto el uniforme
adecuado. El depredador no acostumbra a detenerse para realizar un examen
taxonómico exhaustivo. Ve el patrón cromático familiar, recuerda experiencias
desagradables y decide buscar algo menos conflictivo para desayunar. Es difícil
imaginar una estrategia más rentable.
Los sírfidos, esas moscas disfrazadas
constituyen una familia enorme, con más de seis mil especies descritas en el
mundo. Algunas imitan avispas esbeltas; otras parecen abejas peludas; unas
pocas recuerdan incluso a abejorros. Sin embargo, por mucho que el disfraz
impresione, la anatomía termina delatándolos.
Ahí empieza la diversión para el
naturalista aficionado. ¿Cómo distinguir un sírfido de una avispa? La
diferencia más importante es también la más sencilla. Los sírfidos son
dípteros. Las avispas son himenópteros. Puede parecer una observación destinada
exclusivamente a expertos que organizan sus vacaciones según congresos de
entomología, pero tiene consecuencias muy prácticas.
Los dípteros poseen un solo par
de alas funcionales. Los himenópteros poseen dos pares. Las alas posteriores de
las moscas han evolucionado hasta convertirse en unas diminutas estructuras
llamadas halterios, unos pequeños bastones rematados por una maza que actúan
como sofisticados órganos de equilibrio. Funcionan como giroscopios biológicos
y permiten realizar maniobras aéreas extraordinarias.
Repito: una avispa tiene cuatro
alas. Una mosca sírfida, dos. El problema es que el insecto raramente permanece
quieto para facilitar la inspección. Por fortuna, existen otras pistas.
El sírfido Syrphus ribesi posado sobre una rosa
Como buenas moscas que son, los
sírfidos poseen enormes ojos compuestos que ocupan gran parte de la cabeza. En
muchos machos los ojos prácticamente se tocan en la parte superior, dando la
impresión de que el animal lleva unas gafas de aviador desproporcionadas. En
cambio, as avispas tienen ojos más pequeños y claramente separados.
Las antenas de los sírfidos son
cortas, mientras que las de las avispas suelen ser largas, articuladas y muy
visibles. Las avispas exhiben la famosa "cintura de avispa": un
estrechamiento muy marcado entre tórax y abdomen. Los sírfidos presentan un
cuerpo más continuo y robusto.
Y quizá la característica más
llamativa sea el vuelo. Mientras que las avispas vuelan con decisión como cazas
lanzados de un sitios a otro, los sírfidos se ciernen, es decir, pueden
quedarse suspendidos en el aire como helicópteros. Permanecen inmóviles frente
a una flor, retroceden, avanzan lateralmente y vuelven a quedarse quietos con precisión
admirable. De ahí procede uno de sus nombres ingleses: hoverflies, las
moscas flotantes.
La historia mejora todavía más
cuando uno descubre cómo viven las larvas de los sírfidos, muchas de las cuales
son auténticos depredadores profesionales. Una larva de Episyrphus balteatus,
uno de los sírfidos más comunes de Europa, puede consumir centenares de
pulgones durante su desarrollo.
Los jardineros deberían erigirles
monumentos, porque mientras los adultos visitan flores y se alimentan de néctar
y polen, sus descendientes patrullan tallos y hojas devorando algunas de las
plagas agrícolas más molestas.
Otras especies han adoptado
ocupaciones diferentes. Algunas larvas viven en materia orgánica en
descomposición. Otras habitan charcas contaminadas. Las célebres larvas de Eristalis
poseen una prolongación respiratoria extensible que les ha valido el apodo de
"gusanos cola de rata". Mientras permanecen sumergidas en aguas
pobres en oxígeno, utilizan ese tubo como si fuera un esnórquel.
La evolución, como suele ocurrir,
nunca desaprovecha una oportunidad para sorprender. Los sírfidos son los
grandes olvidados de la polinización. Cuando pensamos en polinizadores,
pensamos inmediatamente en abejas. Las campañas educativas, los envases de miel
y los dibujos infantiles han consolidado esa asociación.
Sin embargo, los sírfidos
constituyen uno de los grupos de polinizadores más importantes del planeta. Después
de las abejas, probablemente sean los visitantes florales más eficaces en
numerosos ecosistemas. Transportan polen. Visitan infinidad de especies
vegetales y lo hacen sin exigir prácticamente reconocimiento alguno.
Su tragedia consiste en que la
mayoría de la gente ni siquiera sabe que existen. O peor aún: cree que son
avispas. Los sírfidos ni son especialmente fuertes, ni son venenosos, ni
disponen de aguijones ni de
enjambres o colonias organizadas capaces de declarar la guerra a quien perturbe
un nido. Su gran innovación evolutiva consiste en haber comprendido que la
percepción importa tanto como la realidad.
Mientras las auténticas avispas
invierten recursos en fabricar armas químicas y sofisticados aparatos
defensivos, ellos se limitan a copiar el uniforme. La próxima vez que veas uno
suspendido sobre una flor, resiste la tentación de apartarte inmediatamente. Observa
las antenas cortas. Busca los ojos gigantescos. Fíjate en ese vuelo imposible,
inmóvil y vibrante. Y cuenta las alas, si el insecto tiene la cortesía de
colaborar desplegándolas.
Quizá descubras que no estsá ante
una avispa amenazante, sino ante una de las criaturas más ingeniosas que ha
producido la selección natural: una simple mosca que decidió que, en un mundo
lleno de depredadores, la mejor defensa consistía en hacerse pasar por alguien
mucho más temible.
La naturaleza no siempre premia a
los más peligrosos. A veces recompensa a quienes dominan el arte del disfraz.