Loto sagrado, Nelumbo nuccifera. Foto de Mercedes Vadillo
Hay plantas que parecen empeñadas en recordarnos que la naturaleza no tiene la menor obligación de ajustarse a nuestras categorías. El loto sagrado es una de ellas. Durante siglos fue confundido con los nenúfares, luego se le concedió una familia propia y, para rematar la historia, los botánicos descubrieron que estaba mucho más emparentado con los plátanos de sombra y las espectaculares proteas sudafricanas que con las plantas acuáticas entre las que vive. Nada mal para una flor que, además, se ha convertido en símbolo de pureza, inmortalidad y serenidad en buena parte de Asia.
La familia Nelumbonaceae es una
de las más pequeñas del reino vegetal. Hoy se admite que comprende un único
género, Nelumbo, integrado por tan solo dos especies vivientes. Una es
el loto sagrado (Nelumbo nucifera), originario de Asia y el norte de
Australia. La otra es el loto americano (Nelumbo lutea), distribuido por
buena parte de Norteamérica y el Caribe. Ambas son extraordinariamente
parecidas y pueden hibridarse, circunstancia que ha llevado a algunos autores a
preguntarse si realmente no representan dos poblaciones geográficas de un mismo
linaje ancestral.
El nombre de la familia procede
de Nelumbo, adaptación del vocablo cingalés nelum, con el que
esta planta recibe su nombre en Sri Lanka. El epíteto nucifera significa
"que lleva nueces", una alusión al curioso receptáculo donde maduran
sus frutos, mientras que lutea significa "amarilla", por el
color de las flores del loto americano.
Durante mucho tiempo nadie dudó
de que los lotos pertenecían al mismo grupo que los nenúfares. Después de todo,
ambos viven en aguas tranquilas, poseen grandes hojas circulares y producen
flores espectaculares. Sin embargo, el parecido resultó ser una magnífica
ilusión creada por la evolución. Los análisis moleculares demostraron que los
lotos pertenecen al orden Proteales, junto a los plátanos de sombra (Platanus),
las Proteaceae —la familia de las Protea, Banksia, Grevillea y Macadamia,
el árbol de las nueces de macadamia— y las discretas Sabiaceae, una pequeña
familia de árboles y lianas tropicales. Es decir, sus parientes vivos más
próximos son, en su inmensa mayoría, árboles y arbustos terrestres.
Los verdaderos nenúfares, en
cambio, pertenecen a una familia completamente distinta: las Nymphaeaceae,
integradas en el orden Nymphaeales, uno de los linajes más antiguos de las
plantas con flor. Las diferencias son numerosas. Las hojas del loto emergen por
encima del agua sostenidas por largos pecíolos, mientras que las de los
nenúfares suelen flotar sobre la superficie. Las flores del loto también se
elevan varios centímetros sobre el agua, mientras que las de los nenúfares
permanecen flotantes o apenas sobresalen. Sus frutos son igualmente distintos:
el loto produce semillas alojadas en cavidades individuales excavadas en un
receptáculo leñoso que recuerda al cabezal de una regadera, mientras que el
fruto de los nenúfares madura sumergido. El parecido entre ambos grupos
constituye uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: dos linajes
muy alejados que llegaron independientemente a soluciones casi idénticas para
adaptarse a la vida acuática.
Y aquí comienza una de las
historias más extraordinarias de la botánica.
En 1994 varios investigadores
consiguieron germinar semillas de Nelumbo nucifera recuperadas de
antiguos depósitos lacustres del noreste de China. Las dataciones mediante
carbono-14 indicaban que algunas tenían alrededor de 1 300 años de antigüedad.
Eran, en aquel momento, las semillas viables más antiguas jamás germinadas. Su
extraordinaria longevidad parece deberse a una combinación de factores: una
cubierta casi impermeable, una elevada concentración de compuestos antioxidantes
y un metabolismo que permanece prácticamente suspendido durante siglos.
Es difícil no sentir cierta
envidia. Mientras nosotros apenas conseguimos recordar dónde dejamos las llaves
hace dos días, una semilla de loto puede esperar más de un milenio antes de
decidir que ha llegado el momento adecuado para brotar.
El loto sagrado posee otra
característica casi tan sorprendente como la anterior. Sus flores producen
calor. Durante la floración son capaces de mantener una temperatura cercana a
los 30 o 35 °C incluso cuando el aire es mucho más frío. Este fenómeno, conocido
como termogénesis floral, favorece la evaporación de los compuestos aromáticos
que atraen a los insectos polinizadores y proporciona a estos visitantes un
refugio cálido durante la noche. En cierto modo, la planta enciende
una pequeña calefacción biológica para facilitar su reproducción.
No menos famoso es el denominado
efecto loto. Las hojas presentan una superficie cubierta por diminutas
protuberancias microscópicas recubiertas de ceras hidrófobas. El agua apenas
puede extenderse sobre ellas y forma gotas casi esféricas que, al deslizarse,
arrastran partículas de polvo, microorganismos y esporas de hongos. El
resultado es una superficie prácticamente autolimpiable. Este fenómeno inspiró
el desarrollo de pinturas, tejidos, cerámicas y cristales capaces de mantenerse
limpios durante mucho más tiempo, uno de los ejemplos más conocidos de biomímesis.
Pero ninguna de estas
singularidades explica por qué recibe el nombre de loto sagrado.
La respuesta hay que buscarla en
la cultura antes que en la botánica. En el hinduismo, el budismo y el jainismo,
el loto simboliza la pureza espiritual porque hunde sus raíces en el barro
mientras sus flores se elevan limpias e inmaculadas sobre la superficie del
agua. La imagen posee una fuerza simbólica extraordinaria: la belleza puede
surgir de la adversidad sin quedar contaminada por ella. No es extraño que Buda
aparezca con frecuencia representado sentado sobre una flor de loto abierta y
que numerosas divinidades hindúes sostengan esta planta o nazcan de ella.
Resulta una hermosa paradoja. El
barro, que para nosotros suele representar suciedad, constituye precisamente el
punto de partida indispensable desde el que el loto alcanza toda su perfección.
Esta estrecha relación con la
vida cotidiana de Asia explica también la enorme cantidad de usos tradicionales
que ha acumulado durante milenios. Prácticamente toda la planta resulta
aprovechable. Los gruesos rizomas constituyen una hortaliza muy apreciada en
China, Japón, Corea e India; las semillas se consumen frescas, tostadas o
convertidas en harina para elaborar dulces; los pecíolos y hojas jóvenes
también forman parte de la alimentación, mientras que las hojas adultas se
utilizan para envolver alimentos durante su cocción, aportándoles un aroma
característico.
La medicina tradicional asiática
ha atribuido igualmente propiedades a casi todas sus partes. Rizomas, semillas,
hojas y estambres se han empleado para tratar hemorragias, diarreas,
inflamaciones, trastornos del sueño o problemas cardiovasculares. La investigación
moderna ha identificado en ellos numerosos alcaloides, flavonoides y otros
compuestos bioactivos que justifican parte de este interés, aunque muchas de
las aplicaciones tradicionales continúan pendientes de una confirmación
científica rigurosa.
Quizá sea esa combinación de
utilidad, belleza y simbolismo la que ha permitido al loto conservar durante
miles de años un lugar privilegiado en la imaginación humana. No abundan las
plantas capaces de alimentar poblaciones enteras, inspirar religiones, enseñar
a los ingenieros cómo fabricar superficies autolimpiables y, de paso, conservar
semillas vivas durante más de un milenio.
Al fin y al cabo, pocas flores pueden presumir de desafiar con la misma elegancia al barro, al paso del tiempo y hasta a las propias clasificaciones de los botánicos.