Hay recuerdos de la infancia que
tienen color. El del primer pupitre era marrón oscuro. El del balón de
reglamento era blanco con pentágonos negros. Y el de las rodillas despellejadas
era de un rojo intenso, casi escarlata. Bastaba una caída jugando al fútbol,
una carrera demasiado ambiciosa por una cuesta o un patinazo sobre el asfalto
para que el ritual comenzara siempre de la misma manera: un poco de agua,
alguna lágrima —más de indignación que de dolor— y la aparición, casi
ceremonial, de un pequeño frasco de mercromina.
Era “colorá”, no roja. La sangre
es roja. La mercromina era “colorá”. Aquel líquido “colorao” formaba parte del
paisaje doméstico tanto como la aspirina o el termómetro de mercurio. Vivía en
el botiquín del cuarto de baño, junto a unas vendas, un rollo de esparadrapo y
unas tijeras que jamás cortaban bien. Su misión era sencilla: desinfectar cualquier
rasguño digno de ese nombre. Nosotros solo sabíamos dos cosas. La primera era
que escocía. La segunda, que escocía bastante menos que el alcohol, cuya sola
visión bastaba para provocar una retirada estratégica del paciente.
La mercromina —o mercurocromo,
como también se la conocía— llegó a convertirse en uno de los antisépticos más
populares del siglo XX. Durante décadas fue el remedio de primeros auxilios por
excelencia para las pequeñas heridas de la vida cotidiana. Su éxito fue tal
que, en muchos hogares, "echar mercromina" terminó convirtiéndose en
sinónimo de desinfectar una herida, del mismo modo que "poner una
tirita" acabó designando cualquier apósito adhesivo, aunque no
perteneciera a esa marca.
Su historia comenzó en 1918,
cuando el médico estadounidense Hugh H. Young y varios químicos vinculados a la
Universidad Johns Hopkins desarrollaron un nuevo compuesto con propiedades
antisépticas. Lo bautizaron como Mercurochrome, un nombre que combinaba
dos de sus características más llamativas: la presencia de mercurio en la
molécula y el intenso color que la distinguía de cualquier otro medicamento del
botiquín.
Ese color no era un simple
capricho estético. Tenía una utilidad muy práctica. Permitía comprobar de un
vistazo qué parte de la herida había quedado cubierta por el antiséptico. Hoy
estamos acostumbrados a productos transparentes, pero en una época en la que
las condiciones de higiene eran mucho más precarias, ver literalmente por dónde
había pasado el desinfectante ofrecía una tranquilizadora sensación de
seguridad. El problema era que la piel permanecía teñida durante varios días,
de modo que un niño con las rodillas completamente rojas exhibía
involuntariamente el historial de todas sus aventuras recientes.
Aunque muchos la recuerdan
simplemente como "ese líquido rojo", la mercromina tenía detrás una
química bastante sofisticada. Su principio activo era la merbromina, un
compuesto organomercúrico. Aquí conviene detenerse un momento, porque la palabra
mercurio suele despertar una alarma inmediata, y no sin motivo. El mercurio es
uno de los metales pesados más tóxicos que existen. Sin embargo, no todas las
formas químicas del mercurio se comportan de la misma manera.
El mercurio que contenía la
mercromina no era mercurio metálico libre, como el de los antiguos termómetros,
ni tampoco metilmercurio, el compuesto responsable de graves intoxicaciones
alimentarias como la tristemente célebre enfermedad
de Minamata. En la merbromina, el mercurio formaba parte de una molécula
orgánica mucho más compleja, cuyas propiedades toxicológicas eran diferentes.
Aplicada sobre pequeñas heridas, la absorción por la piel era escasa y el
riesgo para el paciente se consideraba muy bajo.
¿Por qué, entonces, terminó
desapareciendo? La respuesta ilustra muy bien cómo evoluciona la medicina.
Durante buena parte del siglo XX bastaba con demostrar que un producto parecía
funcionar y que no producía efectos adversos evidentes. Los estándares actuales
son mucho más exigentes. Hoy se requieren ensayos clínicos rigurosos que
demuestren no solo que un medicamento es razonablemente seguro, sino también
que resulta realmente eficaz y que ofrece ventajas frente a las alternativas
disponibles.
A medida que avanzaban los
estudios toxicológicos, las autoridades sanitarias comenzaron además a adoptar
una política cada vez más restrictiva respecto al uso del mercurio. Aunque la
cantidad presente en la mercromina era pequeña y el riesgo de una aplicación
ocasional sobre una rozadura era muy reducido, la situación cambiaba cuando el
producto se utilizaba repetidamente o sobre quemaduras y superficies extensas
de piel lesionada, donde la absorción podía aumentar. En paralelo, fueron
apareciendo antisépticos más eficaces y mejor estudiados, como la povidona
yodada y, posteriormente, la clorhexidina.
En 1998, la Administración de
Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) retiró
a la merbromina la consideración de medicamento de venta libre
"generalmente reconocido como seguro y eficaz". La decisión no
respondía a una oleada de intoxicaciones ni a un descubrimiento repentino de
que el producto fuera peligroso. Simplemente, ya no cumplía los criterios
científicos modernos y existían alternativas mejores. Poco a poco, la
mercromina fue desapareciendo de las farmacias de numerosos países, aunque en
otros continuó comercializándose durante algunos años más o fue sustituida por
formulaciones que conservaban el color rojo, pero ya no contenían mercurio.
Resulta curioso comprobar hasta
qué punto aquel color marcó nuestra percepción de las heridas. Durante
generaciones enteras, una rozadura parecía no estar correctamente atendida si
no adquiría inmediatamente un tono rojo brillante. Muchos niños llegaban incluso
a presumir de sus manchas escarlatas como si fueran medallas obtenidas en el
campo de batalla de los recreos. Cuanto mayor era la superficie teñida, mayor
parecía la heroicidad de la caída.
También es llamativo que
recordemos con tanta claridad el escozor de la mercromina cuando,
objetivamente, era bastante más suave que el alcohol etílico que tantas veces
se utilizaba como alternativa. Nuestra memoria tiene una curiosa habilidad para
exagerar ciertos recuerdos sensoriales. Quizá porque la anticipación del dolor
resultaba peor que el dolor mismo, bastaba ver acercarse el frasco rojo para
empezar a lamentarse antes incluso de que el algodón tocara la piel.
Hoy sabemos, además, que el
propio concepto de desinfectar pequeñas heridas ha cambiado. Para la mayoría de
las abrasiones superficiales basta un lavado cuidadoso con agua corriente y
jabón, eliminar la suciedad y mantener la zona limpia y protegida. Los
antisépticos siguen teniendo su papel, pero ya no se consideran imprescindibles
en todas las heridas menores. La medicina moderna ha aprendido que, muchas
veces, el mejor aliado de la cicatrización no es el producto más llamativo,
sino una limpieza adecuada y dejar que el propio organismo haga su trabajo.
La historia de la mercromina es,
en realidad, la historia de muchos medicamentos. No desaparecen necesariamente
porque un día descubramos que eran peligrosos o inútiles. A veces simplemente
envejecen. La ciencia avanza, aparecen estudios más rigurosos, se desarrollan
alternativas mejores y aquello que durante décadas parecía insustituible acaba
ocupando un lugar en los museos... o en la memoria colectiva.