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jueves, 11 de octubre de 2018

Últimas tardes con Teresa


Mientras que el estéril debate político español se pierde en una peligrosa e inane guerra de banderas agitada por nacionalistas de una u otra laya y en la insoportable letanía de la “unidad de España”, el mundo se desintegra consumido por el calentamiento global. Sorprende que el cambio climático no forme parte del debate público en España en los términos que se merece, o que los grandes medios de comunicación no abran sus portadas con una cuestión tan transcendental y lo hagan con la habitual inanidad de lo superfluo, dejando de lado lo que verdaderamente puede cambiar nuestras vidas a peor.
Empiezo con una película. Se abre una gran brecha en la Antártida, en Tokio graniza y caen del cielo bloques de hielo, varias tormentas y grandes huracanes destrozan numerosas ciudades de Estados Unidos, el clima se vuelve cada vez más violento. Todos estos fenómenos ocurren en la película El día de mañana, de Roland Emmerich. La realidad actual no se aleja mucho de la ficción; el tiempo ha cambiado bastante en relación a años anteriores, el cambio climático influye en la fuerza de los huracanes que arrasan ciudades estadounidenses y hace poco se descubrió una grieta de 257 kilómetros en la Antártida.
Sigo con una novela. La segunda guerra civil que estallará en Estados Unidos será más devastadora que la que comenzó en 1861. En ese primer conflicto murieron más estadounidenses que en todas las guerras en las que ha participado ese país desde entonces. Pero la segunda guerra civil que ocurrirá a finales de este siglo será mucho peor. La nación quedará dividida entre los Estados rojos del sur y los azules del norte. El cambio climático habrá alterado drásticamente fronteras y formas de vida. Florida, por ejemplo, ya no existirá y más bien se podrá navegar por lo que para entonces se llamará el mar de la Florida. Un ataque terrorista esparcirá un nuevo agente biológico que desencadena una pandemia que durará una década y acabará con la vida de más de 110 millones de personas.
Estos no son los pronósticos de un futurólogo, sino los de la inquietante novela American War (Deckle Edge, 2017) opera prima del periodista Omar el Akkad, que se incorpora, con todo merecimiento, al género de narraciones de historias que ocurren en un futuro espantoso y que proliferaron tras la Segunda Guerra Mundial, momento en que la explosión demográfica se perfiló junto con el holocausto nuclear como la gran amenaza global y la literatura comenzó a reflejar una preocupación estrechamente relacionada con el miedo a la extensión del movimiento revolucionario en el Tercer Mundo.
Muchas obras literarias que surgieron entonces adoptaron la forma de distopías, el subgénero literario que fabula una sociedad inexistente desbordada por su crecimiento, caracterizada por su valor negativo, que representa lo indeseable y que muy frecuentemente denuncia tendencias que permanecen larvadas en nuestra sociedad. El propósito implícito de muchas novelas distópicas es ilustrar el mundo de hoy a través de la descripción del futuro. En tiempos en que los desastres naturales se repiten cada vez más hasta oscurecer el horizonte, la reflexión a la que nos invita la distopía -la utopía desencantada- se presenta como un planteamiento imprescindible para recuperar el principio de la esperanza.
La guerra americana del libro de Omar el Akkad ocurre entre 2074 y 2095 y aunque el desencadenante más inmediato es el asesinato del presidente de Estados Unidos a manos de un terrorista suicida, el contexto que la sostiene es una sociedad profundamente dividida en sus valores, estilos de vida y preferencias políticas. Esta extrema polarización se desborda a raíz de la promulgación de una ley que prohíbe el uso de combustibles fósiles en todo el país. Inmediatamente varios estados sureños rechazan la ley y declaran su independencia, comenzando así la segunda guerra civil.
Pero quizás el mayor logro de esta novela es que nos hace sentir que situaciones extremas que ahora nos parecen inverosímiles quizás no sean tan improbables y remotas como creemos. Y no lo son porque, si nos atenemos a lo que está sucediendo, los datos apuntan a que estamos viviendo el prólogo de una distopía hecha realidad, de una distopía anunciada una vez más, y ahora con datos cada vez más precisos, en el nuevo y alarmante (que no alarmista) informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos datos anuncian cambios geopolíticos transcendentales, el agravamiento de las relaciones internaciones y la aparición de conflictos bélicos causados por la carencia de recursos básicos como el agua, el aire limpio o el suelo fértil.
El resumen ejecutivo para responsables políticos son tan solo 33 páginas y merece mucho la pena leerlo. Es la más preocupante llamada de atención sobre el catastrófico proceso de destrucción del planeta que el hombre está implacablemente llevando a cabo mientras que florecen los negacionistas como Trump y un preocupante porcentaje de la sociedad le quita importancia, lo considera alarmismo, y piensan que no es necesario hacer nada ni cambiar su estilo de vida para evitarlo.
En su último informe, el IPCC explica que el escenario más optimista –que la temperatura del planeta aumente 1,5 grados centígrados– tendrá consecuencias fatales para la calidad de vida de millones de personas. Y que sobrepasar ese límite y llegar a un calentamiento de dos grados, un escenario que lamentablemente no podemos obviar, tendrá efectos más graves: el doble de sequías, el doble de olas de calor y dos veces más extinciones de especies, entre otros.
Tenemos la tecnología suficiente para poder detener el calentamiento global, y el único problema que verdaderamente nos acucia es su velocidad de adopción, acelerar unos procesos lastrados por millones de personas que creen estar “en su derecho” de abocar al planeta a una catástrofe. No hablamos de un problema de desarrollo tecnológico, hablamos de un problema de falta de concienciación y adopción de tecnologías que ya existen.
Como recordaba en un iluminador artículo la ministra para la Transición Ecológica Teresa Ribera, constituida en la “gran esperanza verde española”, formamos parte de la generación que tiene toda la información. Hoy, gracias al IPCC, tenemos más información. La evidencia científica confirma nuestros peores temores sobre el impacto físico a que nos enfrentamos. Cada vez resulta más evidente que el cambio global tiene consecuencias que afectan a las cuestiones capitales de seguridad: inundaciones, enfermedades y hambrunas que ocasionan migraciones a una escala sin precedentes en zonas sometidas ya a gran tensión; sequías y pérdida de cosechas que llevan a una competición más intensa por los alimentos, el agua y la energía en regiones en las que los recursos ya están explotados hasta el límite; y un descalabro económico a escala no vista desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
No se trata simplemente de la seguridad nacional sino de la seguridad colectiva en un mundo frágil y cada vez más interdependiente, de una sociedad que, de no enmendarse, tendrá que ver un incremento desorbitado de los impuestos a los combustibles fósiles para provocar desincentivos y cambios sin precedentes en los hábitos energéticos, exigencias drásticas de los consumidores a las empresas para que conviertan sus procesos en neutrales en términos de emisiones, y cambios de hábitos de todo tipo que demuestren que adquirimos conciencia de lo que está pasando. La humanidad se enfrenta a su mayor desafío, a uno que podría llevarla, si no lo supera, a un escenario de migraciones globales y catástrofes medioambientales imposibles de superar, y está muy lejos de entenderlo.

Y termino como empecé, con otra novela. O tomamos conciencia ambiental y nos comprometemos, o estamos condenados a vivir las Últimas tardes con Teresa. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 7 de octubre de 2018

Néctar rojo como la sangre

Flor de Nescodon mauritianus mostrando los nectarios rojos en el fondo de la flor. Foto.

No, tus ojos no te están engañando. Esta flor produce néctar rojo. La mayoría de los néctares florales son tan claros como el agua, por lo que el néctar de un enigmático color rojo en tres especies de plantas endémicas de isla Mauricio desconcertó durante años a los científicos que lo estudiaban. Una hipótesis sobre la posible función ecológica del néctar coloreado es que sirve como una señal visual para los polinizadores. Un grupo de investigación logró demostrar la relación directa entre el néctar rojo y unos curiosos polinizadores.

Conocida científicamente como Nescodon mauritianus, este miembro de la familia de las campanillas (Campanulaceae), que fue descrita originalmente como Wahlenbergia mauritiana, crece solo en isla Mauricio. Aunque no es la única planta que produce néctar de color (al menos otras 60 especies de plantas también lo hacen), el sorprendente contraste del néctar rojo contra la corola azul hizo que los botánicos se preguntaran qué es exactamente lo que estas plantas intentaban atraer.

Por supuesto, la respuesta obvia eran las aves. No es ningún misterio que las aves vean en color de la misma manera que nosotros, los humanos, y de ahí, que a diferencia de lo que ocurre con muchos insectos, les encante el rojo. Sin embargo, múltiples pruebas y observaciones demostraron que las aves no eran los mejores polinizadores de estas flores. Todo lo contrario, de hecho, las aves actuaban principalmente como unos golosos ladrones, que robaban néctar sin entrar en contacto con las anteras o el estigma, lo que resulta imprescindible para la fecundación floral. Lo mismo le sucede a un pariente mauriciano de las malvas llamado Trochetia blackburniana, que también produce néctar de color.

Geckos del género Phelsuma visitando las flores de Trochetia blackburniana (izquierda) y modelos de flores (derecha). Foto
Para comprender mejor los mecanismos de señalización de estas flores, un equipo de investigadores utilizó una serie de modelos florales. Al llenar los modelos con néctar de diferentes colores, pudieron entender mejor a quiénes estaban atrayendo: a los geckos, un grupo de reptiles inofensivos (salvo para insectos y arañas) entre los que se cuentan las salamanquesas.

Junto a las plantas productoras de néctar rojo, los investigadores vieron que siempre rondaban ejemplares de un género de geckos llamado Phelsuma. También son endémicos de Mauricio y con frecuencia los podían encontrar visitando flores en busca del rojizo, dulce y energético néctar. Al observar cómo respondían los geckos a varias combinaciones de colores, el equipo pudo descubrir que parecen preferir el néctar rojo y amarillo en lugar del claro. Además, sus hábitos alimenticios una vez dentro de la flor los pone en contacto directo con las anteras y el estigma. Más claro, agua: los geckos funcionan como los polinizadores más efectivos para estas plantas saurófilas. Pueden verlos en acción en este vídeo clip.

Le Pétrin, el lugar de isla Mauricio donde se llevó a cabo la investigación. a, porte típico Trochetia blackburniana en Le Pétrin. b, Margen de un pantanal de Pandanus, mostrando la densidad de este último frente al brezal abierto donde crece Trochetia blackburniana. c, Un macho del gecko Phelsuma cepediana moviéndose entre las hojas de Pandanus. d, Macho de la misma especie aproximándose a T. blackburniana. e, Un macho de P. cepediana libando néctar en una flore de T. blackburniana. f, Una avispa introducida, Polistes hebraeus rondando en el margen de una flora. g, Un pájaro endémico de Mauricio, Zosterops mauritianus robando néctar gracias a un agujero que ha abierto en la base de la flor. h, Una abeja melífera introducida, Apis mellifera. Robando miel a través del agujero practicado por el pájaro. Foto
El néctar de color de estas especies indica a los geckos que no hay engaño, que si acuden a ellas recibirán una nutritiva recompensa. Como los geckos utilizan colores corporales muy vivos cuando interactúan entre ellos, es posible que la selección de señales florales de colores brillantes se haya visto favorecida en la evolución de estas plantas polinizadas por reptiles. Una especulación que merece una tesis doctoral. Lo que sí sabemos con certeza es que estos geckos son polinizadores fundamentales en los ecosistemas de Mauricio. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Granjas ancestrales de plumas sagradas

Guacamayos escarlatas como este vuelan en las selvas tropicales de México, América Central y el Amazonas. ¿Qué están haciendo sus esqueletos en yacimientos arqueológicos en los desiertos del suroeste de los Estados Unidos, al menos a 2000 kilómetros al norte y en un ecosistema completamente diferente? TIM FITZHARRIS/MINDEN PICTURES

Entre los años 900 y 1200 un grupo de nativos americanos vivía en Chaco Canyon, en lo que ahora es el noroeste de Nuevo México, que por entonces se llamaba Yootó Hahoodzo, un topónimo navajo. Eran parte de los amerindios conocidos como Pueblo Ancestral. Esos pueblos comerciaron ampliamente con comunidades del lejano sur de América: artículos como cacao en grano, campanas de cobre y joyas hechas de conchas marinas se han encontrado en Pueblo Bonito, una gran casa de varios pisos situada en Chaco, un cañón en el que hay más de 600 viviendas. Pero ninguno de esos restos presentaba a los arqueólogos un dilema tan grande como el de los restos de guacamayos.
En varios sitios del yacimiento arqueológico se han encontrado huesos de 35 guacamayos escarlatas (Ara macao). Las aves desempeñaban un papel importante en la mitología nativa de América, y los guacamayos se convirtieron en parte de la cultura de algunos grupos. Se mantenían como mascotas y sus plumas eran muy apreciadas. Pero dado que la población natural más cercana de estas aves está -y estaba- a unos 2.000 km de distancia, la pregunta era cómo los guacamayos podían haber terminado sus días en ese cañón teniendo por medio uno de los desiertos más inhóspitos de Norteamérica, el de Chihuahua.
En aquellos tiempos antiguos, la gente del suroeste de Estados Unidos no tenía caballos, vagones o canales de agua para comunicarse con las regiones distantes del sureste de México, donde viven los guacamayos escarlatas silvestres. Los arqueólogos habían supuesto que esas aves habían sido llevadas a pie por comerciantes a través del desierto de Chihuahua, que conforma gran parte del centro de México. Sin embargo, es muy dudoso que muchos guacamayos sobrevivieran a un viaje tan duro. Douglas Kennett, de la Universidad Estatal de Pensilvania, y Stephen Plog, de la Universidad de Virginia, y un grupo de colegas se pusieron manos a la obra para investigar si había pistas genéticas en los restos de los loros.
Este cráneo de Ara macao fue excavado en Pueblo Bonito por investigadores del American Museum of Natural History en 1897. Foto.
Los investigadores recolectaron muestras de ADN de los huesos de las aves de Chaco Canyon, junto con una muestra más pequeña de huesos de guacamayos contemporáneos de la región de Mimbres en el sur de Nuevo México. En total, pudieron reconstruir completamente los genomas mitocondriales de catorce guacamayos. Sorprendentemente, encontraron una diversidad genética excepcionalmente baja entre las aves. Como informaron en un artículo publicado el pasado mes de agosto en la revista científica PNAS, todos los guacamayos que vivieron en la región de Chaco entre los años 900 y 1200 estaban muy relacionados entre sí: los genomas de todos ellos son extraordinariamente parecidos, mucho más de lo que ningún fenómeno de migración natural podría explicar. Y también se parecen mucho a las poblaciones actuales de guacamayos de la zona tropical del golfo de México.
Aunque es posible que una pequeña población que vivía a lo largo del límite septentrional del área de distribución natural de los guacamayos fuera visitada por comerciantes recolectores de aves, y que esto tuviera como consecuencia que los loros de Chaco fueran sus parientes, los investigadores piensan que eso es algo extremadamente improbable. Su hipótesis alternativa es que algunos guacamayos fueron cuidadosamente alimentados y mimados durante un arduo viaje a través del centro de México y luego se utilizaron para establecer una granja de cría en algún lugar del suroeste de los Estados Unidos o del norte de México. Dónde pudo haber estado la primera de las granjas de cría sigue siendo un misterio, pero que podría haber existido es un testimonio más de lo apreciados que eran los guacamayos como símbolos de las clases acomodadas.
De esos datos se desprende una conclusión deslumbrante. Durante aquel periodo de la historia precolombina, unos tres siglos, las poblaciones nativas de los trópicos mexicanos domesticaron al guacamayo, lo criaron en granjas y crearon una industria basada en sus colores provocativos y vanidosos. Algunos científicos lo definen como una “granja de plumas”, otros hablan de un negocio de rituales y símbolos de estatus. Puede que encontrarlos allí sea algo deslumbrante para la historia americana, pero no lo sería tanto de saber que las granjas de cría de aves sagradas era un fenómeno extendido en el antiguo Egipto, como Adrian Burton y yo mismo pusimos de relieve en nuestro libro Life Lines (Líneas de Vida) que los interesados pueden descargar gratuitamente en este enlace, uniéndose así a los miles de lectores que ya lo han hecho por cortesía de la Ecological Society of America.
Pirámide Djoser en Saqqara. Foto.
Al sur de El Cairo se encuentra la enigmática necrópolis de Saqqara. Este complejo de pirámides, tumbas y catacumbas guarda los secretos de más de 3.000 años de ceremonias religiosas y funerarias egipcias. Recibir sepultura en Saqqara no solo era privilegio de los faraones o de los altos funcionarios; allí también se enterraban muchos animales. Probablemente para servir como exvotos, se disecaron halcones, gatos, babuinos, toros y otros animales, aunque ninguno de ellos en cantidades tan grandes como los ibis sagrados africanos (Threskiornis aethiopicus). Un cálculo aproximado cifra en cuatro millones el número de ibis momificados de Saqqara. Durante los 400 años de ceremonias celebradas en el período grecorromano, estas aves fueron enterradas a un ritmo de diez mil por año. Se cree que hay enterrados otros cuatro millones en la necrópolis Tuna al Gebel de Hermópolis. Unas cifras tan enormes sugieren que alguna vez Egipto debió producir ibis a escala industrial.
Ibis sagrado, Threskiornis aethiopicus. Foto
Ciertamente, no faltan pruebas de que los animales fueron criados en santuarios por los antiguos egipcios para fines religiosos. Incluso los sacerdotes criaron cocodrilos en algunos lugares consagrados. Pero la reproducción y la cría de 10.000 ibis sagrados al año para una ceremonia fúnebre sería una enorme tarea. Dado que los ibis sagrados producen entre dos y cinco huevos al año, aunque supongamos que prosperaran cuatro de ellos en promedio, se requieren criar en cautiverio 2.500 parejas (es decir, 5.000 aves parentales) y atender a un total de 15.000 aves.
Hasta ahora no se ha descubierto ninguna evidencia física de unas instalaciones que pudieran haber albergado una empresa de ese tipo. Podría haber sido una iniciativa a escala industrial, pero lamentablemente no estamos seguros de que exista algún lugar físico donde se hubiera llevado a cabo la cría a gran escala a menos que fuera en las orillas del lago Abusir, una zona que aún no se ha excavado. Cabe la posibilidad que esa gente tuviese pequeñas instalaciones de cría de ibis, como tienen hoy las familias rurales que crían gallinas. Si ese fuera el caso, tan solo mil familias avicultoras que criaran diez polluelos al año podrían satisfacer la demanda anual de Saqqara.
Algunas fuentes escritas antiguas apuntan, sin embargo, hacia la existencia de grandes explotaciones de ibis a escala industrial que están aún por descubrir. Por ejemplo, el Archivo de Hor recoge la cantidad de comida que se requería para alimentar a 60.000 ejemplares y habla de un portero cuya tarea era guardar a las aves y sus polluelos.
¿Unos corrales perdidos del Nilo? Quizás. Cualquiera que sea la respuesta, es difícil sustraerse a la ironía de que, en el Egipto moderno, ni un solo ibis sagrado pasea por las orillas del gran río. Claro que tampoco hay guacamayos asilvestrados en los alrededores de Chaco Canyon. Y es que a los loros no les gusta el desierto. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Cambio climático y cementerios de pingüinos

Grupo de pingüinos adelia en un iceberg de la Antártida. Foto

El pingüino adelia (Pygoscelis adeliae) es sensible a los cambios climáticos y ambientales. Los estudios paleoecológicos sobre estos pingüinos y su respuesta al cambio climático inducido en la Antártida generalmente abordan los cambios en escalas de tiempo prolongadas. Sin embargo, en la península Long, Antártida Oriental, se han encontrado centenares de cadáveres de pingüinos adelia momificados y fases de deposición rápida de sedimentos de hace tan solo 750 y 200 años, lo que indica dos acontecimientos de mortalidad masiva. Ambos acontecimientos parecen haber sido causados por la fuerte precipitación regional, lo que llevó al abandono de numerosas subcolonias de estas aves.
En primer plano centenares de pingüinos adelia momificados en la península Long. Foto: Yuesong Gao/Institute of Polar Environment.
Los cuerpos de cientos de pingüinos momificados en la Antártida no son un signo de una epidemia que azotara el helado continente, ni tampoco los restos de una masacre realizada por un hipotético depredador voraz. Según un estudio publicado la última semana de agosto en la revista Journal of Geophysical Research, estos pingüinos, que se momificaron gracias al ambiente frío y seco de la Antártida, probablemente murieron justo por lo contrario: por dos acontecimientos extremadamente lluviosos y nevados que ocurrieron en los últimos mil años.
Aunque en la Antártida es relativamente común encontrar restos de cadáveres de pingüinos adelia, incluidas plumas y huesos, en 2016 un equipo del Instituto de Medio Ambiente Polar de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China se topó con algo desconocido: los restos de cientos de momias preservadas y deshidratadas, muchas de ellas de polluelos, en la península Long de la Antártida Oriental. El número de cadáveres oscilaba entre diez y quince por metro cuadrado. De acuerdo con el estudio, es bastante probable que el calentamiento global del clima causara una mayor precipitación, lo que llevó a la masacre de las aves en sus propios nidos.
Polluelo momificado. Foto: Yuesong Gao/Institute of Polar Environment.
La datación por radiocarbono reveló que las aves murieron gradualmente a lo largo de décadas, y eso sucedió en dos períodos diferentes, hace unos 750 y 200 años, respectivamente. Después de estudiar los sedimentos depositados alrededor de las momias, que incluían excrementos, plumón y materiales de anidación, los investigadores concluyeron que unos "eventos climáticos extremos" que abarcaron varias décadas llevaron a la muerte de estos pingüinos.
Además, los investigadores descubrieron evidencias que indican que las inundaciones causadas por la fuerte precipitación habían arrastrado a los cuerpos de los pingüinos, así como a los sedimentos circundantes, ladera abajo. Los pingüinos sobrevivientes abandonaron más tarde el área de anidación, como lo demuestra la pequeña cantidad de sedimentos orgánicos que se depositó después de esas mortandades masivas.
Pingüino adelia. Foto
Los pingüinos adelia son nativos de la Antártida, donde actualmente tienen alrededor de 250 sitios de cría. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) considera a estas aves como una especie de "menor preocupación", lo que significa que actualmente no están amenazadas o en peligro, pero los fenómenos meteorológicos extremos podrían ponerlas en peligro, según los autores del artículo. Además de los informes históricos, la evidencia actual muestra que el aumento de la lluvia y la nieve puede ser letal para los polluelos. Por ejemplo, durante la temporada de reproducción 2013-2014, el 100% de los polluelos de unos 34.000 pingüinos reproductores murieron durante tres oleadas de lluvia incesante y nevadas continuas, puede leerse en el estudio.
Los polluelos tienen serios problemas para sobrevivir a la lluvia y la nieve extremas porque los jóvenes todavía no han desarrollado el plumaje impermeable, lo que significa que pueden morir de hipotermia después de mojarse y pasar frío. Además, las nevadas masivas pueden dificultar que los adultos reproductores ni encuentren guijarros para sus nidos, ni lugares despejados de nieve para desovar. La nieve puede ser peligrosa para incubar a los polluelos que aún no han eclosionado, porque su derretimiento puede anegar los huevos y hacer que los pollos tengan menos peso al nacer.
Aprender cómo les fue a los pingüinos durante los acontecimientos climáticos extremos puede ayudarnos a predecir lo que podría sucederles a estas aves en el futuro. Y estos acontecimientos no son motivo de optimismo. En general, la tendencia actual del calentamiento global continuará o incluso empeorará. A medida que el cambio climático causado por el hombre calienta el planeta, la Antártida verá más lluvia y más nieve, lo que probablemente aumentará las probabilidades de muertes masivas entre las poblaciones de pingüinos.
Evitar estas muertes masivas de pingüinos, es un dato más para saber que la humanidad necesita hacer más para desacelerar la actual tendencia de calentamiento global. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Antietam, 17 de septiembre

Amanecer en el campo de batalla de Antietam.

El día de combate más sangriento en la historia de los Estados Unidos, la batalla de Antietam, terminó con un empate táctico, aunque con una victoria estratégica para la Unión, que frustró la invasión del norte por parte de la Confederación. Como consecuencia de esa batalla, la Proclamación de Emancipación transformó la guerra civil estadounidense en una cruzada en pro de los derechos humanos.
El 17 de septiembre de 1862, en los alrededores del riachuelo Antietam, Maryland, se libró la Batalla de Antietam (Batalla de Sharpsburg, en la historiografía sudista) el primer gran combate de la guerra civil estadounidense que se produjo en territorio norteño, a menos de 180 km de la Casa Blanca. La batalla fue un acontecimiento decisivo en la Guerra de Secesión y la más sangrienta de la historia americana que se haya librado en un solo día.
La batalla se produjo poco después de la Campaña de Maryland, una ofensiva dirigida por el general confederado Robert E. Lee, que empujó a sus tropas hacia el norte y hacia Maryland a principios de septiembre de 1862. Las tropas de la Unión, bajo el mando del indeciso y cauteloso general George B. McClellan, un buen ingeniero, pero un militar que jamás había ganado una batalla, al que Lincoln llegó a considerar un traidor, estaban desmoralizadas.
Como un imparable vendaval de sangre y fuego, el Ejército de Virginia del Norte de Lee -45.000 hombres- cruzó el Potomac y penetró en Maryland el 3 de septiembre de 1862, tras su victoria en la segunda batalla de Bull Run el 29 de agosto. La estrategia de Lee era triple: hacer acopio de provisiones, bastimentos y municiones saqueando el Norte, reclutar más soldados en el estado fronterizo de Maryland, en el que había un número considerable de simpatizantes de los confederados, y lograr un impacto en la opinión pública previo a las cercanas elecciones presidenciales que hiciera tambalearse la candidatura del presidente Abraham Lincoln.
Las cañas se volvieron lanzas para la Confederación cuando, el 13 de septiembre, la casualidad vino en ayuda de los unionistas. Mientras que los 90.000 hombres del Ejército del Potomac de McClellan se desplazaban parsimoniosamente para interceptar a Lee, dos aburridos soldados de la Unión dieron con un campamento abandonado por las tropas de la Confederación y se pusieron a rebuscar. Encontraron tres cigarros envueltos en un papel. La envoltura era, ni más ni menos, una copia de la Orden 191 emitida por el General Lee cuatro días antes, que describía los planes de movimiento de las tropas confederadas.
El maizal de Miller, epicentro de la batalla. Foto.
La Orden indicaba que Lee había dividido su ejército y dispersado geográficamente partes del mismo (a Harpers Ferry, en Virginia Occidental, y Hagerstown, en Maryland), de manera que cada grupo podía ser aislado y vencido si McClellan se movía con la suficiente rapidez. Sin embargo, McClellan esperó unas 18 horas antes de decidir sacar ventaja de esta información y reorganizar sus tropas, por lo que desperdició la oportunidad de infligir a Lee una derrota decisiva. Con todo, el cauteloso general unionista movió la mitad de su ejército hacia Maryland.
En la Campaña de Maryland hubo dos enfrentamientos de importancia previos a la batalla de Antietam. El general de división Thomas J. “Stonewall” Jackson capturó el gran arsenal de Harpers Ferry, mientras que McClellan logró pasar a través de las montañas Blue Ridge gracias a su victoria en la batalla de South Mountain. A la larga, el primero de ellos tuvo una enorme importancia táctica debido a que una gran parte del ejército de Lee estuvo ausente del campo de batalla al principio de la batalla de Antietam, esperando la rendición de la guarnición de la Unión en Harpers Ferry; el segundo debido a que las fuertes defensas confederadas en dos pasos de las montañas retrasaron lo suficiente el avance de McClellan para permitir a Lee concentrar el resto de sus tropas en Sharpsburg.
Lee tomó posiciones cerca de esa población, desplegando sus fuerzas disponibles al otro lado del riachuelo de Antietam el 15 de septiembre. Era una excelente posición defensiva, aunque no inexpugnable. Las dos primeras divisiones de la Unión llegaron el 15 de septiembre y el grueso del ejército lo hizo aquella misma tarde. Pese a que, de haberse producido, un ataque inmediato del ejército federal la mañana del día 16 hubiese contado con una aplastante superioridad numérica frente a los confederados, la precaución característica de McClellan y su errónea creencia de que Lee contaba con más de 100.000 hombres hizo que aplazara el ataque para el día siguiente. Eso proporcionó a los confederados más tiempo para preparar sus posiciones defensivas y permitió llegar desde Hagerstown al ejército del general Longstreet, y, desde Harpers Ferry, a parte del de Jackson, exceptuando la división de A.P. Hill.
Confederados muertos antes de la iglesia de Dunker en el campo de batalla Antietam. Foto de Alexander Gardner. Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
En la madrugada del 17, los dos ejércitos se encontraron en la Batalla de Antietam. Durante ese día, los soldados de la Unión participarían en tres ataques principales contra la Confederación. La primera carga comenzó esa mañana contra el flanco izquierdo de Lee en un maizal propiedad de la familia David R. Miller, donde se había emboscado la infantería de Jackson. Al ver el brillo de las bayonetas confederadas ocultas en el maizal, el general unionista Joseph Hooker ordenó detenerse a su infantería y montó cuatro baterías de artillería que dispararon sobre el campo obuses y metralla por encima de los soldados federales. El fuego de artillería y de los fusiles actuó como una guadaña, cortando los cuerpos de los soldados confederados como si fueran mieses: «… todos los tallos de maíz en la parte norte y la mayor parte del campo fueron cortados tan bien como si hubiese sido hecho con un cuchillo y los caídos yacían en filas precisas, tal y como habían estado formados en sus filas hacía pocos instantes», escribió Hooker en su informe.
Infierno artillero en la iglesia de Dunker. El intenso fuego de artillería procedente de esta sección de las líneas confederadas ayudó a hacer retroceder los asaltos de la Unión en la mañana del 17 de septiembre de 1862.
La batalla terminó sobre las cinco y media de la tarde. Las pérdidas fueron importantes en ambos lados. La Unión tuvo 12.401 bajas, incluyendo 2.108 muertos (el 25% del ejército federal). Las bajas confederadas sumaron 10.318 hombres, 1.546 de ellos muertos (el 31% del ejército confederado. Ese 17 de septiembre murieron más estadounidenses en combate que en cualquier otro día de la historia militar de los Estados Unidos, incluyendo el Día D en la Segunda Guerra Mundial.
La tarde del 18 de septiembre, las fuerzas de Lee comenzaron a cruzar el Potomac para volver a Virginia. La retirada envalentonó al Norte y allanó el camino para que el presidente Lincoln emitiera su Proclamación de Emancipación cinco días después. La Proclamación de Emancipación dio un doble propósito a la guerra; la preservación de la Unión y la abolición de la esclavitud. Con todo, frente a quienes piensan que esa Proclamación acabó con los esclavos en Estados Unidos, se olvidan de que se aplicó solo a los esclavos en tierras controladas por los confederados; no se aplicó a los cuatro estados esclavistas que no estaban en rebelión (Kentucky, Maryland, Delaware y Missouri), ni a Tennessee (ocupado por tropas de la Unión desde 1862) y específicamente excluyó los condados de Virginia que pronto formarían el estado de Virginia Occidental.
Cementerio Nacional de Antietam en Sharpburg, Maryland.
La Proclamación no fue lo único que firmó Lincoln después de Antietam. Lincoln relegó a McClellan del mando del Ejército del Potomac el 7 de noviembre, finalizando de hecho su carrera militar. Resentido, el general se presentó como candidato demócrata a las presidenciales de 1864. Lincoln lo vapuleó: en el Colegio Electoral obtuvo 212 electores contra 21 de McClellan.
Ninguna otra batalla en la guerra tuvo tantas consecuencias de gran trascendencia como Antietam. En julio de 1863 la doble victoria de la Unión en Gettysburg y Vickburg asestó otro golpe que debilitó una renovada ofensiva confederada en el este y aisló el tercio de la Confederación del resto. En septiembre de 1864 la toma de Atlanta por parte de Sherman anuló otro debilitamiento de la moral del Norte y puso las bases para el camino final de la victoria de la Unión. Hubo también momentos fundamentales. Pero no hubieran ocurrido nunca si la triple ofensiva confederada en Misisipi, Kentucky y sobre todo Maryland no hubieran sido derrotadas en el otoño de 1862. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Hongos mortero, hormigas cazadoras y chinches asesinas


La relación entre la hormiga cazadora Allomerus decemarticulatus y Hirtella physophora es muy sofisticada. H. physophora es un arbusto que vive en el sotobosque de las selvas amazónicas. Es una mirmecófita, calificativo que reciben las plantas que viven asociadas (en mutualismo)
Allomerus decemarticulatus: Foto.
con una colonia de hormigas y poseen órganos especializados donde se guarecen sus huéspedes. Hay cerca de un centenar de géneros de mirmecófitas, pero no todas poseen los llamados domacios, unas cavidades que pueden contener organismos en su interior, usualmente ácaros u hormigas. Los artrópodos que viven como inquilinos en los domacios ayudan a la planta a ahuyentar a los herbívoros, y en recompensa, la planta les provee no sólo un hogar sino a veces también de alimento. Si quieren ver un ejemplo perfecto de domacios con hormigas vean este precioso vídeo.
Domacios de A. decemarticulatus en la base
de una hoja de Hirtella physophora. Foto.
Los domacios de A. decemarticulatus son dos pequeñas protuberancias esféricas que se forman junto al peciolo cuando los márgenes de las hojas de H. physophora se pliegan sobre sí mismas. En cada arbolillo vive una sola colonia de hormigas, constituida por unos mil individuos, que se reparten en grupos de cuarenta o cincuenta por cada domacio. Cada uno de ellos tiene su propia despensa en forma de nectarios extraflorales que dejan fluir un dulce y nutritivo néctar del que se sirven las golosas hormigas. Se preguntarán ustedes qué obtienen las plantas de sus inquilinos que, tal y como estoy describiendo, parecen limitarse a ser unos perfectos gorrones. La planta también se beneficia enormemente de la relación mutualista. Con la ayuda de sus trampas y de su capacidad depredadora, las hormigas defienden a la planta de otros insectos herbívoros. Cualquier insecto que pueda dañar a la planta es inmediatamente atacado por las celosas hormigas guardianas.
Las estructuras especializadas de la planta revelan una coevolución simbiótica muy interesante entre ambas especies. Un estudio reciente ha puesto de manifiesto muchas características que la planta ha adaptado para mantener fidelizadas a las hormigas. En primer lugar, los domacios se encuentran junto a los tallos que las hormigas utilizan para la caza. En segundo lugar, contienen nectarios extraflorales y otros corpúsculos nutritivos que alimentan a las hormigas si no tienen otras fuentes de alimento. En tercer lugar, hay menos cloroplastos dentro de cada domacio, lo que significa que tienen una menor capacidad fotosintética. En cuarto lugar, hay estomas dentro de los domacios, aunque en menor número que en una hoja normal y posiblemente sirvan para capturar el dióxido de carbono producido por la respiración de las hormigas. Finalmente, se encontró un mayor depósito de celulosa en los domacios, lo que da como resultado una pared celular más gruesa y una superficie más rígida capaz de soportar el peso de las hormigas. Tales adaptaciones demuestran que las zonas foliares destinadas a convertirse en domacios son heredadas como resultado de la coevolución: han aparecido únicamente para sustento de esta especie de hormiga.
(A) Rama joven de Hirtella physophora con hojas maduras en cuya base hay domacios (bolsas en la base de la lámina donde anidan las hormigas). (B, C) Domacio completo y abierto con una cámara que sirve de refugio para las hormigas. Las flechas indican la entrada natural del domacio en la superficie adaxial. Los círculos indican las posiciones de los nectarios extraflorales que forman una espiral. El rectángulo indica el lugar en que se realizó el estudio anatómico. (D) Posición de los nectarios extraflorales en la superficie abaxial de la lámina (círculos negros). (E, F) Primer plano de los nectarios extraflorales de los domacios y lámina, respectivamente. Barras de escala: (A-D) = 0,5 cm; (E, F) = 0,3 mm. Foto
Pero no acaba ahí la cosa, porque en los alrededores de los domacios crecen muchas especies diferentes de hongos. De hecho, cuando la reina fundadora de la colonia de hormigas comienza a poner huevos en un domacio de un nuevo ejemplar de H. physophora, las hifas de múltiples especies diferentes de hongos tapizan completamente la entrada a la cavidad. Cuando las hormigas obreras maduran, tienen que atravesar la cubierta de hongos para salir exterior de la planta. Literalmente, la oferta fúngica supera a la demanda, porque de todas las especies de hongos, A. decemarticulatus sólo cultivará una especie de ellas, un moho del orden Chaetothyriales, concretamente del género Trimmatostroma. Las hormigas utilizan las hifas del moho para construir sus trampas. A diferencia de los mutualismos típicos entre hormigas y hongos, A. decemarticulatus no se alimenta del hongo, sino que lo manipula con la exclusiva finalidad de elaborar una especie de mortero que les sirve para construir una trampa capaz de atrapar presas mucho más grandes.
Las hormigas permanecen emboscadas en sus trampas. Foto.
La fabricación de las trampas es una verdadera maravilla. Las obreras las construyen en los tallos levantando una plataforma cilíndrica hueca a lo largo de un tallo. La estructura tubular simula perfectamente una parte de la planta, como si el tallo creciera un poco a lo ancho. Las hormigas horadan la plataforma con pequeños agujeros que son algo más anchos que sus propios cuerpos. Luego, se esconden en estos agujeros de tal forma que son invisibles desde el exterior. Una vez introducidas en su correspondiente garita, la hormiga colocará la cabeza hacia la abertura con las mandíbulas dispuestas para capturar a la presa.
La trampa se sostiene firmemente porque las hormigas cortan los pelos de la planta (tricomas) a lo largo de un estrecho tramo vertical del tallo. Luego, refuerzan los pelos regurgitando un mortero que elaboran con las hifas del hongo y que actúa como una pasta que apelmaza los tricomas. Este mortero ensamblador continuará creciendo entre los tricomas y alrededor de los agujeros para emboscar y reforzar la plataforma. Ahora todo está dispuesto para la caza.
Aunque hay unas cuarenta hormigas por domacio, por lo general solamente unas cuantas patrullan por los tallos de la planta. Cuando un insecto aterriza en la planta, la hormiga más cercana se aferra rápidamente a él sujetándolo por una antena, por una pata o por cualquier otro apéndice. Aunque la presa se resista, la hormiga tirará de ella sin soltarla y, en una portentosa demostración de fuerza, la mantendrá forcejeando hasta que lleguen más hormigas atraídas por las feromonas que libera la cazadora. Las recién llegadas se aferran a otro apéndice y tiran de él en direcciones opuestas hasta inmovilizar a la presa. Cuando la desdichada víctima está inmóvil e indefensa, más y más hormigas se unen al festín picando y mordiendo como fieras. La picadura libera un veneno que primero paraliza y luego mata a la presa.
Un díptero atrapado en las trampas de A. decemarticulatus. Foto
Hecho eso, la partida de caza lleva el cuerpo de regreso a la colonia, donde es desmembrado y cortado en pedacitos antes de ser devorado en un banquete colonial. Este comportamiento depredador es un fantástico ejemplo de una colaboración entre la caza solitaria al acecho y depredación cooperativa. Al principio, la primera hormiga actúa como un cazador solitario, pero después otras se unen a la caza mientras que unas cuantas viajan hasta el domacio para reclutar más compañeras que ayuden a retener y a descuartizar a la presa. El trabajo en equipo es fundamental, porque una única hormiga nunca podría matar a una presa que la supera en tamaño. La caza solo es posible mediante la comunicación y la cooperación grupal.
En una serie de experimentos, un grupo de investigación demostró que las hormigas son capaces de acabar con termitas y saltamontes, que eran aproximadamente entre 40 y 142 veces más grandes que las obreras. Cuando una hormiga se aferra a un saltamontes es como si una persona de 80 kilos sujetara a una presa de 12.000 kilos que, lejos de permanecer impasible, intentaescapar con todas sus fuerzas. Ninguna termita escapó. Sin embargo, aunque los veinte saltamontes utilizados en los experimentos fueron sujetados por al menos una pata, solamente cinco fueron totalmente capturados y el resto escaparon no sin dejarse al menos una pata entre las formidables mandíbulas de las hormigas. Teniendo en cuenta que una pata trasera de saltamontes equivale al peso de una docena de hormigas, quedarse con un “jamón” de esa naturaleza no es nada despreciable.
Visión ventral de la chinche asesina Zelus annulosus. Foto
Por si las complejas relaciones de A. decemarticulatus les parecen poco, las hormigas también interactúan con la chinche asesina, Zelus annulosus, otro huésped de H. physophora. Las chinches han adaptado sus características fisiológicas y su comportamiento para obtener residencia sin molestar a los feroces cancerberos. Como hacen las hormigas, Z. annulosus normalmente vive en individuos jóvenes de H. physophora, en cuyos tallos ponen las hembras los huevos. A medida que comienzan a desarrollarse, las jóvenes chinches viven entre los tricomas del tallo y cazan en las hojas. La relación entre la chinche y la planta es independiente de la que existe entre las hormigas y el vegetal. Las chinches no alertan a los guardianes sencillamente porque no se alimentan a expensas de la planta como hacen las hormigas.
Z. annulosus se ha adaptado a vivir y cazar alrededor de A. decemarticulatus. La chinche utiliza la planta para criar a sus ninfas porque los tricomas de la planta impiden que otras especies más grandes de hormigas maten a las chinches jóvenes. Además, las chinches secretan una sustancia pegajosa que les permite caminar encima de los tricomas evitando así las trampas de A. decemarticulatus. Así, gracias a la relación entre Z. annulosus y H. physophora, el insecto se protege de las grandes hormigas predadoras y la planta obtiene una segunda línea de defensa contra los herbívoros. La chinche asesina convive pacíficamente en la planta con las hormigas. Cazan en áreas similares, pero se sospecha que las chinches evitan a las hormigas ojeadoras porque son mucho más rápidas que ellas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.