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viernes, 17 de enero de 2025

LOS PEDOS DE ADOLF HITLER

Adolf Hitler no estaba loco, pero la flatulencia que padecía seguro que no le ayudó mucho a tomar decisiones correctas. Según algunos informes médicos, se autoenvenenó tomando preparados farmacológicos para combatir los gases que contenían estricnina y atropina.

El doctor Theo Morell, un dermatólogo que había cobrado una buena reputación social por tratar a famosos con enfermedades sexuales, siempre con discreción y unas maneras muy obsequiosas, no era ningún charlatán, aunque hubo rumores de lo contrario. Uno de sus pacientes —Heinrich Hoffmann, el fotógrafo personal de Hitler— se lo presentó al líder nazi y ambos congeniaron enseguida. Al poco tiempo trató a Hitler de una diversidad de dolencias y le proporcionó medicamentos de diversa índole, incluidos estimulantes y afrodisíacos (por lo general, antes de que Hitler fuera a pasar la noche con Eva Braun).

Con el paso del tiempo, ya convertido en su médico personal, Morell acabó por recetarle al dictador todo un catálogo de medicamentos de naturaleza muy variada. Las notas —minuciosas y del todo creíbles— del cuaderno médico que Morell redactaba poniendo toda su atención para evitar ser el chivo expiatorio en el caso de que Hitler pasara a mejor vida, muestran que la medicación que eligió era convencional, aunque se aseguró de que la produjeran empresas en las que tenía intereses económicos directos.

El doctor Theodor Morell con Hitler. Está señalado con una flecha y situado detrás de Martin Bormann y Nicolaus von Below (Wolfsschanze, 1940). Foto

No obstante, ni Morell ni ninguno de los otros médicos del führer lograron detener o siquiera ralentizar los efectos de la enfermedad de Parkinson que Hitler sufría; entre ellos, un temblor perceptible en la mano izquierda, que ya había llamado la atención de algunos observadores en 1941, cuando empezó a manifestarse en su pierna derecha, junto con unos andares cada vez más arrastrados y una creciente rigidez muscular en la cara. Diversos electrocardiogramas mostraron un endurecimiento paulatino de las arterias y el pelo se le volvió cano.

El atentado con bomba de julio de 1944 también hizo mella en su salud. A principios de 1945, según información posterior de Albert Speer, «se había marchitado como un anciano. Le temblaban las articulaciones; caminaba encogido y arrastraba los pies. Incluso la voz empezó a vacilar y perdió su antigua habilidad magistral: la poderosa fuerza de su discurso dio paso a una manera de hablar dubitativa y falta de energía». Aunque estaba a mediados de los cincuenta, las fotografías de la época lo muestran encorvado.

Según su biógrafo John Toland (Adolf Hitler: The Definitive Biography. Knopf Doubleday Publishing Group), por la amistad que había surgido entre la esposa de Morell y Eva Braun, Hitler incorporó a Morell como su médico personal y confió tanto en él que por primera vez desde sus días en el ejército, en 1936 se desnudó para un examen físico completo, porque los retortijones abdominales eran tan dolorosos que se ponía a gritar.

Morell diagnosticó los dolores y calambres en la región epigástrica como gastroduodenitis, para lo cual le recetó Mutaflor y Gallestol. La hinchazón y el exceso de gases también son síntomas comunes de la gastroduodenitis. Por eso, el Führer también sufría de meteorismo, es decir, de pedos incontrolables, para cuyo tratamiento Morell le recetó las píldoras antigás del Dr. Köster. A pesar del tratamiento, quienes estaban obligados a asistir a las reuniones de trabajo o los invitados a las recepciones oficiales, conocían de primera mano la atmósfera metánica que Hitler dejaba a su paso.

Las píldoras del Dr. Köster contenían estricnina y atropina, dos alcaloides extremadamente tóxicos, que afectan al sueño y a la salud mental, y provocaban que quienes las ingerían se pusieran muy nerviosos Sin saber el poder de esos alcaloides, Morell instruyó a su paciente para que tomara de dos a cuatro píldoras en cada comida. Además, complementó la dieta escasa en proteínas de su paciente con grandes dosis de vitaminas, a menudo administrándolas por vía intravenosa junto con glucosa para obtener energía.

Entre unas cosas y otras, a principios de 1941, cuando Hitler ya había empezado la invasión de la Unión Soviética, tomaba entre 120 y 150 pastillas a la semana. Los cambios de humor del dictador nazi, la enfermedad de Parkinson, los síntomas gastrointestinales, los problemas de la piel y el deterioro depresivo constante hasta su suicidio en 1945, están documentados por observadores e historiadores confiables y en los diarios de Morell.

Además de estricnina y atropina, los medicamentos extraños y poco ortodoxos que le recetaron a Hitler, a menudo por razones no reveladas, incluían cocaína tópica, anfetaminas inyectadas, glucosa, testosterona, estradiol, corticosteroides, un extraño preparado a base de un limpiador de armas, un extracto de vesículas seminales y numerosas vitaminas y "tónicos".

Nunca sabremos el rol que esta medicación tuvo en Hitler y sus decisiones durante la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Cuando los efectos de las pastillas fueron evidentes, tan solo seis meses antes de que Hitler quedara tocado psicológicamente y se suicidara en su bunker, el doctor Morell fue despedido y salvó su vida por los pelos.

Irónicamente, según John Toland, la causa de la flatulencia de Hitler era la más evidente: su obsesivo vegetarianismo.El exceso de fibras vegetales se acumula en el colon, donde millones de bacterias trabajan activamente hasta convertirlas en metano.

sábado, 17 de septiembre de 2016

La estricnina y el abominable misterio de las plantas con flores

Strychnos nux-vomica
La división de las Angiospermas, o plantas con flores, comprende aquellas especies cuyos óvulos están encerrados dentro de un recipiente llamado ovario. No sólo es el grupo vegetal más diversificado del planeta, con al menos 260.000 especies, sino también uno de los más misteriosos. Aparentemente surgieron de la nada hace unos 100 millones de años y, aunque deberían haber evolucionado a partir de las gimnospermas, hasta la fecha no se han encontrado formas intermedias. Como el registro fósil de las angiospermas es muy incompleto, el hallazgo de una flor completa hace 15 millones de años que permanece intacta es una noticia impresionante.

Desde los tiempos de Darwin la súbita a aparición en el registro fósil de las angiospermas, las plantas con flores, ha supuesto un quebradero de cabeza para los investigadores. En una carta mandada a Joseph Hooker en1879, Charles Darwin se quejaba de que las plantas con flores aparecían repentinamente en el registro fósil, para diversificarse a continuación muy rápidamente. Un rompecabezas que el naturalista no dudaba en calificar de “abominable misterio".

A pesar de que varias generaciones de botánicos han interpretado el “abominable misterio” de Darwin como una metáfora para entender la historia evolutiva de las angiospermas, la evidencia sugiere que Darwin se negó a aceptar que la evolución de las angiospermas hubiera podido ser rápida y potencialmente saltacional [1], lo que pudiera ser usado como argumento a favor de la agenda creacionista dominante de la época. El repentino origen y la rápida diversificación de las angiospermas colocó a Darwin en una posición realmente incómoda, ya que las ideas que planteó en El origen de las especies se centraban en la propuesta de que las innovaciones biológicas (cambios o adaptaciones) ocurren de forma gradual (acumulación de pequeños cambios); por ello, la diversificación de las especies también ocurre de forma gradual. La fascinación y frustración de Darwin con el épico conjunto de eventos evolutivos asociados con el origen y rápida radiación de las plantas con flores es ya legendaria.

Darwin fue pionero en el estudio de las flores de las angiospermas y de su historia natural o funcionamiento, pero en su época se tenía un registro fósil poco conocido de las especies de angiospermas presentes en el Cretácico medio. Por ello, Darwin especulaba que la aparición repentina de esas plantas reflejaba su origen en un lugar remoto, es decir, una isla perdida o un continente aislado en el que las plantas estuvieron sujetas a sus propios cambios geográficos y tuvieron éxito al escapar de la extinción masiva de finales del Cretácico; según esa especulación de Darwin, carente de datos que la avalaran, las angiospermas salieron de su refugio, se extendieron rápidamente por un mundo en el que la competencia había perdido vigor debido a la extinción de las gimnospermas y, al adaptarse a los nuevos nichos ecológicos, se diversificaron.

La especulación de Darwin se debía a que el registro fósil de las angiospermas conocido en 1870 era fundamentalmente incompleto. Y las cosas siguen igual si se compara la riqueza del registro fósil en lo que se refiere a los animales y la escasez en lo que respecta a las plantas. Las angiospermas fosilizan mal y los fósiles animales han fascinado a los investigadores desde los albores de la Paleontología, que dejaron a los fósiles de plantas como un objetivo de segunda importancia en sus investigaciones. De hecho, los grandes avances recientes en la reconstrucción del origen y la evolución de las angiospermas se basan fundamentalmente en análisis genéticos y de biología molecular.

La flor fosilizada de la nueva especie Strychnos electri en la pieza de ámbar del Terciario medio. La flor mide menos de 20 mm y es el primer hallazgo de una especie de las Asteridae del Nuevo Mundo preservada en ámbar. © George Poinar.
Como el registro fósil de las angiospermas es tan incompleto, el impresionante hallazgo de una flor completa hace millones de años que permanece intacta es una gran noticia. Hace unos 30 años, el profesor George Poinar, de Oregon State University, recogió durante un trabajo de campo en la República Dominicana unos 500 fósiles, la mayoría de ellos de insectos. Poinar, autor de un conocido texto, Life in Amber (Stanford University Press, 1992), es un reconocido entomólogo, así que la prioridad de esas muestras se la dio a sus pequeños animalitos. Décadas después, agotadas sus investigaciones sobre los insectos recolectados, prestó atención a dos flores fosilizadas.

Para su sorpresa descubrió que estas dos flores, de menos de 20 mm de longitud, estaban sorprendentemente enteras, como si se acabaran de caer del árbol, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de los fósiles de plantas en ámbar que normalmente se presentan fragmentadas. Aunque no era su especialidad, Poinar investigó y llegó a la conclusión de se trataba de una nueva especie de planta, ya extinta, que florecía en el Terciario medio, hace entre 20 y 45 millones de años. También pensó que se trataba de una especie de Strychnos,  un género de arbustos tropicales conocidos por su veneno letal, la estricnina.

Hasta ahí pudo llegar, porque Strychnos es un género de taxonomía endiablada (hay descritas más de 500 especies), de modo que hizo lo que hacen otros muchos científicos cuando se tropiezan con el muro del desconocimiento: buscó a una especialista. En 2015, Poinar envió imágenes de alta resolución (algunas de ellas acompañan a esta entrada) a una especialista del género, la profesora Lena Struwe, de Rutgers University, la universidad estatal de New Jersey. La profesora Struwe comparó la estructura física de las flores con todas las especies de Strychnos conocidas. Miró cada espécimen de las especies del Nuevo Mundo, las fotografió y la midió para poder compararlas con las imágenes que le había enviado Poinar.

Flor de Strychnos electri, mostrando una corola tubular en cuyo extremo pueden verse las anteras y un largo estilo que sobrepasa la boca del tubo petaloideo. © George Poinar.
Llegó a la conclusión de que era una nueva especie a la que, en un artículo publicado el pasado mes de febrero en Nature Plants, denominaron Strychnos electri en alusión a "elektron", el nombre griego para ámbar, la resina fosilizada de árboles. Cuando la corteza los árboles es herida por rotura o debido a un ataque por coleópteros de la madera u otros insectos, producen la resina como una protección contra enfermedades e infecciones bacterianas o de hongos. Después de exudar al exterior, la resina se endurece por polimerización en el interior de rocas arcillosas o arenosas, algunas veces calizas, que se formaban en los deltas fluviales, generalmente con mucha materia orgánica asociada, y se han conservado en su interior durante millones de años. La composición del ámbar varía dependiendo del árbol del que proviene, aunque todos tienen terpenos o compuestos que son comunes en las resinas endurecidas.

Detalle de la foto anterior los pétalos, las anteras y la base del estilo.© George Poinar. 
En muchas ocasiones, la resina, al escurrir sobre la corteza de troncos y ramas, llegó a atrapar burbujas de aire, gotas de agua, partículas de polvo o pequeños seres vivos como plantas, insectos, gusanos y hasta lagartijas, ranas y escorpiones, que quedan preservados como inclusiones fósiles deshidratadas, pero sin el encogimiento que normalmente causan las deshidrataciones, de manera que se conservan de tal forma que la estructura celular y hasta fragmentos de ADN resisten el paso del tiempo. Esas inclusiones ofrecen una gran cantidad de información de suma importancia para la Ciencia, porque permite acceder al conocimiento de la vida hace millones de años y descubrir especies ya desaparecidas. Existen muestras de ámbar tan perfectas desde el punto de vista paleoambiental, que permiten que los científicos reconstruyan un modelo de un ecosistema ya extinto.

El nuevo descubrimiento es considerado como una aportación de gran importancia para el estudio de las Asteridae, la subclase a la que pertenece el género Strychnos, de la que se tiene poca información paleontológica. Para los animales que existieron en el Cretácico superior, lo más probable es que S. electri no fuera un bocado apetitoso, porque casi todas las especies del género Strychnos son de alguna forma tóxicas y cada especie cuenta con su propio alcaloide con distintos efectos. Algunas son más tóxicas que otras, y puede ser que a estas últimas hayan superado la extinción debido al veneno que les servía como defensa contra herbívoros.




[1] En biología, se denomina saltación (del latín, saltus) a un cambio repentino y de gran magnitud producido entre una generación y la siguiente. Se denomina saltacionismo a la hipótesis que, en teoría evolutiva, se enfrenta al gradualismo darwinista y propone la saltación como mecanismo de especiación. Según el gradualismo el cambio ocurre, o debe ocurrir, lentamente en forma de pasos graduales o, lo que es lo mismo, sostiene que los cambios profundos son resultado del producto acumulado de procesos lentos pero continuos.

sábado, 10 de julio de 2021

En brazos de Morfeo



En el artículo anterior me ocupé de las relaciones históricas entre cafeína, nicotina y opio, este último obtenido de la adormidera, Papaver somniferum. Los productos de la adormidera, sobre todo el opio, un alcaloide narcotizante extraído del látex de sus frutos, han sido recolectados y apreciados desde tiempos prehistóricos.

Como testimonia su uso por los sumerios hace cinco mil años, el uso del opio como somnífero y calmante es muy antiguo. Los chinos la han utilizado al menos desde el siglo X como sedante. Los árabes también la utilizaban con profusión en el siglo XI. En Europa se ha utilizado como medicina, pero sólo a partir del siglo XVII se desarrolló la costumbre de fumar opio, junto con la de fumar tabaco, incluso muchos personajes célebres y de la cultura lo hacían, o bebían una bebida a base de opio, el láudano.

El láudano, se usaba como si tal cosa para aliviar cualquier tipo de dolor, desde el dolor provocado por la salida de los dientes en los niños a los típicos dolores producidos por el cáncer y otras enfermedades terminales; para adormecer, para la ansiedad, para el tratamiento de la diarrea (prescripción que aún sigue teniendo en algunos casos) y para eliminar la tos en todo tipo de procesos, desde una simple gripe a una tuberculosis.

El principio más activo del láudano es la morfina, aunque también incluye cantidades menores de codeína y de narcotina, aunque existía una versión de láudano sin narcotina, una molécula que, a pesar de su nombre, no tiene propiedades narcóticas, y sólo provoca molestias estomacales y vómitos.

El láudano se consideraba como el medicamento más importante de todos los que existían en la farmacopea europea durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Hasta 1925, en España se vendía en las boticas al precio de 30 céntimos por gramo.

Conocidas las cualidades del opio, el desarrollo de la química orgánica a partir del siglo XIX permitió poderosos avances en el conocimiento de los principios activos de muchos productos naturales ahora incorporados de pleno derecho a la Farmacología.

Como consecuencia de su metabolismo, las plantas producen metabolitos primarios (como hidratos o proteínas que utilizan para su crecimiento y desarrollo,) y metabolitos secundarios que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a herbívoros. Se llaman alcaloides los metabolitos secundarios de las plantas sintetizados a partir de aminoácidos, y que, por lo tanto, son nitrogenados.

Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides poseen acción fisiológica intensa en los animales con efectos psicoactivos, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.

El opio contiene veinticuatro alcaloides diferentes, lo que le convierte en todo un arsenal de potencial uso farmacológico. El alcaloide más abundante, la morfina, constituye alrededor del 10 % del extracto de opio crudo, una secreción seca y pegajosa de la cápsula de la adormidera. En 1803 un boticario alemán, Friedrich Serturner, fue el primero en aislar morfina pura de ese látex de adormidera. Al compuesto que obtuvo le llamó morfina, en honor a Morfeo, el dios romano de los sueños. La morfina es un narcótico, una molécula que adormece los sentidos (eliminando así el dolor) e induce el sueño.

Una intensa investigación química siguió al descubrimiento de Serturner, pero la estructura química de la morfina no se determinó hasta 1925. Este retraso de 122 años no debe considerarse improductivo. Por el contrario, los químicos orgánicos consideran que el desciframiento real de la estructura de la morfina ha sido tan beneficioso para la humanidad como los conocidos efectos analgésicos de esta molécula, porque debido al trabajo realizado sobre la composición de la morfina, se han deducido estructuras de otros compuestos importantes y la química orgánica tuvo un impulso sin precedentes.

Los métodos clásicos de determinación de la estructura, los nuevos procedimientos de laboratorio, la comprensión de la naturaleza tridimensional de los compuestos de carbono y las nuevas técnicas sintéticas fueron solo algunos de los resultados de la resolución del maratón de acertijos químicos desencadenado por el deseo de desentrañar la estructura molecular de la morfina.

Hoy en día, la morfina y sus compuestos relacionados siguen siendo los analgésicos más eficaces que se conocen. Desgraciadamente, el efecto calmante o analgésico trae consigo una fuerte adicción. Su amplio uso en la Guerra de Secesión, por ejemplo, dejó unas 400 000 víctimas adictas a la morfina, una adicción que pasó a conocerse como la “enfermedad del soldado”, ya que fue el analgésico de preferencia desde su venta como alcaloide aislado del opio.

La codeína, un compuesto similar que se encuentra también en el opio, pero en cantidades mucho más pequeñas (alrededor del 0,3 al 2 %), es menos adictiva, pero también es un analgésico menos potente. La diferencia de estructura es muy pequeña; la codeína tiene un CH3O que reemplaza al HO en la posición que muestra el círculo verde en la estructura de abajo.



Estructura de la morfina, de la codeína y de la heroína. Las flechas rojas indican dónde el CH3CO ha reemplazado a los H en los dos HO de la morfina, produciendo heroína.

Cuando los químicos orgánicos lograron reemplazar los hidrógenos (H) de los dos grupos OH de la morfina con grupos acetilo (CH3CO), el producto obtenido resultó ser, sin embargo, un asunto diferente. La diacetilmorfina, nombre técnico de esta droga, fue sintetizada en 1874 por el químico Alder Wright, en el St. Mary’s Hospital Medical School de Londres, pero, a pesar de comprobar su capacidad para disminuir la presión arterial y la frecuencia respiratoria, el nuevo agente no despertó el suficiente interés clínico, aun cuando, en los siguientes años, se demostró, en pacientes tuberculosos, que calmaba la tos y facilitaba el sueño.

Finalmente, Heinrich Dreser, investigador de la compañía farmacéutica Friedrich Bayer & Co., se interesó por la diacetilmorfina, a la que consideró más potente para el alivio del dolor y con un perfil de seguridad más aceptable que la morfina. En 1895 Bayer logró su producción industrial, y comenzó a comercializarla en 1898 únicamente para calmar la tos. Dreser describió este fármaco como una “droga heroica”, por lo que el nombre comercial adoptado por Bayer fue “Heroína”. Este fármaco adquirió un rápido éxito comercial, y pasó a ser utilizado en todo el mundo, especialmente como antitusígeno.

Al principio, los resultados parecían prometedores. La diacetilmorfina era un narcótico aún más poderoso que la morfina, tan eficaz que se podían administrar dosis extremadamente bajas. Pero su eficacia enmascaraba un problema importante: resultó ser una de las sustancias adictivas más poderosas que se conocen.

Los efectos fisiológicos de la morfina y la heroína son los mismos; dentro del cerebro, los grupos diacetilo de la heroína se vuelven a convertir en los grupos OH originales de la morfina. Pero la molécula de heroína se transporta más fácilmente a través de la barrera hematoencefálica que la morfina, lo que produce la euforia rápida e intensa que los que se vuelven adictos.

La heroína de Bayer, que inicialmente se pensó que estaba libre de los efectos secundarios comunes de la morfina como náuseas y estreñimiento y, por lo tanto, se asumió que también estaba libre de adicción, se comercializó como un antitusígeno y un remedio para los dolores de cabeza, el asma, el enfisema e incluso la tuberculosis.

Anuncio de jarabe Bayer de Heroína publicado en la prensa española en 1912. 


Cuando los efectos secundarios de su "súper aspirina" se hicieron obvios, Bayer dejó de publicitarla sin hacer ruido. Cuando las patentes originales que poseía Bayer del ácido acetilsalicílico expiraron en 1917 y otras compañías comenzaron a producir aspirina, Bayer presentó una demanda por incumplimiento de los derechos de autor sobre el nombre. No es sorprendente que Bayer nunca haya presentado una demanda por violación de los derechos de autor del nombre comercial de heroína para la diacetilmorfina.

La mayoría de los países prohíben ahora la importación, fabricación o posesión de heroína. Pero esto ha hecho poco para detener el comercio ilegal de esta molécula. Los laboratorios clandestinos que se establecen para fabricar heroína a partir de morfina a menudo tienen problemas importantes para deshacerse del ácido acético, uno de los productos secundarios de la reacción de acilación. El ácido acético tiene un olor muy característico, el del vinagre, que es una solución al 4% de este ácido. Este olor a menudo alerta a fuerzas policiales sobre la existencia de un fabricante ilegal de heroína. Los perros policías especialmente entrenados pueden detectar leves rastros de olor a vinagre por debajo del nivel de sensibilidad humana.

La investigación de por qué la morfina y los alcaloides similares son analgésicos tan eficaces sugiere que la morfina no interfiere con las señales nerviosas del cerebro. En cambio, modifica selectivamente la forma en que el cerebro recibe estos mensajes, es decir, cómo el cerebro percibe el dolor. La morfina imita la acción de las endorfinas, compuestos que se encuentran en concentraciones muy bajas en el cerebro que sirven como analgésicos naturales cuya concentración aumenta en momentos de estrés.

Como hacen la heroína y la morfina, la metadona, un analgésico muy potente sintetizado en laboratorio, deprime el sistema nervioso, pero no produce la somnolencia ni la euforia asociadas con los opiáceos. Sin embargo, la metadona sigue siendo adictiva. La dependencia de la heroína puede transferirse a la dependencia de la metadona, pero si éste es un método razonable para lidiar con los problemas asociados con la adicción a la heroína es todavía objeto de un intenso debate habida cuenta los múltiples problemas médicos asociados a su dependencia. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca



sábado, 28 de diciembre de 2019

Emúes, hormigas y quininos australianos: una triple estrategia de dispersión de semillas


En 1932 tuvo lugar en Australia uno de los intentos más chuscos para acabar con un animal convertido en plaga para la agricultura.
Antes de la colonización del oeste de Australia, los emúes (Dromaius novaehollandiae), unas aves grandes como avestruces y emparentadas con kiwis y casuarios, se movían a su antojo; lo hacían en dirección suroeste hacia la costa en invierno, al noreste en verano, o al revés, si las lluvias lo imponían. Con sus migraciones, favorecían las sabanas y los bosques esclerófilos, en donde viven como como omnívoros generalistas que consumen una variedad de plantas y artrópodos. Algunos años se reunían por miles para caminar juntos, formando uno de los mayores espectáculos de la naturaleza. Por supuesto que se enfrentaban a peligros: dingos, tilacinos y aborígenes. Los aborígenes, cazadores ingeniosos, capturaban unos cuantos emúes por todo el continente con la única intención de utilizar las plumas en ceremonia rituales.
Sin embargo, los colonos europeos eran diferentes. Arrasaron la tierra y plantaron trigo. De esa forma, el emú, que contemplaba la nueva tierra de cultivo como una cesta de cereales dispuesta para sus largas caminatas estacionales, se convirtió en el enemigo. Habría guerra.
En noviembre de 1932 más de 20.000 emúes se pusieron en movimiento en dirección hacia la región de cultivo de trigo que rodeaba Campion y Walgoolan. Hasta allí habían llegado durante años muchos colonos después de luchar en la Primera Guerra Mundial y habían plantado trigo a montones. Al principio las cosas fueron bien, pero cuando sufrieron la caída de precios del grano se mostraron reacios al ver que su medio de vida peligraba aún más por culpa de una oleada interminable de picos hambrientos y patas holladoras, y reclamaron la presencia del ejército.
Transcurría la mañana del 2 de noviembre cuando el mayor G. P. W. Meredith, el sargento S. McMurray y el fusilero J. O’Halloran, de la Séptima Batería Pesada de la Real Artillería Australiana, abrieron fuego. Utilizaron una ametralladora automática Lewis con la esperanza de acabar con las aves de un plumazo, tal y como habían hecho en Francia los soldados que segaban la vida de otros mientras corrían aterrorizados hacia la siguiente trinchera. Pero al oír los primeros disparos, los emúes se dispersaron y la compacta bandada se esfumó como la niebla. Dos días después, los soldados lo intentaron de nuevo apostándose al acecho cerca de una poza, listos para disparar sobre unos mil emúes que acudían a beber. El arma escupió de nuevo, pero se atascó y solo pudieron abatir una docena de aves.
El día 8 se retiraron los artilleros porque, además de enfrentarse al ridículo por el fracaso para acabar con un enemigo indefenso, las autoridades discutían sobre quién pagaría las balas. Pero los colonos exigieron la vuelta del ejército, que regresó pasados unos días. Durante el mes siguiente continuó la campaña: en total se hicieron 9.860 disparos. Que solo se mataran 986 aves no puede ocultar la realidad de que se trataba de un intento de exterminio en masa. Después de haber perdido lo que se conoció como la Guerra del Emú [1], el mayor Meredith declaró que el plumífero enemigo «podía enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques». No parece que eso fuera cierto, porque en cuanto se ofrecieron mayores recompensas por las cabezas de las aves, los colonos con sus propios rifles  abatieron 57.000 emúes en tan solo un semestre de 1934.
Desde entonces, los emúes de Australia Occidental se han enfrentado a muchas cacerías e incluso al envenenamiento por estricnina, pero todavía se las apañan para reunirse en grandes  multitudes algunos años. Y haciéndolo, contribuyen, junto con unas hormigas, a la dispersión de la quinina australiana.
Un árbol de quinina (Petalostigma pubescens) en flor. Fuente.
Un alimento favorito del emú es Petalostigma pubescens, un árbol conocido como árbol de quinina, corteza amarga o baya de quinina. Los árboles de quinina crecen en los bosques abiertos elegidos por los emúes para sus andanzas .
El árbol de quinina tiene frutos amarillos de tipo drupa (es decir con hueso), de unos dos centímetros de diámetro, con una delgada envoltura carnosa, el exocarpo. Los frutos se dividen en seis u ocho gajos, como una mandarina, y cada segmento contiene un endocarpo duro (es decir, cada fruto contiene entre seis y ocho huesecillos). Cada endocarpo contiene una sola semilla. Si se quedan sobre el árbol, los frutos finalmente se secarán y se abrirán para liberar sus semillas, pero si un emú hambriento descubre los frutos maduros, comienza un triple trasiego de lo más interesante.
Un emú puede zamparse docenas de frutos de una sentada. Se los traga enteros, digiere la parte blanda y carnosa y defeca los endocarpos duros e indigeribles. Defeca mientras recorre a diario grandes recorridos, sembrando endocarpos a medida que avanza. En uno de esos momentos tan necesarios como poco glamurosos de la ciencia, unos biólogos australianos contaron a mano hasta 142 endocarpos en una sola defecación de emú. Si la historia terminara con las semillas del quinino inmersas en una bóñiga de emú, diríamos que el ave ha prestado al árbol un excelente servicio de dispersión de semillas, es decir, de ornitocoria, pero la historia no finaliza ahí.
Frutos de Petalostigma pubescens. Foto. 
El excremento de emú y los endocarpos comienzan a recalentarse bajo el duro sol del interior de Australia. A medida que los endocarpos se secan, explosionan. Los tejidos del endocarpo tienen fibras orientadas en direcciones opuestas. A medida que las fibras se secan, se contraen y disparan el endocarpo en un típico caso de ballocoria o (dispersión balística). La dehiscencia es repentina y tan explosiva que algunas semillas vuelan más de dos metros desde el excremento de origen. Lanzar las semillas lejos del montón de estiércol es una estrategia beneficiosa para las plantas: la separación espacial significa que es menos probable que las plántulas compitan entre sí.
Pero ese no es el destino final de las semillas. Cada semilla de Petalostigma tiene un pequeño cuerpo graso, un eleosoma, que atrae a las hormigas. Estas recogen las semillas con sus eleosomas adheridos y las llevan a su nido. Una vez allí, consumen el eleosoma y depositan la semilla fuera del nido. Un típico caso de mirmecoria: son las hormigas las que dispersan las semillas hasta su sitio definitivo.
La asociación entre emúes, endocarpos explosivos, hormigas y quininos australianos es probablemente uno de los escenarios de dispersión más complejos en el universo de las plantas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.



[1] El episodio de la Guerra del Emú está tomado del libro de Adrian Burton (traducción de Manuel Peinado) Life Lines, accesible en este enlace.

lunes, 29 de diciembre de 2025

TRES VEGETALES NAVIDEÑOS: MUÉRDAGO, INCIENSO Y MIRRA

Magia, humo y resinas sagradas.

La Navidad es una época curiosa para la botánica. Durante el resto del año, la mayoría de nosotros apenas distinguimos un abeto de una farola, pero en diciembre de pronto nos rodeamos de vegetales con una intensidad casi mística. Árboles en el salón, ramas colgando del techo, resinas ardiendo y perfumes que parecen haber sido destilados directamente del Antiguo Testamento. Todo muy natural, aunque no siempre sepamos exactamente qué estamos celebrando.

Empecemos por el muérdago, una planta que ha conseguido el raro privilegio de ser a la vez romántica y ligeramente venenosa. No es poca cosa. El muérdago ha gozado de una reputación especial desde la Antigüedad, en parte por su comportamiento vegetal francamente sospechoso. No crece como una planta respetable, con raíces bien hundidas en la tierra, sino que aparece brotando de las ramas de otros árboles, como si hubiera decidido instalarse allí sin pedir permiso.

Técnicamente, el muérdago es una planta hemiparásita. Eso significa que realiza la fotosíntesis por su cuenta, pero obtiene agua y sales minerales del árbol anfitrión. Es decir, hace la mitad del trabajo y deja el resto a otro, una estrategia vital que, si se aplicara a los seres humanos, generaría un resentimiento social considerable.

El muérdago clásico europeo, Viscum album, tiene además un origen etimológico poco glamuroso. Su nombre procede del anglosajón mistel (estiércol) y tan (ramita). En otras palabras: “estiércol en una ramita”. No es exactamente el tipo de expresión que uno asocia con besos furtivos bajo la lámpara del comedor. Pero describe bastante bien cómo se propaga la planta: las aves comen las bayas, las semillas sobreviven al proceso digestivo —cosa que no puede decirse del ser humano— y acaban depositadas, con todo el entusiasmo fisiológico posible, sobre una rama adecuada.

Las semillas contienen viscotoxinas, pequeñas proteínas capaces de destruir células humanas con una eficacia poco navideña. Cualquier sustancia con ese perfil despierta, inevitablemente, el interés de la farmacología. La historia de la medicina está llena de intentos de domesticar venenos: arsénico, mercurio, estricnina, belladona… Todos ellos tuvieron su momento de gloria antes de que alguien se diera cuenta de que quizá no eran tan buena idea.

El muérdago no fue una excepción. Durante siglos se utilizó en brebajes y ungüentos de dudosa eficacia. Hasta principios del siglo XX, la comunidad científica lo consideró un placebo elegante. Pero en la década de 1920 aparecieron estudios que identificaron en el muérdago unas moléculas llamadas lectinas, capaces de unirse a las células e inducir cambios bioquímicos. De repente, surgió la esperanza de que, en la dosis adecuada, pudieran atacar selectivamente células cancerosas.

El optimismo duró lo justo para lanzar al mercado una serie de preparados con nombres que sonaban a villanos de ópera: Iscador, Helixor, Eurixor. Los ensayos en humanos, sin embargo, no confirmaron las promesas iniciales. Hoy no existen pruebas sólidas de que estos productos tengan un efecto beneficioso contra el cáncer. Sí existe, en cambio, abundante evidencia de que no lo tienen. Parece que la verdadera magia del muérdago consiste en provocar besos incómodos entre personas que no siempre saben cómo acabar allí. Y eso, siendo justos, ya es bastante.

Pasemos ahora a los Reyes Magos y a sus famosos regalos. El oro no plantea problemas: sigue siendo caro, brillante y universalmente apreciado. Pero el incienso y la mirra requieren un poco más de contexto. ¿Por qué alguien pensó que unas resinas aromáticas eran un obsequio apropiado para un recién nacido?

Tanto el incienso como la mirra son productos vegetales muy específicos. Proceden de árboles del Medio Oriente y África que, cuando se les daña la corteza, exudan una savia rica en compuestos antimicrobianos. Es una forma vegetal de ponerse una tirita química. Con el tiempo, esa savia se endurece y forma una resina que puede recogerse.

El incienso procede de varias especies del género Boswellia, perteneciente a la familia de las burseráceas. Crecen en regiones áridas del noreste de África, la península arábiga y la India, lugares donde no abundan precisamente los árboles con vocación ornamental. La mirra, por su parte, procede de especies del género Commiphora, de la misma familia botánica y con una distribución similar. Ambas resinas han sido bienes de alto valor durante milenios, no porque fueran raras, sino porque olían bien y ardían mejor.

Mucho antes de la primera Navidad, el incienso y la mirra ya ocupaban un lugar destacado en ceremonias religiosas. Al quemarse, producen un humo fragante que tiene la virtud de hacer más llevaderas reuniones prolongadas en espacios cerrados. Quizá la idea original era elevar las oraciones hacia el cielo a través del humo. O quizá simplemente disimular el olor corporal de personas poco familiarizadas con el jabón. Ambas explicaciones son plausibles.

La palabra “incienso” procede del latín incendere, prender fuego. “Perfume” viene de per fumum, “a través del humo”. Es decir, el perfume fue primero humo, luego religión y solo mucho después un frasco caro en una estantería.

Los egipcios utilizaron incienso y mirra para embalsamar cadáveres, tratar heridas y perfumar templos. Sus propiedades antimicrobianas hacen que estas aplicaciones tengan cierto sentido. Menos convincente resulta su uso para ahuyentar demonios, aunque, de nuevo, todo depende de cómo definamos “demonio”. En iglesias abarrotadas y mal ventiladas, el incienso probablemente cumplía una función terapéutica básica.

Las aplicaciones médicas de la mirra y el incienso han sido innumerables y, en muchos casos, imaginativas. Hipócrates recomendaba la mirra como óvulo vaginal para estimular la excitación sexual, lo cual demuestra que incluso el padre de la medicina tenía días raros. Textos ayurvédicos la prescribían para alargar la vida y adelgazar. Los chinos la usaban para infecciones bucales. La marina británica la probó contra el escorbuto, con resultados inútiles.

Hoy, estas resinas siguen presentes en pastillas para la tos, colutorios y productos de herbolario. Si uno quisiera hacer un regalo verdaderamente navideño, podría optar por unas pastillas para la garganta con un porcentaje respetable de incienso y mirra. O por un perfume: Timeless de Avon contiene incienso; Le Jardin de Max Factor incluye mirra. Los Reyes Magos, sin saberlo, estaban adelantados a su tiempo.

Así que ahí los tenemos: muérdago, incienso y mirra. Tres vegetales con historias largas, aromas intensos y una curiosa capacidad para colarse en nuestras celebraciones. Puede que no curen el cáncer ni ahuyenten demonios, pero han conseguido algo quizá más difícil: sobrevivir miles de años en el imaginario humano. Y eso, en el fondo, es bastante milagroso.

Que tengas una Navidad llena de mirra. Y, si hay muérdago de por medio, que sea con consentimiento y sin lectinas.

sábado, 5 de febrero de 2022

Solandra grandiflora, el psicodélico y venenoso cáliz de oro


Que las plantas no se puedan mover o que la mayoría de ellas carezcan de estructuras visibles para defenderse (espinas o aguijones), no significa que permanezcan inermes. Aunque todavía ignoremos más de lo que la Ciencia haya podido demostrar, los grandes mecanismos defensivos de las plantas son invisibles. Son moléculas orgánicas que se forman como consecuencia de su metabolismo secundario.

El metabolismo primario incluye aquellos procesos químicos que se llevan a cabo para sobrevivir, crecer y reproducirse: fotosíntesis, glucolisis, síntesis de aminoácidos, síntesis de proteínas, enzimas y coenzimas, síntesis de materiales estructurales, duplicación del material genético, reproducción de células (crecimiento), absorción de nutrientes, etcétera.

Como consecuencia del metabolismo secundario, las plantas producen metabolitos que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a herbívoros. Entre los metabolitos secundarios destacan, sobre cualquier otro tipo de fitoquímicos, los alcaloides, una gran familia de más de 15.000 compuestos orgánicos que tienen en común tres características: son solubles en agua, contienen al menos un átomo de nitrógeno, y exhiben actividad biológica.

Esa actividad biológica se manifiesta entre otras cosas, en que, a concentraciones bajas, son fisiológicamente activos en los animales, de donde derivan sus múltiples usos en medicina, farmacología y fitoterapia, bien en estado puro bien en quimiosíntesis como drogas vegetales. Existen innumerables plantas que contienen alcaloides como la quinina, la morfina, la codeína, la cafeína, la teína, la teobromina, la atropina, la escopolamina, la nicotina y un largo etcétera.

Phyllobates terribilis. 

Algunos alcaloides pueden encontrarse en la piel de ciertos animales, como la bufotoxina (la segregan los sapos) ó la batracotoxina (uno de los alcaloides más potentes conocidos), que segregan las ranas del género Phyllobates. Phyllobates terribilis produce un alcaloide con tales niveles de toxicidad y concentración que un solo miligramo podría matar a diez hombres. Este alcaloide también aparece en las plumas de ciertos pájaros del género Pitohui de Nueva Guinea y produce una paralización en el miembro que lo toca. También producen alcaloides pequeños artrópodos como ciempiés, mariquitas, hormigas, etc.

No obstante, la mayoría de los alcaloides son considerados como “vegetales”. Se calcula que un 10 % del total de las especies “vegetales” contienen algún tipo de estos compuestos. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides producen efectos psicoactivos en los animales, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.

La copa de oro, Solandra máxima, pertenece a la familia de las solanáceas, en la que, además de alimentos tan comunes como tomates, papas, berenjenas o pimientos, se incluyen el tabaco y algunas plantas tóxicas, venenosas o alucinógenas, como el estramonio, el beleño y la mandrágora, de las que me he ocupado en este mismo blog. Esas solanáceas contienen dos alcaloides psicotrópicos activos: hiosciamina y la escopolamina, mientras que otro anestésico y vasodilatador, la atropina, se extrae de otras plantas de la misma familia como el propio estramonio y la burundanga o floripondio (Brugmansia arborea), cuyos efectos tóxicos y empleo con fines ilegales son bien conocidos en los archivos forenses y policiales.

Beleño, Hyosciamus niger


Las propiedades la copa de oro, como las de muchas otras solanáceas incluidas nuestras prosaicas patatas, se deben a sus alcaloides de acción anticolinérgica, que, tal y como expliqué en este artículo, sirven para alterar los efectos producidos por la acetilcolina en el sistema nervioso. En general, las solanáceas contienen numerosos alcaloides tropánicos que tienen una bien ganada fama como alucinógenos químicos delirantes con capacidad de causar la muerte a los que han sido lo bastante locos como para probarlas sin conocimiento. Y es que en dosis elevadas los alcaloides tropánicos, poseedores de propiedades narcóticas que permiten su uso como analgésicos y anestésicos, provocan estimulación antes de causar una fuerte depresión que puede inducir al coma.

Las tropinas son las moléculas responsables de que el estramonio, el beleño, la belladona o la mandrágora formen parte de la clásica y ensoñadora farmacopea de las "hierbas de las brujas" y como tal ha sido protagonista de muchas leyendas, rituales y burdas supersticiones que, venidas desde Oriente Próximo, llegaron a Europa donde trovadores y hechiceros las propagaron por doquier.

El género Solandra comprende especies nativas de las regiones neotropicales de América. Solandra grandiflora, más conocida popularmente como copa de oro o cáliz de vino, es autóctona de los territorios centrales de México. Desde allí su área nativa alcanza por el sur hasta Chiapas y, asilvestrada pero no nativa, alcanza por el norte hasta las regiones subtropicales del sur de Estados Unidos y por el sur se ha extendido a Suramérica y a varias islas del Caribe. También se propaga cada vez más en Australia.

S. grandiflora es una trepadora perenne de crecimiento rápido que puede exceder fácilmente los treinta metros de longitud. Las ramas son nudosas y de cada nudo brotan zarcillos y raíces que permiten que la planta pueda anclarse a sus soportes y produzca un sistema radicular más extenso que mejora su capacidad de acceso a los nutrientes esenciales.

Las solandras son muy utilizadas en jardinería (en climas cálidos, carentes de heladas) por sus grandes flores campanuladas de color amarillo con rayas interiores espiraladas de color púrpura o marrón que pueden alcanzar hasta veinticinco centímetros de largo. El color de las flores oscila desde el blanco brillante al amarillo. Se abren al atardecer y emiten una fuerte fragancia dulce, que huele a coco o a vainilla. La apertura nocturna, los olores potentes y el gran tamaño de las flores, generosas productoras de néctar, son señales claras para atraer a sus polinizadores: los murciélagos.

Floripondio, Brugmansia arborea


En su ambiente natural, donde hay murciélagos y, por lo tanto, se produce la polinización, las diferentes especies de Solandra producen grandes bayas blanco-amarillentas que contienen muchas semillas diminutas. Cuando Solandra grandiflora se cultiva como ornamental, por lo general se propaga por esquejes y rara vez produce frutos.

Algunos pueblos nativos de México y del norte de Centroamérica (huastecos, huicholes y mixtecos) han creído durante mucho tiempo en los poderes mágicos y misteriosos del cáliz de oro. Hay utensilios precolombinos aztecas que representan claramente el uso ritual de la planta entre los aborígenes de Mesoamérica.

El uso más conocido y estudiado de Solandra viene de los indios huicholes de Jalisco, México. Los huicholes tienen una larga historia y una mitología elaborada en torno a su propio origen y la flor de Solandra a la que llaman Kieli. Los ancianos enseñan a los niños que el Dios del viento y la magia, Kieli tewíali, bajó a la Tierra y se transformó en la liana Solandra. Kieli tewíali era el hijo de la Serpiente Cósmica y de la lluvia, que vino a la Tierra para beneficiar a la humanidad mediante la transformación de sí mismo en la maravillosa flor fragante del kieli. Los huicholes creen que, al dormir al lado de las flores, la fragancia penetrará en el cuerpo y los transportará ensoñadoramente a un reino místico.

Como con muchas de las plantas alucinógenas mexicanas se han desarrollado diferentes preparaciones para aprovechar las propiedades mágicas de estas plantas. Algunas tribus comen las flores directamente para inducir estados de trance. Otras hacen infusiones con tallos secos y raíces cocidas en agua. Varias tribus muelen las hojas frescas y las usan como supositorios anales. La forma más popular y el método más documentado de ingestión usa las flores, hojas y raíces secas, molidas y mezcladas con otras hierbas alucinógenas para fumar.

Como en tantos otros casos, la planta goza también de fama como afrodisíaca. La sabiduría popular tradicional cree que al darle a un hombre una infusión hecha de las flores y raíces aumentará su deseo sexual hasta el punto de que el excesivo deseo puede hacer que un hombre muera al "secarlo" por completo.

El peyote, Lophophora williamsii, un cactus enteógeno

Muchos pueblos mesoamericanos comparan los efectos psicodélicos de Solandra grandiflora a los que se producen los cactus peyotes (Lophophora williamsii), pero con efectos mucho más acusados que pueden causar la muerte. La infusión puede producir una psicosis que dura más de treinta y de seis horas con alucinaciones, delirios extremos e inconsciencia absoluta. Los efectos producidos por fumar las hojas secas y las flores son mucho más sutiles y breves, pero sin merma de su potente capacidad psicoactiva y con fuertes efectos afrodisíacos.

El análisis farmacológico del género Solandra ha demostrado que, aunque todas sus especies contienen compuestos psicoactivos en diferentes concentraciones, Solandra grandiflora presenta la concentración más elevada en peso seco. Todas las partes de la planta (flores, hojas, tallos, raíces y bayas) tienen importantes cantidades de alcaloides tropánicos, pero en el sistema radicular es donde se concentra el mayor porcentaje de compuestos activos. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.