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sábado, 30 de enero de 2010

Bolonia: ni lanzamiento de cohetes ni quema de contenedores



Respiro con tranquilidad. Acabo de finalizar la corrección de los exámenes finales de la asignatura que he impartido por primera vez en el recién implantado Grado de Ciencias Ambientales. Tras explicar las materias de mi especialidad con los métodos tradicionales durante casi 30 años, la aplicación práctica del método “Bolonia”, que entre otras cosas significa más trabajo para estudiantes y profesores, era para mí una nueva experiencia que aunque estaba ofreciendo unos excelentes resultados en términos de participación activa de los estudiantes en las clases teóricas y prácticas, todavía no había demostrado su eficacia en la pruebas finales. Tras corregir, compruebo con satisfacción que el trabajo continuado durante el cuatrimestre ha dado sus frutos: la mayoría de los estudiantes han superado sobradamente las pruebas.

Compruebo así que cuando hace un año estaban en su apogeo los movimientos “anti Bolonia”, ni las cosas estaban para quemar contenedores, como tampoco lo están ahora para tirar cohetes. Queda aún mucho trabajo por hacer para generalizar un modelo que implica profundos cambios metodológicos, pero sobre todo de actitud y mentalidad en estudiantes y profesores. Conviene recordar a Unamuno cuando hace un siglo escribía: «¿Reforma, revolución de la enseñanza? Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñar». Y es que lo primero que hay que asumir es un cambio en la actitud con que nos enfrentamos al proceso docente en plena “sociedad del conocimiento”, sintagma usado hasta la saciedad pero no por ello vacío de contenido.
 
Cuando hasta ahora había pronunciado a favor de la reforma había recibido miradas de escepticismo, sonrisas burlonas y frases del tipo «pues deber ser el único», a veces acompañadas de afirmaciones, algunas más apocalípticas que otras, pero casi todas negativas para Bolonia, lo que hacía pensar que la universidad española vivía en el mejor de los mundos, como si nuestros jóvenes licenciados tuvieran una formación completa gracias a los actuales planes de estudio; como si no tardaran en obtener su título una media de años escandalosamente superior a la prevista; como si la «degradación de los estudios» que perciben algunos hubiera comenzado con la aplicación de Bolonia y no la percibieran ellos mismos en las últimas décadas; como si nuestros antiguos alumnos no estuvieran abocados a encontrar un trabajo ajeno a su titulación; como si no supiéramos que en la lista de las mejores universidades del mundo no hay ninguna española.



La transmisión del conocimiento dejó de ser un poder en manos de unos pocos para volar libremente cuando a mediados del siglo XV Gutenberg inventó la imprenta abriendo con ello el principio del fin del viejo sistema dogmático de transmisión oral del conocimiento que había imperado en la Universidad medieval desde su fundación tres siglos antes. En los libros cabía más conocimiento del que podía contener el cerebro del más sabio de los maestros. Estos, en su mayoría eclesiásticos, captaron rápidamente el problema: los libros transmitían más información que ellos. Si la autoridad docente se basaba en la información y un libro acumulaba más información, se perdía el respeto al catedrático en beneficio del libro. Así que los libros, ¡al fuego! Las plazas se llenaron de hogueras que trataron de impedir la difusión de aquellos objetos que estaban cambiando el mundo. Sin embargo, el camino emprendido era entonces, como ocurre ahora con Internet, imparable e irreversible.

Aún estamos lejos de asimilar el impacto que va a suponer la prodigiosa biblioteca virtual y gratuita que es Internet, pero sin duda será mucho mayor que la que tuvo la imprenta. La nueva realidad es que la aldea global en la que se combinan lo material y lo virtual está generando una nueva forma de asimilar, de comprender, de aprender, de aprehender y de enfrentarse al mundo nuestros estudiantes que hace imprescindible que los docentes de todos los niveles la descubramos y la explotemos lo máximo posible.



Conforme he ido avanzando en mi actividad universitaria he ido aprendiendo que cuanto más conozco, más ignoro. Ahora me doy cuenta, además, de que cualquier alumno podría preguntarme: «¿Por qué cree, profesor, que usted sabe más que Internet? Todo lo que nos ha contado a lo largo de la clase lo he encontrado en mi navegador; eso, y mucho más que usted ha olvidado». Y tendría toda la razón. El acceso a la información es hoy astronómicamente mayor que el que existía no ya cuando yo estudiaba la licenciatura, sino cuando accedí a la cátedra universitaria hace veinte años. Hoy, cuando entro en el aula, reconozco el escenario y podría impartir la clase como hice siempre, porque hay estudiantes, una pizarra y tizas, una pantalla y un par de proyectores. Podría hacer lo que he hecho durante muchos años: transmitir conocimientos de forma oral. Pero el ojo ciclópeo del ordenador me abre las puertas a un mundo de infinita información. Ahora no tengo que remar; me basta con dirigir la navegación.

Como me pasó a mí y como le pasa a todos los jóvenes licenciados en el momento de su graduación, cuando se termina el último curso uno apenas retiene una fracción ínfima de los conocimientos que creyó ilusamente adquirir a lo largo de la carrera. ¿Qué sentido tiene devorar toneladas de conocimientos que se olvidan apenas superados los exámenes? ¿No es mejor enseñar a encontrarlos, recopilarlos, analizarlos y criticarlos para separar lo importante de lo superfluo y lo cierto de lo falso? ¿Acaso no es eso –abrir camino, avanzar, retroceder, indagar, escudriñar, errar y acertar- lo que hacemos los investigadores todos los días? Ya no basta con contar lo que hay que estudiar: hay que enseñar a estudiar.

Estamos en una nueva era en la que los viejos métodos ya no sirven para ir al sitio habitual por la senda habitual, porque en la nueva sociedad las distancias están desapareciendo vertiginosamente. El camino habitual es el que recorrimos nosotros y no podemos pretender que nuestros estudiantes se preparen sólo para hacer lo que hicimos nosotros. De aquí para atrás ya sabemos lo que hay. De aquí para allá está el futuro de la educación superior basado en la nueva sociedad del conocimiento, en el inmenso océano de información en el que nos corresponde enseñar a estudiar y a razonar. Hay que hacerlo para que no nos ocurra lo que decía García Márquez: «desde muy pequeño tuve que abandonar mi educación, para empezar a ir a la escuela».