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sábado, 9 de enero de 2010

El prisionero de Borehamwood





Caricatura de Stanley Kubrick (http://rivaherrera.files.wordpress.com/2009/03/kubrick1.jpg).

Han pasado diez años desde la desaparición del director neoyorkino Stanley Kubrick (1928-1999), uno de los cineastas geniales que huyeron de Hollywood como lo habían hecho antes Chaplin, Orson Welles o John Huston, artistas inasimilables y rebeldes frente a una industria demasiado convencional, que acabaron sus días en el exilio británico. La University of the Arts de Londres custodia celosamente los archivos personales de Kubrick, un tesoro de la técnica cinematográfica que el director estadounidense había almacenado durante años en su mansión de Borehamwood, en la campiña inglesa de Hertforshire, al norte de Londres, donde vivía prácticamente recluido y en la que, llevado por su obsesión por la seguridad, había hecho construir su propio refugio nuclear e instalar sofisticados sistemas de seguridad. Su voluntario y casi lunático encierro explica, por ejemplo, por qué La chaqueta metálica, su película sobre la guerra de Vietnam, se rodara en Inglaterra, y que la póstuma Eyes wide shut, una historia que se desarrolla en Nueva York, también se hiciera en Londres.

En esos archivos los estudiosos del cine pueden acceder a miles de documentos, guiones, fotografías, dibujos y maquetas que Kubrick utilizó en la preparación de sus filmes, todo un arsenal que pone de relieve la meticulosidad y el rigor con que el director preparaba no sólo su obra, sino todo lo que podía afectarla. Nada podía escapar a su control: desde el guión a la distribución, cualquiera de sus películas estaba cuidadosamente planificada. Se sabe que llegó a investigar la comodidad del asiento y la acústica de las salas donde se iban a estrenar; escuché una vez a Juan Zavala contar que en una ocasión se enteró de que en un cine de Nueva York, en el que se iba a proyectar La naranja mecánica, estaba pintado con un blanco brillante que producía reflejos en la pantalla: Kubrick se encargó personalmente de enviar un equipo de pintores para acondicionar la sala en veinticuatro horas. Su perfeccionismo llegaba hasta el control personal de los doblajes: Kubrick exigía que sus películas se estrenasen en versiones dobladas que él supervisaba hasta límites inconcebibles, desde la traducción (el escritor Vicente Molina Foix era su traductor habitual al castellano) hasta el director de doblaje (varias de las versiones españolas fueron dirigidas por Carlos Saura, Jaime de Armiñán y Mario Camus, designados expresamente por él) y la voz de cada actor principal del doblaje de sus versiones, aunque no conociera bien el idioma al que se doblaban.



Kubrick, a la izquierda, durante el rodaje en el laberinto de El resplandor (http://www.cisi.unito.it/progetti/shining/film/sk-brown03.jpg).

Escribió Borges que para alcanzar la obra maestra «quizás convenga distraerse un poco», un axioma que no parece encajar con la personalidad de Kubrick, un perfeccionista siempre a la búsqueda de una quimera, la película perfecta; un director que se entregaba durante años a cada proyecto, lo que explica lo reducido de su filmografía: sólo 13 películas, algunas de la cuales: Atraco perfecto, Senderos de gloria (sus dos primeras películas que convirtieron a un niño prodigio en un cineasta de renombre mundial cuando tenía 25 años), Espartaco, Lolita, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, La naranja mecánica o 2001: una odisea del espacio forman parte de las obras maestras de la historia del cine. 

Descrito a menudo como un esmeradísimo orfebre y como un ermitaño con un ritmo de trabajo perfectamente adaptado a una rutina exasperante, Kubrick contaba con una técnica fotográfica apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y maniático que, como un prodigioso mecanismo de relojería visual capaz de resolver los complejos problemas de construcción y captura del tiempo, convertía a cada filme en algo exclusivamente suyo, en auténtico cine de autor, cuyo resultado final deslumbraba en películas como 2001, el primer filme de la historia en el que los protagonistas no eran los actores, sino los efectos especiales; El resplandor, un mito del cine de suspense, que ha pasado a la historia por su utilización virtuosa de la steadycam en los sinuosos pasillos de un gigantesco hotel alpino de Colorado y en los cartesianos senderos de un laberinto vegetal; o Barry Lyndon –algunos de cuyos planos y secuencias acompañan en el enlace adjunto- que se rodó enteramente con luz natural, de velas, de aceite o de sol, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por el novelista Thackeray creador del preciosista retrato de un trepador atrapado entre oropeles barrocos.


Fotograma de Senderos de Gloria (http://www.apt613.ca/wordpress/wp-content/uploads/2009/05/paths_of_glory.jpg).


Su preocupación por el mensaje, en el que ponía casi tanto énfasis como en la técnica, se centró en expresar que el mundo puede convertirse en un infierno y en plasmar a los fantasmas que acosan al hombre moderno: la soledad en un ambiente hostil, el peligro atómico, la violencia urbana, la autodestrucción que produce la amarga pasión (la de Humbert-Humbert por Lolita) o la estúpida guerra, a la que condena en el mejor filme antibelicista de todos los tiempos, Senderos de gloria, una denuncia de la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, en cuyas trincheras perdieron su vida la mayor parte de los hombres de Europa, conducidos al infierno con engaños y reclamos patrióticos.

Comparado frecuentemente con los grandes artesanos del barroco, ese autor recluso, que, como un alquimista de la imagen buscaba en solitario la piedra filosofal de la Gran Obra, ese casi neurótico director que odiaba volar y soñaba con hacer una película sobre la guerra civil española, se preocupó de que el cine tuviera, pese al ruido de los millones de dólares que acompañan a un arte convertido en industria, los rasgos delicados y artesanales de las grandes obras de arte del pasado. 


La actriz Sue Lyon en el papel de Lolita (http://schabrieres.files.wordpress.com

Cuando John Baxter publicó su biografía más conocida (la edición inglesa es de 1997, mientras que la española que yo conozco, de ediciones T & B, es de 2008) Jonathan Romney, un crítico de The Guardian, señaló que el libro contribuía poco a descifrar el acertijo que fue Kubrick. «Por virtud de su invisibilidad, Kubrick es el personaje que cinematográficamente se aproxima más a un Gran Mago de Oz. En una biografía de Kubrick uno espera descubrir si el gran mago es en realidad sólo un hombrecito que se oculta detrás de la cortina para aterrorizar al mundo con explosiones de azufre y una voluntad exorbitante», decía Romney. 

Y es que Kubrick era el Gran Mago, un niño prodigioso y temerario que nunca pudo dejar de ser a pesar de haberse convertido en un viejo perturbador, un tanto lunático pero lúcido y fascinante encerrado, como William Randolph Hearst, en una obsesiva mansión.