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sábado, 16 de enero de 2010

La locomotora politécnica









La sociedad se enfrenta hoy a los nuevos retos de crecimiento económico, competitividad, sostenibilidad ambiental y generación de bienestar social que exige la globalización de la economía. Ante esos desafíos es necesario reconocer la importancia que tiene la transferencia de conocimiento desde las universidades al sector productivo. Cada vez resulta más necesario acercar la investigación al conjunto de la sociedad para lograr una verdadera economía basada en la transferencia del conocimiento, para fomentar nuestra competitividad y para impulsar la generación de empleo y la cohesión social. En ese contexto, resultan decisivas las aportaciones que las universidades puedan hacer desde el enorme potencial que encierran sus grupos de I+D+i.

En la cumbre de Lisboa de 2000, los Jefes de Gobierno acordaron un nuevo objetivo estratégico: hacer de Europa «la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social». Desde entonces, han ido aprobándose toda una serie de medidas entre las cuales destaca el desarrollo de políticas de educación, investigación e innovación dentro de la «sociedad del conocimiento».


La economía y la sociedad del conocimiento son el resultado de la interacción de cuatro elementos: la producción del conocimiento, esencialmente mediante la investigación científica; su transmisión, mediante la educación y la formación; su difusión, a través de las tecnologías de la información y la comunicación; y su explotación, a través de la innovación tecnológica. Las universidades son únicas en este sentido, ya que participan en todos estos procesos a través del papel que desempeñan en tres ámbitos clave: la investigación y la explotación de sus resultados gracias a la cooperación industrial y el aprovechamiento de las ventajas tecnológicas, la educación y la formación, en particular la formación de los investigadores, y el desarrollo local y regional al que pueden y deben contribuir de forma significativa.



Patio central del edificio de la Escuela Politécnica Superior. Universidad de Alcalá.
 
La actividad investigadora, como búsqueda sistemática de respuestas a los interrogantes que se nos plantean, está ligada a la universidad desde sus orígenes. En los últimos años, la universidad española ha cumplido sobradamente con la tarea de convertirse en el principal centro de generación de conocimiento, en especial del conocimiento que por su carácter básico no forma parte de las actividades inmediatas de otros agentes productores de ciencia, como ocurre por ejemplo con los centros tecnológicos o con las empresas. La investigación básica, tradicional en la práctica totalidad de las universidades españolas, ha generado ingresos moderados en los presupuestos de las universidades públicas.

En los últimos tiempos se define cada vez con más claridad una tercera actividad que en el futuro va a tener un elevado peso específico en los presupuestos de las universidades. Me refiero a la denominada actividad emprendedora, cuyos ingresos se derivan de la transferencia tecnológica de los recursos universitarios, esto es, de la capacidad que tenga cada universidad para generar acciones de desarrollo tecnológico, asistencia técnica y contratos de investigación con empresas y administraciones públicas. En suma, desde la concepción de la universidad como espacio y agente de innovación, como una institución básica para la transferencia de I+D o del conocimiento tecnocientífico.


En sucesivas recomendaciones de la Comisión formuladas a partir de 2008, la UE viene insistiendo reiteradamente en que la transferencia de conocimiento es una herramienta esencial en el desarrollo de la estrategia de Lisboa porque se relaciona directamente con una mejora de la innovación y la productividad de las empresas. Por su parte, el Gobierno español ha elaborado un programa estratégico (Estrategia Universidad 2015), uno de cuyos ejes vertebradores se dedica a la transformación de los resultados de la investigación en valor de mercado, en la mejora de la competitividad empresarial y en la aportación de conocimiento para el cambio de modelo económico en España. Por tanto, la necesidad de incrementar la innovación del sistema productivo y los servicios, y para ello de acelerar la transferencia de conocimiento generado por el sistema público de investigación y las universidades, no es una moda o una tendencia de la dinámica endógena de la «cadena del conocimiento», ni tampoco una forma de alcanzar mayores beneficios por parte del sistema productivo, sino una consecuencia de las reflexiones y diagnósticos realizados a nivel europeo y nacional que irán perfilándose cada vez más como políticas diferenciadas y selectivas de la calidad tecnocientífica, como ha ocurrido con la reciente convocatoria de los Campus de Excelencia Internacional (CEI).


Tras ser presentada en 2008, la Estrategia Universidad 2015 debutó con el Programa CEI, cuyas bases valoraban de manera especial «la política de valorización, transferencia e innovación que el conjunto del sistema diseñe [...] de forma que se aproveche al máximo y se rentabilicen las unidades, o entidades dedicadas a la gestión y desarrollo de la función de transferencia». Pues bien, el proyecto presentado por la Universidad de Alcalá (UAH) a esta convocatoria, que en su evaluación global ha obtenido un discreto aprobado (lo que no es poco, tal y como vienen las cosas), ha suspendido lamentablemente en dos de los seis puntos evaluados, precisamente los más decisivos: mejora científica y transferencia del conocimiento y tecnología derivada de la investigación al sector empresarial.

Los resultados finales de la convocatoria han traído como consecuencia que ocho universidades ostentarán la medalla CEI y recibirán el grueso de la financiación. De esas universidades, cinco han sabido captar y rentabilizar la enorme potencialidad derivada de la sinergia entre universidades generalistas y universidades politécnicas, bien mediante alianzas estratégicas (Universidad de Barcelona-Universidad Politécnica de Catalunya y Universidad Complutense-Universidad Politécnica de Madrid), o bien universidades que incluyen de facto escuelas técnicas como la Carlos III de Madrid. Como muestra un botón: la Universidad Carlos III, estructuralmente comparable a la UAH, captó en 2008, y en concepto de transferencia de conocimiento, 35 millones de euros, lo que representa el 20,2% de su presupuesto, uno de los porcentajes más altos entre las universidades españolas. En los últimos cinco años, el esfuerzo de los grupos de I+D de la UAH ha sido también notable, y aunque el porcentaje de ingresos por transferencia represente aproximadamente la mitad de los generados por la Carlos III, hay una tendencia que conviene incrementar en el futuro.


Cubierta de cierre del claustro del convento del Carmen Calzado, actual sede de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad de Alcalá.

El proyecto presentado por la Carlos III a la convocatoria CEI, fundamentalmente basado en tecnologías industriales, aeroespaciales, de la información y de la comunicación, y que incluye nuevas políticas para facilitar y movilizar los procesos de creación de empresas de base tecnológica universitarias, en la adecuada gestión de las patentes, modelos de utilidad y licencias, debe servirnos de modelo para aprovechar en el futuro las enormes potencialidades que encierran nuestras escuelas técnicas.

Una buena parte del desafío de la UAH en los próximos años, si de verdad queremos participar en las grandes ligas de las universidades excelentes, será que seamos capaces de transformar la gran energía potencial de nuestros innovadores tecnológicos en la energía cinética que impulse la locomotora universitaria a través de la nueva sociedad del conocimiento.