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domingo, 3 de enero de 2010

Añorando Bretton Woods





Si alguna ausencia se deja notar en la enorme crisis económica que nos desborda es un marco teórico que permita explicar por qué ha sucedido lo que ha sucedido y, sobre todo, cómo recuperar la senda del crecimiento, a ser posible, sostenible. Una buena parte de los economistas, seguidores de las teorías neoclásicas en que había desembocado el monetarismo, guardan un prudente silencio, del que ignoramos si se guarda con propósito de enmienda o sólo a la espera de volver a la carga. Por su parte, los contados neokeynesianos que se atreven a sacar la patita y, sobre todo, los líderes políticos, se afanan en atajar una enfermedad cuyos síntomas son muy claros pero cuyo diagnóstico no lo es tanto.




El economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) y su esposa, la bailarina rusa Lydia Lopokova (1892-1981). Óleo de William Roberts en la National Portrait Gallery de Londres.

Con sensatez se recurre a Keynes, lo que parece ser la opción más oportuna. Sin embargo, ocurre que Keynes analizó la situación hace casi ochenta años, y, desde entonces, muchas cosas han cambiado, entre otras que el modelo keynesiano está sustentado en el esquema entonces imperante, el de las economías cerradas de Estado-nación, que ha sido superado por la realidad de un mundo globalizado e instantáneo desde el punto de vista financiero.

Aturdidos por el maremoto financiero, los antiguos defensores de la mano invisible del mercado y ahora neoconversos del intervencionismo estatal, predican la refundación el capitalismo, para reforzar los sistemas de control del sistema financiero, reescribir las reglas bancarias y estigmatizar el «capitalismo especulativo», frente al «capitalismo productivo» que debe recuperar su lugar central. Muchos expertos indican la necesidad de desembocar en un nuevo pacto, al estilo del que se estableció hace más de sesenta años en Bretton Woods, pero esta vez encaminado a regular el sistema financiero mundial. En este tipo de situaciones, nada más útil para abordar lo novísimo que echar mano de lo clásico. Repasemos un poco de historia y de geografía, que algo sacaremos en limpio sin quebranto de nuestros atribulados bolsillos.

En el flanco oriental de Norteamérica, la cordillera de los Apalaches se extiende a lo largo de tres mil kilómetros desde la cálida Alabama a la gélida Terranova, ya en Canadá. Sobrepasada la cuenca de los ríos Ohio y Hudson –ese río que cerca de Wall Street «se emborracha con aceite», como escribió Federico en Poeta en Nueva York-, alcanzado New Hampshire, los Apalaches se fragmentan en otra cadena, las montañas White, cuyos picos llevan los nombres de los primeros presidentes estadounidenses: Madison, Jefferson y Washington. Desde la cumbre del más alto de ellos, monte Washington, se divisa en los días claros el valle de Bretton Woods, donde un cálido día de julio de 1944 se quiso poner orden en el espacio económico mundial.



Hotel Mount Washington en Bretton Woods, donde se celebraron las conferencias de 1944. Archivos del Fondo Monetario Internacional (http://external.worldbankimflib.org/Bwf/).

Convocados por el presidente Roosevelt, representantes de cuarenta y cuatro países se reunieron allí para fijar el valor patrón del oro, para estabilizar los tipos de cambio entre las diferentes monedas nacionales y para crear los dos grandes organismos, el FMI y el Banco Mundial (BM), que habrían de garantizar el orden financiero del mundo mediante el control de las relaciones comerciales y monetarias internacionales. Conscientes de que la última gran guerra había sido una respuesta del fascismo a la incapacidad mostrada por los Estados democráticos para solucionar las recesiones económicas de los años veinte y treinta, los reunidos en Bretton Woods acordaron un tratado sobre el tráfico internacional de divisas que, aunque garantizando la libre conversión de las monedas, el cambio y la transferencia de grandes sumas de aquellas quedaban sujetos a la autorización estatal. Para las divisas de todos los países regía una paridad fija con el dólar, cuyo valor en oro se garantizaba por la Reserva Federal norteamericana.



Keynes se dirige a los asistentes de la conferencia de Bretton Woods en julio de 1944. Fotografía de Leo Rosenthal en los archivos del Fondo Monetario Internacional (www.imf.org/).

La cuestión estaba clara: si el dólar se mantenía fuerte, todos se mantenían. Si el dólar se debilitaba por problemas de la economía norteamericana o si la política de algunos Estados se inestabilizaba de tal forma que hiciera flaquear al dólar, el sistema fallaba. De ahí que se decidiera también que la política económica de las naciones quedara sujeta a planes económicos diseñados desde el FMI. De las faldas del monte Washington surgió la receta por todos conocida de inflación baja, recorte de los gastos estatales no destinados a inversiones en infraestructuras, reducción de impuestos, estabilidad de moneda, etcétera. Por su parte, tanto el FMI como el BM se encargarían de mantener estable el Sistema Monetario Internacional y de condicionar las políticas económicas a través de la concesión, o no, de créditos a los países cuando tienen problemas de balanza de pagos o necesitan financiar proyectos de desarrollo.

Ni que decir tiene que aquello no ha funcionado porque con la bonanza económica de los sesenta y la consiguiente expansión industrial favorecida por los avances en el transporte aéreo y marítimo, la industria y la banca comenzaron a considerar que el sistema era un intolerable dique intervencionista que frenaba la expansión. La crisis económica que se desencadenó en 1973 con la guerra del Yom Kippur y la subida de los precios del petróleo fue una crisis de oferta que marcó el fin de la era keynesiana, iniciada en los años treinta como respuesta a la Gran Depresión. La economía de los 70 había entrado en situación de estanflación, es decir, de inflación sin crecimiento. El diagnóstico que se impuso fue que los salarios y los impuestos habían crecido tanto que no se generaba suficiente "excedente de explotación" para invertir al ritmo tecnológico demandado.



El general general Moshé Dayan, héroe israelita de la guerra del Yom Kippur. Archivos del Ministerio de Defensa de Israel.

El mantra entonces era que un sector público hipertrofiado e ineficaz ahogaba la iniciativa privada al mismo tiempo que exigía crecientes recursos que se financiaban vía déficit públicos, generadores, a su vez, de inflación al aumentar indebidamente la oferta monetaria. Era lo que la vieja economía política, habría llamado una "caída de la tasa de ganancia del capital" provocada por un exceso de distribución de la renta. ¿Causantes? Reagan y Thatcher levantaron bandera política: los causantes de todos los males eran el pujante Estado de bienestar y las instituciones que lo acompañaban. Y a por ellos fueron. Hasta hoy.

Cuando la Administración Nixon rompió el dique sacando a Estados Unidos del Tratado de Bretton Woods, un flujo constante de países lo abandonaron también. La rotura del dique provocó una poderosa marea de inventivas financieras impulsadas por un neoliberalismo desaforado que alentó un consumismo engañoso en la sociedad y convirtió el capitalismo industrial en capitalismo financiero. Resurgió el mercado financiero, que venía a completar los mercados clásicos de bienes y servicios, un mercado virtual del que se decía que habría de crear un impulso creador de riqueza de tal magnitud que aún quienes no navegaran en él, como las economías de los países débiles o pobres, acabarían por beneficiarse. No ha sido así porque el mercado financiero –favorecido por ciberrevolución del chip y del byte- tiene un único y exclusivo fin: el beneficio especulativo, lo que parecería normal en una economía de mercado si no se tratase de un beneficio atípico, que no crea contrapartida alguna y no genera más beneficios que los monetarios en el principio y en el fin de una cadena concentrada siempre en las mismas manos.

El fracaso del dique de contención creado en Bretton Woods trajo como consecuencia que la economía financiera sustituyera a la real, dejando de paso indefensos a los Estados frente a las economías privadas del capital. Hoy, de cada 100 transacciones que se realizan en los mercados, más de 90 son meramente financieras. Dinero por dinero. ¿Qué pueden hacer las obsoletas estructuras estatales frente a los movimientos especulativos de los grandes fondos inversores que, navegando a la velocidad de la luz por las autopistas de la información, movilizan diez veces más euros que las reservas de los siete países más ricos del mundo? ¿Qué pueden hacer para controlar la nueva multiplicación de los panes y los peces que son los apalancamientos financieros que crean dinero de donde no lo hay inflando las burbujas a volúmenes irracionales? ¿Qué se puede hacer desde una economía nacional cuando las transacciones financieras diarias equivalen a la producción anual de bienes y servicios de una país como Francia, o cuando nos damos cuenta de que el conjunto de las transacciones de los mercados financieros y monetarios representa alrededor de cincuenta veces el valor de los intercambios comerciales internacionales? ¿Qué hacer si el papel de Shilock, el mercader prestamista de capital, ya no es una gran industria estatal sino un Estado nominalmente comunista llamado China? Poco o nada, al menos desde la economía, pero sí desde la política.

Se piden más controles públicos sobre el mercado, pero se habla poco pidiendo más igualdad. Se culpa de la crisis a la codicia descontrolada, pero se oyen pocas voces en contra de las injusticias subyacentes. No se ve que la izquierda política levante contra la sociedad de la desigualdad, que se nos viene presentando como si fuese la naturaleza de lo social, una bandera teórica y política tan descollante como la que, en su día, el neoliberalismo conservador levantó contra el Estado de bienestar. Se oye poco decir que la equidad, además de ser mejor moralmente, es también más eficiente. Sería ingenuo no tener en cuenta la enorme complejidad en la que se desenvuelven actualmente los indicadores económicos que marcan las diferencias entre ricos y pobres. Pero más ingenuo sería pensar que las relaciones de dominación entre personas y sociedades han desaparecido de la historia. Por eso la economía será siempre economía política.

La ruptura del muro de Bretton Woods supuso el alzamiento de otro muro ahora resquebrajado, el de Wall Sreet, cuyos depredadores agentes se habían convertido en los reyes de un mundo financiero abstracto, un universo de capitales virtuales que hace disminuir el interés por la producción industrial, corrompe la ética del trabajo y de la educación como instrumentos del progreso individual, y provoca que los gobiernos, en lugar de ser los agentes de la justicia social, se transformen en jugadores a la defensiva en la jungla de una economía internacional desenfrenada.




Y así las cosas, parece claro que destruido el de Bretton Woods, hay que edificar un nuevo muro de contención que rehabilite el reparto de la riqueza y equilibre las insostenibles desigualdades del mundo actual. El reto con el que nos enfrentamos hoy –se nos dice ahora- es nada menos que demostrar que desde instituciones democráticas se puede y se debe reformar y regular el capitalismo de mercado para mejorarlo. Soluciones las hay: volveremos sobre ellas desde Champaign, Illinois.