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martes, 10 de junio de 2014

Cazadores de virus

Un filósofo inglés, Carveth Read, publicó en 1925 su obra Los orígenes del hombre y de sus supersticiones, en la que sostenía que nuestros más antiguos antepasados deberían ser llamados Lycophitecus. Consideraba al hombre tan semejante al lobo como al mono: un carnívoro que cazaba en grupos. Aunque el libro pasó casi desapercibido, su influencia resultó ser trascendental. Mientras que desde la época de Darwin se mantenía que los hábitos de los precursores humanos habían diferido poco de los comportamientos inofensivos de los monos selváticos, la hipótesis del cazador sostiene que el hombre evolucionó impulsado no por la placidez vital y sosegada de los herbívoros, sino por el instinto asesino de los carnívoros. No es mi propósito hacer aquí una exposición detallada de esa sólida teoría de los orígenes de la especie humana. Quien esté interesado en el tema puede encontrar una buena síntesis introductoria en un libro muy recomendable de Robert Ardrey –La evolución del hombre: la hipótesis del cazador- editado en España por la colección de bolsillo de Alianza Editorial.

Sea como fuere, en la especie humana subsiste un profundo instinto cinegético, una naturaleza intrínseca de cazador de otras especies. Millones de cazadores, provistos de armas más o menos sofisticadas, se echan cada año a los campos y a los bosques impulsados por el poderoso instinto depredador que subyace en todos nosotros. Menos numerosos, pero infinitamente más pacientes y especializados son otros cazadores profesionales, los que cada día, provistos de bata y no de bota, armados con los artilugios más precisos diseñados por la ciencia, se aprestan a otra caza, la de los microbios patógenos.

La saga de esos cazadores está formada por nombres legendarios
Antony Leeuwenhoek (Fuente)
tales como Koch, Ross, Grasi, Reed o Pasteur que, escudriñando empecinadamente en el microcosmos de la vida microbiana que bulle en una gota de lluvia, en una pizca de sangre infectada o en el interior de un mosquito, ampliaron los horizontes de la ciencia hasta límites que hoy nos siguen pareciendo infinitos. Cuando Galileo acababa de ser procesado por atreverse a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, Antony Leeuwenhoek adquirió la manía de pulimentar lentes de vidrio. Ese holandés, apenas recordado ni elogiado, fue el primero en escudriñar por primera vez un nuevo y misterioso mundo poblado por mil especies diferentes de seres minúsculos, unos feroces y mortíferos; otros inofensivos y útiles. Leeuwenhoek, el padre del microscopio, fue el primer cazador de microbios. 

La vida estos cazadores es la historia de una obsesión. Mientras que los grandes naturalistas de los últimos tres siglos protagonizaban las grandes expediciones científicas a los Mares del Sur, buscando afanosamente la mítica Terra Australis Ignota, reclamando tierras remotas en nombre de sus respectivas coronas, o clasificando en cómodos gabinetes la flora y la fauna colectada en lugares recónditos, mientras tanto, en sórdidos, oscuros, insalubres y peligrosos laboratorios, rodeados de aullantes animales atormentados por la experimentación, de probetas y de matraces repletos de caldos donde bullían microorganismos letales, los cazadores se enfrentaban con un caos liliputiense, con un mundo fantástico de organismos invisibles al ojo humano que hasta entonces habían sido totalmente ignorados. Cuando Leeuwenhoek abre las puertas de ese caótico universo en miniatura, la medicina está por primera vez capacitada para enfrentarse a unas fieras minúsculas que asolaban y aniquilaban razas enteras de hombres millones de veces mayores que ellas, a homicidas silenciosos que asesinaban criaturas en sus tibias cunas, ejércitos en batallas silenciosas, nobles en sus inexpugnables fortalezas y reyes en sus dorados palacios.

Louis Pasteur (Fuente)
Pero el límite de aquellas generaciones de científicos de los siglos XVIII y XIX estaba en el horizonte que alcanzaban las lentes de sus microscopios, cada vez más potentes pero todavía incapaces de vislumbrar más allá del tamaño de las bacterias. Los mejores microscopios ópticos construidos hasta entonces eran artefactos inútiles cuando médicos, químicos o biólogos buscaban ansiosamente avistar a los minúsculos causantes de terribles enfermedades tales como la rabia, la viruela, la peste bubónica, la poliomielitis o la fiebre amarilla. El más grande de los cazadores de microbios y el científico más popular de su época, Louis Pasteur, muere en 1895 tras una gloriosa carrera de más de cuarenta años de incesante y obsesiva investigación en la que ha logrado derrotar los efectos letales de unos organismos a los que nadie, ni él, el más grande y el primero en pronosticar su existencia, había logrado ver. Habrá que esperar cincuenta años para que la ciencia pueda saber cómo son.

Trabajar con algo tan letal como los gérmenes que causaban la rabia o la viruela era muy peligroso, así que los primeros descubrimientos sobre los virus se deben a dos botánicos, uno ruso, Ivanovski, y otro holandés, Beijerink, que en el crepúsculo decimonónico trabajaron con una enfermedad de las plantas, el mosaico del tabaco. Sus experimentos eran muy semejantes: majar hojas enfermas y pasar el fluido resultante a través de un filtro tan fino que retendría todas las bacterias. El resultado en los experimentos de ambos era el mismo: el fluido resultante era capaz de infectar plantas sanas. En una prueba palpable de que las conclusiones de un mismo experimento científico pueden ser muy diferentes, el prudente Ivanovski concluyó en 1892 que el filtro tenía algún defecto. Con más agudeza, Martinus Beijerink no dudó en sostener en 1897 que el gran Pasteur tenía una vez más razón, que existían unos agentes responsables cuyo tamaño era mucho menor que el de las bacterias. Ignoraba cuál sería su naturaleza orgánica, de modo que se limitó a llamarlos «virus filtrables», el veneno que pasaba los filtros.

Surge entonces una nueva estirpe de cazadores microbianos, los virólogos, diseñadores de experimentos cada vez más elegantes que, finalmente, con el empleo del microscopio electrónico y de la difracción de rayos X, lograron visualizar a los virus en la primera mitad del siglo pasado. Los rostros de algunos de ellos figuran en la honorable pinacoteca de los premios Nobel de Química y Medicina. El primero de ellos (1946) el del bioquímico norteamericano Wendell Meredith Stanley, que utilizó los mismos procedimientos que usaban los químicos desde 1920 para transformar las proteínas en cristales visibles. En 1935 obtuvo unos cristales en forma de aguja que tenían las mismas capacidades infecciosas de los virus altamente concentrados. Por fin, alguien había logrado materializar al enemigo. Los últimos en recoger su galardón (2008) fueron tres virólogos europeos, el alemán Hausen, galardonado por sus trabajos con el virus del papiloma humano, y los franceses Montagnier y Barré-Sinoussi, por el descubrimiento del virus del sida, un safari africano en el que también participó una de las científicas más respetadas del siglo XX, la norteamericana Gertrude Elion, ganadora del premio Nobel de Medicina en 1988.

Jeffery K. Taubenberger
Desde el amago de su empleo en la Primera Guerra Mundial hasta su uso comprobado durante la Segunda, la guerra bacteriológica ha sido siempre una amenaza latente en los conflictos bélicos. No debe sorprender, pues, que un buen pellizco de los presupuestos del Pentágono se emplee en la investigación microbiológica, la mayor parte de la cual se lleva a cabo en Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas de Washington, cuya División de Patología Molecular dirigió entre 1994 y 2006 el biólogo y médico Jeffery K. Taubenberger. Uno de los objetivos centrales de Taubenberger es un campo al que podemos denominar “arqueovirología”, puesto que se ocupa de investigar virus que provocaron enfermedades en el pasado. Durante esos años, Taubenberger y su equipo trataban de reconstruir el genoma del virus que provocó la “gripe española”, una pandemia que causó más víctimas durante la Primera Guerra Mundial que las actividades bélicas. Si tuviéramos que resumir telegráficamente los resultados finales de su trabajo, culminado hace ahora una década, en pleno apogeo de la gripe aviar, el texto sería algo así como “Científicos demuestran que la gripe de 1918 fue provocada por cerdos. Las evidencias descartan a las aves como transmisoras de la pandemia gripal”.

Antes de alcanzar esas conclusiones, el equipo de Taubenberger estaba dando palos de ciego…. hasta que se dieron de bruces con la historia de otro ciego, John Dalton, que les situó en el camino adecuado, el que les llevó a descifrar el genoma del virus letal que permanecía agazapado en el frío. Pero esa es otra historia, la de “la mirada de Dalton y el asesino que surgió del frío” de la que me ocuparé en una próxima entrada