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jueves, 21 de julio de 2016

El hombre mono de Piltdown. Homo piltdownensis o Eoanthropus dawsoni. Tanto monta, monta tanto

Cuadro pintado por John Cooke en 1915,
conmemorativo al descubrimiento del hombre de Piltdown.
El 18 de diciembre de 1912 la sede de la British Geological Society en Burlington House, Piccadilly, Londres, estaba repleta de un público deseoso de escuchar la conferencia anunciada (On the Discovery of a Paleolithic Human Skull and Mandible in a Flint-bearing Gravel overlying the Wealden [Hastings Beds] at Piltdown, Fletching [Sussex]). Dos hombres se sentaban en el estrado: Charles Dawson, secretario de la Sussex Archaeological Society, abogado y paleontólogo aficionado, y Arthur Smith Woodward, conservador de Paleontología del British Museum, que actuó como relator. En resumidas cuentas, anunciaron que en las inmediaciones de Piltdown, una localidad del condado de Sussex Oriental, el señor Dawson había encontrado unos restos arqueológicos y óseos entre las que se incluía un cráneo de homínido que Smith Woodward, un profesional prestigioso, certificaba que era el más antiguo jamás desenterrado en la isla. Aquella fue la presentación en sociedad del que sería conocido como “hombre de Piltdown” o Eoanthropus dawsoni, nombre latino cuyo epíteto específico –dawsoni- el satisfecho Woodward dedicó al orgulloso descubridor de unos restos que ocuparon un lugar de honor en los catálogos de fósiles durante cuarenta años. 

Con la teoría de la evolución en pleno auge, los británicos estaban exultantes. No sólo el creador de la teoría, Charles Darwin, era británico, sino que el “eslabón perdido” entre el mono y el hombre previsto por la teoría de la evolución era inglés de pura cepa, de donde se colegía que Inglaterra era la cuna de la Humanidad. No cabía duda, aquel era el famoso eslabón perdido: el cráneo de este fósil se caracterizaba como perfectamente humano, mientras que la mandíbula parecía (como no podía ser menos y el tiempo se encargaría de desvelar) la de un simio de mediano tamaño. ¡Ahí era nada! Los neandertales alemanes, descubiertos por Johann Carl Fuhlrott en 1857, y los cinco esqueletos franceses encontrados por el geólogo Louis Lartet en marzo de 1869 en la cueva de Cromañón, tenidos hasta entonces como los seres humanos más antiguos de Europa, quedaban a la altura del betún comparados con un inglés, E. dawsoni.

En 1953, después de haber resistido durante cuarenta años la escudriñadora y desconfiada investigación de los mejores especialistas del mundo, el British Museum tuvo que reconocer oficialmente que el hombre de Piltdown era una falsificación: se había combinado un cráneo de hombre moderno con una mandíbula de orangután y el conjunto había sido cuidadosamente amañado para dar la impresión de "arcaico". A Inglaterra le cabía ahora el honor de ser la cuna no de la humanidad, sino del fraude científico más espectacular y famoso de todo el siglo XX.

El engaño fue cuidadosamente planeado y ejecutado en algún momento entre 1907 y 1911. Dawson afirmaba que había descubierto el primer fragmento del cráneo en 1908, después de que unos trabajadores le hablaran de un cráneo completo que habían desenterrado y aplastado en una cantera de grava cercana a Piltdown. Dawson siguió merodeando por la zona, en la que, como quien no quiere la cosa, encontró unas pocas piezas más del cráneo, algunos fragmentos de otros mamíferos fósiles y un cierto número de utensilios tallados en pedernal. No llevó sus especímenes a Smith Woodward hasta mediados de 1912. A lo largo de ese año, ambos, acompañados por el francés Pierre Teilhard de Chardin, un seminarista jesuita que se transformó luego en un famoso paleontólogo y evolucionista, continuaron la que sería una más que fructífera búsqueda de fósiles en los alrededores de Piltdown. 

Reconstrucción de 1913 de Eoanthropus dawsoni
Ese mismo año y el siguiente salieron a la luz más especímenes, incluyendo una mandíbula con sus dos dientes molares, y un gran canino de simio, encontrado personalmente por Teilhard, que daría mucho que hablar. Como se supo después, las piezas dentales habían sido artificialmente limadas para simular la pauta del masticar humano. Smith Woodward, que conocía el valor de lo que le había llevado Dawson y las envidias que podía inspirar, impuso una férrea censura sobre los hallazgos antes de sacarlos a luz pública. Así pues, no pierdan el hilo conductor que será necesario seguir cuando toque aclarar al autor del trile paleontológico: durante cuatro años sólo tres hombres, Dawson, Smith Woodward y Teilhard estaban en el secreto de los que se cocía en el condado de Sussex Oriental.

En diciembre de 1913, una vez presentado el hallazgo, Smith Woodward, que usó el cráneo y la mandíbula para reconstruir una cabeza completa del “homínido”, publicó el resultado de los trabajos e inició la controversia. Los fragmentos de cráneo, a pesar de ser notablemente gruesos, no podían distinguirse de los pertenecientes al hombre de hoy. De hecho, la falsa calavera de homínido era la de un hombre moderno que había sufrido una enfermedad congénita que lo había deformado por completo, engrosándolo y dándole un aspecto primitivamente simiesco. Por otra parte, la media mandíbula inferior, excepción hecha del desgaste de los dientes, era claramente de "chimpancé" para muchos expertos (de hecho, era la de un orangután de la cual se habían removido partes que podían descubrir su procedencia, teñida con pigmentos para envejecerla, y cuyos dientes habían sido limados para parecer dientes humanos). 

El cráneo y la mandíbula no aparecieron aislados. Quien quiera que los hubiese puesto allí, había enterrado al mismo tiempo artefactos antiguos de pedernal tallado y huesos de mamíferos extintos. En total, se colocaron 37 piezas de hueso y piedra, cada uno cuidadosamente elegido para un determinado propósito, alterado y teñido hasta alcanzar la coloración de la grava donde se los encontró. Aún más más, otros diez fragmentos de huesos humanos y animales fueron preparados y enterrados en dos lugares diferentes en las cercanías de Piltdown. Si bien muchos científicos encontraron sospechoso el material, muchos otros lo tomaron por legítimo. Aún los más críticos, que eran de la opinión de que en Piltdown se habían mezclado partes de dos animales, no sospecharon que era un fraude. Entre los más célebres escépticos se encontraban H. E. Osborn, el principal paleontólogo norteamericano, y el profesor de Teilhard, Marcellin Boule, el más grande antropólogo de Francia. 

Reconstrucción realizada en 1922
del cráneo de Piltdown
Para que aparecieran las primeras críticas no hubo que esperar demasiado. Abrió la veda un artículo titulado The Piltdown Mandible, publicado en el número 92 de Nature (el número se publicó el 13 de noviembre, un mes antes de la presentación pública en Burlington House, lo que demuestra que Smith Woodward la había distribuido impresa entre sus colegas), en el que David Waterston, del King's College, que había usado radiografías de los restos, concluía sin duda alguna que aquel engendro estaba formado por una mandíbula de chimpancé y un cráneo humano. Marcellin Boule llegó a la misma conclusión en 1915. El zoólogo norteamericano Gerrit Smith Miller, del Smitsonian Institute, concluyó también que la mandíbula era de un chimpancé. En 1923, Franz Weidenreich examinó los restos y fue tajante: la quimera estaba formada por un cráneo humano y una mandíbula de orangután. 

Tampoco faltaron las eminencias que, aunque cuestionaban la reconstrucción de Smith-Woodward, habían dado la de cal. En el Real Colegio de Cirujanos, las réplicas de los fragmentos craneales usados por Smith Woodward se ordenaron de otra manera para llegar a un nuevo modelo completamente diferente, pero que no ponía en duda alguna que aquello era un hombre con todas las de la ley (y así era, en efecto) y no un eslabón entre simios y homínidos. El tamaño de la cavidad craneal hacía suponer la existencia de un cerebro voluminoso como el de un hombre moderno (otra vez dieron en el clavo sin saberlo). Resuelto el rompecabezas, el célebre profesor Arthur Keith –sobre el que luego volveré- emitió su veredicto. Smith-Woodward estaba equivocado porque aquellos restos fósiles, sin duda auténticos, pertenecían a una nueva especie de homínido a la que en 1914 denominó Homo piltdownensis (The Significance of the Skull at Piltdown. Bedrock, 2: 435-453). El descubridor un año antes del Homo heidelbergensis, el eminente antropólogo alemán Otto Schoetensack tampoco puso en duda la autenticidad de los fósiles, pero era de la misma opinión que Smith Woodward: se trataba de un simio precursor de los modernos homínidos (Russell, M. 2012: The Piltdown Man Hoax: Case Closed. History Press). 
Sir Arthur Smith-Woodward (1864-1944)

Recordemos ahora el gran canino encontrado por Teilhard, que ahora resulta decisivo para inclinar la balanza hacia el H. piltdownensis de Keith o hacia el E. dawsoni de Smith Woodward. Mírese al espejo y comprobará que sus caninos, sí, los de usted, son muy reducidos. Sencillamente, nuestra forma de masticar mediante la molienda de los alimentos, hace innecesaria la existencia de grandes colmillos, y no solo innecesaria, también ineficaz, porque, de existir, impedirían el desplazamiento horizontal de nuestras mandíbulas. Cualquier colmillo que perteneciera a un hombre debía tener, como máximo, la misma altura que los molares. Para la interpretación de Smith Woodward, el gran colmillo venía como anillo al dedo. Para la de Keith era un completo fastidio. 

En 1913 y 1914 las cosas estaban entre Pinto y Valdemoro cuando el incansable rastreador que era Dawson volvió a dar la campanada. Había estado realizando prospecciones en otra localización, a unos tres kilómetros de Piltdown, que más tarde sería conocida como Piltdown 2. En enero de 1915 escribió a Smith Woodward: «Creo que hemos vuelto a tener suerte. Tengo un fragmento del lado izquierdo (de hecho, era diestro, pero Dawson –recordémoslo- no era un experto) de un hueso frontal con una porción de Ia órbita y la base de la nariz». En julio de aquel mismo año, anunció el descubrimiento de un molar inferior, una vez más de aspecto simiesco, pero desgastado al modo humano. Aquello era demasiado. El azar podría arrastrar los huesos de un humano y de un simio a la misma gavera una vez, pero una segunda asociación idéntica entre un cráneo humano y una mandíbula simiesca probaba, sin duda, que pertenecían a un mismo ser, a pesar de la aparente incongruencia anatómica. 

Charles Dawson (1864-1916)
Dawson no vivió para disfrutar de su triunfo, ya que murió en 1916. Smith Woodward defendió sin reservas los hallazgos de Piltdown durante toda su vida, e incluso dedicó su último y póstumo libro (The Earliest Englishman, 1948) a su defensa. Por sus contribuciones a la Paleoictiología obtuvo varios premios, incluida la Medalla Real de la Royal Society, la Medalla Lyell y la Medalla Wollaston de la Sociedad Geológica, la Medalla de la Sociedad Linneana de Londres y la Medalla Clarke de la Real Sociedad de Nueva Gales del Sur. Se retiró, cargado de honores y de reconocimiento, en 1924. Murió, afortunadamente en 1944, antes de que el asunto estallara. 

De la terna original sólo el jesuita había escapado de la parca en 1953 cuando el antropólogo Joseph S. Weiner, el anatomista Wilfrid E. Le Gros Clark, ambos de la Universidad de Oxford, y Kenneth P. Oakley del British Museum, dieron a conocer la falsedad de los hallazgos en el semanario neoyorquino Time Magazine (End as a Man. 30/11/1953). Demostraron que el cráneo reconstruido por el eminente Smith-Woodward estaba compuesto de tres partes: los fragmentos del cráneo pertenecían, en efecto, a un ser humano, pero de la Edad Media; la mandíbula tenía unos 500 años y había pertenecido a un orangután; por su parte, los molares y el colmillo eran huesos fósiles, sin duda, pero los había lucido un chimpancé. Las piezas dentales habían sido teñidas químicamente para simular una gran antigüedad y limadas a mano para aparentar el típico desgaste producido por la masticación de los humanos. Ahí no quedaba la cosa, porque los restos de mamíferos asociados habían sido traídos de algún otro lugar, mientras que los "utensilios" de pedernal habían sido tallados recientemente. 

Pierre Teilhard de Chardin
(1881-1955)
Allí fue Troya. Había que encontrar al autor del engaño. Smith Woodward había sido un hombre de indudable dedicación y excesivamente inocente; más aún, no sabía nada de Piltdown hasta que Dawson le llevó en 1912 los huesos originales. Teilhard era demasiado famoso como para que nadie se atreviera a realizar ni la más ligera indagación. Fue exonerado como un ingenuo y joven estudiante que, cuarenta años antes, había sido engañado y utilizado por el astuto Dawson. La teoría oficial fue que Dawson había actuado solo. Por lo demás, como comentaré más adelante, Dawson había demostrado gran afición a las falsificaciones. La ciencia profesional respiró aliviada: resultó avergonzada, pero absuelta. A nadie le importó que no tuviera los suficientes conocimientos de las varias disciplinas científicas necesarias para producir un fraude de tanto éxito. Necesitaba al menos un cómplice. Un científico con la preparación necesaria y el acceso al material necesario para la farsa: cráneos humanos, restos de mamíferos extintos, una mandíbula de orangután, y antiguas herramientas de piedra. Hubo quien se puso a indagar en el tema.

El asunto permaneció en el olvido hasta que en 1972 aparecieron dos libros sobre el tema: en uno de ellos se acusaba al anatomista australiano G. E. Smith de haber querido ridiculizar a Smith-Woodward con el fin de apropiarse de su cargo. En otro libro, publicado también en 1972, se inculpaba a otro conservador, el del museo de Hastings, de haber querido vengarse por una promesa incumplida efectuada por Charles Dawson, autor del descubrimiento del cráneo de Piltdown. Por su parte, el también paleontólogo, divulgador científico y profesor de Harvard Stephen Jay Gould era partidario de la responsabilizar a Teilhard de Chardin. En defensa de su punto de vista aportó abundantes pruebas en uno de sus siempre brillantes ensayos, La conspiración de Piltdown, publicado en 1983, que el lector puede encontrar en el muy recomendable Dientes de gallina y dedos de caballo (Drakontos, 2004).

Sin embargo, según el conocido geólogo, paleontólogo y divulgador inglés Lambert Beverly Halstead (New light on the Piltdown hoax? Nature 276, 11-13; 1978) el geólogo y profesor de Oxford A. Douglas dejó a su muerte una cinta magnética en la que señalaba que el autor de la falsificación fue su predecesor en la cátedra de Oxford William Johnson Sollas, que pretendía con ello desprestigiar a su rival, Woodward, por envidia profesional. 

Sir Arthur Keith (1866-1955)
El historiador Ian Langham de la Universidad de Sydney concluyó en 1984 que el trilero fue Arthur Keith, que simuló estar enfermo en la época de los descubrimientos. Sin embargo, el análisis de su diario, publicaciones y cartas ofrecen indicios de que mentía, y que intentó cubrirse en su diario. Sabiendo que el cráneo era patológicamente engrosado, fue fácilmente rastreado hasta el Royal College, donde Keith trabajaba, y que tiene la mayor colección de esqueletos patológicos del Reino Unido. Con anterioridad, Keith había sido acusado por colegas de publicar información falsa. Por ejemplo, en 1914, E. Smith escribió de él que tenía la tendencia de «publicar basura que él sabe que es falsa». En 1992, Phillip V. Tobias (Piltdown: An Appraisal of the Case against Sir Arthur Keith. Current Anthropology, 33 (3): 243–293) presentóalgunos ejemplos más de esta opinión de los colegas de Keith.

Parece que Keith tenía dos motivos para el fraude. Uno era el establecimiento de un concepto particular de la evolución humana, el otro era simplemente el ambicioso deseo de avanzar en la carrera académica. Keith creía que los ancestros humanos tenían cráneos esencialmente iguales a los actuales y que el espesor no era importante. Habría plantado los falsos fósiles para probar su teoría, al ver que las excavaciones en serio no daban muestras de antiguos cráneos de la forma “correcta” que el preconizaba. El otro motivo surge de que, de toda la gente involucrada en el affaire, Keith fue el que más se benefició en su carrera. Desde el comienzo, Keith aplaudió el “descubrimiento” con gran entusiasmo, llamando al fósil «uno de los descubrimientos más notables del siglo XX», un descubrimiento que, quizás no accidentalmente, verificaba toda su teoría acerca de los orígenes de la humanidad. En 1912, Keith no era miembro de la Royal Society, y su candidatura fue rechazada dos veces. Alcanzó el honor en 1913. En 1921, fue ennoblecido como Sir Arthur Keith. Murió en 1955, escapando a su descrédito.

Como corolario, es posible que Dawson y Keith actuaran en comandita. El arqueólogo Miles Russell, de la Universidad de Bournemouth, analizó la colección anticuaria de Dawson, y determinó que al menos 38 de sus especímenes eran falsificaciones. (Russell, M. Piltdown Man: The Secret Life of Charles Dawson, Tempus, 2003. The Piltdown Man Hoax: Case Closed, The History Press, 2012). Entre éstos se cuentan los dientes de un híbrido de reptil/mamífero, Plagiaulax dawsoni, “descubierto” en 1891 (cuyos dientes habían sido limados de la misma manera que los dientes del hombre de Piltdown lo serían unos 20 años más tarde. De sus publicaciones de antigüedades, la mayoría demuestran evidencia de plagio o al menos referencias ingenuas, Russell escribió: «Piltdown no fue un engaño aislado, sino la culminación de la obra de toda una vida». Para él, el caso está cerrado.