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sábado, 9 de julio de 2016

Paz, piedad y perdón, señor Aznar

No olvidaré nunca ni el aplauso de los 11 concejales del Partido Popular en el Ayuntamiento de Alcalá, que, como sus 183 compañeros de partido en el Congreso, aplaudieron desde sus escaños la aprobación de la decisión del Gobierno de José María Aznar de ir a la guerra de Irak, apoyándola sin una sola excepción contra la opinión de millones de españoles que nos habíamos manifestado en contra. Nunca había visto a nadie tan contento de ir a una guerra o, mejor dicho, tan alegres de que fueran otros, pues ni los concejales, ni los diputados ni los ministros ni el presidente del Gobierno iban a ir. 

El informe Chilcot acaba de poner negro sobre blanco las cosas que ya se sabían o se sospechaban de aquella guerra: que la decisión de invadir Irak estaba tomada antes de su justificación, que ésta se construyó sobre los cimientos de una gran mentira: la posesión por Sadam Husein de armas químicas y biológicas prohibidas, y que, en el triunvirato que se formó al frente de los belicistas, Aznar jugó el papel de perrito faldero, no ya de George Bush, sino de su lebrel, el británico Tony Blair. «No se puede pedir ayuda a un amigo y luego, cuando él te la pide a ti, negársela», se justificó después el héroe de Perejil, el único que hasta el momento no ha pedido perdón a su país por llevarlo a una guerra inmoral, ilegítima e ilegal, como si en el cumplimiento de su deber de amistad pudiera disponer de la voluntad y las vidas de sus compatriotas.

Siete años de trabajo, centenares de entrevistas a testigos y la lectura de miles de documentos les ha costado a los miembros del comité encabezado por John Chilcot, llegar a unas conclusiones que todos intuíamos y que, a pesar de ello, a pesar de no suponer ninguna novedad, no dejan de provocar rabia y consternación en las personas de bien. Que la santa voluntad tres hombrecillos provocara miles de muertos y heridos y la ruptura del frágil equilibrio en que vivía una región del mundo que ahora se desangra en guerras y actos de terrorismo que nos afectan a todos (recuérdese nuestro 11-M o los centenares de víctimas causadas por el ISIS) deberían recordarnos que en el mundo han sido juzgados por crímenes de guerra o contra la humanidad muchos dirigentes con menos delito que el presidente de honor del Partido Popular.

Como Alcalde de Alcalá de Henares, el día de la invasión de Irak, 20 de marzo de 2003, convoqué un pleno extraordinario en el que pronuncié un discurso institucional que redacté la noche anterior y que ahora, rescatado del olvido, cobra plena actualidad. El que sigue es su texto literal.




Señor presidente: paz, piedad y perdón*

En la madrugada de hoy, 20 de marzo, una tormenta de fuego ha comenzado a caer sobre personas indefensas. En nombre de los ciudadanos de Alcalá de Henares, mis primeras palabras son para manifestar nuestro doloroso sentimiento de solidaridad para los niños que morirán o que quedarán huérfanos en los próximos días, para las mujeres que sucumbirán o quedarán viudas las próximas semanas. Para los ciudadanos iraquíes inocentes que serán sepultados por el infierno desatado por la maquinaria bélica más destructiva que nunca haya visto la humanidad.

Señor Presidente del Gobierno estamos contra la guerra, la provoque quien la provoque, pero lo estamos aún más cuando la guerra se hace en nuestro nombre y bajo nuestra bandera, bajo una bandera que es la de todos los españoles y que usted, en contra del clamor popular, está haciendo ondear en unas aguas en las que se construyó la civilización occidental. Señor Presidente, queremos proclamar que esta guerra no se hace en nuestro nombre ni en nombre de esta ciudad.

Señor Presidente, nos ha dicho usted que España tiene ahora la gran ocasión de abandonar el rincón donde nos sepultó la historia. Señor Presidente, los pueblos que no conocen la historia están condenados a repetirla. Los españoles conocemos nuestra historia, sabemos que hemos sido Imperio y no despreciamos nuestro pasado. Pero también sabemos que los imperios se construyen a sangre y fuego, como pelotones de fusilamiento en servicio permanente que apuntan sobre los cuerpos de millones de inocentes. Por eso, Señor Presidente, no queremos ser compañeros de viaje de ningún tirano, pero tampoco del Imperio que quiere construir la ultraderecha norteamericana ahora en el poder. 

Señor Presidente, queremos seguir en el rincón en el que nos ha situado la historia, porque es el rincón democrático de la joven España que nos dimos entre todos gracias a la Constitución de 1978. Estuvimos durante cuarenta años en el trastero de la historia, abandonados en un rincón al que fuimos empujados por las fuerzas de las armas, por unas armas que, en 1936, se levantaron con los mismos gritos que ahora le oigo pronunciar: orden, paz y seguridad.

Estuvimos arrinconados por un dictador que era sostenido por los mismos que ahora hacen la guerra para acabar con otro dictador Por los mismos que sostuvieron la dictadura de los Somoza en Nicaragua, por los mismos que desestabilizaron y desestabilizan América Latina, por los mismos que armaron al tirano Sadam, por los mismos, señor Presidente, que acabaron con Salvador Allende para poner a Pinochet. Por los mismos que no suscriben el protocolo de Kioto, por los mismos que no aceptan el Tribunal de Justicia Internacional, por los mismos que pretenden arrancar los árboles para que no se quemen los bosques de la misma forma que ahora quieren destruir para luego construir utilizando fraudulentamente el nombre de la paz.

Señor Presidente, que no se nos intente engañar, porque sabemos que el pretexto de todas las guerras ha sido siempre el mismo engaño: conseguir la paz. Nada más falso Señor Presidente, porque la paz es a la guerra lo que la libertad es a la esclavitud. Hacer la guerra y someter al hombre como esclavo es fácil cuando se es más fuerte. Por el contrario, la paz, como la libertad, es un derecho por el que hay que trabajar. La paz, Señor Presidente, no sólo es mejor que la guerra, sino infinitamente más difícil de lograr. 

Señor Presidente, nos dice usted también que esta guerra es para implantarla democracia en Irak. No puede ser, Señor Presidente, no puede ser. La democracia no se implanta a la fuerza; la democracia se construye día a día, codo a codo, con muchas dificultades y sacrificios que sólo pueden ser superados desde la voluntad común de construir una sociedad mejor. 

Señor Presidente, la fuerza y el fraude son dos virtudes cardinales de la guerra. La fuerza ya la vemos: un impresionante ejército, el más poderoso que nunca vieron los tiempos, se dispone a arrasar Irak. Pero el fraude en que se sostiene esta guerra es aún más palpable y no puede engañar al pueblo: el rostro de esta guerra es del capitalismo neoliberal con la máscara quitada; el cuerpo de esta guerra está en las finanzas de Wall Street, mientras que el nervio de esta guerra, Señor Presidente, el nervio de esta guerra es el petróleo. El pestilente negro del petróleo que en los próximos días se verá teñido con el rojo de la sangre de soldados desharrapados, de mujeres, de niños y de civiles inocentes. 

Señor Presidente, las víctimas inocentes de esta guerra no van a ser ni usted, ni el presidente Bush, ni el primer ministro Blair. Tampoco serán víctimas inocentes esos 183 diputados del Partido Popular que hace unos días, como unos embravecidos hijos de la ira, aplaudían en el Congreso nuestra prevista entrada en esta maldita guerra. No señor Presidente, las víctimas no van a ser ustedes ni siquiera el tirano Sadam; los masacrados de la guerra, los que verán desaparecer a sus seres queridos, los que sufrirán la orfandad, la viudedad, el hambre-y la miseria de la guerra serán las gentes sencillas, los vecinos de los pueblos y ciudades, los niños y las niñas, porque, Señor Presidente, los ricos siempre hacen la guerra a expensas de los pobres y a costa de los inocentes.

Señor Presidente, la guerra es un crimen de lesa humanidad. Sí, Señor Presidente, un crimen que todos, absolutamente todos, y especialmente nosotros, los ciudadanos de a pie, que somos sus principales víctimas potenciales, debemos combatir condenar y repudiar, trabajando todo lo que nos sea posible para que se detenga. 

Señor Presidente, es natural que pidan guerra los que, prescindiendo de todo sentimiento humanitario, la consideran un excelente negocio; pero los que son víctimas de ella, los que sufren quebrantos en sus personas o en sus viene, los que la consideran una rémora al progreso humano; en definitiva, todo lo que hay en nuestro país de honrado, progresivo y generoso debe reclamar la paz a todo trance en Irak y manifestar nuestro profundo deseo de que, apelando a la Humanidad, cesen las atrocidades que se van a cometer en nombre de la prepotente civilización de quienes quieren edificar un Imperio político y económico sobre la sangre y las lágrimas de pueblos desgraciados.

Señor Presidente, los estudiantes, las mujeres, los jóvenes y los trabajadores pueblan estos días las calles de España. Son ellos, Señor Presidente, los que más claman para que cese la lucha de las armas, porque saben que será la preciosa sangre de los estudiantes, de las mujeres, de los jóvenes y de los trabajadores iraquíes la que se derrame a torrentes estos días profanando fraudulentamente las palabras paz, democracia y libertad. 

Señor Presidente del Gobierno, esta guerra es inmoral, ilegítima e ilegal. Es un crimen de lesa humanidad, que atenta contra los fundamentos del orden internacional, dinamita la Organización de Naciones, desprecia el clamor popular y, ante todo y sobre todo, atenta contra los derechos humanos de un pueblo, el iraquí, que debe ser dueño de su propio destino, como lo fuimos también nosotros, los españoles, para construir la democracia desde una dictadura, Señor Presidente, que también nos privaba de nuestro bien más preciado: de nuestra libertad para decidir nuestro propio destino. 

No Señor Presidente, no. Guerra, no. Paz, sí. Estamos persuadidos de que el modo de consolidar la paz no puede-ser más que el restablecimiento de los procedimientos jurídicos, dejando al margen los alambicados enredos diplomáticos y los tratos y contratos oscuros entre tres gobiernos que no han servido hasta ahora sino para hacer más daño o para agravar la situación. 

Señor Presidente, desde la ciudad que le vio nacer, quiero recordarle las palabras con que don Manuel Azaña finalizó su discurso ante el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938: «Cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones… si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y se vuelven a enfurecer con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, ...que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla.. y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón.

Señor Presidente, el Ayuntamiento de Alcalá de Herrares, en nombre de la ciudad, apela a usted para que deshaga el camino, para que recobre la senda de la paz. Pero si usted, Señor Presidente, persiste en hacer la guerra en contra del clamor del pueblo, hágala en su nombre o hágala en nombre del Partido Popular, pero no la haga en nombre de España ni en el nombre de Alcalá.

Discurso institucional pronunciado por el Alcalde de Alcalá de Henares, Manuel Peinado Lorca, durante el Pleno Extraordinario de 20 marzo de 2003.