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martes, 19 de julio de 2016

El sapo falsificado de Paul Kammerer

Paul Kammerer (1880-1926)
Aunque su nombre y sus contribuciones científicas han caído en el más absoluto descrédito, lo cierto es que en la década de 1920 el biólogo vienés Paul Kammerer era considerado el biólogo más brillante del mundo. Una especie de estrella rutilante de la ciencia que llegó a ser bautizado por The New York Times como el «sucesor de Darwin», por sus estudios sobre la evolución. Un prestigió que disfrutó hasta 1926, cuando la revista Nature publicó un artículo acusándole de haber amañado el ejemplar de sapo partero con el que se empeñó en demostrar al mundo sus teorías evolucionistas.

El fraude de Kammerer constituyó un episodio crucial en el encendido debate entre los partidarios de la herencia de los caracteres adquiridos (teoría de Lamarck) y los seguidores de la teoría de Weismann, para los que esto era imposible. Kammerer se interesó desde joven por las teorías de la evolución expuestas por Jean-Baptiste Lamarck un siglo antes. El naturalista francés sostenía que los rasgos adquiridos durante la experiencia de la vida eran heredados por los descendientes. 

Por el contrario, el biólogo alemán August Weismann desarrolló a partir de 1892 su teoría sobre la herencia basada en la inmortalidad del plasma germinal. Según esta teoría, el plasma germinativo es la sustancia alrededor de la cual se desarrollan las nuevas células. Esta sustancia está constituida por la unión del esperma y el óvulo y establece una fundamental continuidad que no se interrumpe a través de las generaciones. Para sus seguidores, la herencia lamarckiana es lógicamente imposible, pues las adaptaciones somáticas no pueden afectar al plasma germinal.

August Weismann (1834-1914)
El engaño, que acabó en tragedia, señala varias características del fraude científico que parecen repetirse en casos similares: el responsable era un científico con una sólida formación académica; trabajaba en un instituto de reconocido prestigio; publicaba la mayor parte de sus trabajos en revistas científicas de reputación inigualable; presentaba sus trabajos ante auditorios del máximo nivel académico; y, por último, convenció, por un tiempo al menos, a una buena parte de la comunidad científica. Pero al final se cumplió lo que decía Lincoln: «Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo», o lo que es lo mismo «Nadie tiene la memoria suficiente para mentir siempre con éxito».

Proteus anguinus
A partir de 1909, Kammerer, zoólogo del Instituto de Investigaciones Biológicas de Viena, sostuvo que había realizado toda una serie de experiencias que, según él, probaban la herencia de los caracteres adquiridos. Los primeros fueron con Mantis religiosa, pero no funcionaron. Lo intentó después con dos tipos de salamandras, en las que según él pudo comprobar como los cambios en las manchas de la piel, que les había inducido mediante fuertes cambios de su hábitat, eran transmitidos a los hijos. Y fue más allá con el proteo (Proteus anguinus), un anfibio totalmente ciego que habita en cuevas, a cuyos descendientes -sostenía- fue capaz de devolver la visión, después de exponer a varias generaciones a una luz roja.

Alytes obstetricans
La polémica se centró, sobre todo, en sus experiencias con el sapo partero Alytes obstetricans, un animal esencialmente terrestre. Como copula en tierra, el macho no posee el llamado cepillo copulador, unas callosidades en las extremidades superiores particularmente manifiestas en las manos. Por el contrario, los machos de numerosas especies de ranas y sapos que copulan en el agua poseen cepillos copuladores. Según un razonamiento estrechamente "utilitarista", estos órganos permitirían al macho agarrarse fuertemente a la hembra durante la cópula. Desde el punto de vista del utilitarismo, esto parecía ser una adaptación obvia: los anfibios acuáticos necesitan estos cepillos ya que sin ellos resultaría difícil el abrazo en el agua, donde el cuerpo de la hembra es resbaladizo. Siguiendo con el mismo criterio, el sapo partero que se empareja en tierra no precisaba estos cepillos porque la piel de la hembra es lo suficientemente seca y áspera. 

A partir de 1909, Kammerer afirmó haber inducido a unos sapos parteros terrestres a acoplarse en el agua; según informó, los machos así tratados adquirían cepillos copuladores y este carácter se transmitía hereditariamente, de modo que en la quinta generación tratada de esta manera todos los machos los poseían. ¡Eureka!, dijeron los lamarckistas: Los experimentos de Kammerer eran una demostración perfecta de la herencia de caracteres adquiridos.

El asunto no convenció ni de lejos al genetista británico más conocido de la época, William Bateson, un weissmaniano convencido. A partir de 1910 comenzó el debate. Después de varios episodios de tanteo, Kammerer realizó en 1923 un viaje a Inglaterra para dar una serie de conferencias; llevaba consigo un frasco en el que guardaba el último ejemplar conservado que le quedaba de los sapos transformados. Observado con la atención que merecía pero sin sacarlo del frasco, ni los partidarios ni los adversarios de Kammerer se pusieron de acuerdo sobre lo que veían en el bicho. La visita de Kammerer a Gran Bretaña acabó en empate. 

William Bateson (1861-1926)
El tema volvió a la actualidad en 1926, cuando el herpetólogo Gladwyn Kingsley Noble, conservador del Museo Americano de Historia Natural, visitó el Instituto de Investigación Biológica de Viena, y, en ausencia de Kammerer, le autorizaron a examinar el famoso sapo. En su carta a Nature del 7 de agosto de 1926, escribió que con la ayuda de una lupa binocular no observó ni callosidades, ni espinas ni aspereza alguna en las manos del sapo. Por el contrario, había advertido que las superficies ventrales y dorsales de la mano izquierda eran de color negro, y que esta capa negra parecía proceder de una capa subcutánea profunda. Pasando a hacer lo que hizo Santo Tomás con las llagas de Cristo, Noble examinó minuciosamente la pata y vio una sustancia colorante negra extendida en gruesas capas que, sin posibilidad de error identificó como tinta china. De este modo habla sido burdamente falsificado el famoso sapo. 

En una carta a Nature, que acompañaba a la de Noble, Karl Przibram (director a la sazón del Instituto de Investigación Biológica de Viena) reconocía que el espécimen examinado actualmente no tenía ya callosidades ni espículas pero que las había tenido anteriormente y que las numerosas dificultades para realizar demostraciones por el mundo le debían de haber deteriorado y hecho perder las excrecencias propias del cepillo copulador. En cuanto a la tinta china, reconocía que alguien había debido inyectarla, probablemente para luchar artificialmente contra el blanqueamiento progresivo generado por la luz del día sobre la zona negra original de la mano. Según Przibram, el responsable no era el propio Kammerer, porque él mismo había permitido las investigaciones.

La tarde del 23 de septiembre de 1926, apenas un mes después de que estallara el escándalo, Kammerer  ascendió solo a las colinas Teresianas en los alrededores de Viena y se pegó un tiro en la cabeza. Antes había enviado una carta a Przibram en la cual juraba que no era el autor del fraude. Por otro lado, no es absolutamente cierto que Kammerer se hubiera suicidado a causa de este asunto. Según ciertos rumores, pudo influir en la decisión fatal de poner fin a su vida el hecho de que una artista vienesa, de la que estaba enamorado, no se decidió a seguirle a Moscú, donde el nuevo poder soviético lo había invitado a continuar su carrera científica. 


¿Quién administró esta fraudulenta inyección de tinta china? En su necrológica, Przibram sugirió que en 1918 un colega, envidioso hasta extremos delirantes, había intentado refutar falsamente las "cambios hereditarios" obtenidos en la salamandra (otra experiencia de Kammerer), y que después este hombre había pasado una temporada en un hospital psiquiátrico. ¿No habría intentado el mismo demente desacreditar a Kammerer realizando el fraude? 

El escritor Arthur Koestler, que en 1971 publicó un libro sobre este tema (El abrazo del sapo, AYMA, Barcelona) sugiere que también pudieron existir razones políticas. Kammerer era conocido en Viena por sus ideas comunistas y el Gobierno soviético le había ofrecido continuar en la URSS sus investigaciones sobre la herencia de los caracteres adquiridos. Koestler sugirió que, al producirse la ascensión del nazismo en la Universidad de Viena en 1925-1926, tal vez un militante nazi quiso deshonrar al comunista Kammerer. La conspiranoia de Koestler fue un vano intento de rehabilitar al biólogo vienés que no cuajó.

En cualquier caso, un esfuerzo inútil. Si se hubiera querido desacreditar mediante este procedimiento la tesis de la herencia de los caracteres adquiridos, un descubrimiento realizado en 1924 anulaba toda conclusión sobre los Alytes acuáticos de Kammerer: se había descubierto en la naturaleza un Alytes terrestre que presentaba cepillos copuladores. Por consiguiente, los sapos de Kammerer podían perfectamente poseerlos sin que su régimen acuático interviniera para nada en ello.

Sic transit gloria mundi.