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domingo, 10 de julio de 2016

La desdicha del capitán Franklin y la mesa del presidente Obama

Capitán Sir John Franklin
En el Relato de una expedición repleta de acontecimientos del buque explorador HM "Resolute" a las regiones del Ártico en busca de Sir John Franklin y las tripulaciones de los buques exploradores desaparecidos HM "Erebus" y "Terror", 1852, 1853, 1854, publicado en 1857, el capitán del buque George Frederick M'Dougall describió con precisión todos los sucesos que acontecieron a la nave que comandaba en la que resultaría la última singladura del Resolute en la azarosa búsqueda del capitán Sir John Franklin y de la desdichada tripulación que sucumbió víctima de los hielos del Ártico.

El capitán Franklin fue uno más de los muchos marinos cautivados por el mito del Paso del Noroeste, una de las leyendas que, como el canto de las sirenas, Mobby Dick o la isla del fin del mundo, atrapaban las mentes de los navegantes o de los gobiernos que les enviaban a la búsqueda del mítico estrecho de Anián, el nombre que en los siglos XVI y XVII fue utilizado para una parte del supuesto Paso del Noroeste desde el océano Atlántico hasta el Pacífico. El nombre deriva de la Tierra de Anián que Marco Polo describió en sus Viajes, que fue incorporada a los mapas de Catay como Anian Regnum, es decir, el ‘Reino de Anián’. A partir de los viajes del veneciano, los comerciantes europeos buscaron mantener un contacto más directo con las lejanas comarcas del Asia Oriental a las que llamaban ‘Indias’. Eran regiones productoras de especias, reputadas como de gran riqueza aurífera y abiertas a la acción de los misioneros. Europa comenzaba su expansión por el mundo.

Paso del Noroeste (ruta principal y variantes)
La búsqueda de un paso directo desde Europa a Asia justificó el descubrimiento de América de Cristóbal Colón en 1492, y hasta mediados del siglo XX se convirtió en el motivo principal de una larga serie de expediciones de exploración, originadas principalmente en Inglaterra. Muchos navegantes intentaron encontrar un paso por el extremo norte del continente americano. Juan de Fuca, el griego que navegaba para España, fue el primero en declarar que el mítico estrecho de Anián existía y que él lo había descubierto. Tras la falsa pista, los navegantes Henry Hudson en 1610 y William Baffin en 1616 lo buscaron en vano por las costas del océano Atlántico y desaparecieron en su búsqueda. Antes que ellos Juan Rodríguez Cabrillo lo buscó en 1542 bordeando las costas del Pacífico septentrional. Y así estaban las cosas cuando en el Tratado de Tordesillas se fijó el meridiano divisorio de las zonas de influencia castellana y portuguesa a cien leguas de las Azores y Cabo Verde, lo que otorgó a España y Portugal el control del paso entre el Atlántico y el Pacífico. Francia, Holanda e Inglaterra se quedaron sin una ruta marítima a Asia, ya fuera bordeando África o Sudamérica.

Inglaterra emprendió la búsqueda de una ruta del Noroeste y eso motivó en gran parte la exploración europea de ambas costas de Norteamérica. Cuando fue evidente que no existía una ruta terrestre o fluvial a través del corazón del continente, la atención se dirigió a la posibilidad de que existiese un paso por las aguas del norte, una creencia impulsada en parte por la ingenuidad de algunos científicos que tenían la convicción de que el agua de mar era incapaz de congelarse, una creencia absurda que se mantuvo durante mucho tiempo, ya que a mediados de siglo XVIII, en uno de sus pocos deslices, el capitán James Cook informó de que los icebergs de la Antártida eran de agua dulce, lo que aparentemente confirmaba la hipótesis. 

Esa ruta próxima al Polo Norte debía existir y para Inglaterra resultaba tan vital que en 1745 el gobierno de Su Majestad ofreció una enorme recompensa de 20.000 libras esterlinas a quien encontrara el estrecho de Anián. Ni que decir tiene que tanto la gloria como la cuantiosa suma dieron lugar a numerosas expediciones por el Ártico, incluido el desafortunado intento de Sir John Franklin en 1845. Ni que decir tiene, tampoco, que nadie nunca cobró el premio porque es verdad que el paso existe, pero no es menos cierto que el hielo impide la navegación por él, al menos claro está, que uno disponga de un submarino nuclear o de que gaste tres años en el intento, como hizo finalmente en 1906 el noruego Roald Amundsen -un joven marino cautivado por los relatos del desdichado destino sufrido por los miembros de la expedición de Franklin- quien logró alcanzar el objetivo y, luego de un viaje de tres años, llegó a la costa pacífica de Alaska, a bordo del pequeño velero Gjøa. Desde esa fecha, muchas expediciones en todo tipo de barcos, condiciones y trayectos han hecho el viaje en su mayoría con fines exploratorios o deportivos, porque la apertura del canal de Panamá facilitó el paso entre uno y otro océano y convirtió en inoperante el uso comercial de las gélidas aguas árticas.

En 1804, Sir John Barrow se convirtió en el Segundo Secretario del Almirantazgo, cargo que desempeñó hasta 1845, y comenzó a estimular a la Royal Navy para completar la exploración del pasaje del Noroeste en el norte Canadá y para navegar hacia el Polo Norte. Durante las siguientes cuatro décadas, los exploradores John Ross, David Buchan, William Edward Parry, Frederick William Beechey, James Clark Ross, George Back, Peter Warren Dease y Thomas Simpson comandaron expediciones a la región ártica canadiense. 

Entre estos exploradores estaba John Franklin, segundo al mando de una expedición hacia el Polo Norte en los buques Dorothea y Trent en 1818, y líder de otras dos por el interior y a lo largo de la costa ártica canadiense en 1819-1822 y 1825-1827. La primera, una expedición a pie por los territorios del noroeste de Canadá a lo largo del río Coppermine, fue un desastre: Franklin perdió a once de los veinte miembros de la partida. La mayoría murió de hambre, pero hubo al menos un asesinato y se sospechó de algún caso de canibalismo. Los supervivientes tuvieron que comer trozos de grasa quemada con líquenes e incluso llegaron a comerse sus propias botas de cuero. Esto hizo que Franklin se ganara el apodo de «el hombre que se comió sus botas». La de 1825 resultó más venturosa y Franklin y sus hombres recorrieron aguas abajo el río Mackenzie para explorar el Mar de Beaufort.

Mapa de las probables rutas seguidas por los barcos HMS Erebus y HMS Terror en la expedición de Franklin.      La bahía de Disko (5) a isla Beechey, en 1845.      Alrededor de la isla Cornwallis (1), en 1845.      Desde isla Beechey descienden por el estrecho de Peel, entre la isla del Príncipe de Gales (2) y la isla Somerset (3) y la península de Boothia (4), hasta aproximarse a la isla del Rey Guillermo en 1846. La bahía de Disko (5) se encuentra a 3.200 kilómetros de la desembocadura del río Mackenzie (6).
En 1845, como resultado de todas las expediciones británicas y estadounidenses, se había reducido el área inexplorada del Ártico canadiense a un cuadrilátero de unos 181.300 km². Ese mismo año, Franklin, que seguía obsesionado por encontrar el Paso del Noroeste, consiguió del almirantazgo británico la financiación necesaria para una expedición destinada a navegar por esa área inexplorada. Zarpó en mayo de 1845 con 128 hombres y dos barcos, el Erebus y el Terror. Nunca regresarían: todos murieron al quedar sus barcos atrapados en el hielo en el estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en el ártico canadiense.

Presionado por la esposa de Franklin, por los familiares de los desaparecidos y por la opinión pública, el Almirantazgo inició en 1848 la búsqueda de la expedición perdida. Animadas en parte por la fama de Franklin y en parte por la recompensa de 20.000 libras ofrecida por el Almirantazgo, muchas expediciones se lanzaron a su búsqueda. En 1850 participaban en la búsqueda once buques británicos y dos norteamericanos. Varios de estos buques convergieron en la costa este de la isla Beechey, donde se encontraron los primeros vestigios de la expedición, incluyendo las tumbas de tres tripulantes y notas dejadas por otros expedicionarios que, tras pasar dos años atrapados en los hielos, vagaron sin rumbo por la banquisa. 

En 1850, la Royal Navy compró el mercante Ptarmigan, de 424 toneladas y 35 metros de eslora, lo alistó como buque de guerra y lo rebautizó con el nombre de Resolute (Resuelto). Ese mismo año partió de Londres, con otros cinco buques en una flotilla mandada por el almirante Edward Belcher, en busca de sir John Franklin. La flotilla no pudo pasar de la entrada del estrecho de Lancaster, debido a los hielos, y regresó a Inglaterra. Cinco años después, el Resolute, con otros tres barcos y con Belcher otra vez como comandante en jefe, partió de nuevo en pos de Franklin. La flota se dividió y el Resolute, junto con el Intrepid, se adentró en el canal de Lancaster hasta las costas de la isla de Melville, en donde los dos barcos hubieron de detenerse y guarecerse para invernar. 

El rastreo siguió el verano siguiente, con dos nuevos navíos unidos a las batidas, y todos hubieron de invernar de nuevo en el Ártico, en el sureste de la isla de Bathurst, después de intentar en vano atravesar los hielos que cerraban el paso al Atlántico en el estrecho de Lancaster. Al llegar el verano de 1854, Belcher decidió abandonar en la isla de Beechey a cuatro de los buques, entre ellos el Resolute, y con las tripulaciones a bordo de un solo velero, el North Star, emprendió el regreso a Inglaterra. El comandante del Resolute, Henry Kellet, intentó salvar su nave, pero Belcher se mostró inflexible. Los 263 hombres de la expedición llegaron a puerto inglés a principios de septiembre. Belcher fue acusado de cobarde por las autoridades de la marina y apartado del servicio.


Un año después, en 1855, un ballenero americano, el George Henry, encontró en el estrecho de Davis al Resolute navegando a la deriva, convertido en una suerte de buque fantasma, a casi dos mil kilómetros al este del lugar en donde había sido abandonado. Remolcado al puerto de New London, en Conneticut, el gobierno de los Estados Unidos lo compró, lo reparó y lo devolvió a Inglaterra. Y allí, en los muelles de Chatham, quedó atracado hasta su desguace en el año 1879.

Y aquí se produjo una curiosa historia. Al finalizar el desguace, la reina Victoria ordenó que se construyera con sus maderos de teca una soberbia mesa que regaló en 1880 al presidente de los Estados Unidos, por entonces Rutherford B. Hayes. En 1961, el presidente John Kennedy decidió que el elegante mueble se trasladase al Despacho Oval de la Casa Blanca y esa es la mesa debajo de la cual el pequeño John John aparece en una famosa foto durante el mandato de su padre. Retirada más tarde por Lyndon B. Johnson, Barak Obama la recuperó de nuevo para su despacho.

Y qué fue del capitán Franklin, se preguntarán ustedes. En 1854, el explorador John Rae, que realizaba una exploración científica desde la costa ártica de Canadá al sureste de la isla del Rey Guillermo, pudo contactar con los inuits, que le refirieron algunas historias sobre los tripulantes de la expedición de Franklin y además le dieron algunos de sus objetos personales que aún conservaban. Los esquimales Inuit, afirmaban haber visto seis años antes unos 40 hombres blancos al noroeste de la Bahía Pelly. El grupo arrastraba un bote y trineos, y su estado era crítico: se encontraban al límite de sus fuerzas y la inanición y la congelación hicieron que algunos fuesen muriendo en el camino. Los inuits contaron también que los dos barcos fueron atrapados y destrozados por el hielo y que habían visto tumbas y cadáveres esparcidos en distintos lugares. 

Lo más sorprendente era que, según afirmaron, algunos cuerpos estaban mutilados, lo que parecía indicar que los sobrevivientes practicaron el canibalismo. «Por el mutilado estado de muchos de los cadáveres y el contenido de los recipientes, resulta evidente que nuestros bravos compatriotas se han visto obligados a tomar la última solución, el canibalismo, como un medio de prolongar la existencia», escribió Rae. El posible canibalismo practicado entre los miembros de la expedición causó una gran conmoción en la moralista y disciplinada sociedad victoriana. Charles Dickens, entre otros muchos, se mostraron escandalizados de que pudiera sostenerse tal posibilidad. Se consideraba que los marinos británicos, representantes oficiales de la Corona, debían resolver cualquier situación con honor por muy extrema que fuese y que era más probable que hubiesen sido atacados por los esquimales, que los asesinaran salvajemente, o por osos, lobos o zorros.

Cadáver congelado del marinero John Hartnell
(Fuente: Beattie y Geiger, 1987).
Una búsqueda dirigida por Francis Leopold McClintock en 1859 descubrió una nota en la isla del Rey Guillermo, que habían dejado allí con detalles sobre el destino de la expedición. La búsqueda continuó infructuosamente durante décadas. En 1981, un equipo de científicos dirigido por el antropólogo Owen Beattie comenzó una serie de estudios científicos de las tumbas, los cuerpos y otros materiales abandonados por los miembros de la tripulación de Franklin en las islas de Beechey y del Rey Guillermo. Llegaron a la conclusión de que los miembros de la tripulación cuyos cuerpos habían sido enterrados en la isla de Beechey habrían muerto probablemente de neumonía y tuberculosis, aunque también señalaron la posibilidad de que hubiesen fallecido a causa de un envenenamiento por plomo, proveniente de las soldaduras de las latas de conservas. Más recientemente se ha sugerido que la causa principal no fue la comida enlatada -habitualmente utilizada en la Royal Navy en aquella época- sino las cañerías emplomadas del sistema de agua potable de los barcos. 

Además, se encontraron marcas de cortes en los huesos humanos hallados en la isla del Rey Guillermo, lo que indica sospechas de canibalismo. La combinación de los resultados de todos los estudios realizados sugiriere que la muerte de los miembros de la expedición fue debida a la hipotermia, el hambre, el envenenamiento por plomo, el escorbuto, las enfermedades y, en general, la exposición a un ambiente hostil para el que carecían de ropa adecuada, todo ello acompañado por una mala nutrición y falta de alimentos. 


Fuente: Beattie O., Geiger J. (1987). Frozen in Time: The Fate of the Franklin Expedition. Greystone Books, Vancouver, Canada, 288 p.