Si los seres humanos fuéramos una
nación, el sistema nervioso sería el gobierno visible. Sería el presidente
dando discursos, los ministros entrando y saliendo de edificios oficiales, las
sirenas, los comunicados urgentes y los titulares de los periódicos. Todo muy
aparatoso.
Las hormonas, en cambio, serían
la administración secreta. No salen en las fotografías. No pronuncian
discursos. No inauguran autopistas. Sin embargo, son ellas las que consiguen
que el país funcione.
Hay quien se piensa que las
hormonas eran poco más que sustancias relacionadas con la adolescencia, los
cambios de humor y ciertas conversaciones incómodas entre padres e hijos. No es
sólo eso: gobiernan prácticamente todo: el crecimiento, el hambre, el sueño, la
reproducción, el metabolismo, la presión arterial, el estrés y hasta la
velocidad con la que gastamos energía mientras estamos sentados sin hacer nada.
La imagen que acompaña este
artículo resume admirablemente el asunto. En el centro aparece una pequeña
estructura cerebral formada por el hipotálamo y la hipófisis. No parecen gran
cosa. Ocupan un espacio ridículo dentro del cráneo. Sin embargo, constituyen
uno de los centros de mando más extraordinarios de toda la naturaleza.
La historia comienza en el
hipotálamo. El nombre significa literalmente «debajo del tálamo», lo que
demuestra que los anatomistas, cuando no sabían cómo llamar algo, simplemente
describían dónde estaba, lo cual, sin duda es muy útil. El hipotálamo pesa
apenas unos gramos, pero actúa como un director de orquesta obsesivamente
atento.
Controla la temperatura corporal.
Vigila la cantidad de agua disponible. Supervisa el nivel de energía. Detecta
el estrés. Comprueba si estamos dormidos o despiertos. Y, cuando considera que
algo necesita atención, envía instrucciones químicas a la hipófisis.
La hipófisis —también llamada
glándula pituitaria— es una especie de central de distribución hormonal. Durante
mucho tiempo los médicos la llamaron «la glándula maestra», una descripción
bastante apropiada. Desde allí parten mensajes químicos hacia prácticamente
todos los rincones del organismo.
Lo sorprendente es que el sistema
funciona mediante cantidades diminutas de sustancias. Una hormona puede ejercer
efectos enormes en concentraciones tan pequeñas que resultarían invisibles
incluso si se disolvieran en una piscina olímpica. Es como si el gobierno de un
país pudiera administrarse utilizando una sola cucharadita de tinta.
Una de las primeras órdenes que
salen de la hipófisis es la hormona del crecimiento, conocida por las siglas
GH. En la ilustración aparece dirigiéndose hacia huesos, músculos y órganos. Su
trabajo consiste en coordinar el crecimiento y regular el metabolismo. Durante
la infancia ayuda a convertir a un bebé de tres kilos en un adolescente
desgarbado. En la edad adulta sigue ocupándose de reparar tejidos y gestionar
recursos. Sin ella, el cuerpo sería una obra de construcción abandonada.
Otro mensaje importante es la hormona estimulante de la tiroides, o TSH. La tiroides tiene forma de mariposa y descansa discretamente sobre la tráquea. A simple vista parece un órgano bastante anodino, pero produce hormonas capaces de determinar la velocidad a la que funciona todo el organismo. Si la tiroides trabaja demasiado, uno se siente como si hubiera tomado veinte cafés. El corazón se acelera, el metabolismo se dispara y el cuerpo consume energía con entusiasmo excesivo. Si trabaja poco, ocurre lo contrario. El mundo entero parece moverse dentro de una piscina de melaza.
Lo fascinante es que la hipófisis
no ordena simplemente a la tiroides que produzca hormonas. También escucha las
respuestas. Cuando hay suficiente cantidad circulando por la sangre, reduce las
órdenes. Cuando hay poca, las aumenta. Es un ejemplo clásico de
retroalimentación negativa, una de los conceptos más interesantes de la
biología.
No muy lejos de allí encontramos
las hormonas LH y FSH, encargadas de regular ovarios y testículos. Las siglas
suenan como matrículas de automóvil, pero controlan algunos de los procesos más
trascendentales de la existencia. Gracias a ellas se producen óvulos y
espermatozoides. También estimulan la fabricación de estrógenos, progesterona y
testosterona. Es decir, sin estas discretas señales químicas la especie humana
tendría un problema demográfico considerable.
Más abajo en la figura aparecen
las glándulas suprarrenales. Su nombre describe perfectamente dónde están:
encima de los riñones. Estas pequeñas estructuras producen cortisol, una
hormona célebre porque interviene en la respuesta al estrés. Cuando nuestros
antepasados se encontraban con un tigre dientes de sable, el cortisol ayudaba a
movilizar recursos para sobrevivir.
Hoy seguimos produciendo
cortisol, aunque normalmente en respuesta a correos electrónicos, reuniones de
trabajo o declaraciones de Hacienda. El cuerpo aún no ha comprendido del todo
que un plazo administrativo no suele intentar devorarnos.
La parte posterior de la
hipófisis alberga otro conjunto de maravillas. Una es la oxitocina, famosa por
su papel en el parto y en los vínculos afectivos. La otra es la vasopresina o
ADH, que ayuda a los riñones a conservar agua.
La mayoría de nosotros apenas
pensamos en ello, pero nuestros riñones están tomando decisiones hidráulicas
extraordinariamente complejas cada minuto del día. Filtran unos ciento ochenta
litros de líquido diarios y luego recuperan casi todo. La vasopresina es uno de
los gestores encargados de que no terminemos deshidratados después de una noche
de sueño.
Todo este entramado puede parecer
una colección de sistemas independientes, pero en realidad constituye una sola
red. La figura lo muestra bien. Cada hormona sale hacia un órgano diferente,
pero todas proceden del mismo centro regulador y todas se comunican entre sí. Es
menos parecido a una empresa y más parecido a Internet.
| Diagrama que muestra los efectos de la hormona GLP-1 (glucagón tipo 1) en varios órganos del cuerpo. El GLP-1 y otras hormonas como el péptido YY (PYY) ayudan a regular el azúcar en sangre a través del páncreas. También indican a nuestro cerebro que has comido lo suficiente y ordenan a tu estómago y a tus intestinos que reduzcan su motilidad, es decir, que ralenticen el movimiento de los alimentos a lo largo del tracto digestivo para permitir la digestión. Este sistema es el llamado freno de colon o freno ileal. Fuente. |
La señal hormonal llega a una
célula. La célula posee un receptor específico. El receptor activa una cascada
de reacciones químicas. Los genes se encienden o se apagan. Las enzimas
modifican el metabolismo. Los tejidos responden. Todo eso ocurre continuamente y a velocidades
vertiginosas.
Mientras leísa el párrafo anterior, miles de millones de moléculas hormonales circularon por tu organismo transportando información. Y aquí aparece la idea más importante de todas: las hormonas no buscan producir efectos espectaculares. Buscan equilibrio. La biología rara vez aspira a máximos. Prefiere los puntos intermedios. No quiere la temperatura más alta ni la más baja. Quiere exactamente 37 grados. No quiere demasiada glucosa ni muy poca. Quiere la cantidad adecuada. No quiere exceso de agua ni escasez. Quiere el equilibrio preciso.
Las hormonas son las funcionarias
invisibles encargadas de mantener ese delicado compromiso. Lo hacen con una
eficacia asombrosa. Resulta tentador pensar que somos individuos autónomos que
tomamos decisiones racionales mientras caminamos por el mundo. Pero, observada
desde cierta distancia, la experiencia humana parece más bien el resultado de
billones de células intercambiando mensajes químicos bajo la supervisión de un
puñado de glándulas diminutas escondidas en lugares estratégicos.
La verdadera maravilla no es que
tengamos hormonas. La maravilla es que una red molecular tan compleja, formada
por señales invisibles y cantidades infinitesimales de sustancias químicas,
consiga mantenernos vivos durante décadas sin que apenas nos demos cuenta de
que existe. Hasta que falla.
Y entonces descubrimos que las auténticas gobernantes del cuerpo nunca fueron los músculos, ni los huesos, ni siquiera el cerebro consciente. Eran aquellas silenciosas moléculas mensajeras que llevaban toda la vida trabajando en la sombra.
