Cuando pensamos en Tyrannosaurus
rex imaginamos un animal descomunal. Lo vemos avanzando entre bosques de
coníferas con una cabeza del tamaño de un automóvil pequeño, mandíbulas capaces
de triturar huesos y un peso cercano a las ocho toneladas. Es el dinosaurio por
excelencia, el gran villano de documentales y películas, el depredador supremo
del Cretácico. Cuesta imaginar que semejante gigante comenzara su vida siendo
una criatura que apenas pesaba lo mismo que un gato doméstico.
Tamaños y pesos (en gramos) de dos tiranosaurios jóvenes (uno de ellos perinato), comparados con el tamaño de un gato doméstico. Adaptado de Longrich y col. 2026.
Sin embargo, esa es precisamente
la historia que acaba de empezar a reconstruirse gracias a un estudio publicado este año por
Nicholas Longrich y sus colaboradores. Durante más de un siglo los
paleontólogos habían estudiado esqueletos de Tyrannosaurus adultos y
juveniles, pero seguía existiendo una incógnita sorprendente: nadie sabía con
certeza cómo era un ejemplar recién salido del huevo. El rey de los dinosaurios
tenía una infancia prácticamente desconocida.
La razón no era la falta de
interés, sino la naturaleza caprichosa del registro fósil. Los huesos de un
animal adulto son grandes, resistentes y relativamente fáciles de conservar
durante millones de años. Los de una cría recién nacida, en cambio, son diminutos
y frágiles. Se rompen con facilidad, son transportados por el agua, destruidos
por carroñeros o pasan inadvertidos durante las excavaciones. Durante décadas
se pensó que esos fósiles, sencillamente, no existían.
La sorpresa llegó cuando varios
investigadores decidieron hacer algo poco espectacular, pero
extraordinariamente eficaz: revisar las colecciones de los museos. En miles de
cajas se acumulaban pequeños fragmentos óseos encontrados durante décadas en
yacimientos del oeste de Norteamérica. Muchos habían sido clasificados como
restos imposibles de identificar. Observados con técnicas modernas y comparados
con otros fósiles mejor conservados, algunos de ellos resultaron pertenecer a
individuos extraordinariamente jóvenes de T. rex y de otros
tiranosáuridos.
El hallazgo permitió calcular por
primera vez el aspecto aproximado de un T. rex al nacer. El resultado es
desconcertante. La cría mediría unos setenta centímetros de longitud y pesaría
entre kilo y medio y dos kilogramos. Es decir, era poco mayor que una gallina
grande y no mucho más pesada que un gato. Resulta difícil creer que un animal
tan pequeño acabara convirtiéndose en el mayor depredador terrestre de su
tiempo.
Ese reducido tamaño también
permite deducir cómo eran los huevos. Los autores estiman que medirían
alrededor de cuarenta centímetros y pesarían poco más de un kilogramo. Para un
dinosaurio adulto de ocho o nueve toneladas parecen sorprendentemente modestos.
Precisamente por eso las hembras podían poner numerosas unidades en cada
nidada, quizá entre veinte y treinta. Como ocurre en muchos reptiles actuales,
la estrategia consistía menos en invertir enormes recursos en cada descendiente
que en producir suficientes crías para que algunas sobrevivieran. Y sobrevivir
no debía de ser fácil.
La imagen popular del Tyrannosaurus
suele presentar a un cazador invencible, pero durante sus primeros meses de
vida era cualquier cosa menos eso. Compartía el paisaje con grandes dinosaurios
carnívoros, cocodrilos, serpientes y mamíferos depredadores perfectamente
capaces de convertirlo en una presa. La mayor parte de aquellas crías
probablemente nunca alcanzó la edad adulta. El éxito de la especie dependía de
que unas pocas lograran superar esa peligrosa infancia.
Todo indica, además, que los
jóvenes llevaban una existencia muy distinta de la de los adultos. Mientras
estos dominaban el ecosistema y podían abatir grandes hadrosaurios o
ceratópsidos, las crías tendrían que conformarse con insectos, pequeños
mamíferos, lagartos y dinosaurios de reducido tamaño. Sus patas largas y su
constitución ligera sugieren un animal rápido y ágil, especializado en
perseguir presas pequeñas más que en imponerse por la fuerza.
A medida que crecían, también
cambiaba su forma de vivir. Los paleontólogos creen que un Tyrannosaurus
pasaba por varias etapas ecológicas perfectamente diferenciadas. Primero era un
pequeño cazador de diminutas presas; después, un depredador de tamaño medio
capaz de capturar animales cada vez mayores; finalmente, un coloso que ocupaba
la cúspide de la cadena alimentaria. Era como si el mismo individuo desempeñara
varios oficios distintos a lo largo de su vida.
Esta idea ayuda a resolver un
viejo enigma. Durante mucho tiempo llamó la atención que en los ecosistemas del
final del Cretácico hubiera relativamente pocos grandes carnívoros de tamaño
intermedio. Hoy parece probable que esos depredadores existieran, pero fueran
simplemente Tyrannosaurus adolescentes. Las distintas edades de una
misma especie ocupaban nichos ecológicos diferentes y reducían así la
competencia entre ellas.
Después llegaba el crecimiento
espectacular. Los estudios realizados sobre los huesos de los tiranosaurios
indican que, durante su adolescencia, podían ganar varios centenares de
kilogramos cada año. En apenas dos décadas aquella pequeña criatura de dos kilogramos
se convertía en un gigante de ocho o nueve toneladas. Cambiaban las
proporciones del cuerpo, el cráneo se hacía enorme, la musculatura del cuello
aumentaba y los dientes adquirían la robustez necesaria para atravesar huesos.
La naturaleza construía al gran depredador paso a paso.
Curiosamente, estos
descubrimientos también modifican nuestra forma de imaginar la extinción de los
dinosaurios. Cuando pensamos en el impacto del asteroide que cayó hace sesenta
y seis millones de años solemos visualizar enormes animales sucumbiendo al cataclismo.
Pero cualquier población estaba formada por huevos, recién nacidos, juveniles y
adultos. El desastre no acabó únicamente con los gigantes; interrumpió todo el
ciclo de la vida.
En los nidos quedaron huevos que
nunca llegarían a eclosionar. Miles de pequeñas crías, ocultas entre la
vegetación, dejaron de encontrar alimento cuando las cadenas tróficas
comenzaron a derrumbarse. Los adultos podían sobrevivir algún tiempo gracias a sus
reservas, pero una especie no perdura por la resistencia de sus individuos más
viejos, sino por su capacidad para producir una nueva generación. Cuando esa
generación dejó de salir adelante, el destino del T. rex quedó sellado.
Quizá la enseñanza más
interesante de esta historia sea otra. Durante más de cien años los
paleontólogos buscaron respuestas en los enormes esqueletos que llenan las
salas de los museos. Sin embargo, algunas de las preguntas más importantes
terminaron resolviéndose gracias a unos pocos huesos diminutos que habían
permanecido olvidados en los cajones de las colecciones científicas. La ciencia
no siempre avanza descubriendo objetos espectaculares; a veces progresa
aprendiendo a mirar con otros ojos aquello que llevaba décadas delante de
nosotros.
Y así, el animal más temido del
Cretácico recupera una parte de su biografía que habíamos perdido. Antes de
convertirse en el gigantesco depredador que domina nuestra imaginación, fue una
cría vulnerable que apenas sobresalía entre los helechos. Nadie que la hubiera
visto entonces habría sospechado que estaba contemplando al futuro rey de los
dinosaurios. Como ocurre tantas veces en la naturaleza, el comienzo de las
grandes historias suele ser extraordinariamente modesto.