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martes, 18 de agosto de 2026

CEIBA SPECIOSA: EL ÁRBOL QUE ENGORDA PARA SOBREVIVIR

 

Hay árboles que parecen diseñados por un botánico y otros que parecen obra de un dibujante con cierta inclinación por la exageración. Ceiba speciosa, el palo borracho, pertenece sin duda al segundo grupo. Tiene un tronco verde que se hincha hasta adquirir forma de botella, está cubierto de grandes aguijones cónicos, produce espectaculares flores rosadas que recuerdan vagamente a enormes hibiscos y, cuando sus frutos maduran, los abre para dejar escapar masas de una fibra blanca semejante al algodón. Resulta difícil pedir más extravagancias a un solo árbol.

Es originario de las regiones subtropicales de Sudamérica, principalmente Brasil, Paraguay, Bolivia, el noreste de Argentina y zonas próximas. Allí forma parte de bosques estacionales en los que la disponibilidad de agua cambia considerablemente a lo largo del año. Esa circunstancia explica su característica más llamativa: el enorme tronco abombado.

El palo borracho almacena agua en los tejidos de su tronco. Durante la estación favorable acumula reservas que puede utilizar cuando llegan los meses secos. El resultado es ese aspecto ventrudo que ha inspirado algunos de sus nombres populares. En Argentina y otros países se lo llama palo borracho porque el tronco recuerda, con algo de imaginación y bastante mala intención, el vientre prominente de un borracho. También recibe nombres como árbol botella, samohú o toborochi.

La superficie del tronco joven es además verde, y no por casualidad. La corteza contiene clorofila y puede realizar fotosíntesis. Esto resulta especialmente útil cuando el árbol pierde total o parcialmente sus hojas durante la estación seca: mientras la copa reduce la pérdida de agua, el tronco continúa captando algo de energía solar. Con los años, la corteza suele volverse más grisácea, aunque conserva durante bastante tiempo su característica tonalidad verdosa.

Y después están los aguijones. El tronco y las ramas jóvenes aparecen armados con impresionantes protuberancias cónicas que pueden alcanzar varios centímetros. Popularmente hablamos de espinas, aunque botánicamente es más preciso llamarlas aguijones, porque son prolongaciones superficiales de la corteza y no órganos transformados como las verdaderas espinas. Probablemente desempeñan una función defensiva frente a animales que podrían dañar la corteza o acceder a sus tejidos ricos en agua. Sea cual sea su eficacia actual, consiguen que abrazar un palo borracho sea una experiencia que nadie necesita repetir.

Su nombre científico cuenta también una historia. Ceiba procede de una palabra indígena antillana —generalmente relacionada con el taíno— que los españoles encontraron aplicada a grandes árboles tropicales americanos. El término pasó muy pronto al castellano y de ahí a la nomenclatura botánica. El epíteto speciosa procede del latín speciosus: «hermoso», «vistoso», «de bella apariencia». Basta verlo florecido para reconocer que, por una vez, los taxónomos no exageraron.

Pero muchos libros todavía lo llaman Chorisia speciosa. No se trata de otra especie. Durante mucho tiempo estos árboles fueron separados de Ceiba y situados en el género Chorisia, nombre dedicado al artista y naturalista Louis Choris, que participó en la expedición rusa de Otto von Kotzebue alrededor del mundo a comienzos del siglo XIX. Los estudios morfológicos y, sobre todo, moleculares demostraron después que mantener Chorisia separado dejaba a Ceiba artificialmente dividido. El palo borracho regresó entonces a un género Ceiba más amplio y hoy el nombre aceptado es Ceiba speciosa.

También ha cambiado de familia en muchos libros. Tradicionalmente se incluía en las Bombacaceae, junto con los baobabs y otros grandes árboles tropicales de troncos engrosados. La clasificación moderna ha integrado las antiguas Bombacaceae dentro de las Malvaceae. Por eso el palo borracho es, aunque a primera vista cueste creerlo, pariente de malvas, hibiscos, algodón y cacao. Los baobabs continúan siendo parientes bastante cercanos, lo que ayuda a explicar cierto parecido de familia en esos troncos desmesurados preparados para afrontar períodos secos.

Las hojas son palmadamente compuestas, generalmente con cinco a siete folíolos que parten de un mismo punto como los dedos de una mano. Durante parte de la estación seca pueden caer, y entonces sucede algo espectacular: el árbol puede florecer casi desnudo. Las enormes flores, de unos diez o más centímetros de diámetro, quedan expuestas sobre las ramas con muy pocas hojas que les disputen protagonismo.

Las flores presentan cinco pétalos, generalmente rosados o violáceos hacia los extremos y mucho más claros, incluso blanquecinos o amarillentos, cerca del centro. Los estambres forman una estructura característica alrededor de los órganos reproductores, un rasgo que recuerda su parentesco con otras malváceas. La floración atrae numerosos visitantes, entre ellos insectos y aves nectarívoras, que actúan como polinizadores.

Después aparece otro de los trucos del palo borracho. El ovario fecundado se transforma en una gran cápsula ovoide, verde al principio y parda cuando madura. Al abrirse descubre numerosas semillas oscuras envueltas en una masa extraordinariamente blanca y sedosa. A simple vista parece algodón.

Pero tampoco esta vez las apariencias cuentan toda la verdad. El algodón comercial, producido por especies del género Gossypium, está formado por largos pelos que nacen de la superficie de las propias semillas. En Ceiba speciosa, la fibra —conocida como paina o kapok en sentido amplio— procede de pelos del interior del fruto. Es ligera, hidrófoba y muy flotante.

Estas propiedades hicieron que las fibras de diversas ceibas y árboles emparentados se utilizaran tradicionalmente para rellenar almohadas, colchones, cojines y salvavidas. No son tan apropiadas para hilar como el algodón porque sus fibras son lisas, quebradizas y se adhieren mal unas a otras. Antes de que los materiales sintéticos conquistaran este mercado, sin embargo, la extraordinaria flotabilidad de estas fibras las hacía particularmente útiles para chalecos y dispositivos de salvamento.

El árbol tuvo otros usos tradicionales. Su madera, ligera y relativamente blanda, se ha empleado en objetos sencillos y recipientes, mientras que distintas partes de la planta aparecen en la medicina popular sudamericana. La corteza y las hojas se han utilizado en preparados contra inflamaciones, fiebre y otras dolencias. Los análisis fitoquímicos han detectado flavonoides, compuestos fenólicos, terpenoides y otros metabolitos con actividad biológica experimental, pero Ceiba speciosa no es una planta medicinal de eficacia clínica bien establecida, por lo que conviene separar la tradición etnobotánica de los usos terapéuticos demostrados.

Tampoco se considera un árbol especialmente tóxico. Eso no significa que sus semillas, corteza o extractos deban consumirse alegremente. La composición química varía entre órganos y los estudios sobre seguridad son mucho más limitados que los disponibles para plantas alimentarias convencionales. En un parque urbano, en cualquier caso, el riesgo más evidente sigue estando a la vista: los grandes aguijones del tronco.

Hoy el palo borracho vive una segunda existencia como árbol ornamental. Se planta en ciudades de clima mediterráneo y subtropical porque soporta bien el calor y cierta sequía, crece con relativa rapidez y ofrece una floración espectacular. En España puede verse en parques y jardines de muchas localidades de las costas mediterránea y atlántica meridional y también en lugares protegidos del interior. Un ejemplar adulto en flor difícilmente pasa inadvertido.

Y quizá ahí radique el encanto de Ceiba speciosa. Cada una de sus rarezas tiene una explicación bastante sensata. El tronco hinchado almacena agua; su color verde permite seguir fotosintetizando cuando faltan las hojas; los aguijones proporcionan defensa; la pérdida estacional del follaje reduce el consumo de agua; las grandes flores atraen polinizadores y las fibras del fruto ayudan a dispersar las semillas.

Contemplado pieza por pieza, todo resulta perfectamente razón able.Es al juntar las piezas cuando aparece ese árbol imposible, barrigudo, verde, espinoso, cubierto de flores rosas y capaz de producir su propio algodón.

Y entonces uno comprende por qué Linneo no necesitó describirlo. Bastaba una palabra: speciosa.