Hay árboles que parecen diseñados
por un botánico y otros que parecen obra de un dibujante con cierta inclinación
por la exageración. Ceiba speciosa, el palo borracho, pertenece sin duda
al segundo grupo. Tiene un tronco verde que se hincha hasta adquirir forma de
botella, está cubierto de grandes aguijones cónicos, produce espectaculares
flores rosadas que recuerdan vagamente a enormes hibiscos y, cuando sus frutos
maduran, los abre para dejar escapar masas de una fibra blanca semejante al
algodón. Resulta difícil pedir más extravagancias a un solo árbol.
Es originario de las regiones
subtropicales de Sudamérica, principalmente Brasil, Paraguay, Bolivia, el
noreste de Argentina y zonas próximas. Allí forma parte de bosques estacionales
en los que la disponibilidad de agua cambia considerablemente a lo largo del
año. Esa circunstancia explica su característica más llamativa: el enorme
tronco abombado.
El palo borracho almacena agua en
los tejidos de su tronco. Durante la estación favorable acumula reservas que
puede utilizar cuando llegan los meses secos. El resultado es ese aspecto
ventrudo que ha inspirado algunos de sus nombres populares. En Argentina y
otros países se lo llama palo borracho porque el tronco recuerda, con algo de
imaginación y bastante mala intención, el vientre prominente de un borracho.
También recibe nombres como árbol botella, samohú o toborochi.
La superficie del tronco joven es
además verde, y no por casualidad. La corteza contiene clorofila y puede
realizar fotosíntesis. Esto resulta especialmente útil cuando el árbol pierde
total o parcialmente sus hojas durante la estación seca: mientras la copa
reduce la pérdida de agua, el tronco continúa captando algo de energía solar.
Con los años, la corteza suele volverse más grisácea, aunque conserva durante
bastante tiempo su característica tonalidad verdosa.
Y después están los aguijones. El
tronco y las ramas jóvenes aparecen armados con impresionantes protuberancias
cónicas que pueden alcanzar varios centímetros. Popularmente hablamos de
espinas, aunque botánicamente es más preciso llamarlas aguijones, porque son
prolongaciones superficiales de la corteza y no órganos transformados como las
verdaderas espinas. Probablemente desempeñan una función defensiva frente a
animales que podrían dañar la corteza o acceder a sus tejidos ricos en agua.
Sea cual sea su eficacia actual, consiguen que abrazar un palo borracho sea una
experiencia que nadie necesita repetir.
Su nombre científico cuenta
también una historia. Ceiba procede de una palabra indígena antillana
—generalmente relacionada con el taíno— que los españoles encontraron aplicada
a grandes árboles tropicales americanos. El término pasó muy pronto al castellano
y de ahí a la nomenclatura botánica. El epíteto speciosa procede del
latín speciosus: «hermoso», «vistoso», «de bella apariencia». Basta
verlo florecido para reconocer que, por una vez, los taxónomos no exageraron.
Pero muchos libros todavía lo
llaman Chorisia speciosa. No se trata de otra especie. Durante mucho
tiempo estos árboles fueron separados de Ceiba y situados en el género Chorisia,
nombre dedicado al artista y naturalista Louis Choris, que participó en la expedición
rusa de Otto von Kotzebue alrededor del mundo a comienzos del siglo XIX. Los
estudios morfológicos y, sobre todo, moleculares demostraron después que
mantener Chorisia separado dejaba a Ceiba artificialmente
dividido. El palo borracho regresó entonces a un género Ceiba más amplio
y hoy el nombre aceptado es Ceiba speciosa.
También ha cambiado de familia en
muchos libros. Tradicionalmente se incluía en las Bombacaceae, junto con los
baobabs y otros grandes árboles tropicales de troncos engrosados. La
clasificación moderna ha integrado las antiguas Bombacaceae dentro de las Malvaceae.
Por eso el palo borracho es, aunque a primera vista cueste creerlo, pariente de
malvas, hibiscos, algodón y cacao. Los baobabs continúan siendo parientes
bastante cercanos, lo que ayuda a explicar cierto parecido de familia en esos
troncos desmesurados preparados para afrontar períodos secos.
Las hojas son palmadamente
compuestas, generalmente con cinco a siete folíolos que parten de un mismo
punto como los dedos de una mano. Durante parte de la estación seca pueden
caer, y entonces sucede algo espectacular: el árbol puede florecer casi desnudo.
Las enormes flores, de unos diez o más centímetros de diámetro, quedan
expuestas sobre las ramas con muy pocas hojas que les disputen protagonismo.
Las flores presentan cinco
pétalos, generalmente rosados o violáceos hacia los extremos y mucho más
claros, incluso blanquecinos o amarillentos, cerca del centro. Los estambres
forman una estructura característica alrededor de los órganos reproductores, un
rasgo que recuerda su parentesco con otras malváceas. La floración atrae
numerosos visitantes, entre ellos insectos y aves nectarívoras, que actúan como
polinizadores.
Después aparece otro de los
trucos del palo borracho. El ovario fecundado se transforma en una gran cápsula
ovoide, verde al principio y parda cuando madura. Al abrirse descubre numerosas
semillas oscuras envueltas en una masa extraordinariamente blanca y sedosa. A
simple vista parece algodón.
Pero tampoco esta vez las
apariencias cuentan toda la verdad. El algodón comercial, producido por
especies del género Gossypium, está formado por largos pelos que nacen
de la superficie de las propias semillas. En Ceiba speciosa, la fibra
—conocida como paina o kapok en sentido amplio— procede de pelos del interior
del fruto. Es ligera, hidrófoba y muy flotante.
Estas propiedades hicieron que
las fibras de diversas ceibas y árboles emparentados se utilizaran
tradicionalmente para rellenar almohadas, colchones, cojines y salvavidas. No
son tan apropiadas para hilar como el algodón porque sus fibras son lisas, quebradizas
y se adhieren mal unas a otras. Antes de que los materiales sintéticos
conquistaran este mercado, sin embargo, la extraordinaria flotabilidad de estas
fibras las hacía particularmente útiles para chalecos y dispositivos de
salvamento.
El árbol tuvo otros usos
tradicionales. Su madera, ligera y relativamente blanda, se ha empleado en
objetos sencillos y recipientes, mientras que distintas partes de la planta
aparecen en la medicina popular sudamericana. La corteza y las hojas se han utilizado
en preparados contra inflamaciones, fiebre y otras dolencias. Los análisis
fitoquímicos han detectado flavonoides, compuestos fenólicos, terpenoides y
otros metabolitos con actividad biológica experimental, pero Ceiba speciosa no
es una planta medicinal de eficacia clínica bien establecida, por lo que
conviene separar la tradición etnobotánica de los usos terapéuticos
demostrados.
Tampoco se considera un árbol
especialmente tóxico. Eso no significa que sus semillas, corteza o extractos
deban consumirse alegremente. La composición química varía entre órganos y los
estudios sobre seguridad son mucho más limitados que los disponibles para
plantas alimentarias convencionales. En un parque urbano, en cualquier caso, el
riesgo más evidente sigue estando a la vista: los grandes aguijones del tronco.
Hoy el palo borracho vive una
segunda existencia como árbol ornamental. Se planta en ciudades de clima
mediterráneo y subtropical porque soporta bien el calor y cierta sequía, crece
con relativa rapidez y ofrece una floración espectacular. En España puede verse
en parques y jardines de muchas localidades de las costas mediterránea y
atlántica meridional y también en lugares protegidos del interior. Un ejemplar
adulto en flor difícilmente pasa inadvertido.
Y quizá ahí radique el encanto de
Ceiba speciosa. Cada una de sus rarezas tiene una explicación bastante
sensata. El tronco hinchado almacena agua; su color verde permite seguir
fotosintetizando cuando faltan las hojas; los aguijones proporcionan defensa; la
pérdida estacional del follaje reduce el consumo de agua; las grandes flores
atraen polinizadores y las fibras del fruto ayudan a dispersar las semillas.
Contemplado pieza por pieza, todo
resulta perfectamente razón able.Es al juntar las piezas cuando aparece ese
árbol imposible, barrigudo, verde, espinoso, cubierto de flores rosas y capaz
de producir su propio algodón.
Y entonces uno comprende por qué
Linneo no necesitó describirlo. Bastaba una palabra: speciosa.