Los pinsapos andaluces tienen parientes cercanos en Marruecos y Argelia. Su historia comenzó millones de años antes de que el Mediterráneo adquiriera su forma actual.
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| Ramas terminales de Abies pinsapo con conos masculinos (1) y femeninos (2) |
En 1837, el joven botánico suizo Pierre Edmond
Boissier llegó a Andalucía dispuesto a explorar una flora que todavía guardaba
sorpresas para los naturalistas europeos. Tenía veintisiete años y la clase de
entusiasmo que lleva a algunas personas a subir montañas para examinar plantas
que la mayoría de sus semejantes ni siquiera se detendría a mirar.
En la Serranía de Ronda encontró unos abetos muy
diferentes de los que conocía de los Alpes. Sus hojas eran cortas, rígidas,
punzantes y se disponían alrededor de las ramillas como las cerdas de un
cepillo de limpiar botellas. Los habitantes de la región los llamaban pinsapos.
Boissier conservó aquel nombre popular y, en 1838, describió científicamente la
especie como Abies pinsapo.
El descubrimiento planteaba una paradoja
geográfica. Los abetos son árboles propios de montañas húmedas y bosques
relativamente fríos. Sin embargo, aquel crecía en el extremo meridional de
Europa, cerca de una costa mediterránea cuyos veranos son famosos por todo
menos por su humedad.
La paradoja aumentó cuando los botánicos
exploraron las montañas norteafricanas. En Argelia encontraron otro abeto
singular, Abies numidica. Más al oeste, en las montañas marroquíes del
Rif, aparecieron poblaciones de un tercero, Abies marocana. Tres abetos
extraordinariamente parecidos, confinados en regiones montañosas separadas por
centenares de kilómetros y por el mar. ¿Cómo habían llegado hasta allí?
¿Procedían de un antepasado común?
Los supervivientes de las montañas
Los pinsapares naturales se concentran en tres
núcleos andaluces: Sierra de las Nieves, Sierra del Pinar de Grazalema y Sierra
Bermeja. En Grazalema, las montañas interceptan los vientos húmedos atlánticos
y reciben precipitaciones extraordinariamente abundantes. En Sierra de las
Nieves, la altitud y las orientaciones umbrías proporcionan refugios frescos.
Sierra Bermeja añade otra singularidad: sus pinsapos crecen sobre peridotitas,
rocas que originan suelos químicamente difíciles para muchas plantas.
El pinsapo no es un árbol especialmente adaptado
a la sequía. Su distribución revela hasta qué punto necesita aprovechar las
excepciones climáticas que ofrece la geografía mediterránea. Los botánicos
llaman relictas a las especies cuyas poblaciones actuales representan restos de
distribuciones antiguas más extensas. El pinsapo constituye un buen ejemplo,
aunque eso no significa que haya permanecido inmutable durante millones de
años.
Lo que ha sobrevivido es un linaje. Y ese linaje
tiene parientes al otro lado del mar.
Una familia dividida
El abeto de Numidia, Abies numidica, vive
en un territorio muy reducido de las montañas de Babor y Tababort, en Argelia.
Más al oeste, en el Rif, crece Abies marocana, especialmente asociado a
los bosques de Talassemtane.
Los tres comparten caracteres que revelan su
parentesco: hojas rígidas y relativamente cortas, dispuestas alrededor de las
ramillas, y determinadas peculiaridades anatómicas. Tradicionalmente se
incluyen en la sección botánica Piceaster, distinta de la sección Abies, a la
que pertenecen otros abetos mediterráneos.
Pero ¿son realmente tres especies diferentes? Algunos
botánicos consideraron al abeto marroquí una subespecie del pinsapo andaluz.
Incluso determinadas poblaciones del Rif recibieron otro nombre, Abies
tazaotana, que algunos autores elevaron a la categoría de especie.
En 2020, un equipo encabezado por Francisco Balao
publicó en Annals of Botany
una investigación basada en miles de variantes del ADN. Los resultados
confirmaron que A. numidica representa una rama separada tempranamente
del antepasado común de los pinsapos ibéricos y marroquíes. Estos últimos
constituyen dos linajes hermanos, suficientemente diferenciados para respaldar
su reconocimiento como especies independientes. En cambio, A. tazaotana
no formaba un linaje claramente separado de A. marocana.
La genética había aclarado el parentesco
familiar. Pero también reveló algo sorprendente: aquella familia llevaba
separada muchísimo más tiempo del que se había supuesto. Era un tiempo en el
que el Mediterráneo era otro mar.
Hace treinta millones de años, durante el
Oligoceno, Europa y África ocupaban posiciones distintas de las actuales. El
antiguo océano de Tetis experimentaba profundas transformaciones. El
desplazamiento de las placas tectónicas reorganizaba mares, islas y
cordilleras.
Los análisis genéticos permiten estimar cuándo
comenzaron a separarse los linajes mediante modelos que relacionan las
diferencias acumuladas en el ADN con el tiempo transcurrido.
El estudio de Balao y sus colaboradores situó la
separación entre las secciones Piceaster y Abies aproximadamente entre 23 y 34
millones de años atrás. La divergencia del linaje argelino se estimó entre 13 y
27 millones de años, mientras que la separación de los linajes ibérico y
marroquí se situó entre 9 y 21 millones de años.
Son estimaciones con incertidumbres, pero
contienen una enseñanza importante: los abetos ibéricos y marroquíes comenzaron
a diferenciarse mucho antes de las glaciaciones cuaternarias y, según esas
fechas, antes de que el estrecho de Gibraltar adquiriera su configuración
actual. Por tanto, no basta con imaginar un gran bosque de pinsapos dividido en
dos cuando se abrió el estrecho. La historia debió de ser más complicada como
se desprende de sus cenizas.
Los árboles tienen la desagradable costumbre de
morir sin dejar demasiados documentos. Afortunadamente, producen enormes
cantidades de polen, cuyos granos pueden conservarse enterrados durante miles o
millones de años.
El registro paleobotánico indica que los abetos
ocuparon territorios del sur y el este de la península ibérica donde hoy han
desaparecido. Sin embargo, encontrar polen fósil de Abies no equivale a
demostrar la presencia de pinsapos, porque el polen de especies próximas puede
resultar indistinguible.
Hay una forma más directa de averiguar dónde
crecían estos árboles: buscar sus restos quemados. En 2022, R. Pardo-Martínez y
sus colegas publicaron una
investigación basada en la pedoantracología, palabra poco atractiva que
designa una actividad fascinante: buscar fragmentos de carbón vegetal
conservados en los suelos.
Cuando un incendio quema un bosque, parte de la
madera se transforma en carbón. Algunos fragmentos permanecen enterrados
durante miles de años. Su estructura anatómica permite identificar el género
del árbol y el carbono 14 proporciona una estimación de su antigüedad.
Los investigadores realizaron 37 excavaciones en
la Serranía de Ronda. Encontraron carbones identificados como Abies en tres
localidades donde actualmente no crecen estos árboles: Palmitera, Fuenfría Alta
y Jarastepar. Algunos restos tenían una antigüedad próxima a diez mil años. Los
hallazgos demostraban que los abetos habían ocupado lugares de los que
posteriormente desaparecieron.
No debemos imaginar necesariamente un bosque
continuo cubriendo aquellas montañas. Pudo existir un mosaico de poblaciones
conectadas durante determinados periodos y aisladas durante otros. Pero ahora
disponíamos de algo más que hipótesis: teníamos fragmentos de árboles que
habían ardido miles de años antes de que Boissier llegara a Andalucía.
El clima mediterráneo nos parece tan familiar que
cuesta imaginar un tiempo en el que no existiera. Su peculiaridad más
importante es que la estación más cálida coincide con la más seca. Para los
árboles, esa combinación representa un problema formidable: precisamente cuando
aumenta la demanda de agua de la atmósfera, las precipitaciones escasean.
Durante el Neógeno, los cambios climáticos
contribuyeron al establecimiento progresivo del régimen mediterráneo. La
intensificación de la sequía estival, especialmente durante el Plioceno y el
Cuaternario, transformó profundamente la vegetación.
Los bosques necesitados de condiciones húmedas
perdieron terreno frente a comunidades mejor adaptadas a la sequía. Los abetos
retrocedieron hacia lugares donde la altitud, la orientación de las laderas y
las precipitaciones compensaban parcialmente las condiciones regionales.
Las glaciaciones cuaternarias añadieron nuevas
oscilaciones. Durante determinados periodos fríos, los abetos pudieron ocupar
altitudes inferiores; durante los cálidos, quedaron restringidos a refugios
montañosos. Una montaña puede funcionar entonces como una isla. No una isla
rodeada de agua, sino de condiciones climáticas desfavorables.
Los pinsapares andaluces y los abetales del Rif y
de Argelia representan esos refugios. Pero sus linajes son mucho más antiguos
que las últimas oscilaciones climáticas. Las glaciaciones modificaron sus
distribuciones; no necesariamente originaron las especies.
Los pinsapares actuales son el resultado de una
historia en la que han intervenido procesos geológicos de millones de años,
transformaciones climáticas y perturbaciones más recientes. Los incendios, la
explotación forestal y el pastoreo han contribuido a reducir algunas
poblaciones. Ahora se suma el calentamiento climático, que aumenta la demanda
de agua de la atmósfera y puede agravar los efectos de las sequías.
Paradójicamente, la geografía que permitió
sobrevivir al pinsapo puede limitar sus posibilidades de desplazamiento. Una
montaña tiene una altura limitada y, cuando una especie ya ocupa las cotas
superiores, no siempre dispone de nuevos lugares hacia los que expandirse.
Conservar los pinsapares exige comprender los
procesos ecológicos que permiten su supervivencia y proteger la diversidad
genética de unas poblaciones que representan una historia evolutiva
excepcional. Cuando Boissier contempló aquellos abetos de la Serranía de Ronda,
en 1837, sabía que había encontrado una planta notable. Pero difícilmente podía
imaginar que sus antepasados habían comenzado a diferenciarse cuando la
geografía mediterránea era profundamente distinta de la actual.
Boissier veía árboles. Nosotros podemos
contemplar, además, una historia. Un pinsapo centenario puede parecernos
extraordinariamente viejo. Pero, comparado con la antigüedad de su linaje, es
apenas un recién llegado.
Y cuando caminamos bajo las copas de un pinsapar
no estamos simplemente recorriendo un bosque singular de Andalucía. Estamos
atravesando uno de los últimos escenarios de una historia evolutiva que comenzó
hace decenas de millones de años.

