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domingo, 17 de mayo de 2026

EL HOMBRE QUE EXPRIMÍA VEJIGAS PARA FABRICAR REFRESCOS

 

Hubo un tiempo en que las burbujas eran cosa de brujería. No una brujería especialmente emocionante —nadie invocaba demonios ni aparecían machos cabríos lujuriosos—, pero sí una forma de magia hidroterapéutica que llevaba a miles de personas a viajar durante días para beber agua que hacía “pssssst” al salir de la roca. En el siglo XVIII, si uno sufría de gota, melancolía, artritis, cálculos renales o simplemente de una vaga sensación victoriana de decadencia espiritual, lo recomendable era acudir a un balneario como Mondariz o Lanjarón y beber litros de agua naturalmente carbonatada mientras se paseaba con aire enfermo bajo una columnata de hierro forjado.

El razonamiento médico era impecablemente nebuloso. Las aguas burbujeaban; por tanto, algo extraordinario debían contener. Y si además olían ligeramente a azufre y sabían como si alguien hubiese lavado monedas en ellas, mucho mejor. En aquella época, cuanto más desagradable sabía un remedio, más probabilidades había de que los médicos lo considerasen milagroso.

El problema, naturalmente, era logístico. Las fuentes minerales tenían la molesta costumbre de encontrarse justo donde brotaban. Si uno vivía lejos de Lanjarón, no podía beneficiarse de sus famosas aguas salvo que estuviera dispuesto a cruzar España en carruaje, algo incómodo incluso para quienes no sufrían artritis.

Entonces apareció Joseph Priestley. Priestley es recordado sobre todo por haber descubierto el oxígeno, aunque, de manera muy británica, pasó buena parte de su vida sin aceptar del todo que lo hubiese descubierto. También era teólogo, filósofo, polemista político y poseedor de una curiosidad científica tan hiperactiva que hoy probablemente habría tenido un canal de YouTube donde explotaría sandías en nombre de la química experimental.

Vivía cerca de una cervecería y observaba fascinado las burbujas que ascendían desde los toneles de fermentación. Aquello era dióxido de carbono, aunque entonces se llamaba “aire fijo”, un nombre que suena menos a gas químico y más a algo que un fontanero victoriano cobraría muy caro por reparar. Priestley sabía que las aguas minerales naturales debían sus burbujas a ese mismo gas y se preguntó si podría fabricarlas artificialmente.

La idea era brillante. Ponerla en práctica resultó menos elegante. Joseph Black ya había demostrado que el dióxido de carbono podía obtenerse haciendo reaccionar tiza con ácido sulfúrico. Priestley construyó entonces un dispositivo que parecía diseñado por alguien que hubiese aprendido ingeniería leyendo novelas de piratas: un recipiente de vidrio para generar gas, conectado a una vejiga de cerdo y, desde allí, a una botella invertida llena de agua. La vejiga se apretaba manualmente para forzar el gas a atravesar el líquido.

Conviene detenerse un momento a apreciar la escena. Uno de los grandes científicos de la Ilustración, futuro descubridor del oxígeno, sentado junto a una vejiga de cerdo inflada, exprimiéndola para meter burbujas en agua. La historia de la ciencia tiene muchos momentos gloriosos. También tiene esto.

El resultado fue aceptable. El agua burbujeaba. Se le podían añadir sales para imitar composiciones minerales naturales y producir algo parecido a un agua medicinal embotellada. Priestley estaba encantado y convencido de que su invento podía incluso prevenir el escorbuto. Llegó a persuadir a James Cook para que llevase agua carbonatada en su segundo viaje alrededor del mundo, lo cual resulta especialmente curioso porque Cook ya sabía perfectamente que el chucrut prevenía el escorbuto. Pero quizá pensó que el repollo fermentado tenía un problema de relaciones públicas.

El siguiente capítulo de esta historia pertenece al doctor escocés John Nooth, quien examinó el invento de Priestley y llegó a una conclusión inquietante: el agua tenía un sospechoso sabor a orina. Nooth creyó identificar el culpable: la vejiga de cerdo utilizada para almacenar el gas. Decidió entonces diseñar un aparato completamente de vidrio para evitar cualquier matiz urinario en la experiencia terapéutica.

Priestley reaccionó con la serenidad habitual de los hombres ilustrados del siglo XVIII: acusó públicamente a los sirvientes de Nooth de haber orinado en el agua por diversión. Es difícil no sentir ternura ante estas disputas científicas antiguas. Hoy los investigadores se insultan mediante artículos de revisión por pares y mensajes pasivo-agresivos en X. En 1770 bastaba con insinuar que el mayordomo del colega se dedicaba a mearse en las muestras.

Finalmente, Priestley reconoció que el aparato de Nooth era mejor. Y entonces llegó Jacob Schweppe. Schweppe, relojero e inventor suizo, tuvo la intuición verdaderamente revolucionaria: si la gente estaba dispuesta a pagar por agua con burbujas, quizá aquello podía convertirse en negocio. Mejoró el sistema, añadió bombas de presión y comenzó la producción industrial de agua carbonatada. Había nacido la industria moderna de los refrescos.

En la Gran Exposición de Londres de 1851, el público fue recibido por una gigantesca fuente de agua carbonatada Schweppes. El Imperio Británico dominaba los mares, construía locomotoras, tendía cables telegráficos submarinos y, además, era capaz de fabricar agua que eructaba. No está mal para una civilización obsesionada con hervir verduras hasta destruirlas.

Hoy las aguas con gas viven un curioso renacimiento. Mucha gente sensata evita los refrescos azucarados y se pasa al agua carbonatada natural o artificial. Lo cual, inevitablemente, ha despertado nuevas inquietudes sobre su seguridad. Cada generación necesita encontrar algo cotidiano que temer. Hubo épocas en que preocupaban las novelas, luego la electricidad, después el microondas y ahora las burbujas.

La química real, sin embargo, es poco dada a dramatizar. El dióxido de carbono disuelto forma ácido carbónico, sí, pero el agua permanece tan poco tiempo en contacto con los dientes que el riesgo para el esmalte es mínimo. Para sufrir daños importantes probablemente habría que cepillarse los dientes con agua Perrier ocho horas al día.

También apareció hace unos años un estudio con uno de esos títulos científicos que parecen escritos por una inteligencia artificial especialmente nerviosa: “El dióxido de carbono en las bebidas carbonatadas induce la liberación de grelina y aumenta el consumo de alimentos en ratas macho: implicaciones en la aparición de la obesidad”. La grelina, para quien no frecuente el poco placentero oficio de leer revistas de endocrinología, es una hormona relacionada con el apetito. El estudio sugería que las ratas macho que bebían bebidas carbonatadas comían más.

¿Qué conclusiones podemos extraer de esa publicación? Pues ni más ni menos que en el improbable caso de que usted crie ratas macho sedentarias con problemas de sobrepeso, quizá debería mantenerlas alejadas del sifón. En humanos, la evidencia es muchísimo menos convincente. El efecto secundario más frecuente del agua con gas sigue siendo el mismo desde tiempos de Priestley: la liberación socialmente inoportuna de dióxido de carbono por ambos extremos del aparato digestivo.

Y eso nos devuelve al punto de partida. Las supuestas propiedades milagrosas del agua carbonatada probablemente eran exageradas. No cura la artritis, no devuelve la vitalidad perdida y tampoco convierte a nadie en un atleta alpino de anuncio escandinavo. Pero tampoco parece ser el enemigo químico que algunos imaginan.

Lo verdaderamente transformador no fue su efecto medicinal, sino económico. Toda la industria moderna de refrescos nació de aquella obsesión ilustrada por imitar las aguas minerales de un balneario alemán. Coca-Cola, Pepsi, la gaseosa de limón del bar de la esquina y esa lata fluorescente que promete sabor “tropical nuclear” existen gracias a un clérigo inglés que exprimía vejigas de cerdo llenas de dióxido de carbono.

La historia de la ciencia rara vez decepciona.