El pelo postizo siempre ha tenido
algo de alquimia social. Cleopatra probablemente habría matado por unas buenas
extensiones de queratina, María Antonieta habría necesitado un tráiler entero
para guardar las suyas, Luis XIV convirtió la calvicie prematura en una
cuestión de Estado gracias a unas pelucas tan monumentales que parecían
diseñadas por un arquitecto barroco con delirios ecuestres y, si uno mira
ciertas alfombras rojas contemporáneas, resulta evidente que buena parte del glamur
de Hollywood está sostenida por botox y pegamento capilar. El negocio, en
cualquier caso, va magníficamente: el mercado mundial de extensiones de pelo podría
superar los 14 000 millones de dólares en 2028.
Lo interesante es que nadie
parece haber dedicado demasiado tiempo a preguntarse qué demonios contienen
exactamente esas extensiones que millones de personas llevan pegadas a la
cabeza durante semanas o meses. Esto recuerda un poco a la historia de los cigarrillos
en los años cuarenta, cuando la gente fumaba Camel o Lucky recomendados por los
médicos sin que nadie pareciera inquietarse demasiado por los detalles
químicos. Aunque, naturalmente, las extensiones de pelo están varios órdenes de
magnitud por debajo del tabaco en cuanto a motivos reales de alarma.
Un estudio
publicado este año en la revista Environment and Health analizó 44
muestras de extensiones y detectó 169 sustancias químicas distintas, 48 de
ellas incluidas en listas de compuestos potencialmente peligrosos. Había de
todo: ftalatos utilizados para flexibilizar fibras sintéticas, compuestos de
estaño empleados para estabilizar PVC, residuos de pesticidas y componentes
habituales de tintes. Dicho así, parece el inventario de una nave industrial
soviética en 1973.
En sus conclusiones, los
investigadores sugieren que pelucas, bisoñés y otros aditamentos capilares
podrían representar un riesgo por el contacto continuo con la piel, la
inhalación de compuestos volátiles o el simple hecho de que los seres humanos
nos tocamos la cabeza unas quinientas veces al día y luego nos llevamos las
manos a la boca con una alegría que alguien podría considerarse suicida.
Ahora bien, aquí es donde
conviene separar el drama químico de internet de la realidad. Porque existe una
diferencia enorme entre peligro y riesgo, y la humanidad lleva décadas
confundiendo ambas cosas con un entusiasmo extraordinario. Un tiburón blanco es
peligroso. Un tiburón blanco en la piscina municipal de tu pueblo sería además
un riesgo considerable. Pero un tiburón blanco nadando a seis mil kilómetros de
distancia no debería impedirle a uno bajar a comprar el pan.
Con las sustancias químicas
sucede algo parecido. El monóxido de carbono es mortal en un garaje cerrado,
pero no parece causar demasiados problemas en medio de una avenida venteada. El
alcohol es tóxico en grandes cantidades, pero la civilización mediterránea
entera se derrumbaría si una copa de vino representara una amenaza inmediata.
Incluso las semillas de manzana contienen compuestos capaces de liberar
cianuro, aunque nadie ha visto jamás a alguien desplomarse después de zamparse
una Golden Delicious.
La realidad, aunque pueda
antojarse inquietante, es que vivimos
sumergidos en un océano químico permanente. Se calcula que podríamos estar
expuestos diariamente a decenas de miles de sustancias distintas, muchas de
ellas perfectamente naturales. El café, por ejemplo, contiene más
de mil compuestos químicos diferentes, incluidos algunos con nombres tan
tranquilizadores como
acrilamida, furano o hidrocarburos aromáticos policíclicos, todos ellos
carcinógenos en determinadas condiciones de laboratorio. Sin embargo, nadie
mira una cafetería como si fuera Chernóbil con espuma de leche.
Lo mismo ocurre con las verduras.
Las
patatas contienen solanina, ciertas plantas producen toxinas naturales y la
cocción genera sustancias potencialmente dañinas con nombres que parecen bandas
alemanas de techno experimental: acroleína, aminas heterocíclicas o productos
finales de glicación avanzada.
Y luego están los plásticos, los
cosméticos, las fragancias, los envases alimentarios y los productos de
limpieza. Solo en los envases de comida se utilizan unas 14 000 sustancias
químicas diferentes. De ellas, unas 3 600 ya se han detectado en sangre,
cabello o leche materna humanas. Dicho de otro modo: si alguien quisiera vivir
completamente libre de químicos, tendría que mudarse a una cueva estéril en
Marte y probablemente acabaría encontrando allí algún basalto sospechosamente
carcinógeno.
La toxicología clásica se resume
en una frase atribuida a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI: «La
dosis hace el veneno». Una pequeña dosis de Lorazepam ayuda a dormir; una muy
grande convierte el problema del insomnio en algo definitivamente secundario.
La idea parece razonable y durante siglos funcionó bastante bien.
Pero entonces llegaron los
disruptores endocrinos y la química decidió volverse interesante.
Algunas sustancias —como el
BPA de ciertos plásticos o los ftalatos utilizados en perfumes y materiales
sintéticos— pueden interferir con las hormonas humanas incluso a dosis
extremadamente bajas. Lo extraño es que no siempre siguen la lógica habitual de
«más dosis, más efecto». A veces ocurre justo lo contrario: pequeñas cantidades
producen respuestas biológicas importantes, mientras que dosis mayores generan
menos efecto porque el organismo activa mecanismos de defensa y
desintoxicación.
Es lo que los toxicólogos llaman
una «respuesta no monótona», expresión que suena como el título de una novela
existencialista francesa pero que básicamente significa que el cuerpo humano es
bastante más complicado que una hoja de Excel.
Esto preocupa especialmente
durante etapas sensibles como el embarazo o la infancia, cuando el sistema
endocrino todavía se está desarrollando. Por eso muchos científicos consideran
prudente reducir la exposición innecesaria a ciertos compuestos conocidos,
especialmente ftalatos, BPA o PFAS.
Ahora bien, también aquí conviene
mantener cierta perspectiva. Un estudio de 2018 atribuyó cientos de miles de
muertes cardiovasculares al ftalato
DEHP presente en plásticos. Pero existe un pequeño detalle metodológico: el
DEHP aparece sobre todo en alimentos ultraprocesados, y resulta que las
personas que consumen grandes cantidades de alimentos ultraprocesados tienden a
desarrollar enfermedades cardiovasculares aunque jamás hayan oído hablar de los
ftalatos. La correlación, como siempre, no implica causalidad. Los gallos
cantan antes del amanecer y, sin embargo, nadie cree seriamente que sean ellos
quienes empujan al Sol por el horizonte.
Así que, ¿qué deberíamos pensar
sobre los postizos? Probablemente lo mismo que sobre la mayoría de las cosas
modernas: contienen sustancias químicas que preferiríamos no inhalar en grandes
cantidades, pero cuyo riesgo real depende de dosis, duración y contexto.
Nuestro organismo dispone además de un ejército extraordinariamente competente
de enzimas desintoxicantes, antioxidantes y células inmunitarias que llevan
millones de años enfrentándose a moléculas hostiles con bastante eficacia.
Conviene exigir regulaciones mejores y materiales más seguros. Conviene investigar más. Conviene reducir exposiciones innecesarias cuando sea posible. Pero, sinceramente, si tuviera que elaborar una lista personal de amenazas químicas contemporáneas, las extensiones de pelo quedarían muy abajo. Bastante por debajo de los alimentos ultraprocesados. Y probablemente también por debajo de esas salchichas fluorescentes que sobreviven intactas a un invierno nuclear en la parte trasera de algunas neveras.