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domingo, 17 de mayo de 2026

PELUCAS, FTALATOS Y OTRAS HISTORIAS CAPILARES

 

El pelo postizo siempre ha tenido algo de alquimia social. Cleopatra probablemente habría matado por unas buenas extensiones de queratina, María Antonieta habría necesitado un tráiler entero para guardar las suyas, Luis XIV convirtió la calvicie prematura en una cuestión de Estado gracias a unas pelucas tan monumentales que parecían diseñadas por un arquitecto barroco con delirios ecuestres y, si uno mira ciertas alfombras rojas contemporáneas, resulta evidente que buena parte del glamur de Hollywood está sostenida por botox y pegamento capilar. El negocio, en cualquier caso, va magníficamente: el mercado mundial de extensiones de pelo podría superar los 14 000 millones de dólares en 2028.

Lo interesante es que nadie parece haber dedicado demasiado tiempo a preguntarse qué demonios contienen exactamente esas extensiones que millones de personas llevan pegadas a la cabeza durante semanas o meses. Esto recuerda un poco a la historia de los cigarrillos en los años cuarenta, cuando la gente fumaba Camel o Lucky recomendados por los médicos sin que nadie pareciera inquietarse demasiado por los detalles químicos. Aunque, naturalmente, las extensiones de pelo están varios órdenes de magnitud por debajo del tabaco en cuanto a motivos reales de alarma.

Un estudio publicado este año en la revista Environment and Health analizó 44 muestras de extensiones y detectó 169 sustancias químicas distintas, 48 de ellas incluidas en listas de compuestos potencialmente peligrosos. Había de todo: ftalatos utilizados para flexibilizar fibras sintéticas, compuestos de estaño empleados para estabilizar PVC, residuos de pesticidas y componentes habituales de tintes. Dicho así, parece el inventario de una nave industrial soviética en 1973.

En sus conclusiones, los investigadores sugieren que pelucas, bisoñés y otros aditamentos capilares podrían representar un riesgo por el contacto continuo con la piel, la inhalación de compuestos volátiles o el simple hecho de que los seres humanos nos tocamos la cabeza unas quinientas veces al día y luego nos llevamos las manos a la boca con una alegría que alguien podría considerarse suicida.

Ahora bien, aquí es donde conviene separar el drama químico de internet de la realidad. Porque existe una diferencia enorme entre peligro y riesgo, y la humanidad lleva décadas confundiendo ambas cosas con un entusiasmo extraordinario. Un tiburón blanco es peligroso. Un tiburón blanco en la piscina municipal de tu pueblo sería además un riesgo considerable. Pero un tiburón blanco nadando a seis mil kilómetros de distancia no debería impedirle a uno bajar a comprar el pan.

Con las sustancias químicas sucede algo parecido. El monóxido de carbono es mortal en un garaje cerrado, pero no parece causar demasiados problemas en medio de una avenida venteada. El alcohol es tóxico en grandes cantidades, pero la civilización mediterránea entera se derrumbaría si una copa de vino representara una amenaza inmediata. Incluso las semillas de manzana contienen compuestos capaces de liberar cianuro, aunque nadie ha visto jamás a alguien desplomarse después de zamparse una Golden Delicious.

La realidad, aunque pueda antojarse inquietante, es que vivimos sumergidos en un océano químico permanente. Se calcula que podríamos estar expuestos diariamente a decenas de miles de sustancias distintas, muchas de ellas perfectamente naturales. El café, por ejemplo, contiene más de mil compuestos químicos diferentes, incluidos algunos con nombres tan tranquilizadores como acrilamida, furano o hidrocarburos aromáticos policíclicos, todos ellos carcinógenos en determinadas condiciones de laboratorio. Sin embargo, nadie mira una cafetería como si fuera Chernóbil con espuma de leche.

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Lo mismo ocurre con las verduras. Las patatas contienen solanina, ciertas plantas producen toxinas naturales y la cocción genera sustancias potencialmente dañinas con nombres que parecen bandas alemanas de techno experimental: acroleína, aminas heterocíclicas o productos finales de glicación avanzada.

Y luego están los plásticos, los cosméticos, las fragancias, los envases alimentarios y los productos de limpieza. Solo en los envases de comida se utilizan unas 14 000 sustancias químicas diferentes. De ellas, unas 3 600 ya se han detectado en sangre, cabello o leche materna humanas. Dicho de otro modo: si alguien quisiera vivir completamente libre de químicos, tendría que mudarse a una cueva estéril en Marte y probablemente acabaría encontrando allí algún basalto sospechosamente carcinógeno.

La toxicología clásica se resume en una frase atribuida a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI: «La dosis hace el veneno». Una pequeña dosis de Lorazepam ayuda a dormir; una muy grande convierte el problema del insomnio en algo definitivamente secundario. La idea parece razonable y durante siglos funcionó bastante bien.

Pero entonces llegaron los disruptores endocrinos y la química decidió volverse interesante.

Algunas sustancias —como el BPA de ciertos plásticos o los ftalatos utilizados en perfumes y materiales sintéticos— pueden interferir con las hormonas humanas incluso a dosis extremadamente bajas. Lo extraño es que no siempre siguen la lógica habitual de «más dosis, más efecto». A veces ocurre justo lo contrario: pequeñas cantidades producen respuestas biológicas importantes, mientras que dosis mayores generan menos efecto porque el organismo activa mecanismos de defensa y desintoxicación.

Es lo que los toxicólogos llaman una «respuesta no monótona», expresión que suena como el título de una novela existencialista francesa pero que básicamente significa que el cuerpo humano es bastante más complicado que una hoja de Excel.

Esto preocupa especialmente durante etapas sensibles como el embarazo o la infancia, cuando el sistema endocrino todavía se está desarrollando. Por eso muchos científicos consideran prudente reducir la exposición innecesaria a ciertos compuestos conocidos, especialmente ftalatos, BPA o PFAS.

Ahora bien, también aquí conviene mantener cierta perspectiva. Un estudio de 2018 atribuyó cientos de miles de muertes cardiovasculares al ftalato DEHP presente en plásticos. Pero existe un pequeño detalle metodológico: el DEHP aparece sobre todo en alimentos ultraprocesados, y resulta que las personas que consumen grandes cantidades de alimentos ultraprocesados tienden a desarrollar enfermedades cardiovasculares aunque jamás hayan oído hablar de los ftalatos. La correlación, como siempre, no implica causalidad. Los gallos cantan antes del amanecer y, sin embargo, nadie cree seriamente que sean ellos quienes empujan al Sol por el horizonte.

Así que, ¿qué deberíamos pensar sobre los postizos? Probablemente lo mismo que sobre la mayoría de las cosas modernas: contienen sustancias químicas que preferiríamos no inhalar en grandes cantidades, pero cuyo riesgo real depende de dosis, duración y contexto. Nuestro organismo dispone además de un ejército extraordinariamente competente de enzimas desintoxicantes, antioxidantes y células inmunitarias que llevan millones de años enfrentándose a moléculas hostiles con bastante eficacia.

Conviene exigir regulaciones mejores y materiales más seguros. Conviene investigar más. Conviene reducir exposiciones innecesarias cuando sea posible. Pero, sinceramente, si tuviera que elaborar una lista personal de amenazas químicas contemporáneas, las extensiones de pelo quedarían muy abajo. Bastante por debajo de los alimentos ultraprocesados. Y probablemente también por debajo de esas salchichas fluorescentes que sobreviven intactas a un invierno nuclear en la parte trasera de algunas neveras.