Vistas de página en total

sábado, 20 de junio de 2026

JOHN RILEY, EL HOMBRE QUE CAMBIÓ DE BANDERA

 

En algún lugar del norte de México, bajo un sol que parecía decidido a derretir el mundo, un soldado irlandés observaba cómo avanzaban las tropas estadounidenses. Las conocía bien. Había marchado con ellas. Había comido con ellas. Había vestido su uniforme. Y en ese momento se preparaba para dispararles.

Se llamaba John Riley, y su historia tiene algo que incomoda a todos los patriotas. Porque los patriotas prefieren las líneas rectas: héroes y villanos, leales y traidores, buenos y malos. Riley fue algo más difícil de clasificar.

Nació hacia 1805 en Irlanda, probablemente en el condado de Galway. Era una época complicada para ser irlandés. La isla formaba parte del Reino Unido, la pobreza era una vieja compañera de viaje y el futuro parecía reservado para otros. Como millones de compatriotas, Riley decidió probar suerte al otro lado del Atlántico. Estados Unidos se presentaba entonces como una tierra de oportunidades. También era una tierra de prejuicios.

La historia oficial norteamericana suele recordar el siglo XIX como una época de expansión y optimismo. Lo fue para algunos. Para otros, no tanto. Los inmigrantes irlandeses, especialmente los católicos, ocupaban uno de los peldaños más bajos de la escala social. Eran vistos como pobres, ignorantes, alcohólicos y sospechosamente leales al Papa de Roma.

En muchas ciudades aparecían carteles que anunciaban puestos de trabajo con una condición sencilla y brutal: No Irish Need Apply: No se necesitan irlandeses.

Riley acabó enrolándose en el ejército estadounidense. Era una salida frecuente para los recién llegados. El uniforme garantizaba comida, una paga modesta y cierta estabilidad. A cambio había que aceptar disciplina, marchas interminables y oficiales que, en muchos casos, despreciaban a los soldados irlandeses. El ejército era su salida más frecuente: el ochenta por ciento de los soldados rasos del 7º de Caballería que murieron a las órdenes de Custer en Little Big Horn, eran emigrantes irlandeses.

Mientras Riley aprendía a sobrevivir en los cuarteles, Estados Unidos miraba hacia el sur. El país vivía los años del llamado Destino Manifiesto, aquella idea según la cual los estadounidenses tenían casi la obligación moral de extenderse desde el Atlántico hasta el Pacífico. Era una mezcla de ambición territorial, convicción religiosa y confianza nacional que resultó muy útil para justificar conquistas.

México poseía entonces enormes territorios en el norte: Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras regiones inmensas y poco pobladas. Washington las observaba con creciente interés. Cuando estalló la guerra entre Estados Unidos y México en 1846, muchos estadounidenses la vieron como una empresa gloriosa. Otros la consideraron un robo a gran escala.

Entre estos últimos estaba John Riley. No fue el único. Pero sí el más famoso. Las razones de su deserción siguen siendo objeto de discusión. Probablemente hubo varias. La discriminación religiosa desempeñó un papel importante. También el maltrato dentro del ejército. Y quizá existiera un elemento moral difícil de medir: Riley veía cómo soldados protestantes invadían un país mayoritariamente católico.

En cualquier caso, cruzó las líneas y se presentó ante las autoridades mexicanas. No llegó solo. Otros inmigrantes europeos comenzaron a seguir el mismo camino. Irlandeses en su mayoría, aunque también alemanes, polacos, franceses e italianos. Muchos eran católicos. Muchos estaban cansados de ser ciudadanos de segunda categoría.

Así nació el famoso Batallón de San Patricio. La unidad llevaba una bandera verde. En ella aparecía San Patricio y un arpa dorada, símbolos inequívocamente irlandeses. Aquellos hombres combatían para México, pero no habían dejado de ser irlandeses. Era una situación extraordinaria.

La historia estadounidense estaba llena de inmigrantes que luchaban por Estados Unidos. Los hombres de San Patricio hicieron exactamente lo contrario. Y además combatieron muy bien. Su especialidad era la artillería. Durante varias batallas demostraron una resistencia feroz. Los oficiales mexicanos descubrieron pronto que aquellos desertores eran algunos de los soldados más disciplinados y eficaces de todo el ejército.

La guerra avanzó inexorablemente hacia el corazón de México. Las tropas estadounidenses, dirigidas por Winfield Scott, desembarcaron en Veracruz y emprendieron una campaña que hoy sigue estudiándose en academias militares de todo el mundo. Ciudad tras ciudad, México entero fue cayendo en manos estadounidenses.

En agosto de 1847 llegó uno de los episodios decisivos. La Batalla de Churubusco. Los San Patricios defendían un convento fortificado en las afueras de Ciudad de México. Durante horas resistieron ataques superiores en número y armamento. Cuando los mandos mexicanos intentaron rendirse, algunos miembros del batallón rompieron varias veces las banderas blancas para seguir luchando.

No era precisamente el comportamiento habitual de hombres que habían cambiado de bando buscando una vida fácil. Finalmente fueron derrotados. Muchos murieron. Otros fueron capturados. Entonces comenzó la parte más oscura de la historia. Las autoridades estadounidenses consideraban a aquellos hombres desertores y traidores. La mayoría fueron sometidos a consejos de guerra. Decenas recibieron condenas a muerte.

Las ejecuciones se realizaron con una teatralidad deliberada. En septiembre de 1847, varios grupos de prisioneros fueron ahorcados en distintos lugares. El episodio más conocido ocurrió mientras la bandera estadounidense ascendía sobre el castillo de Castillo de Chapultepec. Los condenados permanecieron con la soga al cuello esperando la señal. Cuando la bandera llegó a la cima, las trampillas se abrieron.

Era un mensaje. La deserción tenía un precio. John Riley evitó la horca por una cuestión técnica. Había abandonado el ejército antes de la declaración formal de guerra entre ambos países. Aun así, recibió un castigo ejemplar. Fue azotado públicamente. Después marcaron su rostro con una letra D, de deserter. Según algunas versiones, el soldado encargado de grabar la marca lo hizo mal la primera vez y tuvo que repetir el procedimiento en la otra mejilla.

La historia resulta tan cruel que parece inventada. Sin embargo, el siglo XIX tenía una capacidad especial para convertir la humillación en ceremonia. Tras la guerra, Estados Unidos obtuvo un territorio gigantesco. California, Nevada, Utah y grandes partes de otros estados cambiaron de soberanía. México perdió aproximadamente la mitad de su territorio.

John Riley desapareció lentamente de la historia. Murió en México en 1850. Ni siquiera los detalles de su fallecimiento están completamente claros. No dejó memorias. No escribió grandes manifiestos políticos. No fundó ningún movimiento. Simplemente desapareció.

Pero los personajes incómodos suelen regresar. Con el paso de los años, México convirtió a Riley y a sus hombres en símbolos de resistencia frente a la invasión extranjera. Varias calles llevan su nombre. Existen monumentos en su honor. Cada septiembre se celebran actos conmemorativos.

En Estados Unidos la memoria fue diferente. Durante mucho tiempo los San Patricios aparecieron poco más que como traidores. La realidad, probablemente, es menos cómoda para todos. Riley no fue un santo. Tampoco un demonio. Era un inmigrante pobre atrapado entre dos países, dos lealtades y dos visiones del mundo. Vivió en una época en la que la nacionalidad era algo más difuso de lo que solemos imaginar. Los pasaportes apenas importaban. Las identidades eran móviles. La supervivencia pesaba más que las banderas.

Por eso su historia sigue fascinando. Porque obliga a formular una pregunta para la que no existe respuesta definitiva. Si un hombre abandona un ejército que considera injusto para combatir junto a quienes cree que tienen razón, ¿es un traidor? O, dicho de otra manera: ¿La lealtad se debe a una bandera o a la propia conciencia?

John Riley pasó el resto de su vida cargando con esa pregunta. Y, ciento setenta años después, sigue sin estar claro quién ganó realmente aquella discusión.