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martes, 18 de agosto de 2026

HIBISCUS SYRIACUS: EL HIBISCO QUE NO ES DE SIRIA

 

Los nombres científicos tienen fama de ser mucho más fiables que los nombres vulgares. Y lo son. Pero eso no significa que siempre digan la verdad. Hibiscus syriacus constituye un buen ejemplo. Uno podría deducir razonablemente que estamos ante un hibisco sirio, quizá originario de las tierras secas del Mediterráneo oriental. El propio nombre parece garantizarlo. Pues no. Nuestro protagonista procede de Asia oriental, principalmente de China, y su relación con Siria es, en el mejor de los casos, el resultado de una confusión geográfica que la nomenclatura ha conservado durante siglos.

Es un arbusto caducifolio de dos a cuatro metros de altura, a veces convertido mediante poda en un pequeño arbolito, que en verano se cubre de grandes flores blancas, rosadas, violetas, azuladas o púrpuras. Cuando muchos arbustos de nuestros jardines han terminado ya su floración primaveral, H. syriacus comienza precisamente la suya. Esa floración tardía, su resistencia al frío y su extraordinaria tolerancia a las condiciones urbanas explican que se haya convertido en uno de los hibiscos más cultivados en las regiones templadas.

El nombre Hibiscus procede del latín hibiscum o hibiscus, empleado por autores antiguos para designar una planta malvácea. La palabra parece proceder, a su vez, del griego hibískos, aunque no podemos asegurar que la planta de los griegos fuese exactamente alguno de los hibiscos que hoy incluimos en el género. Linneo recuperó el viejo nombre y lo convirtió en Hibiscus cuando estableció el género moderno.

El epíteto syriacus significa literalmente «sirio» o «procedente de Siria». Linneo publicó Hibiscus syriacus en 1753 creyendo que la planta tenía ese origen. Probablemente llegó a Europa a través de antiguas rutas comerciales desde Oriente y se cultivaba ya en jardines del Próximo Oriente cuando los botánicos europeos la conocieron. La procedencia comercial terminó confundiéndose con la procedencia natural. Hoy su área de origen se sitúa mucho más al este, fundamentalmente en China, aunque siglos de cultivo dificultan delimitar con absoluta precisión su distribución primitiva.

La planta alcanzó una especial importancia cultural en Corea, donde recibe el nombre de mugunghwa y es considerada la flor nacional de Corea del Sur. El término se relaciona con la idea de perpetuidad o de algo que florece incesantemente, una descripción bastante acertada de un arbusto capaz de producir flores nuevas durante buena parte del verano.

Aunque cada flor individual tiene una existencia breve —frecuentemente apenas uno o dos días—, la planta fabrica botones sin descanso. Es el viejo truco de muchos hibiscos: en lugar de invertir en flores particularmente longevas, mantienen una cadena de producción que hace parecer continua la floración.

La flor sencilla es una magnífica introducción a la familia Malvaceae, a la que también pertenecen las malvas, el algodón, el cacao, los baobabs y el palo borracho del que hablábamos anteriormente. Presenta cinco grandes pétalos y, en el centro, una de las estructuras más características de la familia: numerosos estambres cuyos filamentos están soldados formando una columna estaminal que rodea al estilo. Este atraviesa la columna y sobresale por encima de ella, terminando normalmente en cinco ramas estigmáticas. Es una arquitectura tan peculiar que basta mirar el centro de una flor para sospechar inmediatamente que estamos ante una malvácea.

Muchas variedades poseen además una mancha roja o púrpura en la base de los pétalos, formando un llamativo ojo central. Estas señales de color no son simple decoración. Junto con otros caracteres florales ayudan a orientar a los insectos hacia el centro de la flor, donde se encuentran el polen y el néctar. Abejas, abejorros y otros insectos visitan abundantemente los hibiscos y salen a menudo de ellos literalmente espolvoreados de polen.

Tras la fecundación, el ovario se transforma en una cápsula seca dividida en cinco compartimentos. Cuando madura se abre y libera numerosas semillas provistas de pelos. En condiciones favorables la planta puede producirlas con tanta eficacia que aparecen pequeños hibiscos espontáneamente alrededor del ejemplar cultivado.

Sus hojas son alternas, de contorno ovado o romboidal y generalmente divididas en tres lóbulos más o menos marcados, con el margen gruesamente dentado. Al llegar el otoño amarillean y caen. Esta condición caducifolia distingue inmediatamente a H. syriacus de otro hibisco omnipresente en los jardines de las zonas cálidas, H. rosa-sinensis, el hibisco chino o rosa de China.

Este último es perennifolio, tiene hojas brillantes y apenas soporta las heladas. H. syriacus, en cambio, parece bastante más modesto durante el invierno —se queda reducido a un entramado de ramas desnudas— pero puede soportar temperaturas considerablemente inferiores a cero. Por eso el primero domina en jardines tropicales y subtropicales, mientras que H. syriacus puede cultivarse perfectamente en buena parte de la Europa continental.

Hablemos ahora de los hibiscos de flores dobles, esas variedades cuyas flores parecen haber olvidado el sencillo plan de cinco pétalos y se presentan convertidas en pequeños pompones. No constituyen otra especie. Son cultivares seleccionados durante generaciones por una alteración fascinante del desarrollo floral. Una flor normal está organizada en verticilos: sépalos en el exterior, después pétalos, luego estambres y finalmente carpelos. Pero todos esos órganos son, desde un punto de vista evolutivo, modificaciones de estructuras foliares y su identidad depende de determinados genes reguladores.

En algunas mutaciones, órganos que deberían convertirse en estambres se desarrollan parcial o completamente como pétalos. El fenómeno se denomina petaloidía. Los horticultores han seleccionado y propagado esas mutaciones porque producen flores mucho más llenas. Existen así variedades semidobles, en las que todavía pueden reconocerse numerosos estambres fértiles, y variedades dobles en las que buena parte del aparato masculino se ha convertido en una masa de pétalos adicionales.

El resultado nos parece espectacular, pero desde el punto de vista de la planta tiene un inconveniente: una flor con menos estambres funcionales produce menos polen y, si la transformación afecta también a los órganos femeninos, puede llegar a ser prácticamente estéril. Además, los insectos encuentran más difícil acceder a los recursos florales. Una flor doble es, en cierto modo, una planta a la que los humanos hemos pedido que sacrifique parte de su eficacia reproductiva a cambio de satisfacer nuestro gusto por la exuberancia.

H. syriacus ha tenido también usos que van más allá de la jardinería. En Asia oriental, sus flores y hojas aparecen en diferentes tradiciones medicinales y se han investigado extractos por sus posibles propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y antimicrobianas. Entre sus constituyentes se han identificado flavonoides, antocianinas, ácidos fenólicos, terpenoides y otros compuestos secundarios. Las antocianinas son especialmente importantes en las variedades rosadas, rojas y violáceas, pues contribuyen a la coloración de los pétalos.

Las flores y algunas otras partes de la planta se han utilizado asimismo como alimento en determinados lugares, aunque H. syriacus no debe confundirse con H. sabdariffa, la especie de la que se obtienen los cálices carnosos empleados para preparar la conocida infusión de hibisco, karkadé o agua de Jamaica. Que dos plantas se llamen hibisco no significa que puedan intercambiarse alegremente en la cocina o en el botiquín.

No se considera H. syriacus una planta de toxicidad importante para las personas en los usos habituales, y precisamente por eso se cultiva profusamente en jardines y parques. Otra cosa son los extractos concentrados y las pretendidas aplicaciones medicinales, para las que la evidencia clínica es mucho más limitada que la abundancia de afirmaciones que circulan sobre ellas.

Quizá lo más interesante de este hibisco sea que reúne varias pequeñas paradojas. Es el hibisco sirio que no procede de Siria; una planta asiática convertida en elemento habitual de los jardines europeos; un arbusto cuyas flores duran poquísimo pero que parece pasarse el verano entero floreciendo. Y los humanos hemos añadido una paradoja más. Durante millones de años la selección natural perfeccionó una flor con cinco pétalos y una magnífica columna de estambres para reproducirse eficazmente.

Llegaron los jardineros, contemplaron el resultado y decidieron que quedaría mucho mejor si los estambres fueran también pétalos.