Los nombres científicos tienen
fama de ser mucho más fiables que los nombres vulgares. Y lo son. Pero eso no
significa que siempre digan la verdad. Hibiscus syriacus constituye un
buen ejemplo. Uno podría deducir razonablemente que estamos ante un hibisco sirio,
quizá originario de las tierras secas del Mediterráneo oriental. El propio
nombre parece garantizarlo. Pues no. Nuestro protagonista procede de Asia
oriental, principalmente de China, y su relación con Siria es, en el mejor de
los casos, el resultado de una confusión geográfica que la nomenclatura ha
conservado durante siglos.
Es un arbusto caducifolio de dos
a cuatro metros de altura, a veces convertido mediante poda en un pequeño
arbolito, que en verano se cubre de grandes flores blancas, rosadas, violetas,
azuladas o púrpuras. Cuando muchos arbustos de nuestros jardines han terminado
ya su floración primaveral, H. syriacus comienza precisamente la suya.
Esa floración tardía, su resistencia al frío y su extraordinaria tolerancia a
las condiciones urbanas explican que se haya convertido en uno de los hibiscos
más cultivados en las regiones templadas.
El nombre Hibiscus procede
del latín hibiscum o hibiscus, empleado por autores antiguos para
designar una planta malvácea. La palabra parece proceder, a su vez, del griego hibískos,
aunque no podemos asegurar que la planta de los griegos fuese exactamente
alguno de los hibiscos que hoy incluimos en el género. Linneo recuperó el viejo
nombre y lo convirtió en Hibiscus cuando estableció el género moderno.
El epíteto syriacus
significa literalmente «sirio» o «procedente de Siria». Linneo publicó Hibiscus
syriacus en 1753 creyendo que la planta tenía ese origen. Probablemente
llegó a Europa a través de antiguas rutas comerciales desde Oriente y se
cultivaba ya en jardines del Próximo Oriente cuando los botánicos europeos la
conocieron. La procedencia comercial terminó confundiéndose con la procedencia
natural. Hoy su área de origen se sitúa mucho más al este, fundamentalmente en
China, aunque siglos de cultivo dificultan delimitar con absoluta precisión su
distribución primitiva.
La planta alcanzó una especial
importancia cultural en Corea, donde recibe el nombre de mugunghwa y es
considerada la flor nacional de Corea del Sur. El término se relaciona con la
idea de perpetuidad o de algo que florece incesantemente, una descripción
bastante acertada de un arbusto capaz de producir flores nuevas durante buena
parte del verano.
Aunque cada flor individual tiene
una existencia breve —frecuentemente apenas uno o dos días—, la planta fabrica
botones sin descanso. Es el viejo truco de muchos hibiscos: en lugar de
invertir en flores particularmente longevas, mantienen una cadena de producción
que hace parecer continua la floración.
La flor sencilla es una magnífica
introducción a la familia Malvaceae, a la que también pertenecen las malvas, el
algodón, el cacao, los baobabs y el palo borracho del que hablábamos
anteriormente. Presenta cinco grandes pétalos y, en el centro, una de las
estructuras más características de la familia: numerosos estambres cuyos
filamentos están soldados formando una columna estaminal que rodea al estilo.
Este atraviesa la columna y sobresale por encima de ella, terminando
normalmente en cinco ramas estigmáticas. Es una arquitectura tan peculiar que
basta mirar el centro de una flor para sospechar inmediatamente que estamos
ante una malvácea.
Muchas variedades poseen además
una mancha roja o púrpura en la base de los pétalos, formando un llamativo ojo
central. Estas señales de color no son simple decoración. Junto con otros
caracteres florales ayudan a orientar a los insectos hacia el centro de la
flor, donde se encuentran el polen y el néctar. Abejas, abejorros y otros
insectos visitan abundantemente los hibiscos y salen a menudo de ellos
literalmente espolvoreados de polen.
Tras la fecundación, el ovario se
transforma en una cápsula seca dividida en cinco compartimentos. Cuando madura
se abre y libera numerosas semillas provistas de pelos. En condiciones
favorables la planta puede producirlas con tanta eficacia que aparecen pequeños
hibiscos espontáneamente alrededor del ejemplar cultivado.
Sus hojas son alternas, de
contorno ovado o romboidal y generalmente divididas en tres lóbulos más o menos
marcados, con el margen gruesamente dentado. Al llegar el otoño amarillean y
caen. Esta condición caducifolia distingue inmediatamente a H. syriacus
de otro hibisco omnipresente en los jardines de las zonas cálidas, H.
rosa-sinensis, el hibisco chino o rosa de China.
Este último es perennifolio,
tiene hojas brillantes y apenas soporta las heladas. H. syriacus, en
cambio, parece bastante más modesto durante el invierno —se queda reducido a un
entramado de ramas desnudas— pero puede soportar temperaturas considerablemente
inferiores a cero. Por eso el primero domina en jardines tropicales y
subtropicales, mientras que H. syriacus puede cultivarse perfectamente en buena
parte de la Europa continental.
Hablemos ahora de los hibiscos de
flores dobles, esas variedades cuyas flores parecen haber olvidado el sencillo
plan de cinco pétalos y se presentan convertidas en pequeños pompones. No
constituyen otra especie. Son cultivares seleccionados durante generaciones por
una alteración fascinante del desarrollo floral. Una flor normal está
organizada en verticilos: sépalos en el exterior, después pétalos, luego
estambres y finalmente carpelos. Pero todos esos órganos son, desde un punto de
vista evolutivo, modificaciones de estructuras foliares y su identidad depende
de determinados genes reguladores.
En algunas mutaciones, órganos
que deberían convertirse en estambres se desarrollan parcial o completamente
como pétalos. El fenómeno se denomina petaloidía. Los horticultores han
seleccionado y propagado esas mutaciones porque producen flores mucho más llenas.
Existen así variedades semidobles, en las que todavía pueden reconocerse
numerosos estambres fértiles, y variedades dobles en las que buena parte del
aparato masculino se ha convertido en una masa de pétalos adicionales.
El resultado nos parece
espectacular, pero desde el punto de vista de la planta tiene un inconveniente:
una flor con menos estambres funcionales produce menos polen y, si la
transformación afecta también a los órganos femeninos, puede llegar a ser
prácticamente estéril. Además, los insectos encuentran más difícil acceder a
los recursos florales. Una flor doble es, en cierto modo, una planta a la que
los humanos hemos pedido que sacrifique parte de su eficacia reproductiva a
cambio de satisfacer nuestro gusto por la exuberancia.
H. syriacus ha tenido
también usos que van más allá de la jardinería. En Asia oriental, sus flores y
hojas aparecen en diferentes tradiciones medicinales y se han investigado
extractos por sus posibles propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y
antimicrobianas. Entre sus constituyentes se han identificado flavonoides,
antocianinas, ácidos fenólicos, terpenoides y otros compuestos secundarios. Las
antocianinas son especialmente importantes en las variedades rosadas, rojas y
violáceas, pues contribuyen a la coloración de los pétalos.
Las flores y algunas otras partes
de la planta se han utilizado asimismo como alimento en determinados lugares,
aunque H. syriacus no debe confundirse con H. sabdariffa, la
especie de la que se obtienen los cálices carnosos empleados para preparar la
conocida infusión de hibisco, karkadé o agua de Jamaica. Que dos plantas
se llamen hibisco no significa que puedan intercambiarse alegremente en la
cocina o en el botiquín.
No se considera H. syriacus
una planta de toxicidad importante para las personas en los usos habituales, y
precisamente por eso se cultiva profusamente en jardines y parques. Otra cosa
son los extractos concentrados y las pretendidas aplicaciones medicinales, para
las que la evidencia clínica es mucho más limitada que la abundancia de
afirmaciones que circulan sobre ellas.
Quizá lo más interesante de este
hibisco sea que reúne varias pequeñas paradojas. Es el hibisco sirio que no
procede de Siria; una planta asiática convertida en elemento habitual de los
jardines europeos; un arbusto cuyas flores duran poquísimo pero que parece
pasarse el verano entero floreciendo. Y los humanos hemos añadido una paradoja
más. Durante millones de años la selección natural perfeccionó una flor con
cinco pétalos y una magnífica columna de estambres para reproducirse
eficazmente.
Llegaron los jardineros,
contemplaron el resultado y decidieron que quedaría mucho mejor si los
estambres fueran también pétalos.