Hace unos días recibí un mensaje
de mi amiga Constanza R., fotógrafa aficionada y buena observadora de cuanto
encuentra en sus paseos. Me enviaba unas fotografías tomadas en una playa del
Cantábrico. Sobre la arena había aparecido una gran alga parda arrancada por el
mar. Hasta ahí, nada especialmente misterioso. Pero junto a su base había tres
extrañas masas amarillentas, aproximadamente esféricas y cubiertas por
centenares de pequeñas protuberancias. Parecían moras gigantes, mazorcas
extraterrestres o esas pelotas de goma con pinchos que se venden para que los
perros las destrocen.
La consulta era sencilla: «¿Qué
es esto?». La respuesta resultó no serlo en absoluto.
El primer sospechoso era el alga.
Por su gran lámina coriácea, dividida en largas cintas, y sobre todo por el
estipe —el equivalente funcional del tallo, aunque las algas no tienen
verdaderos tallos—, liso y de color pardo amarillento, todo apuntaba hacia Laminaria
ochroleuca, la laminaria amarilla. Es una de las grandes algas pardas que
forman auténticos bosques submarinos en las costas atlánticas del suroeste
europeo. Está bien representada en el Cantábrico, donde puede dominar fondos
rocosos infralitorales.
Había que distinguirla de otra
gran laminaria cantábrica, Laminaria hyperborea. Esta última suele
presentar un estipe áspero, rígido y profusamente colonizado por otras algas y
animales. El de L. ochroleuca es mucho más limpio y liso. La fotografía
de Constanza mostraba precisamente ese aspecto. La identificación de la
laminaria parecía razonablemente encarrilada. Pero la laminaria era solo el
cadáver sobre el que había aparecido el verdadero enigma.
Las tres bolas amarillas parecían
estar relacionadas con su zona basal. En las laminarias, la fijación al
sustrato no corre a cargo de raíces. El alga se aferra a las rocas mediante un
disco de fijación formado por hapterios, unas robustas ramificaciones que
abrazan irregularidades de la roca. No absorben agua ni nutrientes como las
raíces de una planta terrestre: son fundamentalmente un sistema de anclaje. Y
ese entramado crea grietas, cámaras y escondrijos que convierten la base de una
gran laminaria en una pequeña urbanización submarina.
De hecho, los discos de fijación
de las laminarias albergan comunidades sorprendentemente diversas de
crustáceos, moluscos, gusanos, briozoos, esponjas y tunicados. Lo que para
nosotros es simplemente «la base del alga» constituye para muchos animales un
hábitat tridimensional. En L. ochroleuca se han estudiado
específicamente esas comunidades asociadas. Por tanto, las misteriosas bolas
podían perfectamente no pertenecer al alga.
La primera hipótesis fue una
esponja. No era descabellada: las hay amarillas, globosas y cubiertas de
protuberancias. Pero al ampliar la fotografía apareció un detalle sospechoso.
Las protuberancias eran demasiado regulares y muchas parecían presentar una
pequeña depresión u orificio en el centro.
Siguiente sospechoso: un briozoo.
Tampoco duró mucho. Los briozoos colonizadores de laminarias suelen formar
costras, encajes o superficies tapizadas por diminutos zooides; aquello parecía
demasiado carnoso y tridimensional.
Entonces apareció una posibilidad
mucho más atractiva: una puesta de huevos. Las masas amarillas parecían racimos
de cápsulas ovígeras. El mar está lleno de moluscos capaces de producir puestas
que desafían cualquier imaginación: cintas, espirales, cordones, masas
gelatinosas y cápsulas agrupadas de todas las formas posibles. Durante un rato,
los huevos parecieron un buen culpable.
Hasta que Constanza envió una
segunda fotografía. La nueva imagen permitía ver las bolas desde más cerca. Y
aquello no parecía una colección de huevos contenidos en gelatina. Las
protuberancias constituían la propia superficie del organismo y muchas
mostraban pequeñas aberturas. Había que cambiar de reino detectivesco. No
estábamos viendo embriones, sino probablemente animales adultos diminutos
viviendo juntos.
La investigación condujo a las
ascidias coloniales. Aquí la historia se vuelve mucho más interesante. Las
ascidias son tunicados y los tunicados pertenecen a los cordados, el mismo gran
grupo zoológico al que pertenecemos nosotros. Un adulto adherido a una roca
puede parecer una bolsa gelatinosa con dos agujeros y tener menos aspecto de
pariente nuestro que un calabacín. Pero su larva revela el secreto familiar:
posee una notocorda, un cordón nervioso dorsal y una cola. Después encuentra un
lugar donde fijarse, sufre una metamorfosis y adopta esa existencia sedentaria
que tan poco favorece el parecido de familia.
Algunas ascidias viven solas.
Otras forman colonias en las que numerosos individuos diminutos, llamados
zooides, quedan incluidos en una sustancia común denominada túnica. Cada zooide
conserva buena parte de su maquinaria vital, pero la colonia comparte determinadas
estructuras. El agua entra por las pequeñas aberturas bucales, atraviesa la
cesta branquial —que además de respirar filtra las partículas alimenticias— y
termina saliendo hacia cavidades cloacales comunes. En muchas ascidias los
zooides se organizan precisamente alrededor de esas cloacas compartidas. De
repente, las pequeñas depresiones de las fotografías empezaban a tener sentido.
Había que poner apellido al
sospechoso. La búsqueda por la fauna atlántica y cantábrica llevó a la familia
Polyclinidae, un grupo de ascidias coloniales en el que los zooides quedan
completamente embebidos en una túnica común y pueden organizarse formando
sistemas alrededor de aberturas cloacales. Las claves taxonómicas describen
colonias almohadilladas, redondeadas o lobuladas y dejan además una advertencia
importante: para llegar con seguridad a género y especie suelen ser necesarios
caracteres anatómicos internos. Entre los candidatos apareció uno
particularmente convincente: Polyclinum aurantium.
La coincidencia externa es
notable. Polyclinum forma colonias carnosas redondeadas o
almohadilladas. Sus zooides se agrupan en sistemas y la superficie puede
adquirir un aspecto abultado que recuerda bastante las masas fotografiadas.
Pero aquí conviene detener al detective antes de que, entusiasmado por haber
encontrado un sospechoso que se parece al retrato robot, lo mande directamente
a prisión.
La taxonomía de las ascidias
coloniales no se resuelve de forma fiable contemplando una fotografía de un
ejemplar que además ha sido arrancado del fondo, arrojado a una playa y
parcialmente deshidratado. Para identificar un Polyclinum con seguridad
hay que examinar caracteres como el aparato branquial, el estómago, el abdomen
y el postabdomen de los zooides.
Por eso la etiqueta prudente
sería: Ascidiacea, probablemente Polyclinidae, compatible con Polyclinum
aurantium. Y eso, lejos de estropear la historia, me parece que la mejora.
La naturaleza no lleva etiquetas y una fotografía no siempre permite llegar
limpiamente hasta la especie. Identificar organismos consiste precisamente en
formular hipótesis, comparar caracteres, descartar alternativas y reconocer
hasta dónde llegan las pruebas.
Queda además una última ironía.
Constanza fotografió una laminaria porque aquella gran alga varada llamaba la
atención. Pero lo verdaderamente extraordinario estaba escondido en sus bajos.
Una Laminaria ochroleuca no es solamente un organismo: mientras
permanece anclada al fondo es también arquitectura. Su disco de fijación
proporciona refugio; su estipe ofrece superficie para instalarse; su enorme
lámina modifica la luz y el movimiento del agua. Alrededor de ella se organiza
una comunidad.
Y entre los pasajeros de aquella
laminaria había, con toda probabilidad, una colonia formada por centenares de
pequeños animales filtradores. Animales que, pese a su apariencia de mora
amarilla, pertenecen a nuestra propia rama del árbol evolutivo.
Constanza había enviado una
fotografía preguntándose qué eran unas bolas. Resultaron ser unos parientes,
lejanos, pero parientes.