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lunes, 21 de septiembre de 2026

ALGAS, BOLAS AMARILLAS Y UNA PEQUEÑA INVESTIGACIÓN DETECTIVESCA

 

Hace unos días recibí un mensaje de mi amiga Constanza R., fotógrafa aficionada y buena observadora de cuanto encuentra en sus paseos. Me enviaba unas fotografías tomadas en una playa del Cantábrico. Sobre la arena había aparecido una gran alga parda arrancada por el mar. Hasta ahí, nada especialmente misterioso. Pero junto a su base había tres extrañas masas amarillentas, aproximadamente esféricas y cubiertas por centenares de pequeñas protuberancias. Parecían moras gigantes, mazorcas extraterrestres o esas pelotas de goma con pinchos que se venden para que los perros las destrocen.

La consulta era sencilla: «¿Qué es esto?». La respuesta resultó no serlo en absoluto.

Las dos fotos de Constanza R.

El primer sospechoso era el alga. Por su gran lámina coriácea, dividida en largas cintas, y sobre todo por el estipe —el equivalente funcional del tallo, aunque las algas no tienen verdaderos tallos—, liso y de color pardo amarillento, todo apuntaba hacia Laminaria ochroleuca, la laminaria amarilla. Es una de las grandes algas pardas que forman auténticos bosques submarinos en las costas atlánticas del suroeste europeo. Está bien representada en el Cantábrico, donde puede dominar fondos rocosos infralitorales.

Había que distinguirla de otra gran laminaria cantábrica, Laminaria hyperborea. Esta última suele presentar un estipe áspero, rígido y profusamente colonizado por otras algas y animales. El de L. ochroleuca es mucho más limpio y liso. La fotografía de Constanza mostraba precisamente ese aspecto. La identificación de la laminaria parecía razonablemente encarrilada. Pero la laminaria era solo el cadáver sobre el que había aparecido el verdadero enigma.

Las tres bolas amarillas parecían estar relacionadas con su zona basal. En las laminarias, la fijación al sustrato no corre a cargo de raíces. El alga se aferra a las rocas mediante un disco de fijación formado por hapterios, unas robustas ramificaciones que abrazan irregularidades de la roca. No absorben agua ni nutrientes como las raíces de una planta terrestre: son fundamentalmente un sistema de anclaje. Y ese entramado crea grietas, cámaras y escondrijos que convierten la base de una gran laminaria en una pequeña urbanización submarina.

De hecho, los discos de fijación de las laminarias albergan comunidades sorprendentemente diversas de crustáceos, moluscos, gusanos, briozoos, esponjas y tunicados. Lo que para nosotros es simplemente «la base del alga» constituye para muchos animales un hábitat tridimensional. En L. ochroleuca se han estudiado específicamente esas comunidades asociadas. Por tanto, las misteriosas bolas podían perfectamente no pertenecer al alga.

La primera hipótesis fue una esponja. No era descabellada: las hay amarillas, globosas y cubiertas de protuberancias. Pero al ampliar la fotografía apareció un detalle sospechoso. Las protuberancias eran demasiado regulares y muchas parecían presentar una pequeña depresión u orificio en el centro.

Siguiente sospechoso: un briozoo. Tampoco duró mucho. Los briozoos colonizadores de laminarias suelen formar costras, encajes o superficies tapizadas por diminutos zooides; aquello parecía demasiado carnoso y tridimensional.

Entonces apareció una posibilidad mucho más atractiva: una puesta de huevos. Las masas amarillas parecían racimos de cápsulas ovígeras. El mar está lleno de moluscos capaces de producir puestas que desafían cualquier imaginación: cintas, espirales, cordones, masas gelatinosas y cápsulas agrupadas de todas las formas posibles. Durante un rato, los huevos parecieron un buen culpable.

Hasta que Constanza envió una segunda fotografía. La nueva imagen permitía ver las bolas desde más cerca. Y aquello no parecía una colección de huevos contenidos en gelatina. Las protuberancias constituían la propia superficie del organismo y muchas mostraban pequeñas aberturas. Había que cambiar de reino detectivesco. No estábamos viendo embriones, sino probablemente animales adultos diminutos viviendo juntos.

La investigación condujo a las ascidias coloniales. Aquí la historia se vuelve mucho más interesante. Las ascidias son tunicados y los tunicados pertenecen a los cordados, el mismo gran grupo zoológico al que pertenecemos nosotros. Un adulto adherido a una roca puede parecer una bolsa gelatinosa con dos agujeros y tener menos aspecto de pariente nuestro que un calabacín. Pero su larva revela el secreto familiar: posee una notocorda, un cordón nervioso dorsal y una cola. Después encuentra un lugar donde fijarse, sufre una metamorfosis y adopta esa existencia sedentaria que tan poco favorece el parecido de familia.

Algunas ascidias viven solas. Otras forman colonias en las que numerosos individuos diminutos, llamados zooides, quedan incluidos en una sustancia común denominada túnica. Cada zooide conserva buena parte de su maquinaria vital, pero la colonia comparte determinadas estructuras. El agua entra por las pequeñas aberturas bucales, atraviesa la cesta branquial —que además de respirar filtra las partículas alimenticias— y termina saliendo hacia cavidades cloacales comunes. En muchas ascidias los zooides se organizan precisamente alrededor de esas cloacas compartidas. De repente, las pequeñas depresiones de las fotografías empezaban a tener sentido.

Había que poner apellido al sospechoso. La búsqueda por la fauna atlántica y cantábrica llevó a la familia Polyclinidae, un grupo de ascidias coloniales en el que los zooides quedan completamente embebidos en una túnica común y pueden organizarse formando sistemas alrededor de aberturas cloacales. Las claves taxonómicas describen colonias almohadilladas, redondeadas o lobuladas y dejan además una advertencia importante: para llegar con seguridad a género y especie suelen ser necesarios caracteres anatómicos internos. Entre los candidatos apareció uno particularmente convincente: Polyclinum aurantium.

La coincidencia externa es notable. Polyclinum forma colonias carnosas redondeadas o almohadilladas. Sus zooides se agrupan en sistemas y la superficie puede adquirir un aspecto abultado que recuerda bastante las masas fotografiadas. Pero aquí conviene detener al detective antes de que, entusiasmado por haber encontrado un sospechoso que se parece al retrato robot, lo mande directamente a prisión.

La taxonomía de las ascidias coloniales no se resuelve de forma fiable contemplando una fotografía de un ejemplar que además ha sido arrancado del fondo, arrojado a una playa y parcialmente deshidratado. Para identificar un Polyclinum con seguridad hay que examinar caracteres como el aparato branquial, el estómago, el abdomen y el postabdomen de los zooides.

Por eso la etiqueta prudente sería: Ascidiacea, probablemente Polyclinidae, compatible con Polyclinum aurantium. Y eso, lejos de estropear la historia, me parece que la mejora. La naturaleza no lleva etiquetas y una fotografía no siempre permite llegar limpiamente hasta la especie. Identificar organismos consiste precisamente en formular hipótesis, comparar caracteres, descartar alternativas y reconocer hasta dónde llegan las pruebas.

Queda además una última ironía. Constanza fotografió una laminaria porque aquella gran alga varada llamaba la atención. Pero lo verdaderamente extraordinario estaba escondido en sus bajos. Una Laminaria ochroleuca no es solamente un organismo: mientras permanece anclada al fondo es también arquitectura. Su disco de fijación proporciona refugio; su estipe ofrece superficie para instalarse; su enorme lámina modifica la luz y el movimiento del agua. Alrededor de ella se organiza una comunidad.

Y entre los pasajeros de aquella laminaria había, con toda probabilidad, una colonia formada por centenares de pequeños animales filtradores. Animales que, pese a su apariencia de mora amarilla, pertenecen a nuestra propia rama del árbol evolutivo.

Constanza había enviado una fotografía preguntándose qué eran unas bolas. Resultaron ser unos parientes, lejanos, pero parientes.