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| Grupos de flores de Schefflera actinophylla. Fuente |
Hay plantas que pasan años
en un salón sin revelar su verdadera personalidad. Las regamos, les quitamos el
polvo y acabamos creyendo que su destino natural consiste en acompañar un sofá.
La familiar cheflera, también conocida como “árbol pulpo”, es un buen ejemplo
de esa domesticación de nuestra mirada. En una maceta ofrece hojas brillantes y
una discreta apariencia tropical; en condiciones favorables se convierte en un
árbol de considerable tamaño, levanta sobre la copa unos brazos rojizos y
organiza alrededor de sus flores y frutos un concurrido intercambio con los
animales. El nombre de árbol pulpo empieza entonces a parecer mucho más
apropiado que el de planta de interior.
La especie conocida
tradicionalmente como Schefflera actinophylla procede del norte de
Australia y del sur de Nueva Guinea. Pertenece a las araliáceas, la familia de
la hiedra y del ginseng, una parentela que reúne trepadoras, hierbas y árboles
de aspecto muy diverso. Su ambiente originario son los bosques tropicales húmedos,
donde la disponibilidad de agua permite mantener el follaje durante todo el
año. El ejemplar que sobrevive junto a una ventana conserva, por tanto, la
arquitectura de una planta nacida para otro escenario.
Lo primero que llama la
atención son sus hojas. Conviene detenerse en ellas porque contienen una
pequeña trampa visual: cada una de las piezas verdes que parecen hojas
independientes es, en realidad, un folíolo. Varios folíolos alargados,
coriáceos y de margen entero parten de un punto común, al final de un largo
pecíolo, como los dedos de una mano abierta o las varillas de un paraguas. Los
botánicos llaman palmaticompuesta a esta disposición. De ella procede otro
nombre popular, árbol paraguas, y también el epíteto actinophylla,
formado a partir de las voces griegas que aluden al rayo y a la hoja. La
botánica y la imaginación cotidiana repararon aquí en la misma geometría.
El parentesco entre las
piezas se comprueba buscando dónde nace la yema que puede producir una nueva
rama. Está en la axila de la hoja completa, junto al tallo, y no en la base de
cada folíolo. Esta observación, que parece un ejercicio de manual, cambia la
manera de mirar la planta: lo que tomábamos por un ramillete resulta ser una
sola hoja de considerable complejidad. En botánica, contar hojas exige a veces
algo más que contar superficies verdes.
La transformación más
espectacular llega con la floración. Sobre el follaje aparecen largos ejes
rojizos que irradian desde los extremos de las ramas y llevan numerosas flores
pequeñas agrupadas a lo largo de su recorrido. El parecido con los brazos de un
pulpo explica el nombre del árbol, aunque la planta no se siente obligada a
respetar los ocho apéndices del animal. La vistosidad pertenece al conjunto:
cada flor es diminuta; reunidas y elevadas sobre la copa, forman una señal que
se distingue a distancia.
Esa exhibición tiene
destinatarios. Las flores ofrecen néctar y atraen a aves nectarívoras, además
de insectos. En Australia las visitan aves comedoras de néctar; en los países
donde se cultiva pueden incorporarse otros comensales. Un árbol llevado a otro continente
conserva sus recursos y su calendario biológico, pero cambia parte del público.
Para aprovechar una fuente de alimento no siempre hace falta compartir una
larga historia evolutiva con quien la proporciona. Las relaciones ecológicas
también se improvisan.
Después de las flores llegan
los frutos carnosos, oscuros al madurar, que atraen a aves frugívoras. El
intercambio tiene ahora otra consecuencia: al transportar las semillas, los
animales permiten que la descendencia abandone las inmediaciones de la planta
madre. Néctar y pulpa sostienen dos momentos diferentes del ciclo reproductivo.
Una visita puede contribuir a la polinización; otra puede llevar una semilla
hasta un lugar donde germinar. La inmovilidad del árbol se compensa con la
movilidad de sus visitantes.
Algunas semillas acaban en
lugares poco habituales para el nacimiento de un árbol: una horquilla, una
grieta de la corteza o una acumulación de restos vegetales sobre otro tronco.
La especie puede establecerse allí como epífita, es decir, utilizando otra
planta como soporte. Sus raíces pueden descender hasta alcanzar el suelo y
ampliar entonces su acceso al agua y a los nutrientes. Ese comienzo elevado
permite ocupar un espacio distinto del suelo forestal, donde también se
amontonan competidores.
Conviene distinguir esa
manera de vivir del parasitismo. Una planta epífita no extrae por ello la savia
del árbol que la sostiene: mantiene su propia fotosíntesis y obtiene los
recursos mediante sus raíces. Eso no convierte necesariamente la convivencia en
inocua. Al crecer puede aumentar la competencia y la carga sobre el soporte.
Las raíces envolventes del árbol pulpo recuerdan a las de ciertas higueras
estranguladoras, aunque el parecido no debe hacernos confundir sus respectivas
familias botánicas.
La combinación de cultivo
ornamental, dispersión animal y capacidad de establecerse en distintos
emplazamientos tiene una consecuencia menos decorativa. En Florida y Hawái el
árbol pulpo ha invadido ambientes naturales y puede formar masas densas. También
causa problemas en sectores de Queensland situados fuera de su distribución
originaria. Esto último ofrece una lección especialmente útil: una especie
puede ser autóctona en una parte de un país e introducida en otra. Las
fronteras administrativas sirven de poco para definir la pertenencia a un
ecosistema.
El árbol pulpo guarda,
además, una última sorpresa en su etiqueta. El nombre que lo hizo popular, Schefflera
actinophylla, es hoy un sinónimo de Heptapleurum actinophyllum, la
denominación aceptada por el repertorio de Kew. El cambio se publicó en 2020 y
responde a una revisión profunda de aquel gran género tropical. Bajo Schefflera
(nombre que crearon en 1775 Johann Reinhold Forster y su hijo Georg, los
naturalistas que participaron en el segundo viaje de James Cook, en honor de
Johann Peter Ernst von Scheffler (1739–1810), médico y naturalista alemán) se
habían reunido plantas que no constituían un único linaje evolutivo: el
parecido externo había resultado más convincente que el parentesco real. Los
estudios filogenéticos obligaron a reorganizar el conjunto y a recuperar Heptapleurum
para uno de sus grandes grupos.
Las etiquetas de los viveros
tardarán en ponerse de acuerdo con los herbarios, y probablemente seguiremos
llamándola cheflera durante mucho tiempo. Entretanto, basta contemplar uno de
estos árboles en flor para devolverle su historia natural. Detrás del follaje
lustroso de una conocida planta doméstica hay un habitante de bosques
tropicales, capaz de empezar la vida sobre otro árbol y de alimentar con néctar
y frutos a visitantes que transportan polen o semillas. La maceta contiene sus
raíces; nuestra costumbre de verla en ella contiene, con bastante más eficacia,
la imaginación.
