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domingo, 24 de julio de 2016

Los americanos dentro y los rusos fuera, señor Trump

Estados Unidos es un país de oportunidades en el que “cualquiera” puede llegar a ser presidente. Prueba de ello fueron Ronald Reagan o Warren Harding, y prueba de ello puede ser Donald Trump. Es cierto que no parece necesario ser una lumbrera para tomar posesión del mítico Despacho Oval, pero es cierto también que parece inimaginable que los estadounidenses sean capaces de aupar hasta su presidencia a un multimillonario cavernícola, con aspecto de casposo vendedor de crecepelo y de ideario reaccionario, beato, racista, machista, autoritario, creacionista, grosero, salvaje y siniestro.

La semana pasada, en Cleveland, Ohio, tuvo lugar la convención del Partido Republicano en la que se proclamó candidato a Donald Trump.  En Cleveland, Trump concedió una entrevista al New York Times, en la que afirmó que, si es elegido presidente, no se sentirá obligado a defender a los países de la OTAN en caso de ataque exterior, como prescribe el tratado de la organización. Desvincularse de esta obligación rompe con casi siete décadas de implicación de EEUU en la seguridad europea. Y rompe con el internacionalismo militar del Partido Republicano. Este es a fin de cuentas el partido de Eisenhower, Reagan y Bush padre, políticos que hicieron del vínculo transatlántico el centro de su política exterior.

Es evidente que Trump no tiene un conocimiento sofisticado de la política de seguridad estadounidense, así que sigue sus instintos y dice lo que piensa sin pensar lo que dice. Porque lo que significan esas declaraciones, es, en resumen, una sandez que pone de manifiesto que, una vez más, la ignorancia es atrevida. Trump ignora que de beneficiar a alguien, la OTAN beneficia sobre todo a la política de EEUU.

La OTAN fue concebida ex profeso como el brazo armado de la Guerra Fría, el enfrentamiento político, económico, social, militar e informativo deportivo iniciado al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuyo origen puede establecerse en 1947, durante las tensiones de la posguerra, y se prolongó hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991. De manera que de lo que estamos hablando es de una lucha de bloques cuya estrategia militar estaba articulada en el Pacto de Varsovia para el bloque oriental-comunista liderado por la Unión Soviética, y por la OTAN para el bloque occidental-capitalista liderado por EEUU.

Para el bloque soviético, el enfrentamiento se presentaba como la lucha por un proyecto de sociedad socialista igualitaria contra la opresión del imperialismo capitalista. En contrapartida, para los alineados en la OTAN se trataba de una batalla por las libertades individuales y el gobierno democrático contra el totalitarismo soviético. Si tenemos en cuenta que el combate finalizó en 1991 por KO de uno de los contendientes, coincidirán conmigo en que el hecho de que el vencedor continúe sobre el ring geopolítico significa que sus objetivos iban más allá de la proclamada defensa del «mundo libre» contra una amenaza de la internacional comunista que hace veinticinco años desapareció cuando Gorbachov apagó la luz. Conviene, pues,  preguntarse cuáles son los verdaderos intereses que subyacen en los orígenes de la OTAN. Basta escarbar un poco para obtener la respuesta: tras el colapso de la Unión Soviética, la OTAN se transformó en una alianza global para reforzar las ambiciones imperiales de EEUU.

En 1945, George Orwell hizo la primera referencia al término Guerra Fría, aunque fue el columnista Walter Lippmann el que lo popularizó gracias a su libro Cold War, publicado en 1947. Fuera de la ficción, la Guerra Fría se inicia en el primer mandato de Harry S. Truman, un tendero fracasado cuya elección como vicepresidente por parte de Franklin Delano Roosevelt es uno de los contados errores políticos que cabe anotar al que fuera reelegido tres veces como presidente de EEUU. Aquel hombrecillo de Independence, Missouri (basta visitar su casa en aquella ciudad para calibrar al personaje), acuñó el sintagma «el modo de vida americano», que no era otra cosa que el capitalismo, por más que tanto Truman como su sucesor, Dwight D. Eisenhower, tratasen de enmascarar el término capitalismo con un barniz religioso dado que para ambos el enemigo era el «comunismo ateo».

Lord Hastings Imay
Pura retórica. Las cosas estaban muy claras. Cuando el 4 de abril de 1949, con Truman en la Presidencia, se firmó en Bruselas el acuerdo constitutivo de la OTAN, su primer secretario, lord Hastings Ismay, lo definió como un pacto para «tener a los americanos dentro, a los rusos fuera y a los alemanes debajo». Ismay acertó a medias, porque tener a los “alemanes debajo” se transformaría en pocos años en “tenerlos dentro”, habida cuenta de que EEUU no podía permitirse tenerlos fuera del «mercado libre».

Porque de eso se trataba en realidad, de mantener la supremacía comercial del «mercado libre», cuyo campeón indiscutible tras la II Guerra Mundial era EEUU. El fin de la Segunda Guerra Mundial había encontrado a los EEUU en una posición de privilegio espectacular. No en vano, los estadounidenses recuerdan la época inmediata de posguerra como una Edad de Oro de prosperidad para la clase media.

Para asegurar el funcionamiento de este sistema era necesario mantener un clima de estabilidad política internacional bajo la hegemonía norteamericana. Entre los muchos informes que circularon por Washington después de la II Guerra Mundial, el conocido como Telegrama Largo, escrito por el diplomático George Kennan, uno de los grandes ideólogos de la Guerra Fría, resulta esclarecedor: 

«... poseemos alrededor del 50% de la riqueza mundial pero sólo un 0,3% de su población [...] Con esta situación no podemos evitar ser objeto de envidias y resentimientos. La tarea realmente importante para el próximo período es elaborar un modelo de relaciones que nos permita mantener esta posición de desigualdad [...] Para conseguirlo tenemos que prescindir de todo tipo de sentimentalismos y utopías; nuestra atención tiene que concentrarse en nuestros intereses nacionales más inmediatos. Debemos dejar de hablar de objetivos vagos e irreales como los derechos humanos, el aumento de la calidad de vida, y la democratización. No está lejos el día en que tengamos que batimos por conceptos realmente importantes. Cuanto menos estemos atados por consignas idealistas, mejor» (1).

Terminado el mandato de Truman, su sucesor en la Presidencia, Eisenhower expuso su versión de la doctrina Kennan en su discurso de toma de posesión de 20 de enero de 1953:

«Pese a nuestra fuerza material, incluso nosotros necesitamos mercados en el resto del mundo para los excedentes de nuestras explotaciones agrícolas y de nuestras fábricas. Del mismo modo, necesitamos, para estas mismas explotaciones y fábricas, materias vitales y productos de tierras distantes». Para asegurarse todo esto se requiere, dijo, «la unidad de todos los pueblos libres» y «para producir esta unidad (…) el destino ha echado sobre nuestro país la responsabilidad del liderazgo del mundo libre». 

He ahí, manifestado con absoluta nitidez, el interés del capital norteamericano sobre el planeta entero, y el verdadero propósito de la «defensa  del mundo libre» con las armas de este país y de sus aliados.

Desde la época de Kennan, quienes han ocupado la Casa Blanca han tratado de conservar esa posición privilegiada y para ello llegaron a la conclusión de que la posesión y el despliegue del poder militar era la clave para preservar el estado hegemónico de EEUU. Y que esto no es cosa del pasado, lo demuestran otras citas más recientes. En un memorándum dirigido al presidente Johnson, su Secretario de Estado Robert McNamara sostenía que el liderazgo norteamericano 

«no podía ejercerse si a alguna nación poderosa y virulenta [sic] -sea Alemania, Japón, Rusia o China– se le permite que organice su parte del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra» (Gardner, 2008: 12-13)

Es decir, los intereses norteamericanos exigen no sólo el dominio del mundo, sino su total modelado a imagen y semejanza de su único dueño, con absoluta exclusión de cualquier otra “filosofía” contraria a la del imperio.

En 1992, con el cuerpo del Pacto de Varsovia todavía caliente, el Planning Guidance que, desde la Secretaría de Defensa marca las directrices que deben seguir las agencias gubernamentales relacionadas con temas militares y de defensa, decía

«Nuestro primer objetivo es prevenir la emergencia de un nuevo rival». Esto «exige que nos esforcemos en prevenir que ninguna potencia hostil domine una región cuyos recursos pudieran bastar (…) para engendrar un poder global (…)»


O sea que la seguridad de un mundo unipolar sólo puede garantizarse a condición de que se evite, por los medios que sean necesarios, el surgimiento de un nuevo foco de poder, de que se elimine a tiempo cualquier amenaza en este sentido. El 19 de octubre de 2001, en una alocución a un grupo de pilotos de bombarderos que participaron en la invasión de Irak, el Secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfeld, proclamó: 

«Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en que viven los otros. Hemos escogido esta última opción y sois vosotros los que nos ayudareis a alcanzar este objetivo» (Davies, 2010: 54).

Dicho con brutal franqueza: el mundo debe adoptar, por la fuerza de las armas si fuese necesario, el modo de vida norteamericano. Y no hay otra alternativa. la OTAN es un instrumento más del poder político y militar derivado de la Segunda Guerra Mundial merced al cual EEUU prosigue la «tarea de asegurar el sistema de “libre empresa” bajo una hegemonía política y económica norteamericana, asegurada por la existencia de 865 bases militares distribuidas por todo el mundo, sin contar las que existen en zonas de guerra» (Fontana, 2011: 13).

Entérese de eso, señor Trump y no diga lo que piensa, piense lo que diga.

jueves, 21 de julio de 2016

Archaeoraptor liaoningensis: el pollo de Piltdown

Se veía venir. En otoño de 1998, durante la reunión de la Society of Vertebrate Paleontology en Utah, circularon rumores sobre la existencia de un fósil de pájaro primitivo que iba a resolver la vieja cuestión del origen de las aves. El fósil, sacado ilegalmente de China según se rumoreaba, estaba en manos de un coleccionista privado. Ese mismo año, el enigmático ejemplar fue presentado en una exposición geológica comercial en Tucson, Arizona. El Museo de los Dinosaurios de Blanding, Utah, lo compró por 80.000 dólares en febrero de 1999. El museo estaba administrado por Stephen A. Czerkas y su esposa Sylvia, quienes no tenían títulos universitarios. 

El matrimonio Czerkas contactó con el paleontólogo Phil Currie, quien a su vez informó a la National Geographic Society (NGS). El 15 de octubre de 1999 la NGS ofreció una conferencia de prensa en la que anunció un descubrimiento espectacular: En el noreste de China se había encontrado un fósil de 125 millones de años de edad que parecía ser el largamente buscado eslabón perdido entre los dinosaurios y las aves. Durante décadas, los paleontólogos habían debatido si las aves descienden de los dinosaurios. Ese fósil, al que el redactor de la NGS se apresuró a bautizar Archaeoraptor liaoningensis, (literalmente "ladrón antiguo de Liaoning"), parecía proporcionar una prueba concluyente de que, efectivamente, así era.


Además de la conferencia de prensa, la NGS, publicó simultáneamente en su conocida revista un entusiasta artículo sobre el hallazgo (Feathers for T. rex? National Geographic, Noviembre: 98-107), que encargó ¡a su redactor de arte!, Christopher Sloan, no a un paleontólogo, un error que no tardarían en pagar con el descrédito. Cuando vivía, escribió un imaginativo Sloan venido arriba, el pájaro tenía aproximadamente el tamaño de un gran pollo o un pavo. Pero era un pavo muy especial, porque su larga cola era de dinosaurio. 

Como había ocurrido 80 años antes con el hombre del Piltdown, una quimera manipulada constituida por un cráneo humano deforme, la mandíbula de un orangután y los dientes de un chimpancé, la mezcla de fragmentos de dinosaurios y de aves hizo que los investigadores creyeran haber encontrado el eslabón perdido entre uno y otro grupo de vertebrados del Mesozoico. «Sus largas alas y su cuerpo pequeño exclaman ¡Pájaro!, mientras que su larga cola rígida grita ¡dinosaurio!» De lo que Sloan no se percató en ese momento, fue de que el cuerpo y la cola juntos deberían haber gritado ¡fraude!

Pronto empezaron a aparecer las dudas. Xu Xing, un científico chino que había ayudado inicialmente a identificar el fósil, se dio cuenta de que era un fraude cuando encontró un segundo espécimen que era un duplicado exacto, esto es, la imagen especular, de la cola del Archaeoraptor, pero unido a un cuerpo diferente. En una carta publicada a principios de 2000 por la NGS, Xu Xing precisó cautelosamente que era más que probable que la sección de cola no correspondiera al cuerpo superior. Con frecuencia, aclaraba, cuando se extraen del suelo, los fósiles petrificados se parten en dos fragmentos idénticos, produciendo dos conjuntos de imágenes especulares en sendas losas fósiles. Evidentemente, alguien había tomado una de las losas en las que estaba incrustada la cola fósil y la había fijado a un fósil de un ave, produciendo de este modo una criatura quimérica, un híbrido entre dinosaurio y ave.

No fue el único. En julio de 1999 Currie y Czerkas llevaron el fósil al laboratorio del doctor Timothy Rowe de la Universidad de Texas para que fuese analizado mediante tomografía de alta resolución. El 29 de julio, Rowe rubricó su concluyente informe: determinó que los fragmentos de la parte inferior, la cola y las piernas eran de un animal distinto al resto del cuerpo, haciendo notar que posiblemente fuera una manipulación intencionada. 

En la primera semana de septiembre, Currie, envió el fósil a su preparador, Kevin Aulenback, del Museo de los Dinosaurios de Blanding, para realizar un nuevo estudio. Aulenback concluyó que el fósil era «un espécimen compuesto de por lo menos tres, con un máximo de cinco especímenes distintos», lo que los Czerkas -que tenían el claro de interés de hacer caja con el fósil de su propiedad- negaron airadamente. Currie no informó a la NGS de estos datos.


El 13 de agosto de 1999, Stephen Czerkas, Currie, Rowe y Xu enviaron a Nature un trabajo titulado A New Toothed Bird With a Dromaeosaur-like Tail. En el artículo se señalaba el problema dos veces e incluía una figura que ilustraba los puntos en los que se apreciaba que una de las piernas y la cola eran las contrapartes que componían la losa principal. En agosto de ese mismo año Nature rechazó el trabajo. Los autores entonces sometieron al trabajo a la revista Science, que lo mandó para la revisión paritaria. Dos revisores informaron a Science que «el espécimen fue pasado de contrabando fuera de China en posesión ilegal» y que el fósil había sido «modificado en China para realzar su valor». Science entonces rechazó el trabajo. Según Sloan, los Czerkas no informaron a la NGS sobre los detalles de los dos rechazos. Por eso cometieron la ingenuidad de publicar el artículo sin someterlo a revisión por pares. 

Consumado el desaguisado de su publicación, NGS reconoció su error en un nuevo artículo en el que además hacía un análisis más completo de la forma en que había sido engañada (Report to Members: Archaeoraptor Fossil Trail. National Geographic [octubre de 2000: 128-132]). El redactor que escribió en nombre de la Sociedad, Lewis M. Simmons, adimitió que habían sido alertados del posible fraude, pero habían preferido anotarse el tanto de la sensacional publicación de un no menos fabuloso hallazgo. De acuerdo con ese artículo, la historia del "ladrón antiguo de Liaoning", comenzó en julio de 1997 en Xiasanjiazi, China, donde unos granjeros excavaron los estratos de pizarra en busca de fósiles para venderlos a los traficantes, práctica común a pesar de su ilegalidad. Un granjero encontró un fósil raro de un pájaro dentado que mostraba las impresiones de las plumas. El fósil se rompió en pedazos cuando intentaron extraerlo. Cerca, en el mismo foso, encontraron otros pedazos, incluyendo una cola emplumada junto con las patas. El mismo granjero unió varios de estos pedazos de la forma que supuso correcta, a sabiendas de que completo sería más valioso. Fue vendido en junio de 1998 a un distribuidor autorizado anónimo y pasado de contrabando a los Estados Unidos. 

Las ramificaciones del escándalo han llevado a los creacionistas utilizar al Archaeoraptor como un argumento contra la evolución, contemplándolo como una evidencia de malas prácticas realizadas para apoyar la teoría evolutiva. La revista estadounidense News & World Report fue la primera en referirse al fraude como el caso del «pollo de Piltdown». Los creacionistas tomaron el rábano por las hojas y pasaron a considerar a Archaeoraptor como un caso comparable de fraude. Sin embargo, a diferencia del hombre de Piltdown, Archaeoraptor no fue un engaño intencionado


Fósil de Microraptor gui, bajo luz normal.
La flecha blanca muestra las plumas y la negra los lugares donde no existían.
La barra de escala mide 5 cm. Fuente.
Además, la autenticidad de Archaeoraptor no es imprescindible como prueba fundamental para la hipótesis de que las aves son terópodos, ya que está corroborada suficientemente por otros datos. Hoy, todos los paleontólogos están de acuerdo en que la cuestión de que las aves derivan de los dinosaurios terópodos está fuera de debate. Para mayor abundamiento, en el caso de Microraptor, cuyo fragmento de cola fue utilizado en la artificiosa reconstrucción de Archaeoraptor, se ha demostrado que tenía alas y rastros claros de plumas rectrices, por lo que se asume que debió haber tenido por lo menos una capacidad de planeo y constituye un ejemplo excelente de un fósil transicional entre dinosaurios terópodos y aves.



El hombre mono de Piltdown. Homo piltdownensis o Eoanthropus dawsoni. Tanto monta, monta tanto

Cuadro pintado por John Cooke en 1915,
conmemorativo al descubrimiento del hombre de Piltdown.
El 18 de diciembre de 1912 la sede de la British Geological Society en Burlington House, Piccadilly, Londres, estaba repleta de un público deseoso de escuchar la conferencia anunciada (On the Discovery of a Paleolithic Human Skull and Mandible in a Flint-bearing Gravel overlying the Wealden [Hastings Beds] at Piltdown, Fletching [Sussex]). Dos hombres se sentaban en el estrado: Charles Dawson, secretario de la Sussex Archaeological Society, abogado y paleontólogo aficionado, y Arthur Smith Woodward, conservador de Paleontología del British Museum, que actuó como relator. En resumidas cuentas, anunciaron que en las inmediaciones de Piltdown, una localidad del condado de Sussex Oriental, el señor Dawson había encontrado unos restos arqueológicos y óseos entre las que se incluía un cráneo de homínido que Smith Woodward, un profesional prestigioso, certificaba que era el más antiguo jamás desenterrado en la isla. Aquella fue la presentación en sociedad del que sería conocido como “hombre de Piltdown” o Eoanthropus dawsoni, nombre latino cuyo epíteto específico –dawsoni- el satisfecho Woodward dedicó al orgulloso descubridor de unos restos que ocuparon un lugar de honor en los catálogos de fósiles durante cuarenta años. 

Con la teoría de la evolución en pleno auge, los británicos estaban exultantes. No sólo el creador de la teoría, Charles Darwin, era británico, sino que el “eslabón perdido” entre el mono y el hombre previsto por la teoría de la evolución era inglés de pura cepa, de donde se colegía que Inglaterra era la cuna de la Humanidad. No cabía duda, aquel era el famoso eslabón perdido: el cráneo de este fósil se caracterizaba como perfectamente humano, mientras que la mandíbula parecía (como no podía ser menos y el tiempo se encargaría de desvelar) la de un simio de mediano tamaño. ¡Ahí era nada! Los neandertales alemanes, descubiertos por Johann Carl Fuhlrott en 1857, y los cinco esqueletos franceses encontrados por el geólogo Louis Lartet en marzo de 1869 en la cueva de Cromañón, tenidos hasta entonces como los seres humanos más antiguos de Europa, quedaban a la altura del betún comparados con un inglés, E. dawsoni.

En 1953, después de haber resistido durante cuarenta años la escudriñadora y desconfiada investigación de los mejores especialistas del mundo, el British Museum tuvo que reconocer oficialmente que el hombre de Piltdown era una falsificación: se había combinado un cráneo de hombre moderno con una mandíbula de orangután y el conjunto había sido cuidadosamente amañado para dar la impresión de "arcaico". A Inglaterra le cabía ahora el honor de ser la cuna no de la humanidad, sino del fraude científico más espectacular y famoso de todo el siglo XX.

El engaño fue cuidadosamente planeado y ejecutado en algún momento entre 1907 y 1911. Dawson afirmaba que había descubierto el primer fragmento del cráneo en 1908, después de que unos trabajadores le hablaran de un cráneo completo que habían desenterrado y aplastado en una cantera de grava cercana a Piltdown. Dawson siguió merodeando por la zona, en la que, como quien no quiere la cosa, encontró unas pocas piezas más del cráneo, algunos fragmentos de otros mamíferos fósiles y un cierto número de utensilios tallados en pedernal. No llevó sus especímenes a Smith Woodward hasta mediados de 1912. A lo largo de ese año, ambos, acompañados por el francés Pierre Teilhard de Chardin, un seminarista jesuita que se transformó luego en un famoso paleontólogo y evolucionista, continuaron la que sería una más que fructífera búsqueda de fósiles en los alrededores de Piltdown. 

Reconstrucción de 1913 de Eoanthropus dawsoni
Ese mismo año y el siguiente salieron a la luz más especímenes, incluyendo una mandíbula con sus dos dientes molares, y un gran canino de simio, encontrado personalmente por Teilhard, que daría mucho que hablar. Como se supo después, las piezas dentales habían sido artificialmente limadas para simular la pauta del masticar humano. Smith Woodward, que conocía el valor de lo que le había llevado Dawson y las envidias que podía inspirar, impuso una férrea censura sobre los hallazgos antes de sacarlos a luz pública. Así pues, no pierdan el hilo conductor que será necesario seguir cuando toque aclarar al autor del trile paleontológico: durante cuatro años sólo tres hombres, Dawson, Smith Woodward y Teilhard estaban en el secreto de los que se cocía en el condado de Sussex Oriental.

En diciembre de 1913, una vez presentado el hallazgo, Smith Woodward, que usó el cráneo y la mandíbula para reconstruir una cabeza completa del “homínido”, publicó el resultado de los trabajos e inició la controversia. Los fragmentos de cráneo, a pesar de ser notablemente gruesos, no podían distinguirse de los pertenecientes al hombre de hoy. De hecho, la falsa calavera de homínido era la de un hombre moderno que había sufrido una enfermedad congénita que lo había deformado por completo, engrosándolo y dándole un aspecto primitivamente simiesco. Por otra parte, la media mandíbula inferior, excepción hecha del desgaste de los dientes, era claramente de "chimpancé" para muchos expertos (de hecho, era la de un orangután de la cual se habían removido partes que podían descubrir su procedencia, teñida con pigmentos para envejecerla, y cuyos dientes habían sido limados para parecer dientes humanos). 

El cráneo y la mandíbula no aparecieron aislados. Quien quiera que los hubiese puesto allí, había enterrado al mismo tiempo artefactos antiguos de pedernal tallado y huesos de mamíferos extintos. En total, se colocaron 37 piezas de hueso y piedra, cada uno cuidadosamente elegido para un determinado propósito, alterado y teñido hasta alcanzar la coloración de la grava donde se los encontró. Aún más más, otros diez fragmentos de huesos humanos y animales fueron preparados y enterrados en dos lugares diferentes en las cercanías de Piltdown. Si bien muchos científicos encontraron sospechoso el material, muchos otros lo tomaron por legítimo. Aún los más críticos, que eran de la opinión de que en Piltdown se habían mezclado partes de dos animales, no sospecharon que era un fraude. Entre los más célebres escépticos se encontraban H. E. Osborn, el principal paleontólogo norteamericano, y el profesor de Teilhard, Marcellin Boule, el más grande antropólogo de Francia. 

Reconstrucción realizada en 1922
del cráneo de Piltdown
Para que aparecieran las primeras críticas no hubo que esperar demasiado. Abrió la veda un artículo titulado The Piltdown Mandible, publicado en el número 92 de Nature (el número se publicó el 13 de noviembre, un mes antes de la presentación pública en Burlington House, lo que demuestra que Smith Woodward la había distribuido impresa entre sus colegas), en el que David Waterston, del King's College, que había usado radiografías de los restos, concluía sin duda alguna que aquel engendro estaba formado por una mandíbula de chimpancé y un cráneo humano. Marcellin Boule llegó a la misma conclusión en 1915. El zoólogo norteamericano Gerrit Smith Miller, del Smitsonian Institute, concluyó también que la mandíbula era de un chimpancé. En 1923, Franz Weidenreich examinó los restos y fue tajante: la quimera estaba formada por un cráneo humano y una mandíbula de orangután. 

Tampoco faltaron las eminencias que, aunque cuestionaban la reconstrucción de Smith-Woodward, habían dado la de cal. En el Real Colegio de Cirujanos, las réplicas de los fragmentos craneales usados por Smith Woodward se ordenaron de otra manera para llegar a un nuevo modelo completamente diferente, pero que no ponía en duda alguna que aquello era un hombre con todas las de la ley (y así era, en efecto) y no un eslabón entre simios y homínidos. El tamaño de la cavidad craneal hacía suponer la existencia de un cerebro voluminoso como el de un hombre moderno (otra vez dieron en el clavo sin saberlo). Resuelto el rompecabezas, el célebre profesor Arthur Keith –sobre el que luego volveré- emitió su veredicto. Smith-Woodward estaba equivocado porque aquellos restos fósiles, sin duda auténticos, pertenecían a una nueva especie de homínido a la que en 1914 denominó Homo piltdownensis (The Significance of the Skull at Piltdown. Bedrock, 2: 435-453). El descubridor un año antes del Homo heidelbergensis, el eminente antropólogo alemán Otto Schoetensack tampoco puso en duda la autenticidad de los fósiles, pero era de la misma opinión que Smith Woodward: se trataba de un simio precursor de los modernos homínidos (Russell, M. 2012: The Piltdown Man Hoax: Case Closed. History Press). 
Sir Arthur Smith-Woodward (1864-1944)

Recordemos ahora el gran canino encontrado por Teilhard, que ahora resulta decisivo para inclinar la balanza hacia el H. piltdownensis de Keith o hacia el E. dawsoni de Smith Woodward. Mírese al espejo y comprobará que sus caninos, sí, los de usted, son muy reducidos. Sencillamente, nuestra forma de masticar mediante la molienda de los alimentos, hace innecesaria la existencia de grandes colmillos, y no solo innecesaria, también ineficaz, porque, de existir, impedirían el desplazamiento horizontal de nuestras mandíbulas. Cualquier colmillo que perteneciera a un hombre debía tener, como máximo, la misma altura que los molares. Para la interpretación de Smith Woodward, el gran colmillo venía como anillo al dedo. Para la de Keith era un completo fastidio. 

En 1913 y 1914 las cosas estaban entre Pinto y Valdemoro cuando el incansable rastreador que era Dawson volvió a dar la campanada. Había estado realizando prospecciones en otra localización, a unos tres kilómetros de Piltdown, que más tarde sería conocida como Piltdown 2. En enero de 1915 escribió a Smith Woodward: «Creo que hemos vuelto a tener suerte. Tengo un fragmento del lado izquierdo (de hecho, era diestro, pero Dawson –recordémoslo- no era un experto) de un hueso frontal con una porción de Ia órbita y la base de la nariz». En julio de aquel mismo año, anunció el descubrimiento de un molar inferior, una vez más de aspecto simiesco, pero desgastado al modo humano. Aquello era demasiado. El azar podría arrastrar los huesos de un humano y de un simio a la misma gavera una vez, pero una segunda asociación idéntica entre un cráneo humano y una mandíbula simiesca probaba, sin duda, que pertenecían a un mismo ser, a pesar de la aparente incongruencia anatómica. 

Charles Dawson (1864-1916)
Dawson no vivió para disfrutar de su triunfo, ya que murió en 1916. Smith Woodward defendió sin reservas los hallazgos de Piltdown durante toda su vida, e incluso dedicó su último y póstumo libro (The Earliest Englishman, 1948) a su defensa. Por sus contribuciones a la Paleoictiología obtuvo varios premios, incluida la Medalla Real de la Royal Society, la Medalla Lyell y la Medalla Wollaston de la Sociedad Geológica, la Medalla de la Sociedad Linneana de Londres y la Medalla Clarke de la Real Sociedad de Nueva Gales del Sur. Se retiró, cargado de honores y de reconocimiento, en 1924. Murió, afortunadamente en 1944, antes de que el asunto estallara. 

De la terna original sólo el jesuita había escapado de la parca en 1953 cuando el antropólogo Joseph S. Weiner, el anatomista Wilfrid E. Le Gros Clark, ambos de la Universidad de Oxford, y Kenneth P. Oakley del British Museum, dieron a conocer la falsedad de los hallazgos en el semanario neoyorquino Time Magazine (End as a Man. 30/11/1953). Demostraron que el cráneo reconstruido por el eminente Smith-Woodward estaba compuesto de tres partes: los fragmentos del cráneo pertenecían, en efecto, a un ser humano, pero de la Edad Media; la mandíbula tenía unos 500 años y había pertenecido a un orangután; por su parte, los molares y el colmillo eran huesos fósiles, sin duda, pero los había lucido un chimpancé. Las piezas dentales habían sido teñidas químicamente para simular una gran antigüedad y limadas a mano para aparentar el típico desgaste producido por la masticación de los humanos. Ahí no quedaba la cosa, porque los restos de mamíferos asociados habían sido traídos de algún otro lugar, mientras que los "utensilios" de pedernal habían sido tallados recientemente. 

Pierre Teilhard de Chardin
(1881-1955)
Allí fue Troya. Había que encontrar al autor del engaño. Smith Woodward había sido un hombre de indudable dedicación y excesivamente inocente; más aún, no sabía nada de Piltdown hasta que Dawson le llevó en 1912 los huesos originales. Teilhard era demasiado famoso como para que nadie se atreviera a realizar ni la más ligera indagación. Fue exonerado como un ingenuo y joven estudiante que, cuarenta años antes, había sido engañado y utilizado por el astuto Dawson. La teoría oficial fue que Dawson había actuado solo. Por lo demás, como comentaré más adelante, Dawson había demostrado gran afición a las falsificaciones. La ciencia profesional respiró aliviada: resultó avergonzada, pero absuelta. A nadie le importó que no tuviera los suficientes conocimientos de las varias disciplinas científicas necesarias para producir un fraude de tanto éxito. Necesitaba al menos un cómplice. Un científico con la preparación necesaria y el acceso al material necesario para la farsa: cráneos humanos, restos de mamíferos extintos, una mandíbula de orangután, y antiguas herramientas de piedra. Hubo quien se puso a indagar en el tema.

El asunto permaneció en el olvido hasta que en 1972 aparecieron dos libros sobre el tema: en uno de ellos se acusaba al anatomista australiano G. E. Smith de haber querido ridiculizar a Smith-Woodward con el fin de apropiarse de su cargo. En otro libro, publicado también en 1972, se inculpaba a otro conservador, el del museo de Hastings, de haber querido vengarse por una promesa incumplida efectuada por Charles Dawson, autor del descubrimiento del cráneo de Piltdown. Por su parte, el también paleontólogo, divulgador científico y profesor de Harvard Stephen Jay Gould era partidario de la responsabilizar a Teilhard de Chardin. En defensa de su punto de vista aportó abundantes pruebas en uno de sus siempre brillantes ensayos, La conspiración de Piltdown, publicado en 1983, que el lector puede encontrar en el muy recomendable Dientes de gallina y dedos de caballo (Drakontos, 2004).

Sin embargo, según el conocido geólogo, paleontólogo y divulgador inglés Lambert Beverly Halstead (New light on the Piltdown hoax? Nature 276, 11-13; 1978) el geólogo y profesor de Oxford A. Douglas dejó a su muerte una cinta magnética en la que señalaba que el autor de la falsificación fue su predecesor en la cátedra de Oxford William Johnson Sollas, que pretendía con ello desprestigiar a su rival, Woodward, por envidia profesional. 

Sir Arthur Keith (1866-1955)
El historiador Ian Langham de la Universidad de Sydney concluyó en 1984 que el trilero fue Arthur Keith, que simuló estar enfermo en la época de los descubrimientos. Sin embargo, el análisis de su diario, publicaciones y cartas ofrecen indicios de que mentía, y que intentó cubrirse en su diario. Sabiendo que el cráneo era patológicamente engrosado, fue fácilmente rastreado hasta el Royal College, donde Keith trabajaba, y que tiene la mayor colección de esqueletos patológicos del Reino Unido. Con anterioridad, Keith había sido acusado por colegas de publicar información falsa. Por ejemplo, en 1914, E. Smith escribió de él que tenía la tendencia de «publicar basura que él sabe que es falsa». En 1992, Phillip V. Tobias (Piltdown: An Appraisal of the Case against Sir Arthur Keith. Current Anthropology, 33 (3): 243–293) presentóalgunos ejemplos más de esta opinión de los colegas de Keith.

Parece que Keith tenía dos motivos para el fraude. Uno era el establecimiento de un concepto particular de la evolución humana, el otro era simplemente el ambicioso deseo de avanzar en la carrera académica. Keith creía que los ancestros humanos tenían cráneos esencialmente iguales a los actuales y que el espesor no era importante. Habría plantado los falsos fósiles para probar su teoría, al ver que las excavaciones en serio no daban muestras de antiguos cráneos de la forma “correcta” que el preconizaba. El otro motivo surge de que, de toda la gente involucrada en el affaire, Keith fue el que más se benefició en su carrera. Desde el comienzo, Keith aplaudió el “descubrimiento” con gran entusiasmo, llamando al fósil «uno de los descubrimientos más notables del siglo XX», un descubrimiento que, quizás no accidentalmente, verificaba toda su teoría acerca de los orígenes de la humanidad. En 1912, Keith no era miembro de la Royal Society, y su candidatura fue rechazada dos veces. Alcanzó el honor en 1913. En 1921, fue ennoblecido como Sir Arthur Keith. Murió en 1955, escapando a su descrédito.

Como corolario, es posible que Dawson y Keith actuaran en comandita. El arqueólogo Miles Russell, de la Universidad de Bournemouth, analizó la colección anticuaria de Dawson, y determinó que al menos 38 de sus especímenes eran falsificaciones. (Russell, M. Piltdown Man: The Secret Life of Charles Dawson, Tempus, 2003. The Piltdown Man Hoax: Case Closed, The History Press, 2012). Entre éstos se cuentan los dientes de un híbrido de reptil/mamífero, Plagiaulax dawsoni, “descubierto” en 1891 (cuyos dientes habían sido limados de la misma manera que los dientes del hombre de Piltdown lo serían unos 20 años más tarde. De sus publicaciones de antigüedades, la mayoría demuestran evidencia de plagio o al menos referencias ingenuas, Russell escribió: «Piltdown no fue un engaño aislado, sino la culminación de la obra de toda una vida». Para él, el caso está cerrado.

miércoles, 20 de julio de 2016

Fracking, asma y partos prematuros

Las personas con asma que viven cerca de los campos de gas natural no convencional operados mediante fractura hidráulica en Pensilvania son de 1,5 a cuatro veces más propensas a tener ataques de asma que los que viven más lejos, según demuestran los resultados de una nueva investigación del instituto de investigación médica Johns Hopkins Bloomberg de Baltimore, Estados Unidos.

Los resultados, publicados el pasado lunes 18 de julio en la revista JAMA Internal Medicine, se suman a un conjunto cada vez más creciente de evidencias científicas que vinculan a las actividades de fracking con problemas de salud. Precisamente, investigadores de la John Hopkins publicaron otro artículo en el que se relacionaban dichas actividades con los partos prematuros


Para dar una idea de la contaminación que afecta a los asmáticos de las zonas circundantes, los científicos subrayan que la perforación de un único pozo requiere al menos mil viajes de camiones pesados a través de carreteras rurales o de caminos de tierra abiertos ad hoc. Recuerdan también que en la última década se han perforado en Pensilvania 9.000 pozos, lo que implica nueve millones de viajes de camión. 

Para llevar a cabo el estudio, la investigadora Sara G. Rasmussen, primera firmante del artículo, y sus colegas analizaron los registros de salud desde 2005 hasta 2012 de Geisinger Health System, una compañía de asistencia médica que cubre 40 condados en el norte y el centro de Pensilvania. El banco de datos permitió a los investigadores del John Hopkins acceder a más de 35.000 pacientes de asma con edades comprendidas entre los 5 y los 90 años. Se identificaron 20.749 ataques leves (requieren tratamiento son corticosteroides), 1.870 moderados (requieren una visita a urgencias) y 4.782 ataques graves (requieren hospitalización). Luego cruzaron esos datos con la localización de los pozos y los compararon con los pacientes de asma que no tuvieron ataques en el mismo año.

Los que vivían más cerca de un campo de gas natural resultaron ser significativamente más propensos –entre 1.5 y cuatro veces más propensos- a sufrir-ataques de asma. Aunque los casos de ataques asmáticos se presentan a lo largo de todas las fases de desarrollo por fracking, los investigadores han encontrado que el incremento era mayor durante la fase de producción de gas, que puede durar muchos años. Los resultados se mantuvieron incluso cuando se tuvieron en cuenta otros factores que pueden favorecer los episodios de asma, incluyendo la proximidad a las carreteras principales, los antecedentes familiares, el tabaquismo, el nivel socioeconómico, y otros más.

El estudio no profundiza en cuáles son las causas específicas del incremento de casos alrededor de los campos, aunque los investigadores subrayan que la contaminación del aire y el aumento de los niveles de estrés provocados por el ruido, el tráfico y otros impactos asociados a la fractura hidráulica podrían desempeñar un papel determinante. Tal y como se señala en el artículo, investigaciones previas han puesto de relieve que el incremento del estrés está relacionado con un aumento sustancial del riesgo de ataques asmáticos.

Investigaciones anteriores han relacionado la industria de la fractura hidráulica, por ejemplo, a un aumento en los resultados reproductivos adversos tales como los nacimientos prematuros y bajo peso al nacer, y también a una variedad de síntomas, tales como las que afectan a la piel o al tracto respiratorio superior. Aunque la industria asegura que el fracking se ha convertido en una actividad más segura y limpia en los últimos años, los investigadores subrayan que tal cosa no se refleja en su estudio.

«Estamos preocupados por el creciente número de estudios que han observado efectos en la salud asociados con esta industria», dice el autor principal del estudio, Brian S. Schwartz, profesor en el Departamento de Ciencias de la Salud Ambiental de la Escuela Bloomberg. "Creemos que es el momento de analizar más cuidadosamente estas actividades desde el punto de vista de los impactos ambientales y de salud pública».