Hay animales que han tenido la
desgracia de tropezar con la literatura equivocada. Los lobos tuvieron a
Perrault. Los tiburones tuvieron a Spielberg. Y los murciélagos tuvieron a Bram
Stoker. Desde entonces, millones de personas siguen viendo en ellos poco más
que ratones alados especializados en transmitir enfermedades, enredarse en el
pelo de las señoras y protagonizar películas de serie B.
Es una injusticia notable, porque
los murciélagos, lejos de ser criaturas siniestras, constituyen uno de los
grupos zoológicos más útiles del planeta. Son polinizadores, dispersores de
semillas, ingenieros ecológicos, productores de fertilizante natural y, además,
una especie de ejército nocturno que trabaja gratis cada noche eliminando
cantidades industriales de insectos. Y por si eso fuera poco, algunos de ellos
han terminado colaborando —sin saberlo— con la neurología moderna y la
investigación farmacéutica.
Los murciélagos llevan en la
Tierra unos cincuenta millones de años. Son los únicos mamíferos que han
conquistado el vuelo verdadero, y lo hicieron desarrollando una ingeniería
biológica que todavía asombra a los físicos. Sus alas no son alas, exactamente,
sino manos hipertrofiadas: una membrana finísima de piel tensada entre dedos
descomunalmente largos. Un murciélago es, anatómicamente, una mano que aprendió
a volar.
Y luego está el asunto del radar.
Mucho antes de que los británicos inventaran el suyo para detectar bombarderos
alemanes, los murciélagos ya navegaban en la oscuridad mediante
ecolocalización. Emiten ultrasonidos y construyen una imagen acústica del mundo
a partir del eco. Gracias a ello son capaces de detectar un mosquito del tamaño
de una lenteja en mitad de la noche mientras vuelan a toda velocidad y esquivan
ramas, cables y compañeros de colonia.
Lo verdaderamente extraordinario
es la eficacia del sistema. Un solo murciélago insectívoro puede consumir
centenares de insectos en una noche. Algunas estimaciones hablan de entre
quinientos y mil mosquitos nocturnos en apenas unas horas de actividad. Y
determinadas especies llegan a ingerir cada noche hasta el equivalente a su
propio peso corporal en insectos.
Cuando uno multiplica eso por una
colonia entera, las cifras se vuelven absurdas. En ciertas cuevas de Texas
viven colonias de millones de individuos capaces de devorar entre 45 y 250
toneladas de insectos por noche. No es una metáfora: toneladas.
Desde el punto de vista agrícola,
esto equivale a disponer de una gigantesca flota aérea de insecticidas
biológicos trabajando todas las noches sin salario, sin combustible y sin
contaminar acuíferos. Polillas, escarabajos, grillos, mosquitos y otros insectos
potencialmente dañinos desaparecen gracias a ellos antes de reproducirse
masivamente. Diversos estudios han mostrado que donde faltan murciélagos
aumentan de forma notable las poblaciones de artrópodos y los daños en los
cultivos.
Y, sin embargo, seguimos
persiguiéndolos a escobazos. Parte del problema es que los murciélagos sufren
una extraordinaria campaña de desprestigio evolutivo. Son nocturnos, tienen
dientes pequeños y visibles, cuelgan boca abajo y algunas especies —muy pocas—
beben sangre. Todo eso resulta fatal para las relaciones públicas.
En realidad, de las más de mil
cuatrocientas especies conocidas de murciélagos, apenas tres son hematófagas.
Tres. Todas pertenecen a América Latina y se alimentan fundamentalmente de
sangre de aves o ganado. El más conocido es Desmodus rotundus, un animal
bastante menos terrorífico de lo que sugieren las novelas góticas.
Su técnica alimentaria es tan
refinada que parece diseñada por un cirujano vascular, una especie de doctor
Jekyll con inclinaciones criminales. El murciélago aterriza cerca de la
víctima, realiza una pequeña incisión casi indolora con los dientes y comienza
a lamer la sangre que fluye. El detalle importante es que la sangre no coagula.
Y no coagula porque la saliva del murciélago contiene una sofisticada
combinación de anticoagulantes, vasodilatadores y compuestos anestésicos
desarrollados por la selección natural durante millones de años.
Y aquí es donde la historia se
vuelve inesperadamente médica. Los investigadores descubrieron que la saliva de
estos murciélagos contenía moléculas extraordinariamente eficaces para impedir
la coagulación sanguínea. Una de ellas recibió el apropiadísimo nombre de
draculina. Otra, más famosa aún, fue la desmoteplasa, una enzima derivada de la
saliva de Desmodus rotundus capaz de disolver coágulos sanguíneos.
La neurología se interesó
inmediatamente por el asunto. El gran problema del ictus isquémico consiste en
que una arteria cerebral queda bloqueada por un trombo. Cada minuto mueren
millones de neuronas privadas de oxígeno. La idea de utilizar una sustancia
inspirada en la saliva de un murciélago vampiro para destruir esos coágulos
parecía salida de una novela de Michael Crichton, pero durante años la
desmoteplasa fue estudiada como posible tratamiento para accidentes
cerebrovasculares agudos.
Los resultados clínicos fueron
variables y el compuesto no terminó convirtiéndose en el tratamiento estándar,
pero abrió nuevas líneas de investigación sobre trombolíticos más seguros y
específicos. Y todo gracias a un pequeño mamífero nocturno que solo intentaba
cenar tranquilamente una vaca dormida. No deja de ser una ironía deliciosa: el
mismo animal que durante siglos simbolizó la enfermedad y la muerte terminó
proporcionando pistas para combatirlas.
Y no es el único servicio que
prestan. Muchos murciélagos tropicales son además polinizadores fundamentales.
Sin ellos desaparecerían o disminuirían numerosas plantas nocturnas. Los
agaves, por ejemplo, dependen en gran medida de murciélagos nectarívoros. De
modo que una parte apreciable de la industria del tequila existe gracias a unos
mamíferos voladores que la mayoría de la gente considera poco menos que
demonios con alas.
Otros dispersan semillas a
enormes distancias y ayudan a regenerar selvas enteras. En algunos bosques
tropicales, buena parte de las semillas que llegan al suelo han pasado antes
por el aparato digestivo de un murciélago.
Incluso sus excrementos resultan
valiosos. El guano de murciélago fue durante décadas un fertilizante muy
cotizado por su riqueza en nitrógeno y fósforo. Algunas cuevas norteamericanas
llegaron a explotarse industrialmente para extraer toneladas de él.
Todo esto convierte a los
murciélagos en uno de esos raros casos en que la naturaleza parece trabajar
simultáneamente para la agricultura, la ecología y la medicina. Y, aun así,
basta que uno aparezca revoloteando una noche de verano para que media familia
salga huyendo como si hubiera regresado la peste negra.
Tal vez el verdadero problema de los murciélagos sea simplemente estético. Un panda come bambú y parece un peluche diplomático. Un murciélago cuelga cabeza abajo mostrando los dientes y parece un ministro de Hacienda. La biología tiene esas injusticias.