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domingo, 17 de mayo de 2026

LA FARMACIA SECRETA DE LOS MURCIÉLAGOS Y LA MALA PRENSA DE UNOS ANIMALES EXTRAORDINARIOS

 

Hay animales que han tenido la desgracia de tropezar con la literatura equivocada. Los lobos tuvieron a Perrault. Los tiburones tuvieron a Spielberg. Y los murciélagos tuvieron a Bram Stoker. Desde entonces, millones de personas siguen viendo en ellos poco más que ratones alados especializados en transmitir enfermedades, enredarse en el pelo de las señoras y protagonizar películas de serie B.

Es una injusticia notable, porque los murciélagos, lejos de ser criaturas siniestras, constituyen uno de los grupos zoológicos más útiles del planeta. Son polinizadores, dispersores de semillas, ingenieros ecológicos, productores de fertilizante natural y, además, una especie de ejército nocturno que trabaja gratis cada noche eliminando cantidades industriales de insectos. Y por si eso fuera poco, algunos de ellos han terminado colaborando —sin saberlo— con la neurología moderna y la investigación farmacéutica.

Los murciélagos llevan en la Tierra unos cincuenta millones de años. Son los únicos mamíferos que han conquistado el vuelo verdadero, y lo hicieron desarrollando una ingeniería biológica que todavía asombra a los físicos. Sus alas no son alas, exactamente, sino manos hipertrofiadas: una membrana finísima de piel tensada entre dedos descomunalmente largos. Un murciélago es, anatómicamente, una mano que aprendió a volar.

Y luego está el asunto del radar. Mucho antes de que los británicos inventaran el suyo para detectar bombarderos alemanes, los murciélagos ya navegaban en la oscuridad mediante ecolocalización. Emiten ultrasonidos y construyen una imagen acústica del mundo a partir del eco. Gracias a ello son capaces de detectar un mosquito del tamaño de una lenteja en mitad de la noche mientras vuelan a toda velocidad y esquivan ramas, cables y compañeros de colonia.

Lo verdaderamente extraordinario es la eficacia del sistema. Un solo murciélago insectívoro puede consumir centenares de insectos en una noche. Algunas estimaciones hablan de entre quinientos y mil mosquitos nocturnos en apenas unas horas de actividad. Y determinadas especies llegan a ingerir cada noche hasta el equivalente a su propio peso corporal en insectos.

Cuando uno multiplica eso por una colonia entera, las cifras se vuelven absurdas. En ciertas cuevas de Texas viven colonias de millones de individuos capaces de devorar entre 45 y 250 toneladas de insectos por noche. No es una metáfora: toneladas.

Desde el punto de vista agrícola, esto equivale a disponer de una gigantesca flota aérea de insecticidas biológicos trabajando todas las noches sin salario, sin combustible y sin contaminar acuíferos. Polillas, escarabajos, grillos, mosquitos y otros insectos potencialmente dañinos desaparecen gracias a ellos antes de reproducirse masivamente. Diversos estudios han mostrado que donde faltan murciélagos aumentan de forma notable las poblaciones de artrópodos y los daños en los cultivos.

Y, sin embargo, seguimos persiguiéndolos a escobazos. Parte del problema es que los murciélagos sufren una extraordinaria campaña de desprestigio evolutivo. Son nocturnos, tienen dientes pequeños y visibles, cuelgan boca abajo y algunas especies —muy pocas— beben sangre. Todo eso resulta fatal para las relaciones públicas.

En realidad, de las más de mil cuatrocientas especies conocidas de murciélagos, apenas tres son hematófagas. Tres. Todas pertenecen a América Latina y se alimentan fundamentalmente de sangre de aves o ganado. El más conocido es Desmodus rotundus, un animal bastante menos terrorífico de lo que sugieren las novelas góticas.

Su técnica alimentaria es tan refinada que parece diseñada por un cirujano vascular, una especie de doctor Jekyll con inclinaciones criminales. El murciélago aterriza cerca de la víctima, realiza una pequeña incisión casi indolora con los dientes y comienza a lamer la sangre que fluye. El detalle importante es que la sangre no coagula. Y no coagula porque la saliva del murciélago contiene una sofisticada combinación de anticoagulantes, vasodilatadores y compuestos anestésicos desarrollados por la selección natural durante millones de años.

Y aquí es donde la historia se vuelve inesperadamente médica. Los investigadores descubrieron que la saliva de estos murciélagos contenía moléculas extraordinariamente eficaces para impedir la coagulación sanguínea. Una de ellas recibió el apropiadísimo nombre de draculina. Otra, más famosa aún, fue la desmoteplasa, una enzima derivada de la saliva de Desmodus rotundus capaz de disolver coágulos sanguíneos.

La neurología se interesó inmediatamente por el asunto. El gran problema del ictus isquémico consiste en que una arteria cerebral queda bloqueada por un trombo. Cada minuto mueren millones de neuronas privadas de oxígeno. La idea de utilizar una sustancia inspirada en la saliva de un murciélago vampiro para destruir esos coágulos parecía salida de una novela de Michael Crichton, pero durante años la desmoteplasa fue estudiada como posible tratamiento para accidentes cerebrovasculares agudos.

Los resultados clínicos fueron variables y el compuesto no terminó convirtiéndose en el tratamiento estándar, pero abrió nuevas líneas de investigación sobre trombolíticos más seguros y específicos. Y todo gracias a un pequeño mamífero nocturno que solo intentaba cenar tranquilamente una vaca dormida. No deja de ser una ironía deliciosa: el mismo animal que durante siglos simbolizó la enfermedad y la muerte terminó proporcionando pistas para combatirlas.

Y no es el único servicio que prestan. Muchos murciélagos tropicales son además polinizadores fundamentales. Sin ellos desaparecerían o disminuirían numerosas plantas nocturnas. Los agaves, por ejemplo, dependen en gran medida de murciélagos nectarívoros. De modo que una parte apreciable de la industria del tequila existe gracias a unos mamíferos voladores que la mayoría de la gente considera poco menos que demonios con alas.

Otros dispersan semillas a enormes distancias y ayudan a regenerar selvas enteras. En algunos bosques tropicales, buena parte de las semillas que llegan al suelo han pasado antes por el aparato digestivo de un murciélago.

Incluso sus excrementos resultan valiosos. El guano de murciélago fue durante décadas un fertilizante muy cotizado por su riqueza en nitrógeno y fósforo. Algunas cuevas norteamericanas llegaron a explotarse industrialmente para extraer toneladas de él.

Todo esto convierte a los murciélagos en uno de esos raros casos en que la naturaleza parece trabajar simultáneamente para la agricultura, la ecología y la medicina. Y, aun así, basta que uno aparezca revoloteando una noche de verano para que media familia salga huyendo como si hubiera regresado la peste negra.

Tal vez el verdadero problema de los murciélagos sea simplemente estético. Un panda come bambú y parece un peluche diplomático. Un murciélago cuelga cabeza abajo mostrando los dientes y parece un ministro de Hacienda. La biología tiene esas injusticias.