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sábado, 24 de octubre de 2026

QUERIDAS SEÑORAS: USTEDES SE MERECEN TODOS LOS DERECHOS QUE TENÍAN CON FRANCO

 Carta abierta a tres mujeres que levantan el brazo sosteniendo una bandera franquista

Queridas señoras:

He visto una fotografía en la que aparecen ustedes tres, sonrientes, con gafas de sol, una de ellas tocada con un elegante sombrero y todas levantando el brazo derecho ante una bandera con el águila de San Juan, el escudo que presidió buena parte de la dictadura franquista. Parecen estar pasando una mañana estupenda. Y, como no hay razón para suponer que ignoran lo que llevan entre las manos, he pensado que quizá les gustaría recordar algunas de las ventajas que el régimen del general Franco reservaba a las mujeres españolas.

Permítanme que las felicite por su entusiasmo y que les proponga un programa reivindicativo a la altura de sus nostalgias. Porque eso de agitar banderas está muy bien, pero las convicciones, cuando son verdaderamente profundas, deben traducirse en propuestas concretas. Y ustedes tienen por delante un catálogo de derechos perdidos que merece la pena recuperar.

Empecemos por algo elemental: la obediencia al marido. Durante buena parte del franquismo, el Código Civil establecía que el marido debía proteger a la mujer y esta obedecer al marido. Una distribución de responsabilidades verdaderamente admirable por su sencillez. Él mandaba y ella obedecía. Se evitaban así esas discusiones matrimoniales tan desagradables en las que ambos cónyuges pretenden tener opiniones propias.

Por eso, queridas señoras, deberían exigir la recuperación de la licencia marital, aquella institución jurídica que obligaba a las mujeres casadas a obtener la autorización de sus maridos para realizar numerosos actos civiles y económicos. ¿Qué necesidad tiene una mujer de abrir una cuenta bancaria, firmar determinados contratos o disponer de sus bienes sin consultar antes al cabeza de familia? La independencia económica está sobrevalorada y, además, genera una cantidad considerable de papeleo.

Naturalmente, también habría que devolver al marido su antigua autoridad para fijar el domicilio conyugal. El artículo 58 del Código Civil obligaba a la esposa a seguirlo donde él decidiera establecer la residencia, con determinadas excepciones judiciales. Imaginen qué tranquilidad. Nada de discutir si conviene vivir en Madrid, en Cuenca o en Albacete. El marido elegía el destino y la mujer preparaba las maletas.

Pasemos al trabajo, ese invento que ha complicado extraordinariamente la existencia femenina. Durante los primeros decenios del franquismo, numerosas reglamentaciones laborales dificultaban o impedían que las mujeres casadas continuaran trabajando. En determinados sectores existía la llamada excedencia forzosa por matrimonio, una fórmula que permitía retirar a la mujer del empleo y devolverla a su ocupación natural: atender al esposo y criar a los hijos. Las reformas posteriores fueron eliminando esas restricciones, pero ustedes podrían reivindicar su restablecimiento. Al fin y al cabo, si una mujer tiene marido, ¿para qué necesita también una nómina?

Conviene recuperar asimismo las limitaciones profesionales. La Ley de 1961 todavía excluía a las mujeres de la carrera judicial y fiscal, entre otras ocupaciones. Aquella prohibición se suprimió en 1966, cuando el propio régimen reconoció que los supuestos motivos para proteger la sensibilidad femenina habían quedado superados. Una lástima. Imaginen el disgusto que debió de causar a quienes consideraban que una mujer podía soportar perfectamente los dolores del parto, pero no las responsabilidades de un juzgado.

En materia salarial también hay mucho terreno que recuperar. Aunque la legislación franquista terminó reconociendo formalmente el principio de igual retribución por trabajos de igual valor, las desigualdades laborales persistieron. Sería coherente que ustedes defendieran una remuneración inferior para las mujeres, no vaya a ser que una esposa gane más que su marido y se altere el orden natural de las cosas.

Pero donde verdaderamente brillaba aquel sistema era en la familia. El marido ocupaba una posición jurídica predominante y la patria potestad correspondía prioritariamente al padre. Las sucesivas reformas fueron desmontando aquella desigualdad. ¿No les parece una injusticia que hoy una madre pueda participar en pie de igualdad en las decisiones sobre sus hijos? ¿Qué será lo próximo? ¿Que los niños descubran que sus madres también tienen criterio?

Por supuesto, habría que recuperar la indisolubilidad del matrimonio. La dictadura derogó la legislación republicana sobre el divorcio y España no volvió a disponer de una ley de divorcio hasta 1981. Si un matrimonio fracasaba, los esposos podían separarse en determinadas circunstancias, pero no disolver el vínculo para contraer otro matrimonio. Eso sí que era defender la familia: mantener jurídicamente unidos a dos seres humanos incluso cuando ya no podían soportarse.

También deberían reclamar el regreso de los delitos de adulterio y amancebamiento, despenalizados en 1978. La legislación castigaba de forma diferente la infidelidad femenina y la masculina. Una mujer casada cometía adulterio por mantener relaciones sexuales con otro hombre; para castigar al marido por amancebamiento se exigían circunstancias específicas, como mantener una amante en el domicilio conyugal o hacerlo notoriamente fuera de él. Una magnífica demostración de que la moral podía ser universal en los sermones y bastante selectiva en los tribunales.

Y ya que hablamos de moral, no olvidemos la sexualidad. La legislación penal castigaba la difusión y comercialización de anticonceptivos hasta su reforma en 1978. El Estado consideraba oportuno intervenir en asuntos que hoy pertenecen a la intimidad de las personas. Sería estupendo recuperar aquella tutela, porque pocas cosas expresan mejor la libertad que un Gobierno decidiendo qué puede hacer una mujer con su propio cuerpo.

Las madres solteras merecen un capítulo especial. Durante el franquismo soportaron una intensa estigmatización social, agravada por la discriminación jurídica de los hijos nacidos fuera del matrimonio. La condición matrimonial de los padres determinaba diferencias en los derechos de los hijos. También aquí la democracia introdujo reformas decisivas. Qué tiempos aquellos en los que un niño podía comenzar su existencia con menos derechos por una circunstancia sobre la que no había tenido la menor posibilidad de opinar.

No quisiera terminar sin recordarles la educación femenina. La Sección Femenina de Falange desempeñó un papel fundamental en la difusión del ideal de esposa y madre abnegada. La formación doméstica, la costura, la cocina, la puericultura y las enseñanzas morales ocupaban un lugar destacado en aquel proyecto educativo, acompañado de una enseñanza habitualmente separada por sexos. Además, el Servicio Social femenino impuso a numerosas mujeres una prestación obligatoria cuyo cumplimiento era necesario para acceder a determinados empleos, títulos y trámites administrativos.

¿No sienten nostalgia? En lugar de perder el tiempo estudiando ingeniería, medicina o física nuclear, las muchachas podían prepararse para la elevada responsabilidad de conseguir que la camisa del marido estuviera impecablemente planchada. Y si alguna manifestaba inclinaciones científicas, siempre podía aplicar sus conocimientos al cálculo de las proporciones adecuadas para un buen cocido.

Queridas señoras, comprenderán que no se puede recuperar una época escogiendo solamente sus banderas, sus himnos y sus desfiles. También hay que aceptar sus leyes, sus prohibiciones y sus jerarquías. El franquismo no fue una colección de estampas antiguas con uniformes vistosos y brazos levantados. Fue una dictadura que estableció un determinado orden político, social y familiar, en el que las mujeres ocuparon durante décadas una posición jurídicamente subordinada.

Ignoro qué piensan ustedes realmente sobre el trabajo femenino, el divorcio, la independencia económica o la igualdad ante la ley. Una fotografía no permite averiguarlo. Tal vez defiendan todos esos derechos y consideren perfectamente compatible hacerlo con la exhibición de símbolos franquistas. En ese caso, la contradicción histórica merecería, cuando menos, alguna explicación.

Porque, si lo que desean recuperar es la España de Franco, quizá deberían comenzar por formular sus reivindicaciones con la claridad que merece una causa tan importante:

¡Queremos volver a necesitar permiso de nuestros maridos para trabajar, contratar y administrar nuestros bienes! ¡Queremos que ellos decidan dónde vivimos! ¡Queremos recuperar las restricciones profesionales, la desigualdad familiar y la autoridad marital! ¡Queremos que el Estado vuelva a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestro matrimonio! ¡Queremos educar a nuestras hijas para obedecer y servir!

Y, sobre todo, queridas señoras, no olviden la reivindicación que resume admirablemente todo el programa:

¡PORQUE NO QUEREMOS DECIDIR SOBRE NUESTRAS VIDAS!

¡QUEREMOS QUE DECIDAN POR NOSOTRAS!

Reciban un cordial saludo y mis mejores deseos. Eso sí, si consiguen recuperar íntegramente aquel ordenamiento jurídico, recuerden pedir autorización a sus maridos antes de responder a esta carta. No vaya a ser que tanta independencia termine por estropearles la nostalgia.