Carta abierta a tres mujeres que levantan el brazo sosteniendo una bandera franquista
Queridas señoras:
He visto una fotografía en
la que aparecen ustedes tres, sonrientes, con gafas de sol, una de ellas tocada
con un elegante sombrero y todas levantando el brazo derecho ante una bandera
con el águila de San Juan, el escudo que presidió buena parte de la dictadura
franquista. Parecen estar pasando una mañana estupenda. Y, como no hay razón
para suponer que ignoran lo que llevan entre las manos, he pensado que quizá
les gustaría recordar algunas de las ventajas que el régimen del general Franco
reservaba a las mujeres españolas.
Permítanme que las felicite
por su entusiasmo y que les proponga un programa reivindicativo a la altura de
sus nostalgias. Porque eso de agitar banderas está muy bien, pero las
convicciones, cuando son verdaderamente profundas, deben traducirse en propuestas
concretas. Y ustedes tienen por delante un catálogo de derechos perdidos que
merece la pena recuperar.
Empecemos por algo
elemental: la obediencia al marido. Durante buena parte del franquismo, el
Código Civil establecía que el marido debía proteger a la mujer y esta obedecer
al marido. Una distribución de responsabilidades verdaderamente admirable por
su sencillez. Él mandaba y ella obedecía. Se evitaban así esas discusiones
matrimoniales tan desagradables en las que ambos cónyuges pretenden tener
opiniones propias.
Por eso, queridas señoras,
deberían exigir la recuperación de la licencia marital, aquella institución
jurídica que obligaba a las mujeres casadas a obtener la autorización de sus
maridos para realizar numerosos actos civiles y económicos. ¿Qué necesidad
tiene una mujer de abrir una cuenta bancaria, firmar determinados contratos o
disponer de sus bienes sin consultar antes al cabeza de familia? La
independencia económica está sobrevalorada y, además, genera una cantidad
considerable de papeleo.
Naturalmente, también habría
que devolver al marido su antigua autoridad para fijar el domicilio conyugal.
El artículo 58 del Código Civil obligaba a la esposa a seguirlo donde él
decidiera establecer la residencia, con determinadas excepciones judiciales.
Imaginen qué tranquilidad. Nada de discutir si conviene vivir en Madrid, en
Cuenca o en Albacete. El marido elegía el destino y la mujer preparaba las
maletas.
Pasemos al trabajo, ese
invento que ha complicado extraordinariamente la existencia femenina. Durante
los primeros decenios del franquismo, numerosas reglamentaciones laborales
dificultaban o impedían que las mujeres casadas continuaran trabajando. En determinados
sectores existía la llamada excedencia forzosa por matrimonio, una fórmula que
permitía retirar a la mujer del empleo y devolverla a su ocupación natural:
atender al esposo y criar a los hijos. Las reformas posteriores fueron
eliminando esas restricciones, pero ustedes podrían reivindicar su
restablecimiento. Al fin y al cabo, si una mujer tiene marido, ¿para qué
necesita también una nómina?
Conviene recuperar asimismo
las limitaciones profesionales. La Ley de 1961 todavía excluía a las mujeres de
la carrera judicial y fiscal, entre otras ocupaciones. Aquella prohibición se
suprimió en 1966, cuando el propio régimen reconoció que los supuestos motivos
para proteger la sensibilidad femenina habían quedado superados. Una lástima.
Imaginen el disgusto que debió de causar a quienes consideraban que una mujer
podía soportar perfectamente los dolores del parto, pero no las
responsabilidades de un juzgado.
En materia salarial también
hay mucho terreno que recuperar. Aunque la legislación franquista terminó
reconociendo formalmente el principio de igual retribución por trabajos de
igual valor, las desigualdades laborales persistieron. Sería coherente que ustedes
defendieran una remuneración inferior para las mujeres, no vaya a ser que una
esposa gane más que su marido y se altere el orden natural de las cosas.
Pero donde verdaderamente
brillaba aquel sistema era en la familia. El marido ocupaba una posición
jurídica predominante y la patria potestad correspondía prioritariamente al
padre. Las sucesivas reformas fueron desmontando aquella desigualdad. ¿No les
parece una injusticia que hoy una madre pueda participar en pie de igualdad en
las decisiones sobre sus hijos? ¿Qué será lo próximo? ¿Que los niños descubran
que sus madres también tienen criterio?
Por supuesto, habría que
recuperar la indisolubilidad del matrimonio. La dictadura derogó la legislación
republicana sobre el divorcio y España no volvió a disponer de una ley de
divorcio hasta 1981. Si un matrimonio fracasaba, los esposos podían separarse
en determinadas circunstancias, pero no disolver el vínculo para contraer otro
matrimonio. Eso sí que era defender la familia: mantener jurídicamente unidos a
dos seres humanos incluso cuando ya no podían soportarse.
También deberían reclamar el
regreso de los delitos de adulterio y amancebamiento, despenalizados en 1978.
La legislación castigaba de forma diferente la infidelidad femenina y la
masculina. Una mujer casada cometía adulterio por mantener relaciones sexuales
con otro hombre; para castigar al marido por amancebamiento se exigían
circunstancias específicas, como mantener una amante en el domicilio conyugal o
hacerlo notoriamente fuera de él. Una magnífica demostración de que la moral
podía ser universal en los sermones y bastante selectiva en los tribunales.
Y ya que hablamos de moral,
no olvidemos la sexualidad. La legislación penal castigaba la difusión y
comercialización de anticonceptivos hasta su reforma en 1978. El Estado
consideraba oportuno intervenir en asuntos que hoy pertenecen a la intimidad de
las personas. Sería estupendo recuperar aquella tutela, porque pocas cosas
expresan mejor la libertad que un Gobierno decidiendo qué puede hacer una mujer
con su propio cuerpo.
Las madres solteras merecen
un capítulo especial. Durante el franquismo soportaron una intensa
estigmatización social, agravada por la discriminación jurídica de los hijos
nacidos fuera del matrimonio. La condición matrimonial de los padres
determinaba diferencias en los derechos de los hijos. También aquí la
democracia introdujo reformas decisivas. Qué tiempos aquellos en los que un
niño podía comenzar su existencia con menos derechos por una circunstancia
sobre la que no había tenido la menor posibilidad de opinar.
No quisiera terminar sin
recordarles la educación femenina. La Sección Femenina de Falange desempeñó un
papel fundamental en la difusión del ideal de esposa y madre abnegada. La
formación doméstica, la costura, la cocina, la puericultura y las enseñanzas morales
ocupaban un lugar destacado en aquel proyecto educativo, acompañado de una
enseñanza habitualmente separada por sexos. Además, el Servicio Social femenino
impuso a numerosas mujeres una prestación obligatoria cuyo cumplimiento era
necesario para acceder a determinados empleos, títulos y trámites
administrativos.
¿No sienten nostalgia? En
lugar de perder el tiempo estudiando ingeniería, medicina o física nuclear, las
muchachas podían prepararse para la elevada responsabilidad de conseguir que la
camisa del marido estuviera impecablemente planchada. Y si alguna manifestaba
inclinaciones científicas, siempre podía aplicar sus conocimientos al cálculo
de las proporciones adecuadas para un buen cocido.
Queridas señoras,
comprenderán que no se puede recuperar una época escogiendo solamente sus
banderas, sus himnos y sus desfiles. También hay que aceptar sus leyes, sus
prohibiciones y sus jerarquías. El franquismo no fue una colección de estampas
antiguas con uniformes vistosos y brazos levantados. Fue una dictadura que
estableció un determinado orden político, social y familiar, en el que las
mujeres ocuparon durante décadas una posición jurídicamente subordinada.
Ignoro qué piensan ustedes
realmente sobre el trabajo femenino, el divorcio, la independencia económica o
la igualdad ante la ley. Una fotografía no permite averiguarlo. Tal vez
defiendan todos esos derechos y consideren perfectamente compatible hacerlo con
la exhibición de símbolos franquistas. En ese caso, la contradicción histórica
merecería, cuando menos, alguna explicación.
Porque, si lo que desean
recuperar es la España de Franco, quizá deberían comenzar por formular sus
reivindicaciones con la claridad que merece una causa tan importante:
¡Queremos volver a necesitar
permiso de nuestros maridos para trabajar, contratar y administrar nuestros
bienes! ¡Queremos que ellos decidan dónde vivimos! ¡Queremos recuperar las
restricciones profesionales, la desigualdad familiar y la autoridad marital!
¡Queremos que el Estado vuelva a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestro
matrimonio! ¡Queremos educar a nuestras hijas para obedecer y servir!
Y, sobre todo, queridas
señoras, no olviden la reivindicación que resume admirablemente todo el
programa:
¡PORQUE NO QUEREMOS DECIDIR
SOBRE NUESTRAS VIDAS!
¡QUEREMOS QUE DECIDAN POR
NOSOTRAS!
Reciban un cordial saludo y mis mejores deseos. Eso sí, si consiguen recuperar íntegramente aquel ordenamiento jurídico, recuerden pedir autorización a sus maridos antes de responder a esta carta. No vaya a ser que tanta independencia termine por estropearles la nostalgia.
