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viernes, 25 de septiembre de 2026

NO, EL PETRÓLEO NO PROCEDE DE LOS DINOSAURIOS

 

Hace unos días cayó en mis manos una de esas revelaciones que circulan por Internet con la tranquilizadora seguridad de quien acaba de descubrir algo que miles de geólogos, químicos y compañías petroleras llevan un siglo empeñados en ocultar. El mensaje preguntaba por qué «la ciencia oficial» no quiere que sepamos el verdadero origen del petróleo. Nos han hecho creer, decía, que procede de dinosaurios y plantas muertas, cuando en realidad se fabrica continuamente en las profundidades de la Tierra. Como prueba, aseguraba que aparece donde nunca hubo vida, que algunos pozos agotados vuelven a llenarse y que se encuentran hidrocarburos a profundidades donde ningún dinosaurio sensato habría podido llegar.

La conclusión era formidable. El petróleo no sería un recurso finito, sino que se regeneraría constantemente. La historia de su escasez habría sido inventada para controlar los precios, provocar guerras y mantenernos sometidos al sistema energético. Es una teoría atractiva porque contiene varias afirmaciones verdaderas. El problema es que ninguna demuestra la conclusión.

Empecemos por hacer justicia a los dinosaurios. El petróleo no procede de ellos. La imagen del Tyrannosaurus rex convirtiéndose lentamente en gasolina es una simplificación infantil. Cuando llenamos el depósito estamos quemando principalmente restos transformados de organismos muchísimo menos espectaculares: algas, bacterias, fitoplancton y otra materia orgánica que vivió hace decenas o centenares de millones de años.

En mares y lagos productivos, enormes cantidades de organismos microscópicos nacen y mueren. La mayor parte se descompone, pero en determinados fondos pobres en oxígeno una fracción queda enterrada bajo nuevos sedimentos. Presión, temperatura y millones de años hacen el resto. La materia orgánica se transforma primero en kerógeno, una compleja mezcla de grandes moléculas orgánicas, y después, si alcanza las condiciones térmicas adecuadas, en petróleo y gas.

Tenemos una prueba particularmente hermosa de ese origen biológico: el petróleo contiene fósiles. No fósiles con huesos o conchas, sino fósiles moleculares. Son los biomarcadores, moléculas cuya arquitectura química conserva el recuerdo de sustancias que alguna vez formaron parte de seres vivos. Entre ellas aparecen hopanos relacionados con lípidos bacterianos, esteranos derivados de esteroles de organismos eucariotas y porfirinas emparentadas con pigmentos biológicos.

Los geoquímicos utilizan esos biomarcadores, junto con los isótopos del carbono y otros indicadores, para comparar un petróleo con las posibles rocas madre que lo generaron. Y aquí surge un pequeño inconveniente para la teoría conspirativa: estas técnicas no las utilizan solamente científicos universitarios. También las emplean las compañías petroleras para decidir dónde perforar. Sería un negocio curioso invertir miles de millones buscando petróleo mediante una teoría que se sabe falsa.

Ahora viene lo interesante, porque quienes hablan del petróleo abiótico tienen razón en algo fundamental. La Tierra puede fabricar hidrocarburos sin intervención de la vida.

Determinadas reacciones entre agua y rocas del manto pueden producir hidrógeno que, bajo ciertas condiciones, reacciona con carbono inorgánico y forma metano y otros hidrocarburos. También existen hidrocarburos y moléculas orgánicas en meteoritos y otros cuerpos del Sistema Solar. La química del carbono no necesita presentar un certificado de nacimiento expedido por una célula.

En enero de 2026 un equipo japonés aportó una observación especialmente interesante. Mitsukawa y colaboradores estudiaron un fragmento de peridotita procedente del manto superior bajo Tahití. En diminutas inclusiones atrapadas en sus minerales encontraron hidrocarburos aromáticos policíclicos. Las características geoquímicas indicaban que aquellas moléculas se habían formado a gran profundidad sin intervención biológica.

Titular posible para Internet: «Científicos demuestran que el petróleo se fabrica en el interior de la Tierra». Sólo habría un pequeño problema: no encontraron petróleo. Encontraron moléculas orgánicas abióticas. Es fascinante porque demuestra que la química profunda de la Tierra puede fabricar compuestos orgánicos complejos. Pero de ahí a concluir que los grandes campos petrolíferos de Arabia, Texas o Venezuela proceden del manto hay una distancia considerable.

Además, sabemos reconocer los hidrocarburos abióticos. En un trabajo clásico publicado en Nature en 2002, Barbara Sherwood Lollar y sus colaboradores estudiaron metano, etano, propano y butano presentes en rocas cristalinas del Escudo Canadiense. Los isótopos de carbono e hidrógeno mostraron un patrón de formación abiótica distinto del de los hidrocarburos generados a partir de materia orgánica. Precisamente porque podemos distinguirlos, sabemos que una aportación abiótica importante no explica los grandes reservorios comerciales conocidos.

Otro argumento frecuente asegura que se encuentra petróleo en lugares donde jamás hubo suficiente vida para producirlo. Es cierto, pero tiene una explicación sencilla: el petróleo viaja.

Una vez formado en una roca madre puede migrar a través de poros, fracturas y estratos permeables hasta encontrar una roca porosa donde acumularse y otra impermeable que actúe como sello. Preguntarse cómo puede haber petróleo en una roca que nunca tuvo suficiente materia orgánica equivale a preguntarse cómo puede salir agua de un grifo si dentro de la tubería nunca ha llovido.

Quedan los famosos pozos que «se rellenan solos». Un yacimiento no es una enorme caverna llena de petróleo. Normalmente es una roca porosa cuyos diminutos espacios contienen petróleo, gas y agua. Al extraerlos modificamos las presiones y pueden continuar llegando hidrocarburos desde zonas menos permeables o compartimentos conectados. Además, un pozo «agotado» no está necesariamente vacío: muchas veces significa que seguir explotándolo dejó de resultar rentable. Nuevas técnicas pueden recuperar petróleo que siempre estuvo allí.

También puede continuar llegando petróleo mediante migración natural. Pero rellenar un depósito no equivale a fabricar su contenido. Si vaciamos un pozo de agua y al cabo de unos días vuelve a tenerla, nadie concluye que las paredes hayan aprendido a fabricar H₂O.

Y llegamos así al error fundamental: confundir formación natural con recurso renovable. Actualmente continúa formándose petróleo a partir de materia orgánica enterrada y también se producen hidrocarburos mediante procesos abióticos. Del mismo modo, siguen formándose montañas y rocas sedimentarias. La Tierra no ha dejado de trabajar porque nosotros hayamos aparecido.

Pero para decidir si un recurso es renovable importa la velocidad. Un bosque puede recuperarse en décadas y un embalse llenarse durante una temporada lluviosa. Un sistema petrolero necesita habitualmente millones de años para generar, transportar y concentrar cantidades importantes de hidrocarburos. Nosotros podemos extraerlas en unas décadas.

Decir que el petróleo es renovable porque todavía se está formando sería como declarar renovables las cordilleras porque el Himalaya continúa elevándose unos milímetros cada año.

La historia del petróleo abiótico resulta, por eso, mucho más interesante que una simple falsedad de Internet. Empieza desmontando algo que efectivamente es falso —el petróleo no procede de dinosaurios—, continúa recordándonos otro hecho verdadero —la naturaleza puede fabricar hidrocarburos sin organismos— y termina dando un salto para el que no existen pruebas: que nuestros grandes yacimientos son depósitos inagotables alimentados continuamente desde las profundidades.

Cada vez que repostamos estamos quemando una colección extraordinaria de moléculas. Parte de sus átomos de carbono estuvo hace millones de años en organismos microscópicos suspendidos en mares desaparecidos. Murieron, escaparon de la descomposición, quedaron enterrados, se transformaron, se cocinaron lentamente, migraron a través de las rocas y tuvieron la extraordinaria fortuna geológica de encontrar una trampa que los retuviera hasta que nosotros aparecimos con una perforadora.

No necesitamos dinosaurios. La verdadera historia es bastante más extraordinaria.

miércoles, 19 de agosto de 2026

LA DIETA DEL CHUCRUT: CUANDO UN ALIMENTO MILENARIO LLEGA A WASHINGTON

 

Robert F. Kennedy Jr. tiene una manera peculiar de desayunar. A las seis y media de la mañana puede sentarse ante un filete acompañado de una buena ración de chucrut. Sin pan, sin tostadas, sin fruta. Carne y col fermentada. El procedimiento parece tener incluso sus reglas: un bocado de carne, otro de chucrut. Durante algún tiempo Kennedy llegó a llevar su propio chucrut a los restaurantes, costumbre que abandonó después de descubrir que los demás comensales no compartían necesariamente su entusiasmo por el penetrante aroma de la col fermentada.

Kennedy asegura que siguiendo este régimen perdió unos nueve kilos en veinte días. Lo denomina dieta carnívora, aunque sería más exacto describirla como una peculiar combinación de carne y alimentos fermentados. Su principal inspirador es Sean O'Mara, médico estadounidense que promociona una modalidad llamada living carnivore diet. La idea ha encontrado seguidores en los círculos políticos próximos a la Administración Trump y ha adquirido un nombre mucho más comercial: steak-and-sauerkraut diet, la dieta del filete y el chucrut.

Como ocurre con muchas modas alimentarias, contiene una parte sensata, otra discutible y una tercera magníficamente diseñada para las redes sociales.

La parte sensata es el chucrut.

La fermentación nos acompaña desde hace unos ocho mil años. En China se elaboraba hacia el 7000 a. C. una bebida fermentada de arroz, miel y frutas, y milenios después sumerios, babilonios y egipcios bebían cerveza y otras bebidas fermentadas con suficiente entusiasmo para demostrar que algunas costumbres humanas poseen una extraordinaria resistencia al paso del tiempo.

Pero la fermentación nos dio bastante más que alcohol. Las levaduras producen el dióxido de carbono que hace subir la masa del pan y las bacterias lácticas generan ácido láctico, que permitió conservar alimentos mucho antes de que existieran frigoríficos. Miso, masa madre, vinagre, kimchi, chucrut, queso, kéfir y yogur son descendientes de aquellos experimentos. La humanidad aprendió a utilizar microorganismos miles de años antes de descubrir que existían.

Hubo que esperar a Pasteur para comprender que detrás de la fermentación había seres vivos y a Eduard Buchner para descubrir, en 1897, que un extracto de levaduras trituradas podía seguir fermentando azúcar aunque ya no hubiera células intactas. Aquello abrió el camino al descubrimiento de las enzimas y le proporcionó el Nobel de Química.

El chucrut es otro producto de ese viejo matrimonio entre humanos y microbios. Se obtiene dejando que bacterias lácticas fermenten los azúcares de la col en presencia de sal. Producen ácido láctico, baja el pH y la col puede conservarse durante mucho tiempo. Si después no se pasteuriza, puede llegar a nuestra mesa con microorganismos vivos.

Y eso interesa porque nuestro intestino alberga una comunidad extraordinaria de bacterias, arqueas, hongos y virus: la microbiota intestinal. No son simples pasajeros. Intervienen en la digestión, producen sustancias que utilizamos e interactúan con nuestro sistema inmunitario. Somos, en cierto sentido, un ecosistema ambulante.

Por eso la idea de que los fermentados pueden ser beneficiosos no es ninguna extravagancia. Un ensayo publicado en Cell en 2021 comparó una dieta rica en fibra con otra abundante en alimentos fermentados. En quienes aumentaron el consumo de yogur, kéfir, kimchi, chucrut y otros fermentados creció la diversidad de la microbiota intestinal y disminuyeron varios marcadores inflamatorios. Era un estudio pequeño y no convierte al chucrut en medicamento, pero proporcionó evidencia experimental interesante.

Hasta aquí, Kennedy pisa terreno bastante firme. También acierta al eliminar buena parte de los ultraprocesados y azúcares añadidos. El problema comienza cuando de ahí se concluye que debemos prescindir de legumbres, cereales integrales, frutas y buena parte de las verduras.

Precisamente muchas bacterias intestinales viven de sustancias vegetales que nosotros no podemos digerir. La fibra llega al colon, donde los microorganismos la fermentan y producen, entre otras sustancias, ácidos grasos de cadena corta beneficiosos para las células intestinales.

Ahí está la gran paradoja de la dieta del chucrut: pretende cuidar la microbiota mientras elimina buena parte de lo que la alimenta. Podemos tomar kéfir y comer lentejas. A nuestras bacterias no les importará.

El segundo problema es la carne roja. Kennedy dice consumirla unas dos veces al día. Numerosos estudios epidemiológicos han asociado un consumo elevado, especialmente de carne procesada, con mayor riesgo de cáncer colorrectal, enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. Eso no significa que comerse un filete equivalga a fumarse un paquete de cigarrillos. Significa algo bastante menos espectacular: convertir la carne roja en el centro de prácticamente todas las comidas no parece una idea especialmente respaldada por la evidencia.

Y está el planeta. Los rumiantes poseen microorganismos intestinales capaces de digerir la celulosa, una formidable innovación evolutiva con un pequeño inconveniente atmosférico: durante esa fermentación producen metano, que expulsan principalmente mediante eructos. El metano es un potentísimo gas de efecto invernadero. Si añadimos estiércol, piensos, ocupación de tierras y deforestación, la carne de vacuno presenta una huella climática muy superior a la de las proteínas vegetales y a la mayoría de las demás fuentes animales. Dos filetes diarios pueden ser discutibles nutricionalmente; como modelo alimentario para millones de personas lo son también climáticamente.

Y queda la sal. Para fabricar chucrut hay que salar la col y esa sal no desaparece por cortesía cuando termina la fermentación. Una ración generosa puede aportar varios cientos de miligramos de sodio. Convertirla en acompañamiento obligatorio de dos grandes raciones diarias de carne puede elevar considerablemente su consumo.

Tampoco deberíamos dejarnos impresionar demasiado por los nueve kilos que Kennedy asegura haber perdido en veinte días. Al reducir drásticamente los hidratos de carbono se agotan las reservas de glucógeno y se pierde también el agua asociada a ellas. Después puede perderse grasa si, como suele ocurrir con una dieta muy restrictiva, acabamos comiendo menos. Nada de eso demuestra que la combinación de bistec y chucrut posea poderes metabólicos especiales.

Las dietas extremas cuentan, además, con una formidable ventaja comercial: son fáciles de explicar. «Coma una alimentación variada, predominantemente vegetal, con frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos; incorpore pescado y cantidades moderadas de otros productos animales y reduzca los ultraprocesados» es un consejo respaldado por décadas de investigación.

Tiene un inconveniente: resulta espantosamente aburrido.

«Coma filetes con chucrut y pierda nueve kilos en veinte días» funciona bastante mejor en Instagram.

Quizá el error fundamental de la dieta del chucrut sea uno muy común en nutrición: creer que si algo es bueno, muchísimo tiene que ser muchísimo mejor. Si los fermentados favorecen ciertos aspectos de la microbiota, desayunemos chucrut; si reducir el azúcar es conveniente, eliminemos los hidratos de carbono. La biología rara vez funciona así.

Podemos quedarnos con la parte sensata. Los alimentos fermentados nos acompañan desde los albores de la civilización. Nos dieron pan, vino, cerveza, queso, yogur, vinagre, kimchi y chucrut; condujeron a Pasteur hacia algunos de los grandes descubrimientos de la microbiología y ahora sabemos que pueden influir en el extraordinario ecosistema que llevamos dentro.

No está nada mal para una col metida en salmuera.

Pero de ahí a convertirla en compañera inseparable de dos filetes diarios hay un trecho considerable. Podemos comer yogur, kéfir, kimchi o chucrut junto con frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, y dejar el filete para cuando realmente nos apetezca.

Después de ocho mil años fermentando alimentos, sería curioso que la gran lección que hubiéramos aprendido fuese que todo estaba inventado para acompañar un bistec.

miércoles, 5 de agosto de 2026

EL LABORATORIO SECRETO QUE DESPIERTA BAJO EL HIELO

 

Cuando pensamos en el calentamiento del Ártico acostumbramos a imaginar glaciares que retroceden, osos polares buscando plataformas de hielo o enormes cantidades de dióxido de carbono escapando de un suelo que llevaba congelado desde la última glaciación. Todo eso está ocurriendo. Sin embargo, bajo nuestros pies sucede otra historia mucho menos visible y quizá igual de fascinante.

Mientras el permafrost se descongela, millones de bacterias están intercambiando fragmentos de ADN como si participaran en un gigantesco mercado de segunda mano genético. No se trata de una metáfora. Un estudio publicado recientemente en Nature Microbiology ha descubierto que el deshielo no solo libera carbono almacenado durante milenios: también parece acelerar el intercambio de genes entre los microorganismos que habitan esos suelos helados.

La noticia puede parecer un detalle reservado a especialistas en microbiología, pero en realidad nos habla de uno de los motores más poderosos de la evolución. Estamos acostumbrados a pensar que la evolución funciona lentamente. Una mutación aparece al azar, la selección natural decide si resulta útil y, con el paso de generaciones, la población cambia poco a poco. Ese esquema describe bastante bien la evolución de animales y plantas, pero las bacterias juegan con reglas diferentes.

Además de heredar genes de sus progenitores, poseen una extraordinaria capacidad para adquirirlos de otros microorganismos. Un fragmento de ADN puede pasar de una bacteria a otra aunque pertenezcan a especies distintas. Si ese nuevo material genético proporciona alguna ventaja —por ejemplo, la capacidad de aprovechar un alimento diferente o resistir un ambiente hostil—, la bacteria lo conserva. Si no sirve para nada, acaba perdiéndolo.

Es un proceso conocido desde hace décadas y constituye una de las razones por las que las bacterias desarrollan con tanta rapidez resistencias a los antibióticos. Sin embargo, casi siempre se había estudiado en hospitales o en ambientes muy alterados por la actividad humana. Lo sorprendente del nuevo trabajo es haber comprobado que este intercambio puede estar ocurriendo de forma masiva en un ecosistema completamente natural.

El escenario del estudio es Stordalen Mire, una extensa turbera situada en el norte de Suecia. Allí el calentamiento global está transformando lentamente el paisaje. Algunas zonas conservan todavía el permafrost relativamente intacto; otras han comenzado a descongelarse y otras se han convertido ya en humedales saturados de agua donde aumenta la producción de metano.

Durante ocho años, un equipo internacional tomó muestras periódicas del suelo y analizó centenares de metagenomas —el conjunto del ADN presente en una comunidad microbiana— junto con decenas de metatranscriptomas, que permiten averiguar qué genes están realmente activos en cada momento. Era, en cierto modo, como escuchar la conversación genética de millones de microorganismos mientras el paisaje cambiaba a su alrededor.

Los resultados fueron sorprendentes. Los investigadores identificaron alrededor de 2,1 millones de elementos genéticos móviles, pequeños fragmentos de ADN capaces de desplazarse de un lugar a otro del genoma o incluso saltar entre microorganismos diferentes. En determinadas circunstancias, el intercambio parecía afectar a una fracción muy importante de la comunidad microbiana, lo que revela una actividad evolutiva extraordinariamente intensa.

Para comprender la importancia del hallazgo conviene imaginar el genoma de una bacteria como una caja de herramientas. Tradicionalmente pensábamos que cada especie disponía únicamente de las herramientas que había heredado de sus antepasados. El estudio muestra, en cambio, que esas cajas permanecen abiertas y que las bacterias intercambian constantemente destornilladores, llaves inglesas y martillos según las necesidades del momento.

Naturalmente, no todos esos intercambios tienen consecuencias. La inmensa mayoría de las nuevas combinaciones desaparecerán sin dejar rastro. Pero basta con que unas pocas proporcionen una ventaja para que la selección natural haga el resto. Precisamente ahí aparece el vínculo con el cambio climático.

El permafrost constituye uno de los mayores almacenes de carbono del planeta. Durante decenas de miles de años ha permanecido congelado, acumulando restos vegetales que nunca llegaron a descomponerse completamente. Se calcula que contiene más carbono que toda la atmósfera terrestre.

Cuando el hielo se derrite, esa inmensa despensa orgánica queda al alcance de los microorganismos. Son ellos quienes deciden el destino final de ese carbono: una parte permanecerá en el suelo, pero otra será transformada en dióxido de carbono o metano y regresará a la atmósfera, reforzando el calentamiento global.

Hasta ahora los investigadores se habían concentrado sobre todo en identificar qué especies bacterianas predominaban en cada tipo de suelo. El nuevo estudio introduce una dimensión diferente. Quizá no importe únicamente quién está allí, sino también qué genes adquiere cada población conforme cambian las condiciones ambientales.

Los elementos genéticos móviles detectados afectan precisamente a funciones relacionadas con el metabolismo, el aprovechamiento de nutrientes y el ciclo del carbono. En otras palabras, las bacterias podrían estar modificando sobre la marcha las herramientas con las que procesan esa inmensa reserva de materia orgánica que el deshielo pone a su disposición.

No significa que las bacterias vayan a desencadenar por sí solas una catástrofe climática. La realidad es mucho más compleja y depende de innumerables factores físicos, químicos y biológicos. Pero sí indica que la respuesta del permafrost al calentamiento probablemente sea más dinámica de lo que imaginábamos.

En cierto modo, el suelo ártico se parece a un laboratorio que ha permanecido clausurado durante miles de años. El aumento de la temperatura acaba de abrir la puerta. En cuanto la luz entra en la habitación, millones de microorganismos empiezan a experimentar con nuevas combinaciones genéticas, explorando posibilidades evolutivas que hasta ahora permanecían bloqueadas por el frío.

Ahí reside, en mi opinión, la enseñanza más interesante del estudio. Solemos imaginar el cambio climático como un fenómeno geológico: se funde el hielo, sube el nivel del mar o cambian las lluvias. Pero también es un fenómeno biológico. Cada grado adicional modifica las reglas del juego para millones de organismos, desde los bosques hasta el plancton oceánico y, sobre todo, para ese inmenso mundo microscópico del que depende buena parte del funcionamiento del planeta.

Las bacterias llevan más de tres mil millones de años resolviendo problemas ambientales. Han sobrevivido a impactos de asteroides, glaciaciones globales y extinciones masivas. Frente a cada desafío, la evolución les ha proporcionado una ventaja que los organismos complejos apenas poseemos: una asombrosa capacidad para reinventarse genéticamente.

Mientras nosotros observamos cómo el hielo desaparece desde los satélites, bajo la superficie se desarrolla una revolución silenciosa. No hace ruido, no produce imágenes espectaculares y nadie la verá jamás a simple vista. Sin embargo, podría influir en la velocidad con la que el carbono regresa a la atmósfera y, por tanto, en el futuro climático del planeta.

A menudo olvidamos que la Tierra no pertenece a los grandes mamíferos ni a los árboles monumentales. Pertenece, sobre todo, a los microorganismos. Fueron ellos quienes construyeron la atmósfera que respiramos, siguen controlando los grandes ciclos químicos del planeta y, ahora que el Ártico despierta de su largo invierno geológico, vuelven a recordarnos que incluso los cambios más trascendentales pueden empezar en una célula invisible.

domingo, 2 de agosto de 2026

VENTOSIDADES. LLAMÉMOSLES VENTOSIDADES

 

Pocas funciones biológicas han sufrido una persecución social tan implacable como las ventosidades. Bostezar en público puede parecer descortés, estornudar obliga apenas a pedir disculpas y toser suele despertar compasión. Sin embargo, basta con que alguien deje escapar un pedo en un ascensor para que el ambiente se llene de vergüenza, miradas evasivas y sospechosos silencios. Y eso resulta paradójico, porque todos los seres humanos, sin excepción, producimos gases intestinales. Es una consecuencia inevitable de estar vivos.

Quizá convenga empezar aclarando los términos. En medicina, una ventosidad es simplemente la expulsión de gases intestinales por el ano. La flatulencia, en sentido estricto, hace referencia a la presencia o acumulación excesiva de esos gases en el aparato digestivo, aunque en el lenguaje cotidiano ambas palabras se utilizan como sinónimos. El viejo y castizo pedo, por su parte, tiene la virtud de ser perfectamente comprendido sin necesidad de explicación alguna.

Francisco de Quevedo, que parecía incapaz de encontrar un asunto indigno de convertirse en literatura, dedicó varios poemas a las ventosidades. En uno de los más conocidos, atribuido tradicionalmente a su pluma, comienza con un verso inolvidable: «Pedo es el clarín del culo». Solo Quevedo era capaz de convertir una función fisiológica en una maniobra militar. El pedo no era para él una simple emanación, sino el toque de trompeta que anunciaba la batalla. Nadie escapaba a su humor escatológico porque, al fin y al cabo, hasta los más poderosos compartían esa humilde condición.

Lo cierto es que la preocupación por las ventosidades es mucho más antigua que la literatura del Siglo de Oro. Hace casi dos mil quinientos años, Hipócrates, considerado el padre de la medicina, pensaba que los gases retenidos alteraban el equilibrio del organismo y eran responsables de diversos trastornos. Para facilitar su expulsión recomendaba plantas como el hinojo, el anís o el cilantro. Hoy sabemos que aquellas plantas son carminativas, es decir, favorecen la expulsión de los gases al relajar la musculatura del aparato digestivo.

La idea de que un pedo es poco más que aire maloliente tampoco es del todo correcta. Cada día producimos entre medio litro y dos litros de gases intestinales y los expulsamos, por término medio, entre diez y veinte veces. Lo sorprendente es que casi todo ese volumen carece de olor. Está formado principalmente por nitrógeno, dióxido de carbono e hidrógeno y, en algunas personas, pequeñas cantidades de metano.

Los verdaderos culpables de la mala fama de las ventosidades son unas pocas moléculas sulfuradas —como el sulfuro de hidrógeno, el metanotiol o el dimetilsulfuro— presentes en cantidades ínfimas pero suficientes para que nuestro olfato las detecte de inmediato. Buena parte de esos gases son, además, un producto inevitable del trabajo de la microbiota intestinal, el inmenso ejército de bacterias que fermenta los restos de alimentos que nosotros no podemos digerir. En cierto modo, las ventosidades son el precio que pagamos por disfrutar de un intestino sano.

Aun así, durante mucho tiempo el problema no fue la biología, sino la etiqueta. Según una antigua tradición, probablemente apócrifa pero demasiado buena para no ser contada, el emperador Claudio supo de un senador que sufrió intensos dolores por reprimir sus gases durante un banquete. Tan preocupado quedó que llegó a considerar la posibilidad de promulgar un edicto autorizando a los comensales a aliviar discretamente la presión intestinal sin temor a ofender a sus anfitriones. No sabemos si la historia ocurrió realmente, pero sí revela que, hace casi dos mil años, los romanos ya debatían el mismo dilema que seguimos afrontando hoy: cómo conciliar una necesidad fisiológica con las buenas maneras.

Durante siglos el principal enemigo de las ventosidades no fue el olor, sino el decoro. Sin embargo, la Ilustración encontró una forma muy distinta de abordar el problema. En 1781, Benjamin Franklin escribió uno de los ensayos más extravagantes de toda su producción. Lo tituló Fart Proudly («Tírate pedos con orgullo») y en él lamentaba que la ciencia hubiera sido capaz de producir perfumes deliciosos sin encontrar todavía una manera de conseguir que las ventosidades olieran igual de bien.

Franklin proponía, no sin ironía, que los investigadores descubrieran «alguna droga saludable, mezclable con nuestros alimentos o salsas, que hiciera las descargas naturales del viento no solo inocuas, sino tan agradables como los perfumes». Si la química era capaz de transformar sustancias nauseabundas en aromas delicados, ¿por qué no podía hacer exactamente lo contrario? La propuesta era humorística, pero encerraba una intuición notable: el problema no era producir menos gases, sino eliminar el olor. No deja de resultar admirable que uno de los padres fundadores de Estados Unidos dedicara parte de su talento científico a un asunto que seguimos discutiendo, dos siglos y medio después, en los ascensores.

Hubo que esperar casi cien años para que alguien encontrara una solución aparentemente razonable. A finales del siglo XVIII, el químico germano-ruso Johann Tobias Lowitz descubrió que el carbón vegetal tratado adecuadamente poseía una extraordinaria capacidad para retener las sustancias responsables del color, el sabor y el olor de muchos líquidos. Aquello revolucionó procesos como la purificación del agua y el refinado del azúcar y, con el tiempo, dio origen al carbón activado moderno.

No es difícil comprender por qué los médicos pensaron que aquel material podía servir también para combatir las ventosidades. El carbón activado posee una estructura extraordinariamente porosa capaz de retener muchas de las moléculas responsables del mal olor. Sobre el papel parecía el remedio perfecto.

En la práctica, sin embargo, el resultado fue bastante menos brillante. Administrado por vía oral, el carbón activado apenas conseguía reducir el olor de las ventosidades, producía estreñimiento, teñía las heces de negro e interfería con la absorción de algunos medicamentos. El supuesto remedio terminaba siendo casi tan molesto como la enfermedad.

Alguien tuvo una idea mucho más ingeniosa. Si el carbón no funcionaba demasiado bien antes de que los gases abandonaran el organismo, ¿por qué no colocarlo justamente en el punto de salida? Así nació uno de los inventos más insólitos de la historia reciente. En 1997, el estadounidense Chester Weimer patentó una ropa interior dotada de un filtro reemplazable de carbón activado que obligaba a los gases a atravesarlo antes de escapar al exterior. La inspiración no surgió en un laboratorio, sino en el salón de su propia casa. Su esposa, enferma de Crohn, sufría frecuentes ventosidades de olor especialmente intenso y Weimer decidió fabricar una solución doméstica que terminó convirtiéndose en una patente.

El invento llamó tanto la atención que en 2001 recibió el Premio Ig Nobel de Biología, esos peculiares galardones que distinguen investigaciones que, según su lema, «primero hacen reír y luego hacen pensar». Es difícil imaginar un invento más apropiado para un Ig Nobel. Sin embargo, detrás de la sonrisa había un problema médico muy real para miles de personas.

Vanvera del Museo de las Máquinas Sexuales de Praga.

Mucho antes de que Weimer registrara su patente ya circulaba la historia de un curioso artefacto conocido como vanvera, del que todavía hoy puede contemplarse un llamativo ejemplar en el Museo de las Máquinas Sexuales de Praga. Aunque muchos historiadores dudan de que llegara a utilizarse realmente y algunos consideran que podría tratarse de una recreación moderna inspirada en antiguas descripciones, la idea resulta irresistible: una especie de embudo de cuero unido a una bolsa con hierbas aromáticas destinada a amortiguar el sonido y perfumar discretamente las ventosidades.

Sea auténtica o no la historia de la vanvera, resulta reconfortante comprobar que, desde Hipócrates hasta Benjamin Franklin, desde un emperador romano hasta un inventor premiado con un Ig Nobel, la humanidad lleva casi dos mil quinientos años intentando resolver exactamente el mismo problema. No sabemos si algún día conseguiremos cumplir el deseo de Franklin y expulsar ventosidades con aroma de perfume. Mientras tanto, quizá lo más sensato sea aceptar que pocas funciones biológicas han inspirado tanta inventiva para ocultar algo que, inevitablemente, nos iguala a todos.

domingo, 15 de febrero de 2026

TRUMP Y EL NEGACIONISMO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

 

Trump es conocido por despreciar el cambio climático y relegarlo a la categoría de cuento chino, y nunca mejor dicho: en 2012 tuiteó que era un concepto creado por China para dañar la competitividad de las empresas estadounidenses. Esta idea está totalmente en línea con la trayectoria de décadas de negacionismo organizado que, perfectamente engrasado con petrodólares, ha actuado de ariete de cualquier atisbo de política climática, en ocasiones con estimable éxito. 

La diferencia es que si hasta hace poco las grandes empresas de combustibles fósiles sostenían con fondos tramas negacionistas que en su nombre intentaban influir a la clase política, ahora los negacionistas han tomado literalmente la Casa Blanca y forman parte de la nueva clase dirigente estadounidense.

Con una declaración de barra de bar en la que dijo que todo lo relacionado con el cambio climático es “una gran estafa”, el pasado 12 de febrero Donald Trump anunció la revocación del llamado “dictamen de peligro” de 2009, la declaración científica que había servido durante más de una década como fundamento jurídico para regular las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos.

Al hacerlo, Estados Unidos ha revocado un hallazgo científico que durante mucho tiempo ha sido la base central de sus acciones para regular las emisiones de gases de efecto invernadero y combatir el cambio climático. La decisión del jueves es la medida más agresiva del presidente Donald Trump para revertir las regulaciones ambientales desde el inicio de su segundo mandato.

Con esa decisión no solo se altera una política concreta, sino que se cuestiona el uso de una ley ambiental de 1970 como instrumento central de la política climática federal. Para comprender el alcance del movimiento conviene retroceder medio siglo y reconstruir la arquitectura institucional que lo hizo posible.

Impulsado tanto por la evidencia científica como por episodios simbólicos de degradación ambiental, el debate ambiental estadounidense adquirió intensidad en los años sesenta. La publicación en 1962 de Primavera silenciosa por Rachel Carson contribuyó decisivamente a sensibilizar a la opinión pública frente al uso indiscriminado de pesticidas. A ello se sumaron desastres visibles, como el derrame de crudo desde una plataforma petrolífera anclada frente a la costa de California o el incendio del río Cuyahoga en Ohio, cuyo cauce, saturado de residuos industriales, llegó a arder. Las primeras imágenes de la Tierra vistas desde el espacio reforzaron la percepción de fragilidad ecológica en un contexto de rápido crecimiento industrial.

En este clima, el presidente Richard Nixon presentó en 1970 un ambicioso programa ambiental y promovió la reorganización de competencias federales dispersas en materia de contaminación. El resultado fue la creación de la primera Agencia de Protección Ambiental (EPA) del mundo, concebida como un organismo capaz de centralizar investigación, vigilancia y regulación. Ese mismo año se reformó en profundidad la Clean Air Act, la Ley de Aire Limpio (LAL), aprobada inicialmente en 1963 con un alcance limitado y cooperativo, para convertirla en una ley de carácter obligatorio y técnicamente exigente. Desde entonces, la LAL constituye la autoridad normativa y la EPA su órgano ejecutor.

La ley estableció un sistema federal basado en estándares nacionales de calidad del aire, definidos a partir de criterios de salud pública. El modelo se diseñó para afrontar problemas concretos y localizados: el smog urbano, la lluvia ácida y las emisiones industriales tóxicas. El “smog clásico” al que respondía la legislación incluía contaminantes como el dióxido de azufre, los óxidos de nitrógeno, las partículas en suspensión o el plomo, sustancias directamente nocivas para la salud y visibles en el deterioro atmosférico de grandes ciudades como Los Ángeles o Cleveland. Se trataba de contaminantes de efectos inmediatos y territoriales, cuya reducción podía medirse en términos relativamente directos.

Un elemento decisivo de la reforma de 1970 fue la definición amplia que hizo el Congreso de “contaminante del aire”, considerado literalmente como «cualquier agente físico, químico o biológico emitido al aire». El Congreso no pensaba entonces en el dióxido de carbono ni en el calentamiento global, un fenómeno desconocido por entonces en el debate político. Sin embargo, la amplitud de la definición dejó abierta la posibilidad de interpretar la ley de manera evolutiva. Esa ambigüedad semántica es la que décadas más tarde permitió conectar una norma concebida para combatir el smog con la regulación del cambio climático.

El punto de inflexión jurídico se produjo en 2007 con la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Massachusetts vs. EPA. El estado de Massachusetts y otros demandantes sostenían que la EPA se negaba a regular las emisiones de CO₂ de los vehículos, pese a que la LAL incluía una definición lo suficientemente amplia como para abarcar ese gas. La cuestión central era doble: si el CO₂ podía considerarse un “contaminante del aire” y si la agencia tenía discrecionalidad para no actuar.

Por una mayoría ajustada (5 a 4), el Tribunal concluyó que los gases de efecto invernadero encajan en la definición legal y que la EPA debía basar su decisión en criterios científicos sobre el riesgo para la salud o el bienestar público, no en consideraciones políticas generales. La sentencia no creó una ley climática nueva, pero abrió la puerta a utilizar la LAL como fundamento de la regulación de emisiones de gases de efecto invernadero.

En cumplimiento de ese mandato, la EPA emitió en diciembre de 2009 el denominado “dictamen de peligro”, en el que se declaraba que seis gases de efecto invernadero —entre ellos el CO₂, el metano y el óxido nitroso— amenazaban la salud pública. Ese pronunciamiento científico-administrativo se convirtió en la piedra angular de la política climática federal, pues desde ese momento habilitó a la EPA para imponer estándares de emisión a vehículos, centrales eléctricas y otras fuentes relevantes en aplicación de la LAL. En términos jurídicos, el dictamen funcionaba como condición previa indispensable: si los gases son peligrosos en el sentido de la ley, la agencia está obligada a regularlos.

La revocación anunciada el 12 de febrero afecta precisamente a ese presupuesto. Al anular el dictamen de 2009, la administración Trump elimina la base científica y legal que sustentaba la regulación federal de las emisiones de gases de efecto invernadero. En el plano inmediato, la medida incide en las normas aplicables a vehículos y motores, pues estas dependían directamente de la constatación formal de peligro y ahora quedan desreguladas.

A medio plazo, la decisión debilita también el fundamento de las reglas dirigidas a centrales eléctricas, instalaciones industriales y al sector del petróleo y el gas, aunque la situación concreta dependerá de la interacción con otras disposiciones regulatorias y del resultado de los previsibles litigios.

Desde el punto de vista institucional, la controversia remite a una cuestión más amplia: hasta qué punto puede una ley ambiental de 1970, diseñada para afrontar contaminación local y tóxica, servir como instrumento para gestionar un fenómeno global, acumulativo y sistémico como el cambio climático.

La tensión no es meramente técnica, sino conceptual. Para algunos, la definición amplia de “contaminante” revela una voluntad legislativa de dotar a la norma de flexibilidad suficiente para adaptarse a problemas nuevos. Para otros, utilizarla para rediseñar el sistema energético nacional supone extender la ley más allá de lo que el Congreso previó, por lo que cualquier transformación estructural debería apoyarse en una legislación climática específica y explícita.

Es previsible que la revocación del dictamen desencadene una intensa batalla judicial. Diversos estados y organizaciones ambientalistas han anunciado ya su intención de impugnar la medida, alegando que ignora la evidencia científica y contradice la interpretación consolidada por el Tribunal Supremo. En ese contexto, el conflicto trasciende la política ambiental concreta y se inscribe en un debate más amplio sobre el alcance del poder de las agencias administrativas y la relación entre Congreso, Ejecutivo y tribunales.

En definitiva, la decisión del 12 de febrero no puede entenderse como un ajuste regulatorio aislado. Supone reabrir una discusión que se remonta a la década de 1970 y que conecta la lucha contra el smog urbano con la gobernanza del clima global. La LAL nació para limpiar el aire de las ciudades; medio siglo después, su interpretación define en buena medida la capacidad del Estado federal para intervenir frente al cambio climático.

En ese cruce entre historia legislativa, doctrina judicial y política contemporánea se sitúa hoy el núcleo del debate estadounidense.

viernes, 13 de febrero de 2026

POR QUÉ RESPIRAMOS Y NO SALIMOS ARDIENDO

 

Los principales gases de la atmósfera terrestre son nitrógeno (78%), oxígeno (21%), argón (0,9%) y dióxido de carbono (0,04%). De todos ellos, el oxígeno es un oxidante (como su propio nombre indica), lo que significa que permite que otras cosas ardan. De los otros tres, ninguno arde. Afortunadamente, ninguno de ellos es inflamable. Si el aire fuera rico en un gas realmente inflamable —como el hidrógeno o el metano— la historia del planeta sería bastante más espectacular (y probablemente muy corta).

Y si ninguno es inflamable, ¿por qué hay incendios? Porque el aire contiene oxígeno, y eso es justo lo necesario para que un combustible (madera, gasolina, gas natural) pueda reaccionar rápidamente y liberar energía en forma de llama. Sin oxígeno, no hay fuego. Pero con solo oxígeno, tampoco. Y ahora vamos a lo que vamos.

El principal componente de cualquier ser humano, el que ocupa el 61% del espacio disponible, es el oxígeno. Parece un tanto contrario a la intuición que estemos compuestos casi en dos terceras partes de un gas inodoro. La razón de que no seamos livianos e hinchables como un globo es que el oxígeno está en su mayor parte combinado con hidrógeno (que representa otro 10 % de nosotros) para formar agua; y el agua, como sabrá cualquiera que alguna vez haya intentado mover una piscina infantil o simplemente caminar con la ropa empapada, resulta muy pesada.

¿De dónde sale todo el oxígeno que llena nuestro cuerpo? De la respiración. En la respiración, las cifras resultan asombrosas, de hecho, fantásticas. En silencio y con ritmo, despiertos o dormidos, como el que no quiere la cosa, todos los días inspiramos y espiramos unas 20 000 veces, procesando constantemente alrededor de 12 500 litros de aire, dependiendo de nuestra complexión y nuestro nivel de actividad. Esto equivale a unos 7,3 millones de respiraciones anuales, o 550 millones más o menos en el transcurso de toda una vida, y cada vez que respiramos exhalamos unos 25 000 trillones de moléculas de oxígeno.

En términos porcentuales, resulta que cada bocanada de aire que entra en nuestros pulmones contiene aproximadamente un 21% de oxígeno, el mismo elemento que convierte una tea en una antorcha, una chispa en un incendio forestal y una barbacoa mal vigilada en un episodio traumático del verano. Y, sin embargo, aquí estamos: caminando, leyendo, bostezando y pagando impuestos sin salir ardiendo espontáneamente. Lo cual, pensándolo bien, es un alivio.

La pregunta es evidente: si el oxígeno es el gran cómplice del fuego, ¿por qué no salimos ardiendo al respirar? ¿Qué impide que cada inspiración sea una especie de ruleta rusa térmica? Para responder hay que desmontar una confusión muy común: el oxígeno no es el pirómano de la historia. Es más bien el amigo que sostiene la puerta abierta.

El fuego, como los malos planes, necesita tres cosas para prosperar. Los bomberos lo llaman el triángulo del fuego: oxígeno, combustible y calor. Si falta uno solo de esos elementos, el incendio se viene abajo como un castillo de naipes mojados. El oxígeno, por tanto, no basta. Es imprescindible, sí, pero inútil sin compañía. Y aquí empieza nuestra salvación.

Empecemos por el combustible. Uno podría pensar que el cuerpo humano, lleno de grasas, proteínas y otros materiales orgánicos de nombre inquietantemente inflamable, es un candidato ideal para la combustión. Pero no lo es. Principalmente porque —como he apuntado más arriba— somos, en esencia, bolsas ambulantes de agua. Entre un 60 y un 70% de nuestro cuerpo es agua, una sustancia famosa por muchas cosas —apagar fuegos, arruinar meriendas campestres, rebajar la leche, aguar el güisqui— pero no por arder. El agua actúa como un formidable inhibidor: absorbe calor, enfría tejidos y hace que cualquier intento de combustión sea tan frustrante como tratar de encender una fogata con sopa.

Luego está el detalle crucial del calor. Para que algo arda necesita alcanzar su temperatura de ignición, es decir, el punto en el que sus moléculas empiezan a reaccionar violentamente con el oxígeno. La madera necesita varios cientos de grados. La gasolina, menos, pero aun así muchos más de los 36,5 °C que marca un termómetro humano en un buen día. El aire que respiramos entra a temperatura ambiente y sale ligeramente calentado, pero jamás se acerca remotamente a los niveles necesarios para iniciar un incendio. Si nuestro interior alcanzara esas temperaturas, el problema no sería arder, sino sobrevivir siquiera unos segundos.

Hasta aquí, bien. Pero aún queda el punto más interesante y el que realmente marca la diferencia entre una persona viva y una antorcha con opiniones políticas: la respiración no es combustión. Aunque se parezcan en los libros de química, en la práctica son procesos muy distintos.

Cuando el oxígeno llega a nuestras células no se dedica a reaccionar de forma descontrolada, como hace en un incendio. En lugar de eso, participa en una exquisita coreografía bioquímica llamada respiración celular. Todo ocurre dentro de estructuras diminutas llamadas mitocondrias, que son, por decirlo de algún modo, centrales eléctricas microscópicas con un estricto código de seguridad. Allí, el oxígeno ayuda a extraer energía de los alimentos paso a paso, reacción a reacción, con la paciencia de un contable suizo.

Las mitocondrias son orgánulos que se encuentran en todas las células eucariotas en las que cumplen una función muy importante: mediante la respiración, transforman la energía en formas utilizables para impulsar reacciones celulares. Esto dicho en otras palabras, es que forman ATP (la “gasolina celular”) a partir de otras moléculas como son los ácidos grasos y los azúcares o hidratos de carbono.

La clave está en la lentitud. En un fuego, la energía se libera de golpe: calor, luz, caos. En el cuerpo humano, la energía se libera a cuentagotas, en cantidades tan pequeñas que pueden ser aprovechadas para mover un músculo, transmitir un impulso nervioso o mantener caliente el café interno que llamamos metabolismo. Si esa misma energía se liberase de una sola vez, como en una llama, nos cocinaríamos desde dentro antes de tener tiempo de decir “esto no parece saludable”.

Una buena analogía es comparar la combustión con quemar una casa para calentarse, y la respiración celular con encender cuidadosamente una estufa y regularla con un termostato. Ambas usan la misma fuente de energía, pero una es claramente preferible si se desea conservar el inmueble y la vida.

También ayuda recordar que el oxígeno que respiramos no es especialmente agresivo. La atmósfera terrestre lleva unos 2 400 millones de años con niveles de oxígeno relativamente altos, y si este gas tuviera tendencia a provocar incendios espontáneos, el planeta habría sido durante eones una especie de barbacoa cósmica. El hecho de que los bosques necesiten un rayo, una cerilla o un descuido humano para arder debería tranquilizarnos bastante.

Curiosamente, cuando el oxígeno sí se vuelve peligroso es cuando hay demasiado. En ambientes enriquecidos con oxígeno —quirófanos, laboratorios, estaciones espaciales— materiales normalmente inofensivos pueden arder con entusiasmo suicida. En esas condiciones, una chispa minúscula puede provocar un desastre. Pero incluso entonces, el cuerpo humano no se incendia por respirar: el problema es el entorno, no los pulmones.

Así que podemos respirar tranquilos salvo, claro está, si no nos llega una notificación de Hacienda. Cada inspiración no es un acto de valentía inconsciente, sino una colaboración cuidadosamente regulada entre química y biología. El oxígeno entra, hace su trabajo con disciplina y se va discretamente convertido en agua y dióxido de carbono, sin montar un espectáculo pirotécnico.

En resumen: no ardemos porque no somos una maldita hoguera. Nos falta el calor, nos sobra el agua y, sobre todo, tenemos un sistema exquisitamente diseñado para domar al oxígeno y obligarlo a comportarse. El verdadero milagro no es que no nos incendiemos, sino que este proceso funcione millones de veces al día, en silencio, sin que tengamos que pensar en ello.

Lo inquietante no es respirar oxígeno. Lo inquietante sería no hacerlo.

domingo, 16 de noviembre de 2025

MICROBIOS FELICES, GASES HONESTOS... Y CONTROLADOS

 

Si algo he aprendido viajando por este planeta lleno de criaturas maravillosas —desde ornitorrincos sin estómago hasta tomates que evolucionan en marcha atrás— es que la naturaleza nunca deja de regalarnos motivos para una reflexión profunda. Y pocas cosas invitan tanto a la reflexión como el humilde pedo.

Sí, lo sé. No es un tema que figure en las cenas elegantes ni en los coloquios científicos televisados, pero basta observar a cualquier familia humana después de un cocido para darse cuenta de que es una fuerza universal, democrática y revestida de un rigor físico incontestable. Es, en cierto modo, un pequeño recordatorio de que todos compartimos la misma arquitectura intestinal, por distinguidos que pretendamos parecer.

En condiciones normales, una persona bien alimentada expulsa —casi siempre sin darse cuenta— hasta litro y medio de gases al día, repartidos en unos diez o veinte gestos sonoros (o silenciosos) de liberación interna. A mí me parece prodigioso. Somos máquinas discretas de ventilación atmosférica, capaces de inflar un globo de cumpleaños y de arruinarlo en el mismo instante. Se necesita cierto talento para combinar eficiencia biológica con una comicidad tan inherente.

Lo más bonito del pedo —y hay belleza en todas partes si uno mira con cariño— es que está compuesto en un 99% por gases perfectamente nobles: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, hidrógeno y metano. Aire de primera calidad. Si uno pudiera embotellarlo y venderlo como mezcla respiratoria quizá ganaría una fortuna, hasta que los consumidores notaran ese indescriptible “toque personal” del 1% restante. Porque ese último uno por ciento, formado sobre todo por derivados del azufre como el sulfuro de hidrógeno, es el responsable de que los pedos no pasen desapercibidos en ascensores, cines, reuniones laborales o visitas al Museo del Prado.

Desde un punto de vista anatómico, la cosa es simple. Poseemos un tubo digestivo extraordinariamente fértil, repleto de miles de millones de bacterias que se comportan como un equipo de microobreros hiperactivos. Uno les pasa una zanahoria y, como si fuera materia prima recién llegada a una fábrica soviética, la transforman en nutrientes, energía y, por supuesto, gas. Mucho gas. Y, como cualquier turista que haya comido una fabada asturiana puede atestiguar, algunas materias primas producen más gas que otras.

Las crucíferas —brócoli, coles de Bruselas, rúcula, coliflor— suelen llevarse la mala fama, cuando en realidad no actúan solas. Las legumbres, por ejemplo, son especialistas en crear huracanes internos; pero también actúan en la sombra otros actores inesperados: las manzanas, los melocotones, las cebollas, las zanahorias y esos cereales integrales tan bienintencionados que parecen diseñados por un dietista con vocación de dinamitero. Y luego están los edulcorantes artificiales, esas moléculas de extraña anatomía que el intestino mira con aire de “yo eso no lo proceso”, y que las bacterias acogen como si se tratara de la noche de Año Nuevo.

El caso es que estos carbohidratos no digeribles descienden por el tubo digestivo como turistas desorientados hasta el colon, donde los microbios los reciben con entusiasmo. Cada molécula que rompen es un soplo de vida… y un soplo calentito a secas. En definitiva: los pedos son el precio que pagamos por tener un microbioma sano, un pequeño tributo gaseoso por mantener contentas a las bacterias que nos mantienen vivos. Y, siendo honestos, dadas todas las cosas que podrían salir mal en la vida, pagar en pedos no parece un precio demasiado alto.

Para los que disfrutan de las legumbres, pero no de los efectos secundarios, la cocina actúa como una especie de filtro químico: calentar las verduras y remojar las judías ayuda a descomponer parte de esos carbohidratos rebeldes. Y, por favor, ni se os ocurra comer legumbres crudas: contienen lectinas, moléculas capaces de mandar al traste cualquier trato cordial entre intestino y ser humano, y de convertir una cena inocente en un incidente diplomático.

A estas alturas, y ya que hablamos sin pudor de cuestiones humanas tan universales, es buen momento para recordar que Francisco de Quevedo escribió un poema entero dedicado al pedo, que quizá sea la pieza literaria más honesta del Siglo de Oro. Lo que me impresiona no es tanto su contenido —que también— sino la certeza de que podía recitarlo en público sin perder el prestigio. Hoy uno intenta bromear sobre flatulencias en un acto académico y corre el riesgo de perder la cátedra, los amigos y la herencia familiar. Quevedo, en cambio, hacía carrera literaria con ello.

Pero dejemos a los clásicos y a Quevedo en su glorieta y avancemos al siglo XX, a un momento que marcó a toda una generación: la aparición del señor Creosota en El sentido de la vida de los Monty Python. Si lo has visto, lo recuerdas. Si no, imagínate a un hombre tan hinchado que parece un globo aerostático con licencia de almacén de ultramarinos. Tras devorar todos los platos imaginables, el maître —John Cleese en su máxima expresión de flema británica— le ofrece “una fina oblea de menta”. Una galletita mínima, una hoja simbólica. El hombre acepta. Y entonces, por supuesto, explota como una supernova gastrointestinal.

La escena es repugnante, brillante y científicamente reveladora, porque las mentas después de las comidas no son un capricho culinario. Son, en esencia, pequeñas herramientas diplomáticas del aparato digestivo. Una especie de Naciones Unidas del intestino, un clarinete del sistema digestivo.

La menta contiene mentol, un compuesto con propiedades carminativas. En español llano: ayuda a expulsar gases sin montar un espectáculo. Relaja suavemente el esfínter, de manera que el aire sale como una melodía discreta y no como artillería pesada. En términos musicales, convierte el intestino en un clarinete en vez de un saxofón. Es una transformación notable, como si un oso apareciera de pronto tocando un violín.

No es de extrañar que civilizaciones enteras la adoptaran como aliada digestiva: los griegos la tomaban tras las comidas, los árabes la mezclaban con té, los monjes medievales la cultivaban junto al romero y la salvia como quien cría instrumentos de cuerda. La humanidad ha depositado en la menta más esperanzas digestivas que en buena parte de la farmacopea histórica.

Mentha aquatica en el Jardín de Medicinales del Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá.

En la vida real, por suerte, nadie estalla tras una oblea de menta, aunque más de uno haya estado cerca en bodas, bautizos y cenas navideñas. Una infusión de menta, un paseo corto o evitar tumbarse justo después de comer suelen bastar para que el gas se reorganice y abandone tu cuerpo por vía diplomática. Cuando lo piensas, es un mecanismo extraordinario: un sistema de ventilación interna que se autorregula con un poco de ejercicio y una hoja aromática.

Y aquí es donde uno llega inevitablemente a una conclusión sencilla y reconfortante: llevar un intestino lleno de microbios felices significa producir gases. Y producir gases significa estar vivo. Es una ley natural, tan firme como la gravedad y tan inevitable como el pago de impuestos o con vestir pijama cuando se teletrabaja.

Así que brindemos por el pedo: compañero de viajes, señal de buena salud digestiva y protagonista anónimo de tantos momentos cotidianos. Y, ya que estamos, brindemos también por la menta, que evita que esos momentos se conviertan en una recreación no autorizada del señor Creosota. Porque, con todos mis respetos, no creo que el mundo esté preparado para más explosiones en bares, mesones y restaurantes.

*Para mis lectores asiduos, una versión menos jocosa de este texto fue publicada en sendos artículos anteriores de este blog: El innombrable efecto de algunas verduras y la oda al pedo, y La menta, el señor Creosota y la ciencia de los pedos. 

lunes, 8 de septiembre de 2025

LA MENTA, EL SEÑOR CREOSOTA Y LA CIENCIA DE LOS PEDOS

 

Hay escenas que se quedan grabadas en la memoria colectiva. Una de ellas pertenece a El sentido de la vida, la película de los Monty Python estrenada en 1983. En un restaurante lujoso, un cliente descomunal, el señor Creosota, devora platos y más platos ante la mirada horrorizada de los camareros. La montaña humana parece incapaz de detenerse hasta que, al final, el maître (John Cleese con su imperturbable acento) le ofrece algo pequeño, casi insignificante: “¿Una fina oblea de menta?” Creosota acepta. Grave error. Tras engullirla, explota en una orgía de vísceras cinematográficas.

La escena es grotesca, repugnante y, por supuesto, divertidísima. Y, como suele ocurrir con la comedia británica, hay en ella un destello de verdad fisiológica. Porque los restaurantes de verdad suelen ofrecer mentas a sus clientes después de comer. No con la intención de provocar catástrofes, sino como un gesto amable hacia el aparato digestivo.

Una acumulación inevitable

Después de una comida copiosa, el intestino se convierte en una pequeña fábrica de gases. Parte del aire entra al tragar; parte del dióxido de carbono se genera cuando el ácido del estómago se neutraliza con el bicarbonato natural del intestino; y parte surge de la incesante labor de las bacterias intestinales, que fermentan lo que nuestro organismo no ha sabido digerir. El resultado es una mezcla explosiva de hidrógeno, metano y CO₂.

Este gas acumulado tiene un destino inevitable: salir. La única duda es cómo. Puede hacerlo de manera discreta, casi musical, o con una violencia digna de artillería pesada. Aquí entra en juego la menta.

Mentha aquatica en el Jardín de Medicinales del Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá.

La menta como carminativo

La menta contiene aceites esenciales, especialmente el mentol, que actúan como carminativos. Es decir, sustancias que favorecen la expulsión de gases. Su mecanismo es sencillo y eficaz: ayudan a relajar los músculos del esfínter, lo que permite que los gases se liberen poco a poco, de forma constante y silenciosa, en lugar de acumulados y explosivos.

En otras palabras: la menta convierte al intestino en un clarinete en lugar de un cañón.

Por eso, tras los banquetes —y también en los restaurantes finos— ofrecer mentas no es solo una cuestión de cortesía aromática. Es un recurso ancestral de higiene social: ayuda a que los comensales salgan más ligeros y, sobre todo, más discretos.

Un remedio con historia

El uso medicinal de la menta se remonta a la Antigüedad. Los griegos la empleaban como digestivo; los árabes la mezclaban con té; en la Edad Media era planta de boticario, presente en los huertos monásticos. Su doble función —refrescar el aliento y calmar los intestinos— la convirtió en habitual en banquetes y celebraciones.

Hoy seguimos la costumbre casi sin pensar: caramelos de menta en los restaurantes, infusiones después de una cena pesada, chicles mentolados en el bolsillo. Sin saberlo, reproducimos un ritual que mezcla farmacología y urbanidad.

Ciencia y comedia

La ciencia de la menta explica en parte por qué la escena del señor Creosota resulta tan memorable. Ofrecerle una oblea de menta a un hombre que estaba ya a punto de reventar no era solo humor negro, era un guiño fisiológico: la última chispa que encendía la pólvora acumulada en su interior.

Afortunadamente, en la vida real el desenlace es menos escandaloso. Una infusión de menta o un caramelo mentolado suelen bastar para suavizar la digestión y evitar que el aire atrapado se convierta en un espectáculo sonoro. La comedia queda en el cine; la discreción, en la mesa.

Y quizá esa sea la enseñanza de esta crónica: la ciencia a veces se esconde en los gestos más triviales. Una hoja de menta, una pastilla después de comer, una costumbre aparentemente banal… todo ello guarda siglos de conocimiento acumulado sobre cómo lidiar con un problema tan universal como inevitable. 

En resumen: el señor Creosota explotó por ignorar lo que todo buen maître sabe. La menta es, en realidad, el antídoto contra la vergüenza social.

viernes, 30 de mayo de 2025

ESTAMOS RODEADOS DE MOLÉCULAS Y NO SABEMOS QUÉ DEMONIOS SON

Aunque las moléculas no se pueden ver, comprender qué son puede ser útil para desmentir algunas de las sandeces que se dicen sobre ellas.

Una molécula es un conjunto de átomos unidos por enlaces químicos

A pesar de que todo en el mundo físico depende de la actividad molecular, las encuestas revelan que solo cuatro de cada diez personas comprenden que los electrones son más pequeños que los átomos y solamente una de cada diez sabe qué es una molécula.

Las moléculas son los componentes fundamentales de la materia. Están formadas por átomos, que a su vez están compuestos por partículas aún más pequeñas: protones, neutrones y electrones. Las moléculas son partículas inconcebiblemente pequeñas: aproximadamente 100.000 moléculas de agua podrían caber en el grosor de uno de tus cabellos.

Nadie había visto una molécula hasta 2009, cuando, mediante un microscopio de fuerza atómica ultrasofisticado, científicos de IBM lograron fotografiar el pentaceno y el mundo pudo ver claramente una molécula compuesta por cinco anillos de benceno fusionados.

Estructura interna de una molécula de pentaceno, de 1,4 nanómetros de longitud. Abajo, modelo de la misma (los átomos grises son de carbono y los blancos de hidrógeno). Fuente: IBM

Si nadie las había visto, ¿cómo sabían los científicos que el mundo estaba hecho de moléculas invisibles? El concepto tardó muchísimos años en evolucionar. Ya en el siglo V a. e. c., el filósofo griego Leucipo y su alumno Demócrito sugirieron que, si la materia se cortaba en pedazos cada vez más pequeños, alguna vez se llegaría a una partícula que no podría dividirse más. Para designarla, acuñaron el término "átomo", del griego "indivisible". Imaginaron diferentes formas de materia compuestas de átomos diferentes en forma y tamaño.

Esta idea permaneció latente durante dos mil años hasta que, en 1661, en su obra clásica El químico escéptico, Robert Boyle escribió que la materia estaba compuesta de varios "corpúsculos" de diferentes tipos y tamaños que podían reorganizarse para formar nuevas sustancias. 

Al llevar a cabo una serie de nuevos análisis de laboratorio que pondrían orden en el caos de conocimiento generado a lo largo de siglos de filosofía griega y alquimia medieval, Antoine-Laurent Lavoisier cambió para siempre la química, tanto teórica como práctica. El trabajo de Antoine-Laurent Lavoisier por conceptualizar los principios de la química moderna hizo que las generaciones futuras lo consideren el fundador de esta ciencia.

En su libro de 1789 Tratado elemental de química, Lavoisier reconoció los corpúsculos de Boyle como "elementos" de los que está hecha toda la materia, y describió cómo, durante una reacción química, la masa total de los reactivos es igual a la masa total de los productos. John Dalton racionalizó esta observación cuando afirmó que, en una reacción química, los átomos no se pierden ni se ganan, sino que simplemente se reorganizan y se unen para formar nuevas entidades, para la cuales Amadeo Avogadro acuñó el término "molécula", del latín "moles", que significa "una masa pequeña".

Realizando unas meticulosas observaciones de las reacciones químicas, el alemán Augusto Kekule concluyó que los átomos tienen un número característico de "ganchos" que pueden usar para unirse, y que el átomo de carbono tiene cuatro de estos ganchos que pasaron a llamarse "enlaces". Más tarde, en 1874, August von Hofmann construyó el primer modelo de una molécula utilizando bolas para representar átomos y barras para enlaces. Su modelo de metano era una estructura plana con un átomo de carbono unido a cuatro átomos de hidrógeno. Este modelo fue refinado por Jacobus Henricus van't Hoff, quien concluyó que las moléculas son tridimensionales y que el carbono en el metano está en el centro de un tetraedro con los hidrógenos en los cuatro vértices.

Sorprendentemente, todas estas conclusiones se dedujeron por inferencias basadas en lo que debía estar sucediendo a nivel atómico para explicar las reacciones que se podían observar en el laboratorio. Hoy en día existen varios métodos instrumentales como la cristalografía de rayos X y la espectroscopia de resonancia magnética nuclear que pueden identificar estructuras moleculares incluso tan complejas como el ADN.

En el lenguaje cotidiano es frecuente encontrarse con disparates moleculares. En la radio oigo decir a un meteorólogo que la niebla es aire saturado y que, a medida que el aire se enfría, las moléculas de agua se hacen cada vez más grandes hasta hacerse visibles. No hombre, no: las moléculas no cambian de tamaño. Pueden agruparse y formar un líquido o separarse para formar vapor. La niebla a la que se refería el meteorólogo no está formada por enormes moléculas de agua, sino por moléculas que se han agrupado para formar gotitas líquidas.

Además de aconsejarnos no salir jamás de “nuestra zona de confort”, no pocos “influencers” y gurús del bienestar y la salud repiten sin ningún pudor que "la margarina es una molécula que apenas difiere del plástico". Los plásticos están compuestos de polímeros, mientras que la margarina es una mezcla de grasas y agua. No existe ningún parecido químico entre ambos. Decir, cuando dicen que la margarina está a "una molécula de distancia de ser un plástico", simplemente desbarran.

Las sustancias están hechas de moléculas, que a su vez están compuestas de átomos unidos según un patrón específico. Alguno podría decir que el peróxido de hidrógeno, H₂O₂, está a un átomo del agua, H₂O, pero eso carece de sentido. Ese átomo de oxígeno adicional cambia drásticamente las propiedades de la sustancia. Meter un dedo en un frasco de peróxido de hidrógeno puro revela rápidamente el efecto de ese oxígeno adicional.

No menos disparatado es lo que escucho en los anuncios de los "discos o bolas para lavadoras”, unos productos que supuestamente permiten lavar la ropa sin usar detergente. Los fabricantes de esta piedra filosofal afirman sin empacho que contienen «una cerámica activada que reduce el tamaño de las moléculas de agua y mejora su capacidad de penetración en la tela». 

Los discos suecos "Magicball" para lavadoras son un ejemplo de producto seudocientífico.

Ni las cosas no son así, ni las pelotas para lavadoras funcionan así. ¿Te has preguntado alguna vez adónde va el azúcar cuando se disuelve en un vaso de agua? Las moléculas de agua no cambian de tamaño, pero permiten que otras moléculas se compriman entre ellas. Por eso el agua es un disolvente extraordinario para un sinfín de moléculas.

Otra interesante demostración molecular implica un fenómeno observado por primera vez por los antiguos griegos. Si combinamos cantidades iguales de agua y alcohol, obtenemos un volumen menor que la suma de ambos. ¿Por qué? La única respuesta posible es que las moléculas de alcohol se han colocado en los espacios entre las moléculas de agua.

¿Y qué se puede hacer con esa mezcla de agua y alcohol? ¡Brindar!