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miércoles, 19 de agosto de 2026

LA DIETA DEL CHUCRUT: CUANDO UN ALIMENTO MILENARIO LLEGA A WASHINGTON

 

Robert F. Kennedy Jr. tiene una manera peculiar de desayunar. A las seis y media de la mañana puede sentarse ante un filete acompañado de una buena ración de chucrut. Sin pan, sin tostadas, sin fruta. Carne y col fermentada. El procedimiento parece tener incluso sus reglas: un bocado de carne, otro de chucrut. Durante algún tiempo Kennedy llegó a llevar su propio chucrut a los restaurantes, costumbre que abandonó después de descubrir que los demás comensales no compartían necesariamente su entusiasmo por el penetrante aroma de la col fermentada.

Kennedy asegura que siguiendo este régimen perdió unos nueve kilos en veinte días. Lo denomina dieta carnívora, aunque sería más exacto describirla como una peculiar combinación de carne y alimentos fermentados. Su principal inspirador es Sean O'Mara, médico estadounidense que promociona una modalidad llamada living carnivore diet. La idea ha encontrado seguidores en los círculos políticos próximos a la Administración Trump y ha adquirido un nombre mucho más comercial: steak-and-sauerkraut diet, la dieta del filete y el chucrut.

Como ocurre con muchas modas alimentarias, contiene una parte sensata, otra discutible y una tercera magníficamente diseñada para las redes sociales.

La parte sensata es el chucrut.

La fermentación nos acompaña desde hace unos ocho mil años. En China se elaboraba hacia el 7000 a. C. una bebida fermentada de arroz, miel y frutas, y milenios después sumerios, babilonios y egipcios bebían cerveza y otras bebidas fermentadas con suficiente entusiasmo para demostrar que algunas costumbres humanas poseen una extraordinaria resistencia al paso del tiempo.

Pero la fermentación nos dio bastante más que alcohol. Las levaduras producen el dióxido de carbono que hace subir la masa del pan y las bacterias lácticas generan ácido láctico, que permitió conservar alimentos mucho antes de que existieran frigoríficos. Miso, masa madre, vinagre, kimchi, chucrut, queso, kéfir y yogur son descendientes de aquellos experimentos. La humanidad aprendió a utilizar microorganismos miles de años antes de descubrir que existían.

Hubo que esperar a Pasteur para comprender que detrás de la fermentación había seres vivos y a Eduard Buchner para descubrir, en 1897, que un extracto de levaduras trituradas podía seguir fermentando azúcar aunque ya no hubiera células intactas. Aquello abrió el camino al descubrimiento de las enzimas y le proporcionó el Nobel de Química.

El chucrut es otro producto de ese viejo matrimonio entre humanos y microbios. Se obtiene dejando que bacterias lácticas fermenten los azúcares de la col en presencia de sal. Producen ácido láctico, baja el pH y la col puede conservarse durante mucho tiempo. Si después no se pasteuriza, puede llegar a nuestra mesa con microorganismos vivos.

Y eso interesa porque nuestro intestino alberga una comunidad extraordinaria de bacterias, arqueas, hongos y virus: la microbiota intestinal. No son simples pasajeros. Intervienen en la digestión, producen sustancias que utilizamos e interactúan con nuestro sistema inmunitario. Somos, en cierto sentido, un ecosistema ambulante.

Por eso la idea de que los fermentados pueden ser beneficiosos no es ninguna extravagancia. Un ensayo publicado en Cell en 2021 comparó una dieta rica en fibra con otra abundante en alimentos fermentados. En quienes aumentaron el consumo de yogur, kéfir, kimchi, chucrut y otros fermentados creció la diversidad de la microbiota intestinal y disminuyeron varios marcadores inflamatorios. Era un estudio pequeño y no convierte al chucrut en medicamento, pero proporcionó evidencia experimental interesante.

Hasta aquí, Kennedy pisa terreno bastante firme. También acierta al eliminar buena parte de los ultraprocesados y azúcares añadidos. El problema comienza cuando de ahí se concluye que debemos prescindir de legumbres, cereales integrales, frutas y buena parte de las verduras.

Precisamente muchas bacterias intestinales viven de sustancias vegetales que nosotros no podemos digerir. La fibra llega al colon, donde los microorganismos la fermentan y producen, entre otras sustancias, ácidos grasos de cadena corta beneficiosos para las células intestinales.

Ahí está la gran paradoja de la dieta del chucrut: pretende cuidar la microbiota mientras elimina buena parte de lo que la alimenta. Podemos tomar kéfir y comer lentejas. A nuestras bacterias no les importará.

El segundo problema es la carne roja. Kennedy dice consumirla unas dos veces al día. Numerosos estudios epidemiológicos han asociado un consumo elevado, especialmente de carne procesada, con mayor riesgo de cáncer colorrectal, enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. Eso no significa que comerse un filete equivalga a fumarse un paquete de cigarrillos. Significa algo bastante menos espectacular: convertir la carne roja en el centro de prácticamente todas las comidas no parece una idea especialmente respaldada por la evidencia.

Y está el planeta. Los rumiantes poseen microorganismos intestinales capaces de digerir la celulosa, una formidable innovación evolutiva con un pequeño inconveniente atmosférico: durante esa fermentación producen metano, que expulsan principalmente mediante eructos. El metano es un potentísimo gas de efecto invernadero. Si añadimos estiércol, piensos, ocupación de tierras y deforestación, la carne de vacuno presenta una huella climática muy superior a la de las proteínas vegetales y a la mayoría de las demás fuentes animales. Dos filetes diarios pueden ser discutibles nutricionalmente; como modelo alimentario para millones de personas lo son también climáticamente.

Y queda la sal. Para fabricar chucrut hay que salar la col y esa sal no desaparece por cortesía cuando termina la fermentación. Una ración generosa puede aportar varios cientos de miligramos de sodio. Convertirla en acompañamiento obligatorio de dos grandes raciones diarias de carne puede elevar considerablemente su consumo.

Tampoco deberíamos dejarnos impresionar demasiado por los nueve kilos que Kennedy asegura haber perdido en veinte días. Al reducir drásticamente los hidratos de carbono se agotan las reservas de glucógeno y se pierde también el agua asociada a ellas. Después puede perderse grasa si, como suele ocurrir con una dieta muy restrictiva, acabamos comiendo menos. Nada de eso demuestra que la combinación de bistec y chucrut posea poderes metabólicos especiales.

Las dietas extremas cuentan, además, con una formidable ventaja comercial: son fáciles de explicar. «Coma una alimentación variada, predominantemente vegetal, con frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos; incorpore pescado y cantidades moderadas de otros productos animales y reduzca los ultraprocesados» es un consejo respaldado por décadas de investigación.

Tiene un inconveniente: resulta espantosamente aburrido.

«Coma filetes con chucrut y pierda nueve kilos en veinte días» funciona bastante mejor en Instagram.

Quizá el error fundamental de la dieta del chucrut sea uno muy común en nutrición: creer que si algo es bueno, muchísimo tiene que ser muchísimo mejor. Si los fermentados favorecen ciertos aspectos de la microbiota, desayunemos chucrut; si reducir el azúcar es conveniente, eliminemos los hidratos de carbono. La biología rara vez funciona así.

Podemos quedarnos con la parte sensata. Los alimentos fermentados nos acompañan desde los albores de la civilización. Nos dieron pan, vino, cerveza, queso, yogur, vinagre, kimchi y chucrut; condujeron a Pasteur hacia algunos de los grandes descubrimientos de la microbiología y ahora sabemos que pueden influir en el extraordinario ecosistema que llevamos dentro.

No está nada mal para una col metida en salmuera.

Pero de ahí a convertirla en compañera inseparable de dos filetes diarios hay un trecho considerable. Podemos comer yogur, kéfir, kimchi o chucrut junto con frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, y dejar el filete para cuando realmente nos apetezca.

Después de ocho mil años fermentando alimentos, sería curioso que la gran lección que hubiéramos aprendido fuese que todo estaba inventado para acompañar un bistec.