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viernes, 2 de septiembre de 2016

Inteligencia, sentido y sensibilidad en el mundo vegetal

Empecemos por la definición de veganismo, que tomo directamente de la bien redactada y sólidamente documentada entrada de Wikipedia: «El veganismo es la práctica de abstenerse de la utilización y consumo de productos y servicios de otras especies animales. Dicha práctica en general se realiza por una razón ética que rechaza la condición de mercancía de los animales debido a su condición de seres sensibles o sintientes [sic], aunque también hay argumentos ambientales y de salud». Si lo he entendido bien, el fundamento del veganismo es, esencialmente doble: ético (defensa de los animales y defensa del medio ambiente) y dietético o salutífero, si se prefiere.

En lo que respecta a la dieta, nada que objetar: si se complementa una dieta vegana con algunos elementos como la vitamina B12, se puede vivir perfectamente y, me atrevería a decir, llevando una vida más saludable. En cuanto a la defensa del medio ambiente, también puedo estar de acuerdo… mientras el veganismo se mantenga en un sector limitado de la población, porque de extenderse, no habría suelo suficiente en la Tierra como para producir todos los vegetales que se necesitarían para mantener a una población que no comiera ni carne ni pescado. 

Mucho más discutible me parece que los veganos no quieran consumir animales «debido a su condición de seres sensibles o sintientes [sic]».  Ahí, con todo respeto, se equivocan. Las plantas son también seres sensibles como cualquiera pude comprobar sin más que gastar un par de horas leyendo el excelente librito Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, escrito por una de las máximas autoridades mundiales en el mundo de la Neurobiología Vegetal, el profesor de la Universidad de Florencia Stefano Mancuso. Les aseguro que cambiarán radicalmente su percepción acerca de la ausencia de sentidos y sentimientos en las plantas. Descubrirán que aunque carezcan de cerebro y de sistema nervioso de tipo animal, eso no implica ni mucho menos mecanismos alternativos  para relacionarse, defenderse, o sentir. [1]

Las plantas no tienen cerebro, las plantas no tienen ni una sola neurona... pero ahora sabemos que las plantas perciben lo que sucede a su alrededor, se defienden contra sus depredadores, engañan a sus presas e incluso se comunican entre ellas. Dicho de manera resumida: las plantas son inteligentes. Las plantas son organismos inteligentes, pero toman decisiones en un tiempo más largo que el del hombre.

Sí, las plantas son seres inteligentes. Depende de la definición que tenemos de inteligencia. Normalmente todas las definiciones que solemos utilizar suelen estar relacionadas con el hombre o con los animales pero, según mi opinión, la inteligencia es la capacidad de resolver problemas. Si consideramos la inteligencia de esta forma, las plantas son seres muy inteligentes. Y no lo digo yo, que algo sé del asunto, lo digo porque en la última década, gracias a varios grupos de científicos que trabajan en el mismo campo que el doctor Mancuso, está surgiendo una nueva perspectiva sobre las plantas.

Naturalmente ese cambio de percepción se enfrenta a milenios de aprendizaje de una cultura que nos ha acostumbrado a considerar la inteligencia en relación a los seres humanos y a todos los animales que son parecidos a los seres humanos. Esos animales, aun siendo diferentes como los reptiles o las aves, por poner un ejemplo, siguen teniendo características que reconocemos, como una cara o unos ojos. Los reconocemos como similares a nosotros. Esto no pasa en absoluto con las plantas, que son diferentes de los animales por su estructura, fisiología, comportamiento y ciclo vital. Los consideramos muy diferentes, pero también es verdad que las plantas y los animales se han desarrollado en el mismo planeta por lo que, obviamente, tienen mucho en común. Entre otras cosas, ambos son seres inteligentes. El problema entonces es que esa similitud no se percibe ni se entiende y eso hace que veamos más las diferencias.

No voy a profundizar en el indudable hecho de que, por la original conexión entre el Sol y las plantas, toda la energía  que usamos para vivir proviene de las plantas. Las plantas son la base de la cadena alimentaria. Sin las plantas los animales no tendríamos energía y no podríamos vivir. También gracias a las plantas hay oxígeno libre en la atmósfera terrestre y los animales podemos respirar. Así que esos seres que ve delante de usted, tan verdes e inmóviles, son la causa de que usted disfrute de la vida. Si mañana desapareciesen las plantas del planeta, en un mes toda la vida se extinguiría de hambre y asfixia. Pero si nosotros desapareciéramos, no pasaría nada. Somos dependientes de las plantas, pero las plantas no lo son de nosotros. Quien es dependiente está en una situación de inferioridad, ¿no?

Como escribo recién salido de la cama, lo primero que se me ocurre es plantear esta pregunta: ¿Las plantas duermen? Sí, las plantas duermen y el sueño es parecido al sueño que tienen los animales. Tienen también un ciclo activo durante el día y un ciclo de descanso durante la noche y ese descanso es muy parecido al nuestro. Como nos ocurre a nosotros cuando dormimos, las plantas tienen menos sensibilidad cuando duermen y si no las dejamos dormir necesitan dormir más.

Otra capacidad que reconocemos en el mundo animal es la capacidad de comunicación, así que: ¿se comunican las plantas? Sí, las plantas no hablan con el lenguaje articulado de los humanos, pero se comunican mucho y muy bien, sólo que lo hacen de forma diferente a los animales. Se comunican a través de unas moléculas volátiles que se producen en el exclusivo metabolismo secundario del mundo vegetal. Cuando olemos el perfume de una flor estamos oliendo un mensaje que la planta está lanzando a los insectos. Estas moléculas también son utilizadas para comunicarse entre ellas. Se producen para enviar información sobre el ataque de un insecto, de un herbívoro o de un incendio. Cuando una planta es atacada por un patógeno, inmediatamente produce moléculas volátiles que pueden viajar kilómetros como un aviso a todas las demás para que preparen sus defensas.

El mecanismo de defensa funciona. El doctor Mancuso cita un caso muy explícito. Hace diez años, en Botsuana introdujeron en un gran parque 200.000 antílopes, que comenzaron a comerse a las acacias con intensidad. Tras pocas semanas muchos murieron y al cabo de seis meses murieron más de 10.000, sin que los responsables del parque supieran el porqué. Hoy sabemos que fueron las plantas. Las acacias aumentaron hasta tal punto la concentración de taninos, unos metabolitos secundarios, en sus hojas, que se convirtieron en un veneno. 

Las moléculas volátiles están estrechamente relacionadas con el sentido del olfato. El olfato es muy importante para las plantas. Los olores que nosotros sentimos cuando salimos al campo o nos paseamos por una huerta o por un jardín son mensajes que las plantas producen a través de esas moléculas. No hace falta que me digan que las plantas no tienen nariz. No. Las plantas no tienen un órgano concreto como tenemos los animales para percibir ese tipo de mensajes; no lo necesitan, porque todas las células de las plantas pueden percibir e interpretar ese tipo de moléculas y actuar en consecuencia a sus mensajes. Las moléculas volátiles están en la base de toda la información de las plantas. En cierta forma, el  olfato puede ser algo parecido al oído de los animales y de los seres humanos.

Pero, además, las plantas poseen otros muchos sentidos aparte de los cinco clásicos. Les contaré algunos. Las plantas perciben parámetros físicos y químicos que los animales no perciben. Campos como el eléctrico o el magnético que muy pocos animales perciben y que todas las plantas pueden percibir. Perciben también componentes químicos como metales o diferentes tipos de polución. Una raíz, por ejemplo, puede percibir hasta veinte parámetros físicos y químicos diferentes (temperatura, humedad, luz, gravedad, presencia de nutrientes o de tóxicos, oxígeno, etc.).

Las capacidades de las raíces son increíbles. En un bosque, en un matorral o en un prado todas las plantas están en comunicación subterránea a través de las raíces. Sí observamos un mapa topográfico de las raíces y otro de Internet se ve inmediatamente la similitud. Las dos se produjeron para resistir a los depredadores. En el caso de las plantas, a los ataques de los herbívoros y en el caso de Internet, a los ataques nucleares de Rusia a Estados Unidos. La tecnología tiene una estructura que es muy parecida a la red de las raíces de una planta y, por eso, es muy importante estudiar la estructura de las redes radiculares para poder luego aplicarla a la tecnología.

En cada extremo de los millones de raíces de cualquier planta existen células similares a nuestras neuronas y con la misma función: comunicar señales mediante impulsos eléctricos, igual que nuestro cerebro y trabajan en red como Internet. Ese es centro de cálculo, el “cerebro” de las plantas. La cuestión es cómo medir su inteligencia. Pero de una cosa estamos seguros: son muy inteligentes, su poder de resolver problemas, de adaptación, es grande. Hoy sobre el planeta el 99,6% de todo lo que está vivo son plantas. Será por algo, ¿no?

Las relaciones familiares y con ellas el sentido social no son exclusivas de los animales. Las plantas reconocen a sus parientes y se comportan de forma diferente dependiendo de si pertenecen a su familia o no. Por ejemplo, sí hacemos crecer próximas dos plantas de la misma familia crecerán cooperando. En cambio, si ponemos dos que no sean de la misma familia habrá competencia.

Las plantas pueden manipular a los animales. Durante la polinización producen néctar y muchas otras sustancias, además del olor y el color, para atraer a los insectos. Por ejemplo, las orquídeas producen flores que son muy similares a las hembras de algunos insectos, que, engañados, acuden a ellas. Es solamente un ejemplo porque hasta el ser humano es manipulado por las plantas. Sí, también pueden manipular al hombre. Todas las drogas que usa el hombre (café, tabaco, opio, marihuana...) derivan de las plantas, ¿pero por qué las plantas producen una sustancia que convierte a los humanos en dependientes? Porque así las propagamos. Las plantas utilizan al hombre como transporte.

Me doy cuenta ahora de que quería hablarles de los veganos. Pero, nunca mejor dicho, me he ido por las ramas. Volveré con los veganos en la próxima entrada.





[1] Para los que no quieran o no puedan leer el libro, le dejo este enlace en el que pueden ver una entrevista con Mancuso en el programa Redes. Es más que interesante.

Consejos vendo

En la fortaleza que exhibe Mariano Rajoy al frente de su organización radica, paradójicamente, la mayor debilidad del Partido Popular a la hora de articular alguna salida razonable a la situación de bloqueo institucional en que está instalado en estos momentos el país. Por contra, la aparente fragilidad que se deduce del ajustado proceso de primarias que elevó a Pedro Sánchez a la Secretaria General del PSOE es, sorprendentemente, el factor que aporta mayor solidez a la contundente negación de cualquier tipo de apoyo socialista que pudiese facilitar la investidura del candidato popular a la Presidencia del Gobierno. Y, en uno y otro caso, el lastimoso papel que vienen desempeñando buena parte de los medios de comunicación desde el 20D a esta parte, ha contribuido de forma notable a excitar las razones de tal atrincheramiento.

Vayamos por partes. El PP es hoy, sin lugar a dudas, la organización política del país más cohesionada internamente. Su rígida estructura piramidal, y el férreo control jerárquico que se ejerce por parte del aparato en todos sus niveles, le mantiene como una maquinaria perfectamente engrasada para enfrentar los retos más comprometidos que se le pudiesen plantear. Nadie osa discutir el criterio del Presidente, hasta tal punto que sus órganos de dirección funcionan con la fórmula de la adopción de acuerdos por silente aclamación, rubricados con el subsiguiente aplauso cerrado de todo el auditorio puesto en pie. Así las cosas es imposible encontrar una alternativa a Rajoy que no sea propuesta por él mismo y, en tanto que es su persona la que se erige como el mayor obstáculo para solventar el cordón sanitario que se ha trazado en torno a sus SMS a Bárcenas, sólo su retirada de la escena podría hacer vislumbrar algún tenue rayo de luz al final del túnel. Pero Rajoy no parece estar dispuesto a renunciar a su condición de ganador en las elecciones, ni a tener que abandonar la regalía de La Moncloa que entiende le pertenece por derecho propio, y así lo asume en bloque todo el partido porque es palabra del Presidente.

Entretanto, en Ferraz, Pedro Sánchez es tributario del enorme caudal de empoderamiento que trasladó aguas abajo hacia la militancia socialista, como el principal aval que enarboló desde el primer momento para merecer la confianza de la organización. Esto es, el PSOE decidió dar un giro de democracia participativa a su manual de toma de decisiones, de tal manera que sus órganos de dirección están obligados a chequear el estado de ánimo de los afiliados ante la adopción de decisiones de cierta relevancia e indudable trascendencia. 

Y a poco que uno escuche lo que se dice en las casas del pueblo, o se interese por la opinión de los militantes, constatará desde el primer momento un abrumador rechazo hacia el Gobierno que preside Mariano Rajoy; rechazo sustentado a partes iguales entre la evidencia de la metástasis de corrupción que recorre el PP y se hace visible en el procesamiento y condenas de ministros, presidentes de comunidades autónomas, diputados, senadores y tesoreros, y el sufrimiento de pensionistas, estudiantes, parados, expatriados, trabajadores, dependientes…, que han sido severamente maltratados por las reformas, recortes, decretos, impuestos y leyes perpetrados de forma inmisericorde a lo largo de toda una legislatura.

Y en este complejo escenario, con el PP maniatado por la voluntad de Rajoy, y Pedro Sánchez comprometido con el criterio mayoritario del PSOE, ¿a qué juega el aparato mediático público y privado? En tanto que, por fas o por nefas, la supervivencia de casi todos los medios depende principalmente del beneplácito gubernamental, el alineamiento tras las tesis de Moncloa se revela inquebrantable a las órdenes de la vicetodo: “Por razones de Estado es obligado facilitar la investidura de Mariano Rajoy”. Y así, el ya de por sí inobjetable criterio interno del líder, se ve reforzado externamente a golpe de editoriales, pseudoencuestas y columnas de opinión regadas por doquier. Mientras que, en paralelo, se arremete contra el Secretario General del PSOE (por más que interesadamente quieran reducirlo a la condición unipersonal de Sánchez), exacerbando así la indignación de miles de militantes socialistas que se ven agredidos, menospreciados e insultados en la persona de quien les representa.

Aunque hubiese querido, el grueso de la clase periodística no lo podría haber hecho peor; y lo más inaudito del caso es que se dedican, un día sí y otro también, a aconsejarles a los políticos lo que deberían hacer, al tiempo que les afean su escasa voluntad para ceder.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Castores en el desierto

Foto 1 White River Badlands
Verano de 2011. Conduzco a través de Nebraska en dirección oeste, hacia Wyoming. Atravieso las White River Badlands (Malas tierras del río Blanco), por los antiguos cazaderos de los sioux, un mosaico de pastizales resecos salpicados de arbustos y de arroyuelos que fluyen lentamente dejando al descubierto capas coloreadas de rocas sedimentarias. Calor abrasador. Atmósfera cargada de humedad. Soledad absoluta. Aquí y allá aparecen entre los matorrales de Artemisia algunas pequeñas manadas de antílopes americanos (Antilocapra americana). Durante millones de años, hasta la llegada de la última glaciación hace unos 10.000 años, estos desolados yermos bullían de vida salvaje.

Los White River Badlands han sido un lugar de enorme interés para los paleontólogos desde mediados del siglo XIX. Durante estas primeras exploraciones, los científicos comenzaron a encontrar muchos restos fosilizados de grandes mamíferos. Los primeros descubrimientos atrajeron muy pronto a paleontólogos prominentes, como los famosos cazadores de fósiles Joseph Leidy y Othniel Marsh, que llevaron a cabo estudios más detallados todavía en los albores de la Paleontología americana. Pronto se hizo evidente que esta zona representa un área única de gran valor científico y muchos museos y universidades se lanzaron a explorar sus estratos, en una incesante búsqueda de fósiles. En 1920, el profesor Cleophas O'Harra de la Escuela de Minas de Dakota del Sur publicó un libro sobre el territorio con el único objetivo de dar a conocer el interés científico del mismo. Por desgracia, y aunque parezca increíble, en la actualidad existen pocas referencias útiles más allá de este libro, que ahora camina hacia su primer centenario. Para hacerse una cumplida idea de la riqueza fosilífera y examinar con detalles muchos de los ejemplares, los interesados pueden visitar la web de este museo virtual.

Si a mí, cómodamente instalado en un automóvil y en compañía de otros científicos, las condiciones me parecen duras, puedo imaginar el coraje de los hombres que pasaban aquí los veranos excavando en los lechos pedregosos y polvorientos de los aluviones del White. Uno de los pioneros era el paleontólogo Erwin Barbour.

Foto 2. Erwin Barbour, posando junto a lo que
pensó que era una esponja gigantesca
En 1891, Barbour, jefe del Departamento de Geología de la Universidad de Nebraska; estaba allí, en los confines noroccidentales de Nebraska, para inspeccionar un fósil que había dejado estupefacto a un ranchero local. Cuando el ranchero lo llevó hasta el fósil, ya fueron dos los estupefactos. El fósil parecía un tirabuzón pétreo de dos metros de altura que sobresalía como una espiral erguida en el paisaje. 

¿Qué era aquello? Barbour no había visto nada igual en su vida. Tras darle muchas vueltas (nunca mejor dicho), decidió que eran probablemente los restos de una esponja de agua dulce extinguida, a la que llamó Daemonelix, lo que significa literalmente "tirabuzones del demonio". «Sus formas son magníficas; su simetría perfecta; su organización más allá de mi comprensión», escribió en un artículo de 1892 en el que dio a conocer su enigmático descubrimiento.

Un par de años más tarde se vio obligado a reconsiderar su conclusión. El hallazgo de otros fósiles en el mismo sitio no encajaban con la idea de que allí hubo alguna vez un lago con la entidad suficiente como para albergar esponjas de ese tamaño. Barbour decidió que Daemonelix era realmente parte del sistema  radicular de un árbol gigantesco. Volvió a equivocarse.

Foto 3
Afortunadamente, sus contemporáneos tenían otras ideas. Un año después, el legendario cazador de fósiles Edward Drinker Cope rechazó la interpretación de Barbour y escribió que «la explicación más probable de estos objetos apunta a que son los moldes de las madrigueras de un gran roedor». Ese mismo año, el paleontólogo austríaco Theodor Fuchs llegó a la misma conclusión. Trabajando cada uno por su lado, ambos se dieron cuenta de que dentro de un lecho horizontal conservado en la base de los fósiles helicoidales (Foto 3) yacían los antiguos huesos de un roedor (Foto 4). Los tirabuzones del diablo no eran los restos de un organismo extinguido. Eran antiguas madrigueras que se habían rellenado con arena y limo.
Un par de años más tarde Barbour se vio obligado a reconsiderar su conclusión. El hallazgo de otros fósiles en el mismo sitio no encajaba con la idea de que allí hubo alguna vez un lago con la profundidad suficiente como para albergar esponjas de ese tamaño. Decidió que Daemonelix era realmente parte del sistema radicular de un árbol gigantesco. Volvió a equivocarse.

En 1906, otro paleontólogo estadounidense, Olaf Peterson, recolectó muestras de los tirabuzones del diablo para el museo Carnegie de Pittsburgh. Observó que con frecuencia contenían esqueletos de Palaeocastor, un antiguo castor que era un poco más grande que los actuales perritos de las praderas de cola negra (Cynomys ludovicianus). Esos castores vivían hace 22 millones de años en la parte inferior de unas profundas madrigueras angostas y verticales a través de las cuales salían para alimentarse en las exuberantes estepas de Norteamérica Palaeocastor, que literalmente significa "castor prehistórico", no era la única especie de castor prehistórico.
Foto 4. Esqueleto fosilizado de Palaeocastor.
La foto es una ampliación
del lecho situado a la izquierda de la Foto 3.
En aquellos tiempos el árbol genealógico de los castores se había ramificado mucho. Han existido docenas de especies de castor de todo tipo de formas y tamaños, desde excavadores ciegos a gigantes de la Edad de Hielo. Actualmente, el árbol ha sido podado y despojado de la mayor parte de sus ramas. Sólo sobreviven dos especies de castor. ¿Cómo fue el auge de los castores y cuáles fueron las causas que precipitaron su espectacular declive?

Provistos de incisivos que se renuevan durante toda su vida, los castores son parte de una radiación temprana de roedores que surgió hace entre 35 y 40 millones de años. En ese momento, el clima cálido y húmedo como el de un invernadero del Eoceno empezaba a enfriarse.

Los densos bosques que cubrían hasta el Ártico retrocedían hacia el sur y el espeso dosel daba paso a una alfombra de hierba. Los roedores, animales adaptados a las praderas altas, sacaron partido el cambio y ocuparon casi todos los nichos ecológicos disponibles. Pequeños y ágiles, corrían, trepaban, y prosperaban con nuevos hábitos de vida en los nuevos espacios que el frío estaba creando. en nuevos estilos de vida.

Foto 5. Fondo de una madriguera de Palaeocastor
Pero para los castores pintaban bastos. Desde su origen eran más grandes que el resto de los roedores y eso tenía un coste. En general, los roedores están hechos para servir de presa a otros animales. El mayor tamaño de los castores significa que los castores antiguos fueron blancos particularmente tentadores para los depredadores de antaño.

Para evitar formar parte del menú, se escondieron. Poco después de su aparición en América del Norte, el árbol genealógico de los castores se bifurcó. Una rama se adaptó al agua y la otra pasó a la clandestinidad subterránea. Hoy, acostumbrados a relacionar a estos animales con ambientes forestales, parece paradójico, pero al principio de su evolución los castores se beneficiaron de la falta de árboles.  Fueron algunos de los animales que sacaron ventaja de los hábitats abiertos. Puede decirse literalmente que se zambulleron directamente en ellos.

Además de los fósiles de Palaeocastor descubiertos en Nebraska, había por lo menos quince especies de castores que excavaban sus madrigueras en el blando suelo arenoso de América del Norte hace entre 20 y 32 millones de años. En el yacimiento de la formación Harrison en Dakota del Sur, hubo al menos ocho especies que llevaron vidas similares en el mismo lugar y al mismo tiempo. Por entonces, los castores eran algunos de los animales más abundantes en prácticamente todos los lugares en los que vivían en América del Norte. Su abundancia puede compararse con las actuales colonias de perritos de las praderas tan comunes hoy en día en Norteamérica.

Su ubicuidad incluso podría explicar por qué algunos castores excavaron esas madrigueras verticales en forma tirabuzón. Los castores hicieron lo que hacemos hoy día cuando poblamos las ciudades. No crecemos horizontalmente sino hacia el cielo. Somos tantos que los barrios de nuestras ciudades se cubren de torres verticales. Los castores hicieron algo similar. Tan grandes llegaron a ser sus poblaciones que construyeron profundas madrigueras angostas y verticales que ocupaban poca superficie y permitían el establecimiento de colonias de centenares de individuos. Como nuestros bloques de pisos, las madrigueras fueron una adaptación a la vida urbana. No había ascensores, pero los castores aguzaron el ingenio e inventaron la escalera de caracol.

Gracias a las características marcas que dejaron en el interior de sus madrigueras helicoidales, unas amplias ranuras planas separadas por crestas situadas justamente donde se juntan los incisivos, se ha comprobado que, a diferencia de otros animales que las excavan con las garras, aquellos castores primitivos excavaban con los dientes. A la hora de dirigir las madrigueras, los castores eran eclécticos: las espirales de la mitad de las madrigueras examinadas, unas 500, giran en el sentido de la agujas del reloj, la otra mitad en sentido opuesto.

Foto 6. Fósil de Euhapsis barbouri
Mientras Palaeocastor cavaba con sus dientes, otras especies utilizaban sus fuertes patas delanteras y sus cabezas como palas. Un grupo, conocido como Euhapsis, se adaptó tan bien a la vida subterránea que puede que se volviera ciego. Sus cráneos muestran todos los signos de la ceguera. Presentan un canal óptico reducido y una anatomía que recuerda mucho a la de unos animales de vida subterránea típicamente ciegos como las ratas-topo. A diferencia de los castores que dejaban la seguridad de sus madrigueras para alimentarse en los peligrosos espacios abiertos de las praderas, Euhapsis se habría alimentado de raíces y tubérculos con bulbo subterráneo, de modo que aquellos animales jamás sintieron el Sol sobre sus cabezas. Tanto vivos como muertos permanecían a oscuras.

La especialización puede haber sido la razón del declive de los castores de madriguera. Especializarse demasiado explotando un determinado medio tiende a hacer que las estirpes que lo hacen tengan una corta "vida útil", ya que un cambio repentino del medio ambiente puede eliminar las condiciones a que se ha ajustado el especialista.

A medida que el clima se enfrió aún más, y se intensificó la competencia con otros animales de madriguera, como los topos y los perritos de las praderas, Palaeocastor y sus parientes se extinguieron. El último de los castores de madriguera, excavó metafóricamente la que sería su tumba hace 20 millones de años.

Foto 7. Fósil de Eucastor tortus
Pero conforme disminuían las poblaciones de sus parientes de las madrigueras, los castores semiacuáticos experimentaban su propio auge. Como sus hábitats los protegían de las más adversas condiciones meteorológicas reinantes en tierra firme, los castores acuáticos se propagaron a través de América del Norte, Europa y Asia continental. A menudo viajaron de uno a otro continente aprovechando el congelado estrecho de Bering entre Canadá y Rusia.

Uno de las especies más viajeras fue Steneofiber, una versión más pequeña de los castores de hoy en día que era capaz de nadar y lo hizo a través de los tres continentes septentrionales, impulsándose con sus largas patas y pies palmeados. Como las dos especies actuales de castor, Steneofiber tenía garras afilada en sus patas traseras. Probablemente como hacen sus descendientes, las usaban para el aseo de su denso pelaje denso y para untarse el castóreo, el aceite impermeable que el castor secreta a partir de dos glándulas situadas junto a sus genitales.

En 1995, los paleontólogos descubrieron un grupo apiñado de diez esqueletos fósiles de Steneofiber. Dos de ellos eran mucho más grandes que el resto, tres presentaban sus primeros dientes de adulto, y los otros cinco eran todos muy pequeños. Era una familia fosilizada con ejemplares de diferentes edades.


Foto 7. Reconstrucción de Castoroides.
Hace 24 millones de años, cuando castores de las madrigueras estaban disminuyendo, los padres Steneofiber protegían vigorosamente en camadas, para asegurarse de que tuvieran las mejores oportunidades de supervivencia. Eso equivale a la evolución de la calidad sobre la cantidad, y trajo consigo que los castores semiacuáticos se separaron de las normas de comportamiento de otros roedores. Los roedores normalmente se reproducen como conejos, es decir producen camada tras camada con la esperanza de que unos pocos sobrevivan por pura casualidad. Steneofiber no lo hizo. Como la temperatura seguía bajando, en lugar de adoptar esa estrategia, las familias mantenían acurrucados a los individuos de diferentes edades para darse calor.

Es probable excavaran las madrigueras familiares a orillas de los ríos acumulando ramas a su alrededor para defenderse de las aguas torrenciales. Pero no es posible saber cuándo comenzaron a construir las primeras presas porque los componentes de estas –ramas, barro y musgos- fosilizan mal. La presa fosilizada más antigua está datada en tres millones de años y procede de la turberas de Beaver Pond en la isla on Ellesmere, Canada. Los hatos de ramas y leños entrelazados muestran las marcas dentales de un castor semiacuático del género Dipoides.

Dipoides no era el único castor ingeniero capaz de construir diques y presas que alteraban el ecosistema. Hace 10 millones de años, los castores modernos del género Castor habían evolucionado y se extendían desde su centro de origen en Asia oriental. Construyendo sus madrigueras y despensas por debajo del agua gracias a las presas que construían, los castores se refugiaban de los cada vez más duros, largos y fríos inviernos.

El Pleistoceno -el período de la historia de la Tierra que comenzó hace unos dos millones de año- presenta dos características principales. En primer lugar, fue tan frío que el hielo se extendió en varias ocasiones lejos de los polos hasta cubrir gran parte de América del Norte, Europa y Asia. En segundo lugar, los mamíferos crecieron a tamaños gigantescos. Algunos eran los mamuts. Estos parientes lanudos de los elefantes vagaban por América del Norte y Eurasia junto con los osos de las cavernas, perezosos gigantes y tigres de dientes de sable. Cuando desaparecieron, dejaron unos nichos ecológicos que ningún otro animal ha podido llenar.

Los castores tampoco eran mancos. Con sus más de 200 kilos de peso y una longitud de hocico a cola de unos tres metros, el castor gigante Castoroides tenía aproximadamente el mismo tamaño que un oso negro. Pero el tamaño no era su única característica. En comparación con los castores modernos del género Castor, la cola del castor gigante se parecía menos a un remo y sus patas y pies posteriores eran mucho más grandes en relación a su tamaño total. Era un gran castor que podía marchar caminando. En tierra debía ser bastante torpe, pero en el agua debió ser un nadador increíble, un animal cuyos movimientos recuerdan a los de una foca o un león marino.

¿Podía el castor gigante cortar árboles gigantes, construir presas enormes que acumularan cantidades ingentes de agua para alimentarse y protegerse? Eso es lo que sugiere un gran hato de leños fosilizados de Canadá, cada uno de los cuales muestra las marcas de unos incisivos del tamaño de un plátano que pertenecieron a un Castoroides. El problema es que la disposición de ese hato no parece guardar relación con ninguna presa, así que es muy posible que solamente los castores modernos del género Castor hayan sido los primeros grandes constructores de obras hidráulicas.

El castor gigante, como otros animales gigantes pleistocénicos, desapareció al final del período glacial más reciente, hace 10.000 años. ¿Cambió el clima del mundo demasiado rápido? ¿Serían los seres humanos, que llegaron a América del Norte unos pocos miles de años antes, los que acabaron con ese extraño animal? Ambas cosas son posibles, pero hay una explicación alternativa.

Castoroides fue sólo uno de los muchos tipos de castores que se extinguieron en los últimos diez millones de años. Otros géneros fueron Dipoides, Steneofiber y otro castor gigante de Europa perteneciente al género Trogontherium. Es posible que fuera la competencia de los castores que sobreviven hoy en día -las muy eficaces especies del género Castor- las que provocaron el declive final de sus antecesores.

Esa es una historia que nos suena extrañamente familiar. En otros tiempos, el árbol genealógico humano era vigoroso y saludable, con muchas especies repartidas por toda Europa, Asia y África, incluyendo neandertales, cromañones y los misteriosos Denisovanos. Hoy en día sólo nuestra especie, el Homo sapiens, sobrevive. Quizás la historia de los castores, de los que solamente sobreviven dos especies del mismo género, una europea y otra americana, tuviera un relato similar.