El Destino Manifiesto suele presentarse como una convicción profunda, casi inconsciente, que habría guiado la expansión de Estados Unidos desde sus orígenes. Sin embargo, leído con atención, el concepto aparece tarde, mal definido y más útil para explicar el pasado que para haberlo dirigido. Este artículo examina de dónde surge la expresión, cómo se utilizó y por qué acabó funcionando como una ficción histórica capaz de dar coherencia moral a procesos mucho más prosaicos.
| El progreso Americano, obra alegórica de John Gast (1872, Biblioteca del Congreso de EE UU), que refleja la idea del Destino manifiesto y el avance por esas supuestas tierras salvajes del Oeste. |
Durante mucho tiempo, el "Destino
Manifiesto· ha sido presentado como una especie de fe nacional, una convicción
profunda y compartida que habría empujado a Estados Unidos a expandirse hacia
el oeste con la naturalidad de quien cumple un mandato histórico. Se lo cita
como si hubiera sido una idea clara, formulada desde el poder y aceptada sin
demasiadas dudas, una doctrina invisible pero eficaz que guiaba a presidentes,
generales y colonos por igual. El problema, una vez más, es que cuando uno
intenta localizar esa doctrina, descubre que no está donde se supone que
debería estar.
El Destino Manifiesto no fue una
política de Estado, ni un principio presidencial, ni una idea formulada
conscientemente desde el gobierno. No aparece en mensajes inaugurales, ni en
discursos oficiales, ni en documentos programáticos. Ningún presidente proclamó
jamás que Estados Unidos se expandía porque así lo dictaba el destino. La
expresión existió, sí, pero su recorrido fue mucho más modesto y, al mismo
tiempo, más revelador.
El término Manifest Destiny fue
acuñado en 1845 por John L. O'Sullivan, un periodista entusiasta, más proclive
a la grandilocuencia que a la precisión. O’Sullivan no hablaba desde el poder,
ni diseñaba estrategias de Estado. Escribía artículos, defendía causas y ponía
palabras solemnes a procesos bastante más prosaicos. Su gran aportación fue
encontrar una fórmula afortunada: un destino que no necesitaba demostración
porque era “manifiesto”, evidente, casi natural.
La elección del adjetivo es
significativa. Manifiesto no significa planificado ni debatido. Significa
obvio. Algo que ocurre porque no puede no ocurrir. El Destino Manifiesto no era
un programa político, sino una coartada narrativa. No decía qué debía hacerse,
sino por qué lo que ya se estaba haciendo era inevitable.
Y lo que se estaba haciendo era
expandirse. Colonizar territorios, desplazar poblaciones indígenas, anexionar
tierras, provocar conflictos fronterizos y, llegado el caso, declarar guerras.
Nada de eso necesitaba una doctrina previa para ponerse en marcha. Bastaban la
presión demográfica, la especulación, los intereses económicos y una
considerable dosis de violencia. El Destino Manifiesto llegó después, como
llegan las explicaciones tranquilizadoras.
Presidentes como James K. Polk,
responsable de una de las mayores expansiones territoriales de la historia
estadounidense, no hablaban de destino ni de providencia. Hablaban de
seguridad, de fronteras naturales, de derechos heredados y de oportunidades estratégicas.
Polk actuó con determinación, pero sin misticismo. El Destino Manifiesto no
guió sus decisiones: sirvió para contarlas después.
Aquí conviene detenerse un
momento en una confusión habitual. A menudo se asocia el Destino Manifiesto con
figuras como Horace Greeley, quizá porque su famoso “Go West” encaja bien en la
iconografía del mito. Pero la asociación es engañosa. Greeley no acuñó el
término ni lo convirtió en doctrina. Además, mantuvo posiciones mucho más
ambivalentes respecto a la expansión, sobre todo cuando implicaba guerra o
extensión de la esclavitud. Su exhortación al oeste tenía más de movilidad
social que de teología nacional.
El éxito posterior del Destino
Manifiesto tiene menos que ver con su influencia real y más con su utilidad
historiográfica. Es una idea cómoda. Compacta. Explica muchas cosas de golpe y
las envuelve en un lenguaje moral que suaviza los bordes más incómodos. Hablar
de destino resulta más llevadero que hablar de expulsiones forzosas, guerras de
conquista o decisiones oportunistas.
Así, un eslogan periodístico
relativamente marginal acabó convertido en una especie de motor histórico
universal. Se aplicó retroactivamente a décadas de expansión, como si hubiera
estado operando desde el principio, silencioso pero firme. El problema es que
esta lectura invierte el orden real de las cosas. No fue el Destino Manifiesto
el que produjo la expansión; fue la expansión la que produjo el Destino
Manifiesto.
El paralelismo con la llamada
doctrina Monroe es evidente. En ambos casos, un texto o una expresión concreta,
limitada y circunstancial, acaba transformándose en doctrina retrospectiva. En
ambos casos, la historia fabrica coherencia donde hubo decisiones
fragmentarias. Y en ambos casos, el resultado es una narrativa mucho más
ordenada que la realidad que pretende explicar.
El Destino Manifiesto nunca fue
una creencia uniforme ni compartida sin fisuras. Fue discutido, contestado y
rechazado por amplios sectores de la sociedad estadounidense. Hubo oposición
política, resistencia moral y conflictos internos profundos. Presentarlo como
una fe nacional inconsciente es una forma elegante de borrar esas tensiones.
Lo que sí fue el Destino
Manifiesto es un lenguaje eficaz. Permitió a muchos estadounidenses verse a sí
mismos no como agentes de un proceso violento, sino como instrumentos de algo
más grande. Redujo la responsabilidad individual y colectiva al mínimo necesario.
No se conquistaba; se cumplía un destino. No se expulsaba; se avanzaba. No se
decidía; se obedecía a la historia.
Por eso el concepto sobrevivió a
su contexto original. Porque no explicaba tanto lo que ocurrió como cómo se
quiso recordar lo ocurrido. Funcionó como un atajo moral, una forma de narrar
el pasado sin detenerse demasiado en los detalles incómodos.
A diferencia de las doctrinas
oficiales, el Destino Manifiesto no necesitó ser derogado. Simplemente fue
perdiendo utilidad a medida que cambiaban las circunstancias. Pero su sombra
siguió ahí, reapareciendo cada vez que Estados Unidos necesitó explicar su
relación con el territorio, el poder o la expansión, ya fuera continental o de
otro tipo.
Al final, el Destino Manifiesto
no fue una doctrina que guiara la historia, sino una historia que se contó para
hacer la historia más soportable. No empujó a nadie hacia el oeste. Llegó
después, para explicar por qué ya se había llegado.
Como ocurre con tantas ideas convertidas en dogma retrospectivo, su éxito no reside en su verdad, sino en su comodidad. Y pocas cosas resultan tan cómodas como pensar que lo que ocurrió no podía haber ocurrido de otra manera.