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martes, 6 de enero de 2026

WOODROW WILSON Y LA RUPTURA SILENCIOSA DE LA DOCTRINA MONROE

 

Cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1917, lo hizo con la solemnidad de quien promete que no volverá a ocurrir. El país que llevaba casi un siglo repitiendo —a veces con convicción, a veces por pura inercia— que los asuntos europeos no eran asunto suyo cruzaba ahora el Atlántico armado hasta los dientes. Llegaba tarde, además, cuando el conflicto ya había demostrado su capacidad para triturar imperios, economías y certezas. Pero insistía en que aquello no significaba nada definitivo. No era un cambio de rumbo. Era una excepción. Grave, costosa, traumática, pero excepcional al fin y al cabo.

La escenografía importaba. Estados Unidos no entraba en la guerra como una potencia arrastrada por los acontecimientos, sino como alguien que acude porque no le queda más remedio moral. La intervención debía parecer inevitable, pero también incómoda, casi indeseada. En ese equilibrio delicado se jugaba algo más que una campaña militar: se jugaba la posibilidad de romper con una tradición diplomática de casi un siglo sin admitirlo abiertamente.

El encargado de explicar ese ejercicio de funambulismo fue Woodrow Wilson, un profesor universitario llegado a la presidencia con fama de intelectual serio y vocación pedagógica. Wilson creía que la política, como la enseñanza, consistía en explicar bien las cosas. Si se encontraba la formulación correcta, la realidad acabaría adaptándose. Sabía que estaba rompiendo algo importante, pero también sabía que no podía decirlo así. Reconocer explícitamente que Estados Unidos abandonaba su promesa histórica de no intervenir en Europa habría sido políticamente suicida. Su solución fue tan elegante como peligrosa: cambiar el significado de la guerra.

En su discurso ante el Congreso del 2 de abril de 1917 evitó cuidadosamente presentar el conflicto como lo que era —una guerra europea entre imperios industriales— y lo redefinió como una crisis moral global. Estados Unidos no entraba en guerra contra Alemania como nación, sino contra prácticas intolerables: la guerra submarina irrestricta, la violación del derecho internacional, el desprecio por los derechos de las naciones neutrales. No se trataba de banderas ni de fronteras, sino de normas básicas de convivencia.

La operación retórica era impecable. Si la guerra no era europea, la doctrina Monroe no se violaba. O, más exactamente, se violaba sin necesidad de admitirlo. Estados Unidos no intervenía en Europa; intervenía en defensa de principios universales. El desplazamiento conceptual permitía saltar por encima de la geografía y, de paso, sobrevolar una contradicción histórica incómoda.

La frase que resume toda la maniobra es conocida y ha sobrevivido mejor que la mayoría de los tratados de paz: “The world must be made safe for democracy”. El mundo, no Europa. La democracia, no el equilibrio de poder. Con una sola frase, Wilson ampliaba el escenario y elevaba el motivo. Estados Unidos dejaba de actuar como un país con intereses —que los tenía— y pasaba a presentarse como agente moral de la historia. No entraba en la guerra por conveniencia estratégica, sino por responsabilidad ética. Y, en ese marco, no intervenir dejaba de ser prudente para convertirse en irresponsable.

La jugada tenía varias ventajas. Neutralizaba buena parte del aislacionismo interno, siempre receloso cuando se trata de enviar soldados al extranjero. Desactivaba la acusación de imperialismo, palabra incómoda para una república que se pensaba a sí misma como antítesis de los viejos imperios europeos. Y, sobre todo, permitía romper con la tradición sin reconocer explícitamente la ruptura. Estados Unidos no traicionaba sus principios: los reinterpretaba a una escala superior.

Wilson nunca declaró muerta la doctrina Monroe. No hizo falta. Simplemente dejó de hablar de ella. La promesa de no intervención en Europa se evaporó sin ruido, sustituida por una retórica más ambiciosa, más abstracta y mucho más flexible. Era una solución perfecta para un problema inmediato, pero tenía un defecto grave: no incluía fecha de caducidad. Si Estados Unidos podía intervenir cuando estaban en juego principios universales, ¿cuándo dejarían de estarlo? ¿Qué conflicto futuro no podría presentarse como una amenaza para la democracia, la paz o el orden internacional?

Tras el final de la guerra, Estados Unidos pareció replegarse. El Senado rechazó la entrada en la Sociedad de Naciones, el país se refugió en la palabra “normalidad” y el aislacionismo volvió a sonar respetable. Durante un tiempo, pudo parecer que la intervención de 1917 había sido, efectivamente, un paréntesis. Pero era una ilusión tranquilizadora. El país ya había aprendido algo decisivo: que podía intervenir lejos, movilizar recursos colosales, influir en el desenlace de una guerra continental y regresar a casa sin que el sistema político colapsara.

La experiencia había cambiado la forma de pensar, aunque no se reconociera abiertamente. Estados Unidos había descubierto que su seguridad ya no era exclusivamente hemisférica, que su poder económico tenía consecuencias globales y que la neutralidad absoluta era cada vez más difícil de sostener en un mundo interconectado. Aunque se retirara formalmente, ya no podía volver mentalmente a 1823.

Wilson fracasó políticamente en casa. Perdió la batalla del Senado, vio cómo su gran proyecto internacional se desmoronaba y se retiró con la sensación amarga de haber explicado demasiado bien una idea que nadie estaba dispuesto a asumir del todo. Pero la derrota fue solo aparente. Porque, aunque Wilson perdió el control del relato inmediato, dejó algo mucho más persistente: un precedente operativo.

Había demostrado que Estados Unidos podía intervenir en una guerra europea, presentarlo como un acto moral y salir de la experiencia sin que la república se desintegrara. Había probado que el lenguaje de los principios universales funcionaba mejor que el de los intereses desnudos, y que servía para reconciliar a un país reacio con decisiones que, en otro contexto, habrían sido inaceptables. La excepción había sido explicada con tanto cuidado que quedó disponible para usos futuros.

Durante los años veinte y buena parte de los treinta, Estados Unidos fingió que aquella experiencia no lo había cambiado. Habló de normalidad, de asuntos internos y de distancias oceánicas, como si el Atlántico siguiera siendo una frontera protectora y no una autopista estratégica. Pero la ficción duró lo justo. Cuando el mundo volvió a descomponerse, la pregunta ya no fue si Estados Unidos debía implicarse, sino cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo.

Ahí es donde la herencia de Wilson encuentra a su heredero involuntario. Cuando Franklin D. Roosevelt llegue a la presidencia, no tendrá que inventar una justificación desde cero. La encontrará ya preparada. Bastará con desplazar el énfasis, abandonar la retórica de la excepción y aceptar que lo que en 1917 se presentó como anomalía podía convertirse en estructura. Wilson había abierto la puerta con cautela; Roosevelt se limitará a cruzarla.

La doctrina Monroe, para entonces, seguirá citándose de vez en cuando, como se citan las viejas constituciones cuando ya no bastan para explicar el presente. No habrá sido abolida ni refutada. Simplemente habrá dejado de servir. Y cuando llegue la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no tendrá que explicar por qué interviene en Europa. Solo tendrá que explicar por qué ha tardado tanto.III. De Wilson a Roosevelt: cómo la excepción se convirtió en norma

Durante los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos fingió que no había pasado nada definitivo. Habló de normalidad, de repliegue y de asuntos internos, como si la experiencia de 1917 hubiera sido un mal sueño. Pero el país ya no pensaba como antes. Había intervenido en Europa, había decidido el desenlace de una guerra mundial y había descubierto que su poder tenía consecuencias globales.

La gran aportación de Woodrow Wilson no fue ganar la guerra, sino cambiar las reglas del juego. Introdujo una idea nueva y peligrosa: la intervención como deber moral. No era una política permanente, insistió, sino una excepción histórica. El problema es que las excepciones que funcionan tienden a repetirse.

Durante el periodo de entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en sistema, pero tampoco desapareció. Funcionó como una posibilidad latente, lista para activarse cuando las circunstancias lo exigieran. Y las circunstancias no tardaron en llegar.

Cuando el mundo volvió a descomponerse en los años treinta, la discusión ya no era la misma que en 1914. La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en los asuntos globales, sino cuándo. Ahí entra en escena Franklin D. Roosevelt.

A diferencia de Wilson, Roosevelt no necesitó presentar la intervención como anomalía. La concibió como responsabilidad estructural. Antes incluso de la entrada formal en la Segunda Guerra Mundial, su política exterior ya reflejaba una convicción clara: la seguridad estadounidense dependía del equilibrio global. El Atlántico dejó de ser una frontera cómoda y pasó a ser un espacio estratégico.

Con Roosevelt desaparece definitivamente la ficción de las esferas separadas. Tras 1945, Estados Unidos no solo interviene: organiza. Diseña instituciones, establece alianzas permanentes y redefine la seguridad nacional en términos globales. La doctrina Monroe sobrevive como referencia histórica, no como guía real.

Visto en conjunto, el arco es claro. En 1823 se propone un mundo de esferas separadas. En 1917 se rompe ese equilibrio sin admitirlo abiertamente. En la Segunda Guerra Mundial, la excepción se convierte en norma. Nadie derogó nada. Simplemente dejó de servir.

La doctrina Monroe no murió. Algo más definitivo le ocurrió: se volvió irrelevante. Lo trataré en el próximo artículo