Cuando Estados Unidos entró en la
Primera Guerra Mundial, en la primavera de 1917, lo hizo con la solemnidad de
quien promete que no volverá a ocurrir. El país que llevaba casi un siglo
repitiendo —a veces con convicción, a veces por pura inercia— que los asuntos
europeos no eran asunto suyo cruzaba ahora el Atlántico armado hasta los
dientes. Llegaba tarde, además, cuando el conflicto ya había demostrado su
capacidad para triturar imperios, economías y certezas. Pero insistía en que
aquello no significaba nada definitivo. No era un cambio de rumbo. Era una
excepción. Grave, costosa, traumática, pero excepcional al fin y al cabo.
La escenografía importaba.
Estados Unidos no entraba en la guerra como una potencia arrastrada por los
acontecimientos, sino como alguien que acude porque no le queda más remedio
moral. La intervención debía parecer inevitable, pero también incómoda, casi
indeseada. En ese equilibrio delicado se jugaba algo más que una campaña
militar: se jugaba la posibilidad de romper con una tradición diplomática de
casi un siglo sin admitirlo abiertamente.
El encargado de explicar ese
ejercicio de funambulismo fue Woodrow Wilson, un profesor universitario llegado
a la presidencia con fama de intelectual serio y vocación pedagógica. Wilson
creía que la política, como la enseñanza, consistía en explicar bien las cosas.
Si se encontraba la formulación correcta, la realidad acabaría adaptándose.
Sabía que estaba rompiendo algo importante, pero también sabía que no podía
decirlo así. Reconocer explícitamente que Estados Unidos abandonaba su promesa
histórica de no intervenir en Europa habría sido políticamente suicida. Su
solución fue tan elegante como peligrosa: cambiar el significado de la guerra.
En su discurso ante el Congreso
del 2 de abril de 1917 evitó cuidadosamente presentar el conflicto como lo que
era —una guerra europea entre imperios industriales— y lo redefinió como una
crisis moral global. Estados Unidos no entraba en guerra contra Alemania como
nación, sino contra prácticas intolerables: la guerra submarina irrestricta, la
violación del derecho internacional, el desprecio por los derechos de las
naciones neutrales. No se trataba de banderas ni de fronteras, sino de normas
básicas de convivencia.
La operación retórica era
impecable. Si la guerra no era europea, la doctrina Monroe no se violaba. O,
más exactamente, se violaba sin necesidad de admitirlo. Estados Unidos no
intervenía en Europa; intervenía en defensa de principios universales. El desplazamiento
conceptual permitía saltar por encima de la geografía y, de paso, sobrevolar
una contradicción histórica incómoda.
La frase que resume toda la
maniobra es conocida y ha sobrevivido mejor que la mayoría de los tratados de
paz: “The world must be made safe for democracy”. El mundo, no Europa. La
democracia, no el equilibrio de poder. Con una sola frase, Wilson ampliaba el
escenario y elevaba el motivo. Estados Unidos dejaba de actuar como un país con
intereses —que los tenía— y pasaba a presentarse como agente moral de la
historia. No entraba en la guerra por conveniencia estratégica, sino por
responsabilidad ética. Y, en ese marco, no intervenir dejaba de ser prudente
para convertirse en irresponsable.
La jugada tenía varias ventajas.
Neutralizaba buena parte del aislacionismo interno, siempre receloso cuando se
trata de enviar soldados al extranjero. Desactivaba la acusación de
imperialismo, palabra incómoda para una república que se pensaba a sí misma
como antítesis de los viejos imperios europeos. Y, sobre todo, permitía romper
con la tradición sin reconocer explícitamente la ruptura. Estados Unidos no
traicionaba sus principios: los reinterpretaba a una escala superior.
Wilson nunca declaró muerta la
doctrina Monroe. No hizo falta. Simplemente dejó de hablar de ella. La promesa
de no intervención en Europa se evaporó sin ruido, sustituida por una retórica
más ambiciosa, más abstracta y mucho más flexible. Era una solución perfecta
para un problema inmediato, pero tenía un defecto grave: no incluía fecha de
caducidad. Si Estados Unidos podía intervenir cuando estaban en juego
principios universales, ¿cuándo dejarían de estarlo? ¿Qué conflicto futuro no
podría presentarse como una amenaza para la democracia, la paz o el orden
internacional?
Tras el final de la guerra,
Estados Unidos pareció replegarse. El Senado rechazó la entrada en la Sociedad
de Naciones, el país se refugió en la palabra “normalidad” y el aislacionismo
volvió a sonar respetable. Durante un tiempo, pudo parecer que la intervención
de 1917 había sido, efectivamente, un paréntesis. Pero era una ilusión
tranquilizadora. El país ya había aprendido algo decisivo: que podía intervenir
lejos, movilizar recursos colosales, influir en el desenlace de una guerra
continental y regresar a casa sin que el sistema político colapsara.
La experiencia había cambiado la
forma de pensar, aunque no se reconociera abiertamente. Estados Unidos había
descubierto que su seguridad ya no era exclusivamente hemisférica, que su poder
económico tenía consecuencias globales y que la neutralidad absoluta era cada
vez más difícil de sostener en un mundo interconectado. Aunque se retirara
formalmente, ya no podía volver mentalmente a 1823.
Wilson fracasó políticamente en
casa. Perdió la batalla del Senado, vio cómo su gran proyecto internacional se
desmoronaba y se retiró con la sensación amarga de haber explicado demasiado
bien una idea que nadie estaba dispuesto a asumir del todo. Pero la derrota fue
solo aparente. Porque, aunque Wilson perdió el control del relato inmediato,
dejó algo mucho más persistente: un precedente operativo.
Había demostrado que Estados
Unidos podía intervenir en una guerra europea, presentarlo como un acto moral y
salir de la experiencia sin que la república se desintegrara. Había probado que
el lenguaje de los principios universales funcionaba mejor que el de los
intereses desnudos, y que servía para reconciliar a un país reacio con
decisiones que, en otro contexto, habrían sido inaceptables. La excepción había
sido explicada con tanto cuidado que quedó disponible para usos futuros.
Durante los años veinte y buena
parte de los treinta, Estados Unidos fingió que aquella experiencia no lo había
cambiado. Habló de normalidad, de asuntos internos y de distancias oceánicas,
como si el Atlántico siguiera siendo una frontera protectora y no una autopista
estratégica. Pero la ficción duró lo justo. Cuando el mundo volvió a
descomponerse, la pregunta ya no fue si Estados Unidos debía implicarse, sino
cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo.
Ahí es donde la herencia de
Wilson encuentra a su heredero involuntario. Cuando Franklin D. Roosevelt
llegue a la presidencia, no tendrá que inventar una justificación desde cero.
La encontrará ya preparada. Bastará con desplazar el énfasis, abandonar la
retórica de la excepción y aceptar que lo que en 1917 se presentó como anomalía
podía convertirse en estructura. Wilson había abierto la puerta con cautela;
Roosevelt se limitará a cruzarla.
La doctrina Monroe, para
entonces, seguirá citándose de vez en cuando, como se citan las viejas
constituciones cuando ya no bastan para explicar el presente. No habrá sido
abolida ni refutada. Simplemente habrá dejado de servir. Y cuando llegue la
Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no tendrá que explicar por qué
interviene en Europa. Solo tendrá que explicar por qué ha tardado tanto.III. De
Wilson a Roosevelt: cómo la excepción se convirtió en norma
Durante los años que siguieron a
la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos fingió que no había pasado nada
definitivo. Habló de normalidad, de repliegue y de asuntos internos, como si la
experiencia de 1917 hubiera sido un mal sueño. Pero el país ya no pensaba como
antes. Había intervenido en Europa, había decidido el desenlace de una guerra
mundial y había descubierto que su poder tenía consecuencias globales.
La gran aportación de Woodrow
Wilson no fue ganar la guerra, sino cambiar las reglas del juego. Introdujo una
idea nueva y peligrosa: la intervención como deber moral. No era una política
permanente, insistió, sino una excepción histórica. El problema es que las
excepciones que funcionan tienden a repetirse.
Durante el periodo de
entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en sistema,
pero tampoco desapareció. Funcionó como una posibilidad latente, lista para
activarse cuando las circunstancias lo exigieran. Y las circunstancias no tardaron
en llegar.
Cuando el mundo volvió a
descomponerse en los años treinta, la discusión ya no era la misma que en 1914.
La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en los asuntos globales,
sino cuándo. Ahí entra en escena Franklin D. Roosevelt.
A diferencia de Wilson, Roosevelt
no necesitó presentar la intervención como anomalía. La concibió como
responsabilidad estructural. Antes incluso de la entrada formal en la Segunda
Guerra Mundial, su política exterior ya reflejaba una convicción clara: la
seguridad estadounidense dependía del equilibrio global. El Atlántico dejó de
ser una frontera cómoda y pasó a ser un espacio estratégico.
Con Roosevelt desaparece
definitivamente la ficción de las esferas separadas. Tras 1945, Estados Unidos
no solo interviene: organiza. Diseña instituciones, establece alianzas
permanentes y redefine la seguridad nacional en términos globales. La doctrina Monroe
sobrevive como referencia histórica, no como guía real.
Visto en conjunto, el arco es
claro. En 1823 se propone un mundo de esferas separadas. En 1917 se rompe ese
equilibrio sin admitirlo abiertamente. En la Segunda Guerra Mundial, la
excepción se convierte en norma. Nadie derogó nada. Simplemente dejó de servir.
La doctrina Monroe no murió. Algo más definitivo le ocurrió: se volvió irrelevante. Lo trataré en el próximo artículo.