A más de diez mil metros de altura, cualquier sacudida se interpreta como una advertencia. El avión tiembla, el carrito de bebidas se detiene en seco y uno empieza a preguntarse si no habría sido mejor elegir el tren, aunque fuera atravesando el océano. Sin embargo, lo que sentimos como una caída inminente suele ser algo mucho más prosaico: aire en movimiento. La turbulencia no es una pérdida de control ni un fallo mecánico, sino el equivalente atmosférico a los baches de una carretera. Incómodos, inevitables y, casi siempre, inofensivos.
La turbulencia es aterradora, sí,
pero no porque el piloto haya perdido el control ni porque el avión esté a
punto de precipitarse en picado hacia una granja remota de Terranova. La
turbulencia es, básicamente, aire maleducado. Aire que no se comporta como
debería. Y los aviones, por fortuna, están diseñados para soportar cosas mucho
peores que unos cuantos empujones
atmosféricos.
Viajar en avión me encanta.
Volar, en abstracto, me parece una de las grandes conquistas de la humanidad.
Ahora bien, volar mientras el avión se sacude como una lavadora con un ladrillo
dentro es otra historia. Hace poco crucé el Atlántico y atravesé un tramo de
turbulencias que me hizo aferrarme al reposabrazos con la intensidad de un
recién nacido poniendo a prueba su reflejo de prensión palmar. Fue entonces
cuando pensé que la elección entre pasta o pollo no debería hacerse a 10 600
metros de altura si existe la posibilidad de que sea tu última cena.
Este es, en definitiva, el
artículo que me habría gustado leer allí arriba, mientras el avión parecía
empeñado en demostrar que la gravedad sigue muy interesada en nosotros.
Empecemos por lo básico: la
turbulencia no significa que el avión haya perdido el control. Desde un punto
de vista científico —y aquí la ciencia viene a tranquilizarnos como una mano
firme sobre el hombro—, la turbulencia es simplemente un movimiento caótico e
irregular en un fluido. En este caso, el aire. Porque el aire, aunque no lo
parezca, no es la nada. No es un vacío amable. Es más bien un océano invisible,
siempre en movimiento.
Cuando el avión atraviesa zonas
donde el aire asciende, desciende o se desplaza a distintas velocidades, tú lo
notas en forma de sacudidas. Eso es todo. El avión no se cae: navega.
Exactamente igual que un barco que se balancea sobre las olas. Nadie piensa que
un ferry esté a punto de desintegrarse porque el mar esté un poco animado. Con
el aire ocurre lo mismo, solo que no lo vemos y eso lo vuelve mucho más
sospechoso.
Las turbulencias aparecen, sobre
todo, por tres motivos principales.
La turbulencia mecánica se
produce cuando el aire choca con obstáculos: montañas, edificios, terrenos
irregulares. Al hacerlo, forma remolinos que son, en esencia, baches
atmosféricos. Las cordilleras son especialmente eficaces en esto. El aire se
acumula, asciende y crea lo que se conoce como ondas de montaña. Los aviones
que las atraviesan pueden experimentar un movimiento rítmico de subida y
bajada, incluso en días despejados, lo cual resulta profundamente injusto.
La turbulencia térmica, o
convectiva, es típica de las tardes calurosas. El sol calienta la Tierra de
manera desigual: el asfalto se calienta antes que la hierba, y la hierba antes
que el agua. El aire caliente asciende, el frío desciende, y el resultado es un
intercambio vertical bastante caótico. Por eso los pilotos prefieren volar
temprano por la mañana o al final del día cuando hace calor: menos sol, menos
aire subiendo a lo loco, menos sorpresas desagradables.
La turbulencia frontal ocurre
cuando masas de aire cálido y frío colisionan, sobre todo en torno a frentes
fríos. El aire cálido asciende sobre el frío, se genera fricción y la atmósfera
entra en un estado de ánimo claramente irritable. Este tipo de turbulencia
suele venir acompañada de nubes y meteorología dramática, y es cuando el piloto
enciende el cartel del cinturón con una solemnidad que no presagia nada bueno.
Y luego está la más inquietante
de todas: la turbulencia en aire despejado. No avisa. No se ve. No tiene nubes
amenazantes ni relámpagos teatrales. Suele aparecer a gran altitud, cerca de
las corrientes en chorro, cuando aire rápido se encuentra con aire lento y se
produce un cambio brusco de velocidad. El resultado es un movimiento errático e
invisible que parece diseñado específicamente para asustar a los pasajeros
nerviosos. A veces también la provocan tormentas lejanas, que envían ondas
atmosféricas capaces de viajar cientos de kilómetros solo para molestarte a ti.
Los pilotos hacen todo lo posible
por anticiparse a estas situaciones: usan datos meteorológicos, informes de
otros aviones y mucha experiencia acumulada. Pero la atmósfera no es un mapa
perfectamente señalizado. Algunas irregularidades son inevitables. Esperar un
vuelo sin turbulencias es como esperar una carretera sin baches: optimista,
pero poco realista.
Si prefieres vivir en la
ignorancia, puedes hacerlo y enfrentarte a las sacudidas cuando lleguen. Pero
también puedes adelantarte y consultar Turbli, un mapa
interactivo con nombre de mascota que muestra previsiones de turbulencia en
tiempo real y a futuro. Usa datos de la Administración
Atmosférica y Oceánica Nacional y del Servicio
Meteorológico Nacional, ambas estadounidenses, y de la británica Met Office. Es global, se actualiza
cada seis horas y puede ayudarte a saber si te esperan baches… o una autopista
razonablemente lisa.
Y ahora viene la parte realmente
visible desde la serenidad: los aviones están construidos para soportar
condiciones muchísimo peores que cualquier cosa que experimentarás como
pasajero. Un accidente causado únicamente por turbulencias es extraordinariamente
raro. El verdadero peligro no es el avión, sino las personas sin cinturón y los
objetos sueltos en la cabina.
Las turbulencias son incómodas, sí, pero son parte normal de volar en una atmósfera viva y en movimiento. Deja que el avión vuele. No dejes volar tu imaginación ni tu miedo. Abróchate siempre el cinturón cuando estés sentado. Porque, en una pelea entre el compartimento superior y tu cabeza, el compartimento superior tiene ventaja.