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martes, 6 de enero de 2026

POR QUÉ CHINA NO QUIERE GOBERNAR EL MUNDO (AUNQUE PUEDA PARECERLO)

 

Mapa político de China. El país tiene más de 9,5 millones de km² y se subdivide en treinta y tres regiones administrativas, muchas de ellas de carácter histórico. El mapa político es el resultado de un largo proceso histórico, con regiones antiguas que han ido mutando y transformándose con los siglos. De hecho, la organización administrativa actual todavía refleja la división entre la «China central», habitada mayoritariamente por población de origen han, y la periferia históricamente dominada por otras etnias.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

El problema no es que la pregunta sea absurda, sino que está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo.

La primera de sus debilidades es geográfica y bastante poco romántica. China es una potencia continental con una salida marítima incómoda. Toda su costa relevante da al Pacífico occidental, una de las zonas más vigiladas, militarizadas y congestionadas del planeta. No tiene océanos abiertos ni rutas limpias. Tiene estrechos, archipiélagos, mares disputados y vecinos nerviosos. En ese sentido, se parece más de lo que suele admitirse a Rusia: gran profundidad territorial, enorme masa continental y, al mismo tiempo, salidas al mar limitadas y vulnerables.

La diferencia es que Rusia puede permitirse, hasta cierto punto, vivir de espaldas al comercio global. China no. Su economía depende de que barcos cargados de energía, alimentos y materias primas entren y salgan sin demasiadas interrupciones. Por eso su política exterior tiene algo de obsesión logística. No busca dominar los océanos como hizo Estados Unidos; busca algo más modesto y urgente: que no se los cierren.

Esta vulnerabilidad explica muchas cosas que desde fuera parecen agresivas. El empeño en el mar de China Meridional. La obsesión con Taiwán. La acumulación de puertos “amigos” a lo largo de rutas comerciales. No es expansionismo clásico; es ansiedad estratégica. China no sueña con portaaviones patrullando el Atlántico. Sueña con que sus rutas sigan funcionando mañana por la mañana.

La segunda debilidad es cultural y suele pasarse por alto. China no sabe colonizar. O, más exactamente, no quiere hacerlo. No tiene tradición de enviar grandes masas de población al exterior para reproducir su sociedad, su política y su cultura en otros territorios. Su diáspora existe, sí, pero es económica, no imperial. No crea sociedades políticas chinas fuera de China. No exporta ciudadanos; exporta capital, infraestructuras y técnicos temporales que, en cuanto terminan el trabajo, vuelven a casa.

Esto la diferencia radicalmente de los imperios europeos y también de Estados Unidos. Donde otros enviaban colonos, China firma contratos. Donde otros construían sociedades nuevas, China construye carreteras, puertos y redes eléctricas. Es un modelo menos intrusivo y, por eso mismo, más aceptable para muchos países. Pero también es un modelo limitado. Permite influencia, no control. Permite presencia, no gobierno.

China puede financiar un puerto en África, pero no gobernar un país africano. Puede condicionar decisiones económicas, pero no reordenar sociedades enteras. Su poder es funcional, no cultural. Y eso, en un sistema internacional, es una ventaja y una desventaja al mismo tiempo.

La tercera debilidad —la decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar, emplear y mantener razonablemente satisfechos a 1.400 millones de personas. Y ya no basta con alimentarlas. Tiene que ofrecerles una vida cada vez más parecida a la occidental: consumo, estabilidad, movilidad social, expectativas. Esa es la verdadera línea roja del sistema chino. Todo lo demás es secundario.

China es la mayor potencia demográfica del mundo. Con más de 1.400 millones de habitantes alberga a más del 18% de la población mundial en el tercer país más extenso del planeta, además de una amplia diáspora. Sin embargo su distribución está lejos de estar equilibrada, con una alta densidad de población en las costas y las cuencas inferiores, así como en las llanuras fluviales de los grandes y fértiles ríos como el Amarillo, Yangtsé o Mekong, y una densidad muy baja en el interior.

Un país con ese volumen humano no puede permitirse aventuras prolongadas. Cada conflicto serio rompe flujos comerciales, encarece la energía, dispara el desempleo y amenaza la legitimidad política. Un ejército enorme no resuelve ese problema; lo agrava. La logística de mantener una guerra exterior es trivial comparada con la logística de mantener la paz interior de una sociedad de ese tamaño.

Por eso China detesta la guerra abierta. No por pacifismo, sino por aritmética. El riesgo no es perder un conflicto; es perder el control interno. La historia china está llena de colapsos provocados no por invasiones extranjeras, sino por crisis internas: hambrunas, rebeliones, fragmentación. Esa memoria pesa mucho más que cualquier ambición imperial.

Lo interesante es que ellos lo saben. El liderazgo chino no se cree su propia propaganda. Entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Sabe que no puede bloquear océanos. Sabe que no puede exportar población. Y sabe, sobre todo, que su mayor enemigo no está fuera, sino dentro.

Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

Desde fuera, esta actitud se confunde a menudo con astucia imperial. Desde dentro, se parece más a una política de contención preventiva. China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía.

Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.