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martes, 6 de enero de 2026

EL TÉ: UNA INFUSIÓN CON HISTORIA, QUÍMICA Y UN POCO DE FANTASÍA

 

Después del agua, el té es la bebida más consumida del mundo. Eso quiere decir que, mientras lees esto, alguien en alguna parte —probablemente varios millones de personas— está levantando una taza humeante con la esperanza de despejar la cabeza, pasar el rato o simplemente no quedarse dormido. El té sirve para todo eso y para casi nada más. Lo cual, en tiempos de promesas milagrosas, es ya una virtud.

La leyenda dice que el té fue un accidente. El emperador chino Shen Nung hervía siempre el agua por razones higiénicas —un adelantado— y un día unas hojas cayeron en el recipiente. Bebió. Le gustó. Notó que le espabilaba. De ahí a convertirlo en bebida nacional había un paso corto, sobre todo si uno es emperador. La historia es bonita y probablemente falsa, pero cumple su función: recordar que el té nació sin marketing.

Cuando llegó a Europa, en el siglo XVII, no despertó el mismo entusiasmo. Era caro, extranjero y sospechoso. El clero lo miraba con desconfianza, como suele ocurrir con casi todo lo placentero. Un reverendo inglés, Stephen Hales, intentó demostrar su peligrosidad sumergiendo la cola de un cochinillo en una taza de té caliente: al sacarla, estaba sin pelo. El experimento probaba, en rigor, que el agua caliente quema, pero no detuvo la expansión del té. La gente siguió bebiéndolo, que es una forma muy educada de desoír a los alarmistas.

Todo el té procede de una única planta, Camellia sinensis. No hay misterio botánico: lo que cambia no es la especie, sino el trato que reciben las hojas. El té negro se oxida por completo; el verde apenas se deja hacerlo; el oolong se queda a medio camino. Esa diferencia técnica —que durante años se llamó “fermentación”, aunque no lo sea— es la responsable del sabor, del color y, como luego veremos, de buena parte del interés científico.

Porque el té, además de agua caliente con hojas, es química. Contiene cientos de compuestos, pero los protagonistas son los polifenoles, y dentro de ellos las catequinas. Son responsables del amargor leve, de la astringencia y del entusiasmo de los investigadores. La estrella del grupo se llama epigalocatequina-3-galato, o EGCG, nombre que invita a pedir otra cosa, pero que aparece con frecuencia en artículos científicos.

El entusiasmo moderno por el té no surgió en una casa de té japonesa, sino en Holanda. En 1993, un estudio epidemiológico observó que las personas que consumían más flavonoides tenían menos enfermedades coronarias. El té era una de las principales fuentes de esos compuestos y beber varias tazas al día parecía asociarse con cierta protección cardiovascular. Los resultados se publicaron en The Lancet, que no es precisamente una revista de autoayuda, y despertó un interés inmediato.

A partir de ahí, todo encajaba demasiado bien. En países donde se bebe mucho té, como China o Japón, las enfermedades cardiovasculares eran menos frecuentes que en Occidente. Además, existía una explicación plausible: el colesterol hace daño sobre todo cuando se oxida, y las catequinas son antioxidantes. Neutralizan radicales libres, esas moléculas reactivas a las que se culpa de casi todo desde hace décadas. La historia era elegante, y eso siempre es peligroso.

Los radicales libres también se han relacionado con el cáncer, así que la lógica llevó a preguntarse si el té podía proteger frente a ciertos tumores. En Japón, donde se fuma bastante y se bebe mucho té verde, las tasas de cáncer de pulmón eran relativamente bajas. En China, algunos estudios observaron menos cáncer de esófago entre grandes bebedores de té verde. En Estados Unidos, apareció alguna asociación con menor riesgo de cáncer de páncreas. Las piezas parecían encajar, pero la epidemiología es un arte delicado: cuando uno mira países enteros, siempre hay demasiadas variables bailando a la vez.

Los experimentos con animales reforzaron la impresión de que algo había ahí. Ratas alimentadas con dietas ricas en colesterol mejoraban sus niveles sanguíneos si recibían extractos de té verde. Ratones expuestos a carcinógenos desarrollaban menos tumores si bebían té. Incluso el cáncer de piel disminuía en animales irradiados con luz ultravioleta cuando el té entraba en escena. Todo muy prometedor, todo muy ratonil.

En el laboratorio, el té se comporta de forma ejemplar. Neutraliza radicales libres en tubos de ensayo con una eficacia comparable —y a veces superior— a la de frutas y verduras. Solo el ajo suele competir con él, lo que plantea un problema práctico evidente. La EGCG, además, inhibe el crecimiento de células cancerosas humanas cultivadas y modula enzimas implicadas en la invasión tumoral. El té, en placas de Petri, es un héroe discreto.

El problema es que los humanos no somos placas de Petri ni ratones con agua verde en el bebedero. Durante años, esa fue la objeción principal: ningún estudio observacional ni ningún experimento animal podía demostrar que el té previniera el cáncer o las enfermedades cardíacas en personas reales. Para eso hacen falta ensayos de intervención, largos, caros y poco glamurosos.

Hubo algunos. Uno de los más citados se realizó en China con personas que presentaban lesiones precancerosas en la boca. Normalmente, una parte significativa de estos pacientes acaba desarrollando cáncer. A la mitad se les administró una mezcla de extractos de té verde y negro; a la otra mitad, un placebo. Tras seis meses, las lesiones habían disminuido de forma notable en el grupo del té. No era la prueba definitiva de nada, pero sí una señal clara de que el té podía producir efectos medibles en humanos, más allá de la metáfora antioxidante.

Con todo, la conclusión sensata sigue siendo modesta. El té es una bebida segura, culturalmente importante y químicamente interesante. Sus catequinas tienen efectos biológicos bien documentados en condiciones experimentales. En humanos, los datos sugieren beneficios posibles, sobre todo cardiovasculares, pero lejos de cualquier milagro embotellado. Beber té no compensa fumar, comer mal o vivir estresado, pero tampoco estorba.

Quizá ese sea su mayor mérito. El té no promete la inmortalidad ni la pureza interior. Solo ofrece una pausa caliente, un ligero amargor y la sensación —no del todo falsa— de estar haciendo algo razonable por el cuerpo mientras se pierde el tiempo. En un mundo saturado de soluciones definitivas, una taza de té es una propuesta sorprendentemente honesta.

Hubo una época —no tan lejana— en la que los antioxidantes parecían una fuerza moral. Estaban en todas partes: en los anuncios, en los envases, en las conversaciones de sobremesa. Uno podía imaginarse a los radicales libres como una banda de maleantes microscópicos y a los antioxidantes como policías bioquímicos entrando a restablecer el orden. La metáfora era perfecta, y como todas las metáforas perfectas, excesiva.

La ciencia, que suele llegar tarde a las fiestas, fue poniendo algo de orden. Descubrió que los radicales libres no son solo villanos, sino también mensajeros necesarios, y que eliminar demasiados puede ser tan mala idea como no eliminar ninguno. Descubrió, además, que muchos antioxidantes funcionan de maravilla en tubos de ensayo y de forma bastante discreta dentro de un cuerpo humano, que es un sistema menos agradecido y mucho más complejo.

Mientras tanto, la industria nutricional ya había hecho su trabajo. Aparecieron los superalimentos, los extractos concentrados, las cápsulas milagrosas. El té también pasó por ahí, embotellado, pulverizado, destilado, convertido en promesa. Todo menos bebido con calma. No es culpa del té: es el destino habitual de cualquier cosa razonable cuando se la deja a solas con el marketing.

Hoy sabemos que la salud no se deja convencer fácilmente por palabras de moda. No depende de una molécula aislada ni de una bebida concreta, sino de un conjunto aburrido de hábitos: comer sin heroicidades, moverse un poco, dormir algo, no fumar demasiado. El té puede formar parte de ese paisaje sin problemas, pero no liderarlo.

Quizá convenga devolverlo a su lugar original. No como escudo contra el cáncer ni como antídoto universal, sino como lo que siempre fue: agua caliente con hojas, una excusa para detenerse y una tradición que ha sobrevivido siglos sin necesitar etiquetas nutricionales. A veces, eso también cuenta como salud.