La llamada doctrina Monroe suele presentarse como el acta fundacional de la política exterior estadounidense: una proclamación clara, coherente y duradera. Sin embargo, leída en su contexto, fue algo muy distinto. No una doctrina formal, ni un principio sistemático, ni siquiera una idea completamente nueva, sino un pasaje concreto de un discurso de 1823 que el tiempo transformó en dogma. Este artículo recorre qué decía realmente aquel texto, qué no decía y cómo fue reinterpretado hasta convertirse en una de las piezas más citadas —y más malentendidas— de la historia diplomática de Estados Unidos. En este artículo y en los dos siguientes me ocuparé de este tema.
La llamada “doctrina Monroe”: lo que dijo, lo que no dijo y lo que luego se dijo que decía
Durante casi dos siglos, la
llamada doctrina Monroe ha sido tratada con el respeto que se reserva a las
frases fundacionales, esas que parecen haber estado siempre ahí, como las
montañas o el mal café institucional. Se la cita como si hubiera sido una proclamación
solemne, clara y definitiva, una especie de acta notarial que habría fijado
desde el principio el papel de Estados Unidos en el mundo. El problema es que,
cuando uno se molesta en buscarla, la doctrina no aparece por ninguna parte. O,
al menos, no aparece como doctrina.
No fue formulada como tal, no fue
concebida como un principio sistemático y, desde luego, no pretendía regir
indefinidamente la conducta internacional del país. Fue algo bastante más
modesto: un pasaje concreto, en un discurso concreto, pronunciado en un
contexto muy preciso. Todo lo demás vino después. Como ocurre a menudo, la
historia hizo con aquel texto lo que suele hacer con los textos manejables: los
agrandó, los endureció y los convirtió en algo mucho más útil de lo que habían
sido originalmente.
El punto de partida es el mensaje
anual al Congreso de diciembre de 1823, leído por James Monroe. El documento
(una de cuyas páginas está reproducida en la imagen que abre este artículo),
conviene decirlo, no es una lectura apasionante. Es largo, técnico y está lleno
de aburridos asuntos administrativos que hoy solo despiertan entusiasmo en historiadores
muy especializados. En medio de ese texto, casi como quien no quiere la cosa,
aparece un párrafo —en realidad, unos pocos— dedicado a las relaciones entre
Europa y el continente americano. Ahí está todo. No hay más. El resto es
literatura posterior.
Monroe no presentó ese fragmento
como una doctrina. Nadie lo llamó así en su época. Nadie pensó que tuviera
alguna importancia o que estuviera estableciendo una ley general de la política
exterior estadounidense. El término “doctrina Monroe” es una invención
retrospectiva, una de esas etiquetas que la historiografía coloca después para
ordenar el pasado y, de paso, hacerlo más presentable. El texto original es
prudente, defensivo y profundamente circunstancial. La doctrina, tal como la
conocemos, es otra cosa.
| James Monroe (izquierda) y John Quincy Adams. Retratos procedentes de la Casa Blanca |
Además —detalle importante—
Monroe fue más portavoz que autor. El verdadero cerebro detrás de aquel pasaje
fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, probablemente el diplomático
más inteligente y desconfiado de su generación quien, además, sería el próximo
presidente. Adams no quería ni recolonización europea ni tutela británica.
Prefería una tercera opción, más incómoda pero más digna: hablar por cuenta
propia.
De ahí salen las dos ideas
centrales del mensaje de 1823, que conviene leer juntas porque separarlas es
una forma elegante de tergiversarlas. Europa no debía intervenir en América,
pero Estados Unidos tampoco debía intervenir en Europa. Era un sistema de
esferas separadas, no una declaración de hegemonía. Adams lo resumió con una
frase que ha envejecido mejor que muchas doctrinas completas: Estados Unidos no
debía salir al extranjero “en busca de monstruos que destruir”.
Hay, además, un detalle incómodo
que ayuda a poner las cosas en su sitio. En 1823, Estados Unidos no tenía
capacidad militar real para imponer aquella advertencia. La doctrina funcionó
durante décadas no porque Washington pudiera hacerla cumplir, sino porque
coincidía con los intereses de la flota británica. Es un dato poco épico, pero
bastante explicativo.
Con el tiempo, el texto fue
creciendo como crecen las cosas que se citan mucho y se leen poco. Sirvió para
justificar el expansionismo continental, para presionar diplomáticamente a
América Latina y, finalmente, para excluir a Europa del hemisferio. En ese
proceso, algo se perdió por el camino: la promesa de no intervenir en Europa.
Nadie la abolió. Simplemente dejó de mencionarse.
A comienzos del siglo XX, la
doctrina Monroe seguía citándose con solemnidad, pero ya no funcionaba como
marco coherente. Era un repertorio de frases útiles. Bastaba un empujón para
que se viniera abajo.