Vistas de página en total

martes, 6 de enero de 2026

LA LLAMADA “DOCTRINA MONROE” NI EXISTE, NI EXISTIÓ

La llamada doctrina Monroe suele presentarse como el acta fundacional de la política exterior estadounidense: una proclamación clara, coherente y duradera. Sin embargo, leída en su contexto, fue algo muy distinto. No una doctrina formal, ni un principio sistemático, ni siquiera una idea completamente nueva, sino un pasaje concreto de un discurso de 1823 que el tiempo transformó en dogma. Este artículo recorre qué decía realmente aquel texto, qué no decía y cómo fue reinterpretado hasta convertirse en una de las piezas más citadas —y más malentendidas— de la historia diplomática de Estados Unidos. En este artículo y en los dos siguientes me ocuparé de este tema.


La llamada “doctrina Monroe”: lo que dijo, lo que no dijo y lo que luego se dijo que decía

Durante casi dos siglos, la llamada doctrina Monroe ha sido tratada con el respeto que se reserva a las frases fundacionales, esas que parecen haber estado siempre ahí, como las montañas o el mal café institucional. Se la cita como si hubiera sido una proclamación solemne, clara y definitiva, una especie de acta notarial que habría fijado desde el principio el papel de Estados Unidos en el mundo. El problema es que, cuando uno se molesta en buscarla, la doctrina no aparece por ninguna parte. O, al menos, no aparece como doctrina.

No fue formulada como tal, no fue concebida como un principio sistemático y, desde luego, no pretendía regir indefinidamente la conducta internacional del país. Fue algo bastante más modesto: un pasaje concreto, en un discurso concreto, pronunciado en un contexto muy preciso. Todo lo demás vino después. Como ocurre a menudo, la historia hizo con aquel texto lo que suele hacer con los textos manejables: los agrandó, los endureció y los convirtió en algo mucho más útil de lo que habían sido originalmente.

El punto de partida es el mensaje anual al Congreso de diciembre de 1823, leído por James Monroe. El documento (una de cuyas páginas está reproducida en la imagen que abre este artículo), conviene decirlo, no es una lectura apasionante. Es largo, técnico y está lleno de aburridos asuntos administrativos que hoy solo despiertan entusiasmo en historiadores muy especializados. En medio de ese texto, casi como quien no quiere la cosa, aparece un párrafo —en realidad, unos pocos— dedicado a las relaciones entre Europa y el continente americano. Ahí está todo. No hay más. El resto es literatura posterior.

Monroe no presentó ese fragmento como una doctrina. Nadie lo llamó así en su época. Nadie pensó que tuviera alguna importancia o que estuviera estableciendo una ley general de la política exterior estadounidense. El término “doctrina Monroe” es una invención retrospectiva, una de esas etiquetas que la historiografía coloca después para ordenar el pasado y, de paso, hacerlo más presentable. El texto original es prudente, defensivo y profundamente circunstancial. La doctrina, tal como la conocemos, es otra cosa.

James Monroe (izquierda) y John Quincy Adams. Retratos procedentes de la Casa Blanca

Además —detalle importante— Monroe fue más portavoz que autor. El verdadero cerebro detrás de aquel pasaje fue su secretario de Estado, John Quincy Adams, probablemente el diplomático más inteligente y desconfiado de su generación quien, además, sería el próximo presidente. Adams no quería ni recolonización europea ni tutela británica. Prefería una tercera opción, más incómoda pero más digna: hablar por cuenta propia.

De ahí salen las dos ideas centrales del mensaje de 1823, que conviene leer juntas porque separarlas es una forma elegante de tergiversarlas. Europa no debía intervenir en América, pero Estados Unidos tampoco debía intervenir en Europa. Era un sistema de esferas separadas, no una declaración de hegemonía. Adams lo resumió con una frase que ha envejecido mejor que muchas doctrinas completas: Estados Unidos no debía salir al extranjero “en busca de monstruos que destruir”.

Hay, además, un detalle incómodo que ayuda a poner las cosas en su sitio. En 1823, Estados Unidos no tenía capacidad militar real para imponer aquella advertencia. La doctrina funcionó durante décadas no porque Washington pudiera hacerla cumplir, sino porque coincidía con los intereses de la flota británica. Es un dato poco épico, pero bastante explicativo.

Con el tiempo, el texto fue creciendo como crecen las cosas que se citan mucho y se leen poco. Sirvió para justificar el expansionismo continental, para presionar diplomáticamente a América Latina y, finalmente, para excluir a Europa del hemisferio. En ese proceso, algo se perdió por el camino: la promesa de no intervenir en Europa. Nadie la abolió. Simplemente dejó de mencionarse.

A comienzos del siglo XX, la doctrina Monroe seguía citándose con solemnidad, pero ya no funcionaba como marco coherente. Era un repertorio de frases útiles. Bastaba un empujón para que se viniera abajo.

Ese empujón llegó con la Primera Guerra Mundial. Pero eso merece otro artículo que titularé «WoodrowWilson y la ruptura silenciosa de la doctrina Monroe».