Vistas de página en total

domingo, 15 de febrero de 2026

EL VENENO DE LA SELVA QUE LLEGÓ A SIBERIA

 

Epipedobates tricolor. Dominio público a través de Wikipedia

Hay historias que parecen concebidas por un novelista británico con debilidad por los detalles improbables. Un opositor ruso muere en una prisión ártica y, meses después, algunos gobiernos europeos sostienen que en su organismo apareció una toxina procedente de una pequeña rana tropical sudamericana. No un agente nervioso de laboratorio con nombre impronunciable y pedigrí de Guerra Fría, sino una molécula descubierta en la piel brillante de un anfibio ecuatoriano. El protagonista humano es Alexéi Navalni; la sustancia, la epibatidina; el escenario final, una colonia penal en el hielo siberiano. Si la geografía tuviera sentido del humor, probablemente habría intentado algo menos exagerado.

Navalni ya había sobrevivido en 2020 a un envenenamiento con un agente del grupo Novichok, en un capítulo que parecía pertenecer al manual clásico del espionaje químico. Esta vez, sin embargo, la acusación difundida por varios gobiernos europeos introduce un elemento más desconcertante: la detección de epibatidina en análisis toxicológicos posteriores a su muerte. Su viuda, Yulia Navalnaya, ha respaldado públicamente estas conclusiones y pedido una investigación internacional exhaustiva. Rusia rechaza las acusaciones. La diplomacia se tensa. Y, mientras tanto, conviene mirar con calma a la auténtica protagonista microscópica.

La epibatidina fue aislada en 1992 a partir de la piel de la Epipedobates tricolor, una rana pequeña, de colores vivos, que habita en Ecuador. Su descubrimiento se produjo en el marco de investigaciones impulsadas por los National Institutes of Health, en los cuales los científicos llevaban tiempo examinando las secreciones cutáneas de las ranas venenosas neotropicales. Estas especies, popularmente conocidas como ranas dardo, habían intrigado a la comunidad científica por una razón sencilla: las comunidades indígenas del Chocó y otras regiones amazónicas impregnaban con su veneno las puntas de las cerbatanas. Si algo puede derribar a un mono a decenas de metros, probablemente tenga interés farmacológico.

Y lo tenía. La epibatidina resultó ser un analgésico extraordinariamente potente. En modelos animales, superaba con creces a la morfina —hasta doscientas veces más potente en ciertos ensayos— y lo hacía sin actuar sobre los receptores opioides clásicos. En plena preocupación por la dependencia asociada a los opiáceos, aquello sonaba a revolución terapéutica. Un analgésico no opioide, potente y potencialmente libre de adicción. Las revistas científicas se animaron. Los laboratorios empezaron a diseñar análogos. Durante un tiempo, la pequeña rana ecuatoriana parecía destinada a aliviar el dolor humano a escala planetaria.

La euforia duró poco. La epibatidina no sólo era potente; era peligrosamente indiscriminada. Su mecanismo de acción explica tanto su atractivo como su letalidad. La molécula se une con gran afinidad a los receptores nicotínicos de acetilcolina, que están distribuidos por todo el sistema nervioso central y periférico, en la unión neuromuscular y en el sistema nervioso autónomo. Dicho sin rodeos: actúa sobre interruptores eléctricos fundamentales para el control del movimiento, la respiración y el ritmo cardíaco.

Al unirse a estos receptores, la epibatidina los activa de manera intensa y prolongada. La primera fase puede incluir hipertensión, taquicardia, sudoración, náuseas y vómitos. Luego sobreviene el caos: convulsiones, parálisis muscular, arritmias graves, depresión respiratoria. La línea que separa la analgesia experimental del colapso fisiológico es extremadamente fina. Hablamos de microgramos. No miligramos, no gotas visibles: microgramos. La diferencia entre una dosis “interesante” y una dosis potencialmente mortal puede ser mínima. No existe un antídoto específico. El tratamiento, si se llega a tiempo, consiste en ventilación mecánica, control de arritmias y soporte vital intensivo.

Este perfil toxicológico hizo que la epibatidina, pese a su brillo científico inicial, quedara descartada como fármaco. Se desarrollaron derivados menos tóxicos, pero ninguno alcanzó el equilibrio deseado entre eficacia y seguridad. La molécula original pasó a ocupar un lugar curioso en los manuales: ejemplo perfecto de cómo la naturaleza puede producir compuestos de enorme potencia que resultan, para el uso humano, demasiado peligrosos.

E. tricolor comparada con una moneda de medio euro. Wikipedia.

Aquí es donde la biología se cruza con la política. Las ranas venenosas no fabrican necesariamente estos alcaloides desde cero. En muchos casos, los acumulan a partir de su dieta, especialmente de ciertos insectos. En cautividad, al cambiar su alimentación, pierden buena parte de su toxicidad. Son, en cierto modo, intermediarias químicas de la selva. Que una molécula asociada a este delicado equilibrio ecológico aparezca en un caso de presunto envenenamiento político resulta, como mínimo, simbólicamente perturbador.

Desde el punto de vista técnico, la epibatidina puede sintetizarse en laboratorio; no es necesario capturar ranas en la Amazonía. Pero no es un compuesto industrial de uso común ni forma parte de los arsenales químicos clásicos. Su detección en un organismo humano sería, en principio, extraordinaria. No es algo que se encuentre por accidente en el agua potable ni en un medicamento mal etiquetado. Su mera presencia obliga a formular preguntas.

En mi blog he escrito en alguna ocasión sobre estas ranas y sobre la mezcla casi literaria de inocencia cromática y potencia letal que encarnan. Son pequeñas, brillantes, casi decorativas. Parecen diseñadas por un ilustrador infantil con predilección por los colores saturados. Y, sin embargo, su piel puede albergar sustancias capaces de alterar de forma radical la fisiología humana. En el siglo XIX, algunos ilusionistas europeos incluían ranas en sus espectáculos, tragándolas ante el público como demostración de audacia. Con especies locales no había mayor peligro. Con una rana dardo sudamericana, el número habría adquirido un dramatismo involuntario.

Una rana que cabe en la palma de la mano, una molécula que pesa microgramos, un laboratorio en Maryland que celebra un hallazgo prometedor, y décadas después un debate diplomático entre potencias europeas. La biología rara vez se limita a los márgenes exóticos de los documentales; a veces irrumpe en los titulares internacionales.

Más allá de sus implicaciones políticas y jurídicas, el caso de Navalni nos recuerda también la doble cara de la investigación biomédica. La exploración de la biodiversidad ha proporcionado antibióticos, antitumorales y analgésicos. Pero ese mismo arsenal químico natural puede convertirse en herramienta de daño si se desvía de su contexto original. La selva no distingue entre farmacología y toxicología; esa distinción la imponemos nosotros.

Que el veneno de una rana ecuatoriana termine vinculado a una muerte en el Ártico ruso es, en términos geográficos, una enorme ironía. Del calor húmedo de los bosques tropicales al frío extremo de una colonia penal. De los insectos que alimentan a un anfibio diminuto a los laboratorios capaces de sintetizar su alcaloide. El trayecto es improbable, pero no imposible.

Al final, la historia encierra una lección inquietante. La naturaleza no produce sustancias “malvadas”; produce moléculas eficaces. Somos nosotros quienes decidimos cómo utilizarlas. La epibatidina nació como promesa analgésica, fue descartada por su peligrosidad y hoy reaparece en un contexto que mezcla ciencia, diplomacia y tragedia. Y todo ello gracias a una rana de colores brillantes que, en su entorno natural, sólo pretendía evitar que alguien la mordiera.

La próxima vez que vea una fotografía de una rana tropical y piense que es poco más que un adorno viviente, recuerde que en su piel puede esconderse una química capaz de detener un corazón humano. Y que, en ocasiones, la distancia entre la selva y la política internacional es mucho más corta de lo que imaginamos.