El amanecer apenas se adivinaba
sobre la llanura helada cuando el ayudante de campo removió el líquido espeso
con la punta ennegrecida de su cuchara. La escarcha crujía bajo las botas y el
aliento se volvía humo antes de disolverse en la bruma. A unos metros, envuelto
en su capote gris, Napoleón Bonaparte observaba en silencio cómo la noche se
retiraba del campamento. No era hombre de grandes desayunos, pero aceptó la
taza sin ceremonia. El chocolate, oscuro y azucarado, desprendía un vapor denso
que olía a cacao tostado y azúcar quemado. En aquellas marchas donde el pan se
endurecía en las mochilas y la carne salada exigía dientes y paciencia, aquella
bebida espesa no era un capricho: era energía inmediata, grasa concentrada y un
leve estímulo que despejaba la mente de los oficiales antes del combate.
Horas después, cuando las
columnas comenzaron a moverse hacia lo que terminaría siendo la Batalla de
Austerlitz, nadie habría señalado el cacao como pieza del engranaje militar.
Sin embargo, en la guerra de comienzos del siglo XIX la logística pesaba tanto
como la estrategia. El chocolate viajaba en bloques compactos de pasta de cacao
y azúcar: ocupaba poco espacio, resistía el transporte y podía transformarse en
bebida caliente con rapidez. Desde su llegada a Europa a través del comercio
atlántico, había pasado de exotismo cortesano a tónico medicinal y alimento
energético. En un ejército que vivía de la velocidad y la resistencia, una taza
humeante al alba no ganaba batallas, pero ayudaba a sostenerlas.
Si se abandona la escena y se
descompone aquella taza en términos de laboratorio, el chocolate revela la
lógica de su utilidad. La pasta sólida era, en esencia, una ración
hipercalórica concentrada. El cacao contiene entre un 50 y un 55% de grasa
—principalmente manteca de cacao— y aporta en torno a 500–600 kilocalorías por
cada 100 gramos, según la proporción de azúcar añadida. A ello se suman
hidratos de carbono de absorción relativamente rápida y pequeñas cantidades de
proteínas. En contextos de frío intenso y gasto metabólico elevado, esa
combinación resultaba ideal: energía densa, relativamente estable y fácil de
transportar.
Además, el cacao contiene
metilxantinas —sobre todo teobromina y, en menor medida, cafeína— con un efecto
estimulante suave pero sostenido. No provoca la sacudida nerviosa del café,
pero sí una sensación de alerta prolongada. Hoy sabemos que la teobromina actúa
como vasodilatador leve y estimulante del sistema nervioso central. En el siglo
XVIII no se hablaba ese lenguaje químico, pero sí se reconocían sus efectos. Tratadistas como
Antonio Lavedán, en su Tratado de los usos, abusos, propiedades y
virtudes del tabaco, café, té y chocolate (1796), describían el chocolate
como alimento “nutritivo y restaurador”, recomendable para fatigados y
convalecientes. Médicos ilustrados franceses lo consideraban capaz de
“fortificar el estómago” y sostener las fuerzas sin sobrecargar la digestión.
No era mera retórica gastronómica: era una observación empírica de su poder
reconstituyente.
Así, lo que parecía un gesto
íntimo —una taza caliente al amanecer— formaba parte de un sistema más amplio
de intuiciones médicas y soluciones logísticas. El chocolate no sustituyó al
pan ni salvó al ejército en la retirada de 1812, pero encarnaba una idea
moderna: la energía del soldado era un recurso estratégico. No es casual que,
en la misma época, los boticarios vendieran preparados de cacao como
reconstituyentes para la fatiga, la melancolía o las dolencias pulmonares. La
frontera entre alimento y medicina era difusa, y el chocolate habitaba
cómodamente en ese territorio.
Con el paso del tiempo, aquel
brebaje espeso evolucionó hacia algo distinto. A comienzos del siglo XIX, el
químico neerlandés Coenraad
Johannes van Houten desarrolló la prensa de cacao, que separaba la manteca
de los sólidos y permitía obtener un polvo más manejable y menos amargo
mediante el llamado “proceso holandés”. El cacao dejaba de ser solo pasta para
convertirse en ingrediente industrial. Poco después, Joseph Fry dio el siguiente
paso crucial en 1847 cuando logró mezclar sólidos de cacao, manteca y
azúcar hasta obtener una masa moldeable: nacía la tableta moderna. El chocolate
dejaba de beberse exclusivamente para empezar a masticarse.
El perfeccionamiento continuó en
Suiza. Daniel Peter
incorporó leche en polvo y abrió la puerta al chocolate con leche. En 1879,
Rodolphe
Lindt, otro chocolatero suizo, inventó la máquina de conchado que removía
la mezcla de chocolate antes de verterla en moldes hasta que desaparecía toda
la granulosidad del cacao en polvo. Esto daba como resultado un chocolate
extremadamente suave.
Milton Hershey
revolucionó entonces la industria chocolatera perfeccionando y produciendo
chocolate asequible, transformando la barra de chocolate de un artículo de lujo
a un producto básico popular. Para producir el volumen de chocolate necesario,
construyó una fábrica en Pensilvania y fundó a su alrededor un pueblo para los
trabajadores, llamado con cierta altivez "Hershey". En 1905, su
fábrica comenzó a producir "barras Hershey" a las que dos años más
tarde se unirían los famosos besos de Hershey, todos envueltos a mano en aquel
entonces.
Cuando estalló la Segunda Guerra
Mundial, el chocolate volvió a convertirse en asunto estratégico. En 1937, el
ejército estadounidense encargó a Hershey una barra de emergencia que aportara
unas 600 calorías, pesara unos 113 gramos y resistiera el calor tropical. Tenía
que ser nutritiva y, deliberadamente, poco apetitosa para evitar su consumo
prematuro. Así nació la ración D, densa, difícil de morder y más funcional que
deliciosa. Años después se desarrolló la “Tropical Bar”, algo más sabrosa. Pero
fueron otros productos, como los M&M’s —dulces recubiertos que “se derriten
en la boca, no en la mano”— los que conquistaron definitivamente a los
soldados.
Desde entonces, la química
alimentaria ha buscado fórmulas de chocolate termoestable sin sacrificar
textura y sabor. Sustituciones parciales de manteca de cacao por grasas
vegetales de mayor punto de fusión, uso de emulsionantes y agentes
estructurantes: la ciencia ha refinado lo que en tiempos de Napoleón Bonaparte
era intuición práctica. Sin embargo, el equilibrio perfecto entre estabilidad y
placer sigue siendo delicado. Una barra diseñada para sobrevivir al desierto
rara vez compite, en sedosidad, con una elaborada según la tradición suiza.
Curiosamente, la apuesta más
duradera del emperador en materia alimentaria no fue el chocolate, sino el
apoyo al método de
conservación desarrollado por Nicolas Appert. En 1795, el gobierno francés
ofreció un premio por un sistema eficaz para preservar alimentos; Appert
respondió con el sellado hermético y la cocción en recipientes cerrados,
antecedente del enlatado moderno. Si el chocolate proporcionaba energía inmediata,
la conservación garantizaba seguridad a largo plazo. Ambas soluciones apuntaban
en la misma dirección: comprender que, en la guerra moderna, la victoria
dependía tanto del estómago como del cañón. El ejército de Napoleón marchó sin
preocuparse por la comida en mal estado en el estómago.
De la taza humeante al alba a la
barra de emergencia en el bolsillo, el chocolate ha acompañado a los ejércitos
durante más de dos siglos. Cambiaron las técnicas, los envases y los procesos
industriales, pero la lógica de fondo permanece. Allí donde el esfuerzo humano
exige resistencia, concentración y calorías concentradas, el cacao —amargo o
azucarado, bebido o mordido— ha ofrecido algo más que consuelo: una forma
compacta de energía lista para convertirse, en el momento preciso, en fuerza.