Hay animales que despiertan una
emoción inmediata. El bisonte es uno de ellos. Basta ver una fotografía de uno
de esos enormes bóvidos avanzando entre la niebla para que algo ancestral se
active en nuestra imaginación: Altamira, las cavernas, la Europa salvaje, un
continente todavía cubierto de bosques y hielo. El problema comienza cuando la
nostalgia sustituye a la biología.
España lleva años jugueteando con
la idea de “reintroducir” el bisonte europeo (Bison bonasus) en distintos puntos de la
península. La palabra reintroducir es importante, porque sugiere el regreso de
una especie propia, expulsada injustamente y ahora recuperada gracias a la
conciencia ecológica moderna. Suena noble. El inconveniente es que cada vez hay
más científicos convencidos de que el bisonte europeo jamás formó parte de la
fauna ibérica.
Los animales pintados en Altamira probablemente no eran bisontes europeos modernos, sino bisontes esteparios, una especie distinta (Bison priscus), extinguida hace miles de años junto con el ecosistema en el que vivía: la llamada “estepa del mamut”. Aquella Europa fría y seca del Paleolítico desapareció mucho antes de que existieran ni España ni los ecologistas ni las redes sociales. Pretender restaurarla soltando bisontes en fincas mediterráneas tiene algo de parque temático prehistórico.
El problema de muchos proyectos
modernos de renaturalización es que confunden la conservación con la
escenografía. Se intenta reconstruir una imagen romántica de la naturaleza más
que un ecosistema funcional y científicamente coherente. Y el bisonte, con su
tamaño descomunal y su poderosa carga simbólica, resulta perfecto para eso. Es
el equivalente ecológico de poner una locomotora de vapor en la plaza del
pueblo: atrae visitantes, queda bien en las fotografías y produce una agradable
sensación de regreso al pasado. Pero la naturaleza no funciona por sensaciones.
Un grupo de cuarenta
investigadores de veinticinco universidades europeas publicó recientemente un trabajo en el que desaconsejan claramente la introducción del bisonte europeo
en España. Sus argumentos son difíciles de ignorar. El animal está adaptado a
climas más fríos y húmedos, necesita asistencia humana constante en ambientes
mediterráneos y no cumple mejor que las especies autóctonas las funciones
ecológicas que se le atribuyen, como reducir matorral o prevenir incendios.
De hecho, esa es una de las
partes más curiosas del asunto. España ya posee excelentes herbívoros adaptados
a su territorio: ciervos, corzos, caballos semisalvajes, cabras montesas y una
larguísima tradición ganadera extensiva. Pensar que un animal procedente de
Europa oriental va a resolver mágicamente problemas ecológicos mediterráneos
parece más una campaña publicitaria que un plan de conservación.
Además, hay algo intelectualmente
inquietante en todo esto. La introducción de especies exóticas suele
considerarse un error gravísimo en conservación. Hemos pasado décadas
intentando controlar daños provocados por animales y plantas trasladados fuera
de su área natural. Sin embargo, cuando la especie es grande, carismática y
fotogénica, algunas reglas parecen flexibilizarse misteriosamente.
Ahora bien, oponerse a la
reintroducción del bisonte en libertad no significa estar en contra del animal.
Ni mucho menos. El bisonte puede tener perfectamente un lugar en España como
ganado. Y eso no debería escandalizar a nadie. Al contrario: probablemente sea
el enfoque más honesto y sensato.
Estados Unidos ofrece un ejemplo
muy interesante. Allí el bisonte americano estuvo al borde de la extinción en
el siglo XIX, pero hoy existen cientos de miles de ejemplares gracias, sobre
todo, a ranchos privados y explotaciones ganaderas. Su carne se comercializa
como un producto premium: más magra que la vacuna, rica en proteínas y asociada
a una imagen de sostenibilidad y tradición. El bisonte dejó de ser únicamente
un símbolo romántico del Oeste para convertirse también en un negocio rentable.
Y no hay contradicción en ello.
La historia demuestra que muchas especies sobreviven mejor cuando poseen un
valor económico claro. El ganado vacuno no necesita campañas emocionales para
evitar su desaparición porque forma parte de una cadena productiva estable. El
bisonte americano, paradójicamente, encontró parte de su salvación
convirtiéndose también en recurso ganadero.
Quizá eso mismo podría ocurrir aquí. Criar bisontes en grandes fincas cerradas, como explotación cárnica o ganadería extensiva especializada, es una idea perfectamente defendible. Incluso interesante desde el punto de vista económico y gastronómico. España tiene experiencia en explotaciones extensivas de alta calidad y existe un mercado creciente para carnes diferenciadas. El animal podría integrarse como un bovino singular, del mismo modo que se crían wagyu japoneses o búfalos italianos.
Lo que resulta difícil de justificar es vender esa actividad como una restauración ecológica de la naturaleza ibérica. Porque entonces ya no estamos hablando de ganadería, sino de mitología. Y las mitologías son peligrosas cuando empiezan a sustituir a la ciencia.