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lunes, 22 de junio de 2026

EL EXTRAÑO CASO DE LOS MATORRALES QUE ECHABAN DE MENOS EL FUEGO (O DE CÓMO LA PIRODIVERSIDAD FAVORECE LA BIODIVERSIDAD)

 

Cuando un incendio forestal aparece en televisión, las imágenes suelen ser siempre las mismas. Llamas de decenas de metros de altura. Helicópteros descargando agua. Vecinos observando con angustia cómo el humo devora el horizonte. Y después, inevitablemente, la imagen final: un paisaje negro y silencioso que parece el decorado de una película postapocalíptica.

Es difícil contemplar una escena así y no concluir que el fuego es uno de los grandes enemigos de la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza mediterránea lleva millones de años sin compartir del todo esa opinión.

El verano de 2025 fue especialmente duro en la península ibérica. Más de 650 000 hectáreas resultaron afectadas por incendios forestales. Muchos de ellos fueron tan extensos e intensos que recibieron el calificativo de megaincendios, una palabra que suena más propia de una película de catástrofes que de un informe científico. Las olas de calor asociadas al cambio climático (al menos en lo que refiere a su frecuencia) favorecieron una temporada particularmente agresiva y reforzaron una idea muy extendida: que el fuego destruye inevitablemente la biodiversidad.

Pero la ecología rara vez es tan sencilla. Gran parte de los ecosistemas mediterráneos pertenecen a una categoría sorprendente: son ecosistemas pirófilos. La palabra significa literalmente “amigos del fuego”. No solo toleran los incendios, en cierto modo los necesitan.

Durante millones de años los incendios recurrentes moldearon el paisaje. Muchas plantas desarrollaron mecanismos extraordinarios para sobrevivir a ellos. Algunas almacenan semillas capaces de resistir temperaturas extremas. Otras rebrotan desde raíces o cepas aparentemente muertas. Hay especies cuyos ciclos vitales dependen directamente de los espacios abiertos creados por las llamas. Incluso numerosos animales encuentran oportunidades en los paisajes recién quemados.

Por supuesto, esto no significa que cualquier incendio sea beneficioso. La frecuencia, la intensidad, la extensión y la época del año importan mucho. Un pequeño incendio cada varias décadas no tiene los mismos efectos que un megaincendio de miles de hectáreas impulsado por temperaturas extremas y vientos violentos.

Ahora hay que plantear una pregunta que rara vez ocupa titulares: ¿qué es exactamente lo que se está quemando? Cuando los medios hablan de incendios suelen mencionar las causas de ignición —una negligencia, un rayo o una acción intencionada— y las condiciones meteorológicas. Pero pocas veces se presta atención al combustible.

Y en un incendio, el combustible lo es todo. No todas las formaciones vegetales arden igual. Algunas generan fuegos relativamente moderados y otras se comportan como si estuvieran diseñadas para alimentar un lanzallamas gigante.

Un reciente estudio dirigido por Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz, ha puesto el foco en una transformación paisajística que comenzó hace décadas y cuyos efectos siguen presentes hoy: la sustitución masiva de brezales y matorrales mediterráneos por plantaciones de pino resinero (Pinus pinaster).

La historia comienza con una idea aparentemente razonable. A mediados del siglo XX, amplias extensiones de matorral del oeste peninsular eran consideradas terrenos degradados. Carecían de árboles, producían poca madera y crecían sobre suelos pobres. Para muchos gestores forestales de la época, aquellos paisajes parecían terrenos baldíos que necesitaban ser mejorados.

Y así comenzó una gigantesca campaña de forestación. Miles de hectáreas de brezales fueron cubiertas con pinos y eucaliptos. Entre las coníferas, el gran protagonista fue el pino resinero. La elección parecía impecable. Era una especie autóctona, crecía deprisa y prometía beneficios económicos gracias a la producción de madera y resina.

Lo que pocos previeron fue que aquellas plantaciones terminarían convirtiéndose en uno de los combustibles más eficaces para alimentar los incendios del futuro. La paradoja es fascinante. El pino resinero es una especie nativa. Sin embargo, décadas de selección artificial orientada a maximizar su crecimiento y productividad han producido árboles extraordinariamente eficientes para colonizar el territorio. Tan eficientes que, en algunos lugares, se comportan casi como una especie invasora.

Brezales mixtos de Calluna vulgaris en Campoo, Cantabria.

Mientras tanto, los antiguos brezales —conocidos en Andalucía occidental como herrizas— seguían siendo incomprendidos. A primera vista no impresionan demasiado. Son extensiones de brezos, jaras y aulagas que cubren sierras y crestas desde Galicia hasta el Estrecho de Gibraltar. Carecen del prestigio estético de un bosque maduro. No inspiran calendarios de naturaleza ni campañas turísticas.

Pero albergan una biodiversidad extraordinaria y poseen una cualidad aún más notable: una enorme resiliencia frente al fuego. Cuando una herriza arde, la mayoría de sus especies están preparadas para recuperarse. Sus semillas sobreviven. Sus raíces rebrotan. Sus poblaciones vuelven a ocupar el terreno. En una o dos décadas, el ecosistema puede recuperar buena parte de su estructura original.

Los pinares artificiales funcionan de otra manera. Acumulan grandes cantidades de biomasa combustible en troncos, ramas y copas. Cuando arden, la intensidad del fuego puede alcanzar niveles tan altos que el suelo se calienta hasta destruir semillas, raíces y microorganismos. El incendio deja de ser una perturbación ecológica natural y se convierte en un episodio capaz de comprometer la recuperación del ecosistema.

Y la historia no termina ahí. Después del fuego, el pino resinero suele reaparecer con sorprendente rapidez. Miles de plántulas colonizan el terreno quemado e incluso invaden áreas vecinas de brezal o bosque. Es una especie que parece haber aprendido a aprovechar las catástrofes que ella misma contribuye a intensificar.

Todo esto conduce a una conclusión incómoda. Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando que cualquier paisaje sin árboles es un paisaje degradado. La cultura occidental siente una evidente debilidad por los bosques. Los árboles nos parecen nobles. Los matorrales, en cambio, suelen recibir calificativos poco amables: monte bajo, maleza o incluso monte sucio.

La ecología moderna está demostrando que esa visión resulta engañosa. Muchos matorrales mediterráneos son auténticos refugios de biodiversidad. No son etapas provisionales que esperan convertirse en bosque. Son ecosistemas completos, funcionales y adaptados a convivir con el fuego desde mucho antes de que aparecieran los primeros ingenieros forestales.

Los ecólogos utilizan un concepto particularmente hermoso para describir esta realidad: pirodiversidad. Un paisaje donde algunas zonas ardieron hace dos años, otras hace diez y otras llevan décadas sin incendiarse contiene una gran variedad de hábitats. Cada uno favorece especies distintas. En otras palabras, la diversidad de incendios genera diversidad biológica.

La pirodiversidad produce biodiversidad. Quizá esa sea la lección más sorprendente de todas. Los incendios que amenazan pueblos y personas deben combatirse siempre. Nadie discute eso. Pero cuando observamos la naturaleza, conviene recordar que el fuego no es necesariamente un intruso. En muchos rincones del Mediterráneo forma parte del paisaje desde hace millones de años. 

Los matorrales y brezales no son “monte sucio” ni etapas de vegetación degradadas, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben forestarse artificialmente, y donde el fuego actúa como un elemento natural indispensable para su estructura y funcionalidad.

A veces, el verdadero problema no es el fuego. Es haber olvidado qué clase de paisaje existía antes de plantar millones de árboles donde nunca debieron estar.