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lunes, 31 de agosto de 2026

PRIMERO EL PETRÓLEO; LAS URNAS YA SI ESO

 

Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos había conseguido el control de 65 000 millones de barriles de petróleo venezolano. Lo dijo con ese sentido de la medida que le ha permitido construir edificios dorados, poner su apellido en letras de tres metros y tratar la política internacional como una negociación entre propietarios de casinos. Según Trump, se trata del mayor acuerdo petrolero de la historia. Puede que lo sea. También puede que no. De momento, ni siquiera conocemos el contrato.

Conviene empezar por una precisión: los 65 000 millones de barriles no existen todavía en forma de petróleo utilizable. Están bajo tierra. Son una estimación de las reservas contenidas en 17 campos venezolanos cuya explotación sería encomendada a una nueva sociedad mixta. Estados Unidos controlaría el 55% de esa empresa y tendría derecho a comprar parte del crudo a precio de coste. A cambio, inversores privados aportarían capital y tecnología para reparar una industria asentada sobre las mayores reservas probadas oficialmente reconocidas, buena parte de ellas formadas por crudo extrapesado, caro y difícil de explotar.

Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela por la curiosa vía de no haber sido elegida nunca para ese cargo, asegura que el petróleo seguirá perteneciendo a Venezuela. Trump dice que el acuerdo «duplica con creces las reservas estadounidenses». Las dos afirmaciones no pueden ser ciertas al mismo tiempo, salvo que se aplique la flexible contabilidad política según la cual una cosa pertenece a Venezuela cuando habla Delcy y a Estados Unidos cuando habla Donald.

La información disponible indica que Washington no ha comprado los 65 000 millones de barriles. Ha obtenido el control mayoritario de una empresa con derechos de explotación sobre los yacimientos. La parte venezolana recibiría inversiones, impuestos, cánones por la explotación y una participación en los beneficios. Rodríguez calcula que el Estado ingresará 209 000 millones de dólares. Trump, por su parte, afirma que todo se hará «sin coste para el contribuyente estadounidense». Los contribuyentes venezolanos no han sido mencionados, quizá porque nadie les ha preguntado.

Hay también cierta confusión sobre la duración. Caracas habla de un acuerdo de 25 años. Fuentes estadounidenses describen una concesión de cien. A una producción de 1,5 millones de barriles diarios harían falta unos 119 años para extraer los 65 000 millones. Es posible que los redactores del contrato dominen una aritmética desconocida en el resto del mundo. O que la cifra se haya elegido porque 65 000 millones impresiona bastante más que «ya veremos cuánto sale».

Trump ha anunciado además que utilizará petróleo venezolano para llenar la Reserva Estratégica de Estados Unidos. Lo ha llamado «un regalo de Venezuela al pueblo estadounidense». Regalar petróleo después de que el destinatario haya enviado tropas, capturado al presidente de tu país y advertido a su sucesora de que podría correr una suerte todavía peor constituye una modalidad de generosidad poco estudiada. Se parece a esas ocasiones en que alguien entrega la cartera a un hombre armado y este agradece el obsequio.

Para justificar la operación, Trump ha repetido que Venezuela robó el petróleo estadounidense. Es falso, aunque contiene los restos de dos historias reales mezcladas hasta hacerlas irreconocibles.

La primera ocurrió en 1976. Venezuela llevaba décadas aumentando su control sobre el negocio petrolero. La Ley de Hidrocarburos de 1943 había elevado los impuestos y establecido la futura reversión de las concesiones. El sistema conocido como fifty-fifty permitió después que aproximadamente la mitad de los beneficios quedara en el país. En 1971 se aceleró la reversión al Estado de los bienes vinculados a las concesiones.

Carlos Andrés Pérez promulgó la ley nacionalizadora en agosto de 1975 y Petróleos de Venezuela (PDVSA) asumió la industria el 1 de enero de 1976. No fue una confiscación nocturna ejecutada por una patrulla de revolucionarios. Fue una operación preparada, aprobada por ley y respaldada por casi todo el espectro político venezolano. El Gobierno estadounidense la conocía con antelación y sus propios documentos diplomáticos la consideraban inevitable.

Las empresas extranjeras recibieron compensaciones por algo más de 1 000 millones de dólares. Venezuela utilizó el valor contable neto de las instalaciones, no el valor fabuloso de todos los beneficios que las compañías esperaban obtener en el futuro. A las empresas les habría gustado cobrar más, como suele suceder a quienes cobran, pero aceptaron el arreglo. Creole, filial de Exxon, recibió cerca de la mitad. Varias compañías continuaron trabajando para PDVSA mediante contratos de asistencia técnica y comercial. Fue una nacionalización, no un robo.

La segunda historia corresponde a Hugo Chávez. En 2007 obligó a que los grandes proyectos de la Faja del Orinoco pasaran a ser empresas mixtas controladas al menos en un 60 % por PDVSA. Chevron, BP, Total, Statoil y Eni aceptaron las nuevas condiciones o negociaron compensaciones. Total, Statoil y Eni recibieron conjuntamente alrededor de 1 800 millones de dólares.

ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron las ofertas y recurrieron al arbitraje internacional. Exxon consiguió laudos por unos 1 600 millones. ConocoPhillips obtuvo en 2019 una indemnización de 8 700 millones, más intereses y gastos. Venezuela ha discutido y retrasado esos pagos, y todavía existen deudas pendientes. Pero los acreedores son las compañías afectadas, no el Gobierno estadounidense. Los tribunales les reconocieron dinero, no la propiedad sobre una quinta parte del petróleo venezolano.

Presentar el nuevo acuerdo como una reparación histórica equivale a que el dueño de un bar cobre una deuda apropiándose de la finca donde se cultiva la cebada cervecera. La operación actual no restituye unos barriles que pertenecieran antes a Estados Unidos. Concede derechos nuevos sobre recursos venezolanos a una sociedad dominada por Washington. Y los concede un gobierno que depende para sobrevivir del país beneficiario del contrato.

Todo esto sería menos perturbador si el desembarco estadounidense hubiera conducido a la democratización prometida. Cuando las fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la Administración Trump habló de libertad, transición y elecciones legítimas. Maduro había usurpado casi con certeza la victoria de Edmundo González en los comicios de 2024. Había razones más que sobradas para exigir el final de su régimen. Otra cosa es que existieran razones jurídicas para bombardear el país, capturar a su presidente y trasladarlo a una cárcel de Nueva York.

Marco Rubio presentó entonces un programa de tres fases. Primero, estabilización. Después, recuperación económica, con acceso de las compañías estadounidenses al mercado venezolano. Finalmente, transición democrática y elecciones libres. El orden tenía la claridad de una lista de prioridades: primero se estabilizaba el país, luego entraban las petroleras y, cuando todo estuviera convenientemente dispuesto, se permitiría votar a los venezolanos.

Han transcurrido ocho meses. No hay elecciones convocadas, calendario electoral ni fecha aproximada. Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta de Maduro y figura principal del mismo aparato chavista, sigue al frente del Gobierno. Conserva buena parte de las instituciones, las fuerzas armadas, los tribunales y los organismos electorales que sostuvieron al régimen anterior.

Trump declaró el 24 de julio que Venezuela «todavía no está preparada» para celebrar elecciones. Añadió que Delcy estaba haciendo «un trabajo fantástico» y destacó la cantidad de petróleo que Estados Unidos estaba obteniendo. Es difícil resumir con mayor economía el cambio de objetivos.

Ha habido excarcelaciones, una ley de amnistía y conversaciones con algunos sectores de la oposición. Pero las organizaciones de derechos humanos denuncian que muchas liberaciones han sido parciales, sometidas a restricciones o sustituidas por arrestos domiciliarios. A comienzos de agosto quedaban más de 380 presos políticos. La misión internacional de la ONU advirtió ya en marzo que el aparato represivo continuaba funcionando y que altos cargos vinculados a violaciones de los derechos humanos seguían en puestos de poder. Desde la captura de Maduro se habían producido, además, decenas de detenciones por motivos políticos.

Washington no ha desmontado el chavismo. Ha llegado a un acuerdo con él. Maduro era hostil, imprevisible y poco rentable; Delcy Rodríguez es disciplinada, negociadora y abre los campos petrolíferos. La diferencia ideológica parece haber impresionado mucho menos a Trump que la diferencia comercial.

La democracia no ha desaparecido del discurso oficial. Sigue allí, conservada para una tercera fase que llegará cuando Venezuela esté preparada. Nadie explica quién decidirá que lo está ni por qué un pueblo capaz de votar en 2024 necesita ahora la autorización de Washington para volver a hacerlo.

El petróleo, mientras tanto, dispone ya de campos, porcentajes, previsiones de inversión y planes para llenar la Reserva Estratégica estadounidense. Las elecciones disponen de una palabra: algún día.

No resulta difícil averiguar cuál de las dos cosas motivó realmente la operación.