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jueves, 29 de octubre de 2026

DE LAS PRADERAS DE OKLAHOMA A LAS CALLES DE MELBOURNE

Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un billete de avión. El mío a Melbourne empezó, sin que yo lo supiera, en 1832, cuando Washington Irving emprendió una expedición por las praderas norteamericanas acompañado de un joven aristócrata europeo y su preceptor. Casi dos siglos después, uno de aquellos viajeros ha vuelto a cruzarse en mi camino.


Uno puede viajar hasta las antípodas convencido de que va a descubrir un mundo nuevo y encontrarse con un viejo conocido. Es una de esas bromas que la geografía y la historia gastan a quienes todavía creemos que el planeta es lo bastante grande como para no tropezarnos continuamente con las mismas personas.

 

 En mi caso, el encuentro se produjo en Melbourne, una ciudad australiana de amplias avenidas, tranvías, parques magníficos y una notable afición a recordar a sus personajes ilustres poniéndoles nombre a las principales arterias del centro se llama La Trobe Street. También llevan su nombre una universidad y diversos edificios e instituciones. Nada sorprendente en una ciudad que conserva en su nomenclátor un resumen de su historia colonial. Lo inesperado fue descubrir que aquel La Trobe era alguien con quien yo había pasado bastantes horas años atrás, aunque él llevara muerto desde 1875.

 

La explicación tiene que ver con Washington Irving, el escritor estadounidense al que debemos, entre otras obras, La leyenda de Sleepy Hollow, Rip Van Winkle y, cómo no, Los Cuentos de la Alhambra. Hace años traduje para Errata Naturae su libro A Tour on the Prairies, publicado en español como La frontera salvaje. Aquella traducción me obligó a acompañar a Irving por las praderas de lo que hoy es Oklahoma, entre caballos, bosques, ríos, cazadores, indígenas y una colección de personajes que parecían salidos de una novela de aventuras. Entre ellos estaba Charles La Trobe.

 

En 1832, Irving tenía cuarenta y nueve años y acababa de regresar a Estados Unidos después de una larga estancia europea. Aquel otoño se incorporó a una expedición por territorios situados al oeste de los asentamientos estadounidenses, en una región que entonces formaba parte del llamado Territorio Indio. No era una excursión para turistas que deseaban fotografiar bisontes desde un todoterreno. Los caminos eran precarios o inexistentes, las noches se pasaban al aire libre y las posibilidades de acabar perdido, enfermo o despeñado eran bastante superiores a las de encontrar una cama limpia.

 

En aquella aventura participaron dos europeos. Uno era el joven conde Albert de Pourtalès, miembro de una familia aristocrática de origen suizo. El otro era Charles Joseph La Trobe, que lo acompañaba como preceptor, mentor y supervisor de sus andanzas. La Trobe tenía treinta y un años, una educación cosmopolita y una curiosidad por la naturaleza que lo convertía en un compañero especialmente adecuado para explorar territorios desconocidos.

 

La figura del preceptor de un aristócrata merece una explicación. Las familias acomodadas europeas confiaban frecuentemente la educación de sus hijos a hombres cultos que los acompañaban durante sus viajes, vigilaban sus lecturas, corregían sus modales y procuraban que adquirieran conocimientos sin adquirir demasiadas malas costumbres. Era una profesión que exigía paciencia y cierta disposición a soportar las ocurrencias de muchachos convencidos de que el mundo había sido creado para su entretenimiento. Ignoro cuánto necesitaba vigilancia el joven Pourtalès, pero llevarlo a las praderas americanas parece una manera bastante original de completar su formación.


La Trobe no era un simple acompañante. Era un observador interesado por la geología, la botánica, los animales y las costumbres de los pueblos que encontraba. Dibujaba, tomaba notas y poseía esa curiosidad enciclopédica característica de los naturalistas del siglo XIX, cuando todavía resultaba posible interesarse seriamente por las plantas, los insectos, las montañas y la organización política de un país sin que nadie exigiera elegir una especialidad.

 

Irving observaba aquel mundo con ojos de escritor. Le interesaban los paisajes, pero también los caracteres humanos, las conversaciones junto al fuego y las pequeñas rivalidades entre cazadores. El resultado fue A Tour on the Prairies, publicado en 1835, un libro que combina relato de viajes, observación naturalista y un humor discreto. La Trobe también escribió sobre sus experiencias americanas en The Rambler in North America, publicado ese mismo año. Dos hombres que recorrieron parte del mismo territorio y lo contemplaron desde perspectivas diferentes.

 

Ninguno podía imaginar que, pocos años después, el joven preceptor terminaría desempeñando un papel fundamental en la historia de una ciudad situada al otro lado del planeta. En 1839, La Trobe fue nombrado superintendente del distrito de Port Phillip, dependiente de Nueva Gales del Sur. Llegó acompañado de su familia y una casa prefabricada, solución razonable para instalarse donde casi todo estaba todavía por construir. Melbourne apenas tenía cuatro años como asentamiento europeo permanente y crecía rápidamente sobre territorios habitados desde hacía milenios por pueblos aborígenes, especialmente los wurundjeri y los boon wurrung de la nación kulin.

 

En 1851, cuando Victoria se separó administrativamente de Nueva Gales del Sur, La Trobe se convirtió en su primer vicegobernador. Aquel mismo año comenzaron los grandes descubrimientos de oro que transformaron la colonia. Llegaron miles de inmigrantes, se multiplicaron las actividades comerciales y Melbourne inició un crecimiento vertiginoso. Gobernar semejante explosión demográfica debió de resultar bastante menos placentero que perseguir mariposas por Oklahoma.

 

Sin embargo, lo que más me interesa de La Trobe no es su carrera administrativa, sino su condición de naturalista. Entre sus iniciativas destaca el impulso que dio a la creación del Real Jardín Botánico de Melbourne, establecido en 1846 junto al río Yarra. Fue él quien eligió su emplazamiento. Años después, Ferdinand von Mueller, uno de los grandes botánicos del siglo XIX, contribuiría decisivamente a su desarrollo científico. Para alguien que ha dedicado buena parte de su vida profesional a los jardines botánicos, descubrir que uno de sus promotores había compartido aventuras con Washington Irving constituye una coincidencia especialmente grata.

 

Irving dejó un retrato revelador de La Trobe. Lo describió como botánico, geólogo, coleccionista de escarabajos y mariposas, músico y dibujante. Añadía que era un cazador infatigable, aunque no siempre afortunado. La observación tiene esa ironía afectuosa característica del escritor: su compañero parecía dispuesto a interesarse por cualquier cosa que encontrara en el camino, aunque no necesariamente a cobrar las piezas que perseguía.

 

Mientras pienso en todo esto, recuerdo las horas que pasé traduciendo La frontera salvaje. Traducir un libro de viajes tiene algo de expedición sedentaria. Uno no atraviesa ríos ni duerme bajo las estrellas, pero acaba familiarizándose con los compañeros del narrador, sus manías y sus pequeñas desventuras. Durante aquella traducción, La Trobe era para mí un personaje secundario de una aventura americana. Jamás imaginé que acabaría encontrándomelo en Australia.


La coincidencia tiene otra dimensión. Irving escribiría también, publicado en 1837, a partir de los relatos de Benjamin Bonneville, explorador de las Montañas Rocosas y del territorio de Oregón. Todos pertenecían a aquel universo de viajeros, comerciantes y naturalistas que alimentó la literatura de la frontera norteamericana. Una frontera cuya expansión tuvo consecuencias devastadoras para muchas naciones indígenas, como también ocurrió con la colonización europea de Australia.

 

Y aquí estoy, en Melbourne, a miles de kilómetros de Oklahoma y casi doscientos años después de aquella cabalgada, descubriendo que una calle lleva el nombre de un hombre al que conocí entre las páginas de un libro que tuve la fortuna de traducir. Quizá pasee por el Jardín Botánico que contribuyó a crear. Me gustará imaginarlo examinando una planta desconocida o persiguiendo un escarabajo.

 

Los viajes sirven para descubrir lugares nuevos, pero a veces ofrecen una recompensa más inesperada: permiten reencontrarse con personas que uno creía haber dejado definitivamente entre las páginas de un libro. Charles La Trobe murió hace más de ciento cincuenta años. Yo lo conocí en las praderas de Oklahoma y he vuelto a encontrarlo en las calles de Melbourne. No está mal para alguien que nunca llegó a saber que acabaría formando parte de mi historia