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lunes, 29 de diciembre de 2025

TRES VEGETALES NAVIDEÑOS: MUÉRDAGO, INCIENSO Y MIRRA

Magia, humo y resinas sagradas.

La Navidad es una época curiosa para la botánica. Durante el resto del año, la mayoría de nosotros apenas distinguimos un abeto de una farola, pero en diciembre de pronto nos rodeamos de vegetales con una intensidad casi mística. Árboles en el salón, ramas colgando del techo, resinas ardiendo y perfumes que parecen haber sido destilados directamente del Antiguo Testamento. Todo muy natural, aunque no siempre sepamos exactamente qué estamos celebrando.

Empecemos por el muérdago, una planta que ha conseguido el raro privilegio de ser a la vez romántica y ligeramente venenosa. No es poca cosa. El muérdago ha gozado de una reputación especial desde la Antigüedad, en parte por su comportamiento vegetal francamente sospechoso. No crece como una planta respetable, con raíces bien hundidas en la tierra, sino que aparece brotando de las ramas de otros árboles, como si hubiera decidido instalarse allí sin pedir permiso.

Técnicamente, el muérdago es una planta hemiparásita. Eso significa que realiza la fotosíntesis por su cuenta, pero obtiene agua y sales minerales del árbol anfitrión. Es decir, hace la mitad del trabajo y deja el resto a otro, una estrategia vital que, si se aplicara a los seres humanos, generaría un resentimiento social considerable.

El muérdago clásico europeo, Viscum album, tiene además un origen etimológico poco glamuroso. Su nombre procede del anglosajón mistel (estiércol) y tan (ramita). En otras palabras: “estiércol en una ramita”. No es exactamente el tipo de expresión que uno asocia con besos furtivos bajo la lámpara del comedor. Pero describe bastante bien cómo se propaga la planta: las aves comen las bayas, las semillas sobreviven al proceso digestivo —cosa que no puede decirse del ser humano— y acaban depositadas, con todo el entusiasmo fisiológico posible, sobre una rama adecuada.

Las semillas contienen viscotoxinas, pequeñas proteínas capaces de destruir células humanas con una eficacia poco navideña. Cualquier sustancia con ese perfil despierta, inevitablemente, el interés de la farmacología. La historia de la medicina está llena de intentos de domesticar venenos: arsénico, mercurio, estricnina, belladona… Todos ellos tuvieron su momento de gloria antes de que alguien se diera cuenta de que quizá no eran tan buena idea.

El muérdago no fue una excepción. Durante siglos se utilizó en brebajes y ungüentos de dudosa eficacia. Hasta principios del siglo XX, la comunidad científica lo consideró un placebo elegante. Pero en la década de 1920 aparecieron estudios que identificaron en el muérdago unas moléculas llamadas lectinas, capaces de unirse a las células e inducir cambios bioquímicos. De repente, surgió la esperanza de que, en la dosis adecuada, pudieran atacar selectivamente células cancerosas.

El optimismo duró lo justo para lanzar al mercado una serie de preparados con nombres que sonaban a villanos de ópera: Iscador, Helixor, Eurixor. Los ensayos en humanos, sin embargo, no confirmaron las promesas iniciales. Hoy no existen pruebas sólidas de que estos productos tengan un efecto beneficioso contra el cáncer. Sí existe, en cambio, abundante evidencia de que no lo tienen. Parece que la verdadera magia del muérdago consiste en provocar besos incómodos entre personas que no siempre saben cómo acabar allí. Y eso, siendo justos, ya es bastante.

Pasemos ahora a los Reyes Magos y a sus famosos regalos. El oro no plantea problemas: sigue siendo caro, brillante y universalmente apreciado. Pero el incienso y la mirra requieren un poco más de contexto. ¿Por qué alguien pensó que unas resinas aromáticas eran un obsequio apropiado para un recién nacido?

Tanto el incienso como la mirra son productos vegetales muy específicos. Proceden de árboles del Medio Oriente y África que, cuando se les daña la corteza, exudan una savia rica en compuestos antimicrobianos. Es una forma vegetal de ponerse una tirita química. Con el tiempo, esa savia se endurece y forma una resina que puede recogerse.

El incienso procede de varias especies del género Boswellia, perteneciente a la familia de las burseráceas. Crecen en regiones áridas del noreste de África, la península arábiga y la India, lugares donde no abundan precisamente los árboles con vocación ornamental. La mirra, por su parte, procede de especies del género Commiphora, de la misma familia botánica y con una distribución similar. Ambas resinas han sido bienes de alto valor durante milenios, no porque fueran raras, sino porque olían bien y ardían mejor.

Mucho antes de la primera Navidad, el incienso y la mirra ya ocupaban un lugar destacado en ceremonias religiosas. Al quemarse, producen un humo fragante que tiene la virtud de hacer más llevaderas reuniones prolongadas en espacios cerrados. Quizá la idea original era elevar las oraciones hacia el cielo a través del humo. O quizá simplemente disimular el olor corporal de personas poco familiarizadas con el jabón. Ambas explicaciones son plausibles.

La palabra “incienso” procede del latín incendere, prender fuego. “Perfume” viene de per fumum, “a través del humo”. Es decir, el perfume fue primero humo, luego religión y solo mucho después un frasco caro en una estantería.

Los egipcios utilizaron incienso y mirra para embalsamar cadáveres, tratar heridas y perfumar templos. Sus propiedades antimicrobianas hacen que estas aplicaciones tengan cierto sentido. Menos convincente resulta su uso para ahuyentar demonios, aunque, de nuevo, todo depende de cómo definamos “demonio”. En iglesias abarrotadas y mal ventiladas, el incienso probablemente cumplía una función terapéutica básica.

Las aplicaciones médicas de la mirra y el incienso han sido innumerables y, en muchos casos, imaginativas. Hipócrates recomendaba la mirra como óvulo vaginal para estimular la excitación sexual, lo cual demuestra que incluso el padre de la medicina tenía días raros. Textos ayurvédicos la prescribían para alargar la vida y adelgazar. Los chinos la usaban para infecciones bucales. La marina británica la probó contra el escorbuto, con resultados inútiles.

Hoy, estas resinas siguen presentes en pastillas para la tos, colutorios y productos de herbolario. Si uno quisiera hacer un regalo verdaderamente navideño, podría optar por unas pastillas para la garganta con un porcentaje respetable de incienso y mirra. O por un perfume: Timeless de Avon contiene incienso; Le Jardin de Max Factor incluye mirra. Los Reyes Magos, sin saberlo, estaban adelantados a su tiempo.

Así que ahí los tenemos: muérdago, incienso y mirra. Tres vegetales con historias largas, aromas intensos y una curiosa capacidad para colarse en nuestras celebraciones. Puede que no curen el cáncer ni ahuyenten demonios, pero han conseguido algo quizá más difícil: sobrevivir miles de años en el imaginario humano. Y eso, en el fondo, es bastante milagroso.

Que tengas una Navidad llena de mirra. Y, si hay muérdago de por medio, que sea con consentimiento y sin lectinas.

viernes, 17 de enero de 2025

LOS PEDOS DE ADOLF HITLER

Adolf Hitler no estaba loco, pero la flatulencia que padecía seguro que no le ayudó mucho a tomar decisiones correctas. Según algunos informes médicos, se autoenvenenó tomando preparados farmacológicos para combatir los gases que contenían estricnina y atropina.

El doctor Theo Morell, un dermatólogo que había cobrado una buena reputación social por tratar a famosos con enfermedades sexuales, siempre con discreción y unas maneras muy obsequiosas, no era ningún charlatán, aunque hubo rumores de lo contrario. Uno de sus pacientes —Heinrich Hoffmann, el fotógrafo personal de Hitler— se lo presentó al líder nazi y ambos congeniaron enseguida. Al poco tiempo trató a Hitler de una diversidad de dolencias y le proporcionó medicamentos de diversa índole, incluidos estimulantes y afrodisíacos (por lo general, antes de que Hitler fuera a pasar la noche con Eva Braun).

Con el paso del tiempo, ya convertido en su médico personal, Morell acabó por recetarle al dictador todo un catálogo de medicamentos de naturaleza muy variada. Las notas —minuciosas y del todo creíbles— del cuaderno médico que Morell redactaba poniendo toda su atención para evitar ser el chivo expiatorio en el caso de que Hitler pasara a mejor vida, muestran que la medicación que eligió era convencional, aunque se aseguró de que la produjeran empresas en las que tenía intereses económicos directos.

El doctor Theodor Morell con Hitler. Está señalado con una flecha y situado detrás de Martin Bormann y Nicolaus von Below (Wolfsschanze, 1940). Foto

No obstante, ni Morell ni ninguno de los otros médicos del führer lograron detener o siquiera ralentizar los efectos de la enfermedad de Parkinson que Hitler sufría; entre ellos, un temblor perceptible en la mano izquierda, que ya había llamado la atención de algunos observadores en 1941, cuando empezó a manifestarse en su pierna derecha, junto con unos andares cada vez más arrastrados y una creciente rigidez muscular en la cara. Diversos electrocardiogramas mostraron un endurecimiento paulatino de las arterias y el pelo se le volvió cano.

El atentado con bomba de julio de 1944 también hizo mella en su salud. A principios de 1945, según información posterior de Albert Speer, «se había marchitado como un anciano. Le temblaban las articulaciones; caminaba encogido y arrastraba los pies. Incluso la voz empezó a vacilar y perdió su antigua habilidad magistral: la poderosa fuerza de su discurso dio paso a una manera de hablar dubitativa y falta de energía». Aunque estaba a mediados de los cincuenta, las fotografías de la época lo muestran encorvado.

Según su biógrafo John Toland (Adolf Hitler: The Definitive Biography. Knopf Doubleday Publishing Group), por la amistad que había surgido entre la esposa de Morell y Eva Braun, Hitler incorporó a Morell como su médico personal y confió tanto en él que por primera vez desde sus días en el ejército, en 1936 se desnudó para un examen físico completo, porque los retortijones abdominales eran tan dolorosos que se ponía a gritar.

Morell diagnosticó los dolores y calambres en la región epigástrica como gastroduodenitis, para lo cual le recetó Mutaflor y Gallestol. La hinchazón y el exceso de gases también son síntomas comunes de la gastroduodenitis. Por eso, el Führer también sufría de meteorismo, es decir, de pedos incontrolables, para cuyo tratamiento Morell le recetó las píldoras antigás del Dr. Köster. A pesar del tratamiento, quienes estaban obligados a asistir a las reuniones de trabajo o los invitados a las recepciones oficiales, conocían de primera mano la atmósfera metánica que Hitler dejaba a su paso.

Las píldoras del Dr. Köster contenían estricnina y atropina, dos alcaloides extremadamente tóxicos, que afectan al sueño y a la salud mental, y provocaban que quienes las ingerían se pusieran muy nerviosos Sin saber el poder de esos alcaloides, Morell instruyó a su paciente para que tomara de dos a cuatro píldoras en cada comida. Además, complementó la dieta escasa en proteínas de su paciente con grandes dosis de vitaminas, a menudo administrándolas por vía intravenosa junto con glucosa para obtener energía.

Entre unas cosas y otras, a principios de 1941, cuando Hitler ya había empezado la invasión de la Unión Soviética, tomaba entre 120 y 150 pastillas a la semana. Los cambios de humor del dictador nazi, la enfermedad de Parkinson, los síntomas gastrointestinales, los problemas de la piel y el deterioro depresivo constante hasta su suicidio en 1945, están documentados por observadores e historiadores confiables y en los diarios de Morell.

Además de estricnina y atropina, los medicamentos extraños y poco ortodoxos que le recetaron a Hitler, a menudo por razones no reveladas, incluían cocaína tópica, anfetaminas inyectadas, glucosa, testosterona, estradiol, corticosteroides, un extraño preparado a base de un limpiador de armas, un extracto de vesículas seminales y numerosas vitaminas y "tónicos".

Nunca sabremos el rol que esta medicación tuvo en Hitler y sus decisiones durante la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Cuando los efectos de las pastillas fueron evidentes, tan solo seis meses antes de que Hitler quedara tocado psicológicamente y se suicidara en su bunker, el doctor Morell fue despedido y salvó su vida por los pelos.

Irónicamente, según John Toland, la causa de la flatulencia de Hitler era la más evidente: su obsesivo vegetarianismo.El exceso de fibras vegetales se acumula en el colon, donde millones de bacterias trabajan activamente hasta convertirlas en metano.

domingo, 12 de marzo de 2023

Breve historia del curare, II: de las selvas amazónicas a los quirófanos



Terminé la primera parte preguntando cuál era el principio activo responsable del efecto paralizante del curare. Para dar respuesta comenzaré con una digresión sobre los neurotransmisores, cuya función orgánica trataré de explicar de forma muy sencilla para el profano e inevitablemente simple para los entendidos. Una explicación algo más compleja la hice en esta otra entrada.

Mensajeros del cerebro: los neurotransmisores

El cerebro es el responsable de regular todas nuestras actividades corporales. Si nos reducimos a la actividad muscular, cada vez que un músculo se activa lo hace recibiendo una orden desde el cerebro a través de una neurona. Imagine una conexión eléctrica convencional entre dos cables. Uno de los cables será una neurona, una célula de las que componen los nervios que unen al director de orquesta corporal, el cerebro, con los músicos ejecutores, los músculos. El otro cable imaginario será una fibra muscular. En una conexión eléctrica convencional debe haber contacto físico entre los cables o entre ambos a través de un conector metálico.

La placa neuromuscular se compone de los siguientes elementos. La neurona motora o motoneurona, es una neurona presináptica que se encarga de emitir impulsos nerviosos que viajarán a lo largo de su axón hasta el terminal del músculo. En ella se crea y almacena la acetilcolina, el principal neurotransmisor de la estimulación muscular. La hendidura sináptica, también llamado espacio sináptico, es la abertura existente entre la neurona motora y la membrana muscular. La placa motora está compuesta por una o más células musculares que se juntan para constituir una fibra muscular. 

Eso no ocurre con la placa neuromuscular, la conexión entre el “cable neurona” y el “cable fibra muscular”, a la que técnicamente llamamos “sinapsis” porque entre uno y otro cable hay un espacio libre: el espacio sináptico. La orden que, en forma de impulso eléctrico, emite el cerebro se transmite a través del espacio sináptico mediante unas biomoléculas a las que llamamos neurotransmisores. El neurotransmisor secretado desde la neurona actúa en receptores especializados y altamente selectivos, que se localizan en la célula postsináptica, lo que provoca cambios en el metabolismo de ésta modificando su actividad celular.



Uno de los neurotransmisores más extendidos entre los vertebrados y el primero en ser identificado es la acetilcolina, que fue caracterizado farmacológicamente por el fisiólogo inglés Henry Hallett Dale en 1914 y después confirmado por su colega alemán Otto Loewi como un neurotransmisor. Por su trabajo recibieron en 1936 el premio Nobel en Fisiología y Medicina, que les entregó en Estocolmo el rey Gustavo V Adolfo.

Curares: bloqueadores de la acetilcolina

La acetilcolina, una molécula extraordinariamente sencilla, actúa de intermediario entre el impulso nervioso –una corriente eléctrica procedente del cerebro– y la contracción muscular. El principio activo de los diferentes curares bloquea la contracción muscular desencadenada por la acetilcolina que segregan las terminales nerviosas. Al hacerlo, produce parálisis progresiva y finalmente muerte por asfixia.

El efecto se da al bloquear la conducción nerviosa motora a nivel de la placa neuromuscular inhibiendo la acción de la acetilcolina: el principio activo de cualquier curare se une a los receptores nicotínicos (las “puertas” por las que la acetilcolina penetra en la terminal postsináptica), bloqueándolos y paralizando toda la musculatura, incluyendo la respiratoria, causando la muerte por asfixia. Aún a dosis mínimas su efecto es letal y se debe a la acción de un principio activo, la tubocurarina.

El aislamiento de la tubocuranina

La identificación del principio activo del curare más efectivo desde el punto de vista clínico, la tubocuranina extraída de la liana Chondodendron tomentosum, se consiguió gracias a la tenacidad Richard Gill, un estadounidense propietario de plantaciones de cacao y café en Ecuador. Durante su estancia en el país sudamericano Gill desarrolló esclerosis múltiple, una temible enfermedad uno de cuyos síntomas son los espasmos musculares. De regreso a Estados Unidos, su médico, el neurólogo Walter Freeman, le recomendó el uso del curare por su acción relajante muscular, que ya era conocida desde los experimentos con animales que Benjamin Brodie, Charles Waterton y Claude Bernard habían realizado el siglo anterior.

Movido por la necesidad, Gill regresó a las junglas de Ecuador, donde, a partir de más de 26 tipos de lianas, preparó alrededor de cincuenta kilos de curare. No solo trajo ese cargamento, también acarreó con muestras de las plantas con las que lo había elaborado. Gracias a ellas, los botánicos descubrieron que las plantas pertenecían a dos familias: Menispermáceas (a la que pertenece el género Chondodendrum que, como luego comentaré, encerraba el principio activo más eficaz del curare, la tubocurarina), y Loganiáceas, a la que pertenece el género Strychnos, bien conocido porque uno de sus componentes, la estricnina, es un veneno potentísimo.

La farmacéutica E.R. Squibb & Sons compró a Richard Gill parte de los cincuenta kilos de curare con el objetivo de establecer directrices para la elaboración de extractos de curare de una mínima fiabilidad que permitieran su utilización clínica. Mientras tanto, el laboratorio elaboró un extracto de curare que patentó con el nombre de Intocostrin, que donaba gratuitamente a los investigadores.



Harold Randall Griffith, anestesista del hospital Homeopático de Montreal, Canadá, usaba ciclopropano como gas anestésico. Los frecuentes casos de apnea que aparecían cuando empleaba ese gas durante la anestesia obligaban frecuentemente a la intubación endotraqueal. Para evitar el espasmo laríngeo durante el procedimiento de intubación, decidió ensayar Intocostrin como relajante muscular. El 23 de enero de 1942, realizó la extirpación quirúrgica del apéndice de un paciente usando Intocostrin como relajante muscular. Fue un éxito. A continuación, Harold Griffith y Enid Johnson usaron con éxito la preparación Intocostrin en 25 pacientes que fueron anestesiados ligeramente con ciclopropano.

A partir de entonces, la utilización de Intocostrin se hizo rutinaria entre los anestesistas porque la flacidez muscular lograda con los relajantes musculares permitía disminuir las dosis de anestésicos, haciendo que los procedimientos quirúrgicos fuesen mucho más seguros.

Los famosos cincuenta kilos de curare recolectados por Richard Gill dieron para mucho: no solo para la producción de Intocostrin y su consiguiente empleo en diversos escenarios clínicos, sino que hizo posible la identificación del principio activo. En 1943, los químicos orgánicos Oskar Wintersteiner y James Dutcher, que trabajaban en los laboratorios Squibb, aislaron una sustancia cristalina químicamente idéntica a la que ocho años antes había aislado Harold King partiendo de una muestra de curare que le había cedido el Museo Británico. El origen de la muestra del museo londinense no se conocía, pero dado que el material se hallaba empaquetado en tubos de bambú, King decidió llamarlo tubocurarina.

El aislamiento de la tubocurarina a partir de Chondodendrum tomentosum coincidió en el tiempo con el descubrimiento de que el principio activo del Intocostrin era la misma sustancia. En Gran Bretaña, Cecil Gray demostró que Intocostrin no era fiable y, en cambio, popularizó el uso de cloruro de d-tubocurarina, que era farmacológicamente más potente y de fectos secundarios más previsibles.

Al aislar la tubocurarina y estudiar sus efectos quedó perfectamente claro porque en los primeros experimentos realizados con el curare en el siglo XIX los animales quedaban paralizados mientras que el corazón seguía latiendo. El efecto letal de la d-tubocurarina se debe a la parálisis de los músculos esqueléticos, pero no afecta a la musculatura cardíaca (miocardio).



Antes del advenimiento del curare en la década de 1940, para lograr la relajación muscular los anestesistas debían administrar una anestesia muy profunda con éter o ciclopropano, lo que podía causar una serie de complicaciones cardíacas, hepáticas o renales. Además, con la parálisis total de la musculatura esquelética del diafragma del paciente, estas cirugías solo podían practicarse posibles con la invención de la intubación traqueal y la ventilación mecánica de los pulmones.

La intubación traqueal era poco común, y la relajación muscular, si era necesaria, se conseguía mediante anestesia por inhalación profunda con los riesgos concomitantes de depresión respiratoria o cardíaca. Tras la introducción de los relajantes musculares, la anestesia sufrió un cambio conceptual y fue redefinida como una tríada de narcosis, analgesia y relajación muscular, utilizando fármacos específicos para producir cada uno de esos efectos.

Curarinas sintéticas

El cloruro d-tubocurarina se introdujo de manera rutinaria en la práctica anestésica. La D-tubocurarina se convertiría en el relajante muscular preferido hasta que los agentes sintéticos similares al curare reemplazaron al natural a partir de la década de 1980.

Hoy día la tubocurarina natural ha sido sustituida rutinariamente en los procedimientos quirúrgicos por medicamentos de síntesis con efectos similares (es decir, como bloqueantes neuromusculares), pero de efectos secundarios más predecibles que la tubocurarina.

Desde la selva amazónica hasta el quirófano, la historia del curare nos debe hacer reflexionar. Buena parte de los fármacos actuales provienen de antiguos sistemas de conocimiento como el que detentan los grupos indígenas. El caso del curare es, sin duda, una historia sobresaliente de aprovechamiento farmacológico, pero las comunidades indígenas también cuentan con prácticas medicinales ancestrales a menudo despreciadas por el pragmatismo occidental. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 5 de marzo de 2023

Un botánico en el quirófano y una brevísima historia de la anestesia



La rueda, la máquina de vapor, el telégrafo y el teléfono, el hormigón, la bombilla, el fuego, la pólvora, la imprenta, internet y así hasta quince invenciones más constituyen la lista de los inventos más importantes de la historia elegida a través de una encuesta. Nadie pondría ninguna objeción salvo si, como se encontraba un servidor la semana pasada, estuviera viajando en una camilla camino del quirófano. Para mí, como para cualquiera que estuviese en mi lugar, la anestesia debería incluirse en cualquier lista de grandes descubrimientos de la humanidad.

Caballeros, esto no es ninguna tontería

«Anestesia» significa literalmente «sin sensación». El estado de somnolencia o insensibilidad producido por una sustancia narcótica se llama narcosis. La primera narcosis, es decir, la primera operación realizada bajo anestesia general se llevó a cabo el 16 de octubre de 1846 en el Hospital General de Boston, cuando el dentista William Morton anestesió a un paciente llamado Edward Abbott, haciendo que inhalara éter etílico. Abbott tenía un tumor en el cuello que el cirujano, John Collins Warren, le extirpó en cinco minutos mientras él dormía plácidamente. Todo salió bien y el paciente se despertó como si nada después de la intervención. Warren quedó muy impresionado y pronunció una frase premonitoria: «Gentlemen, this is no humbug» («Caballeros, esto no es ninguna tontería»).

Un parto real y un anestesista aficionado

Aquel fue un punto de inflexión en la historia de la cirugía que, siete años después, se divulgaría gracias al parto sin dolor del octavo y último hijo de la reina Victoria de Inglaterra. La mujer más poderosa del mundo no podía soportar los dolores del alumbramiento. La reina había vivido los partos de sus siete primeros hijos como otros tantos traumas insufribles. En 1853 se quedó otra vez embarazada y el mal trago que se avecinaba estaba empezando a ponerla histérica. Su marido, el príncipe Alberto, decidió que la cosa no podía seguir así y llamó a palacio a un tal doctor John Snow: había llegado la hora de probar la anestesia.

Snow era un médico inglés que sería considerado padre de la epidemiología moderna después de que en 1854 demostrara que el cólera desatado en Londres era causado por el consumo de aguas contaminadas con materias fecales. En realidad, aunque Snow era un médico concienzudo, era un anestesista aficionado cuya experiencia en lo que luego se llamaría anestesiología era puramente teórica: había escrito un libro sobre el éter y el cloroformo, y había desarrollado una mascarilla especial para administrar lentamente el cloroformo y controlar las dosis. Eso era todo.

Snow no era consciente de los riesgos de lo que iba a hacer ni qué efectos secundarios podían presentarse en la reina o en su futuro hijo. Nadie había anestesiado jamás a una embarazada ni nadie sabía siquiera si podía hacerse. Inexperto pero atrevido, Snow debió acudir a palacio un tanto acongojado. Una vez al lado del lecho de su majestad, puso sobre la nariz y la boca de la reina un simple pañuelo limpio sobre el cual había vertido unas gotas de cloroformo.

El cloroformo no llegó a aturdir a la reina en ningún momento: su graciosa majestad se mantuvo consciente durante todo el parto dándose cuenta de que las temidas y dolorosas contracciones eran prácticamente indoloras mientras en los intervalos se encontraba perfectamente bien. El niño nació sin problemas. En palabras de la propia Victoria: «... el maravilloso cloroformo, increíblemente reconfortante y placentero».



Aunque, como de costumbre, los religiosos se escandalizaron porque la Biblia dice que las mujeres deben parir con dolor, la sociedad europea acogió con alborozo la noticia. En Francia, el uso del cloroformo —al que se le dio el pegadizo nombre de l’anesthésie à la reine— se popularizó enormemente. La anestesia revolucionó los quirófanos: en adelante la nueva cirugía sólo sería posible bajo anestesia general.

El cloroformo que entusiasmó a la reina Victoria dejó de utilizarse en el siglo XX cuando se descubrió que podía causar daños hepáticos y arritmia cardíaca. El éter, su alternativa, también fue reemplazado por el óxido nitroso (N2O), conocido como gas hilarante, una sustancia narcótica muy potente y fácil de administrar que en 1884 había utilizado por primera vez el odontólogo Horace Wells, pero que ya no se utiliza por un motivo de peso: resultó ser un potente gas de efecto invernadero, hasta tres veces más dañino para el medio ambiente que el dióxido de carbono.

Entonces, alguien se acordó de las plantas.

 Anestesiología y metabolitos secundarios de las plantas

Hoy en día la anestesiología es una especialidad clínica en sí misma, y con razón. Los días en que se administraban cuatro gotas de éter con un pañuelo han pasado a la historia. En la anestesia general moderna se utilizan tres tipos de medicamentos. Uno provoca sueño (narcosis) y amnesia. Sin embargo, no suprime completamente procesos de reacción al dolor como el aumento de la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la piel de gallina y el sudor. Por eso también se administran analgésicos potentes. A menudo se trata de derivados del opio.

Muchas veces también se administra un relajante muscular para evitar que los músculos se tensen como reacción a la manipulación que sufren en el quirófano. Los relajantes musculares proceden del curare, el veneno que los indios amazónicos usan para envenenar sus flechas. Esta triple combinación deja al paciente relajado y dormido e impide que su cuerpo reaccione a la operación.

En el origen de la anestesiología moderna están las plantas. Como consecuencia de su metabolismo, las plantas producen metabolitos primarios (como hidratos o proteínas que utilizan para su crecimiento y desarrollo) y metabolitos secundarios que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a los herbívoros.

Los metabolitos secundarios sintetizados por las plantas a partir de sus aminoácidos se llaman alcaloides. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides provocan efectos psicoactivos intensos por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la quinina, la cafeína, la estricnina, la tubocuranina y la morfina.

En los brazos de Morfeo: el opio y sus derivados

Adormidera, Papaver somniferum.

El término «opio» deriva del griego ópion que significa ‘jugo’, refiriéndose al látex, una secreción seca y pegajosa que exuda la cápsula de la adormidera Papaver somniferum. El opio contiene veinticuatro alcaloides diferentes, lo que le convierte en todo un arsenal de potencial uso farmacológico. El alcaloide más abundante, la morfina, constituye alrededor del 10% del extracto de opio crudo. 

En 1803 un boticario alemán, Friedrich Serturner, fue el primero en aislar morfina pura de ese látex de adormidera. Al compuesto que obtuvo le llamó morfina, en honor a Morfeo, el dios romano de los sueños. La morfina es un narcótico, una molécula que adormece los sentidos (eliminando así el dolor) e induce el sueño.

Hoy en día, la morfina y sus compuestos relacionados siguen siendo los analgésicos más eficaces que se conocen. Desgraciadamente, el efecto calmante o analgésico trae consigo una fuerte adicción. Su amplio uso en la Guerra de Secesión, por ejemplo, dejó unas 400 000 víctimas adictas a la morfina, una adicción que pasó a conocerse como la “enfermedad del soldado. La codeína, un compuesto similar que se encuentra también en el opio, pero en cantidades mucho más pequeñas (alrededor del 0,3 al 2%), es menos adictiva, pero también es un analgésico menos potente.

La investigación de por qué la morfina y los alcaloides similares son analgésicos tan eficaces es que modifican selectivamente la forma en que el cerebro percibe el dolor. La morfina imita e incrementa la acción de las endorfinas, compuestos que se encuentran en concentraciones muy bajas en el cerebro que sirven como analgésicos naturales cuya concentración aumenta en los momentos de estrés.

Curares: de la selva amazónica al quirófano



El término curare se aplica genéricamente a diversos venenos elaborados con extractos de numerosas plantas diferentes. Con el curare, o mejor dicho con los curares, porque no hay dos mezclas iguales, los indios impregnaban flechas y cerbatanas que causaban parálisis progresiva, que podía ser mortal cuando las toxinas difundían a los músculos respiratorios.

En 1856, el fisiólogo francés Claude Bernard descubrió que, al inyectar curare a una rana sus músculos se detenían completamente, ¡pero el corazón seguía latiendo! El curare era, sin lugar a duda, una herramienta farmacológica con mucho potencial. El problema es que estaba compuesto por demasiados ingredientes… ¿Cuál de ellos era el responsable del efecto paralizante?

El curare es una mezcla de muchos alcaloides, entre los cuales la droga más activa es la tubocuranina, cuya fórmula se identificó en 1935. Tal es la potencia de este alcaloide que si un dardo con tubocuranina se inyecta en la sangre, el alcaloide difunde rápidamente a los músculos y causa una parálisis súbita, de inmediato, en cuestión de segundos. ¿Cómo logra tener ese efecto?

La tubocuranina actúa bloqueando los receptores de acetilcolina del organismo. La acetilcolina es un neurotransmisor endógeno (producido por el cuerpo de manera natural) que actúa en el sistema nervioso en las uniones neuromusculares, que son las que envían la señal al músculo para que se contraiga. Por lo tanto, cuando la tubocuranina bloquea el receptor de acetilcolina, los músculos son incapaces contraerse y se produce la parálisis muscular.

Flores de la “pareira”, la liana amazónica Chondrodendrom tomentosum, una de las fuentes del curare de la que se obtiene el alcaloide d-tubocurarina (un potente relajante muscular). Fuente.

En anestesia, los curares se utilizan en la inducción para facilitar la intubación traqueal en las intervenciones que la requieren y de forma preoperatoria para optimizar las condiciones quirúrgicas, asegurando la relajación muscular y la inmovilidad del escenario quirúrgico. Los relajantes musculares que se utilizan hoy en anestesia ya no son derivados de la tubocurarina, sino que se sintetizan artificialmente y tienen un mejor perfil farmacológico como son el vecuronio, el atracurio, el cisatracurio o el rocuronio.

Epílogo

Y ahora, tumbado sobre la mesa de operaciones comienza la inducción, la fase en que se duerme al paciente. Una vez que estoy narcotizado, el anestesista tiene que vigilar en todo momento la frecuencia cardíaca, la presión sanguínea, el nivel de oxígeno en sangre y el nivel de dióxido de carbono en el aire exhalado. Para ello utiliza un manguito para la toma de presión arterial y electrodos en el pecho y el dedo. Durante la operación, realiza una monitorización mucho más amplia que incluye el nivel de sangre, la producción de orina, los niveles de azúcar en sangre y la coagulación.

Ya fuera qel quirófano, comienza la fase en la que despierto: la recuperación. Si estoy escribiendo esto es porque todo ha salido bien gracias a los profesionales de la sanidad pública, un pilar fundamental para el desarrollo del Estado del Bienestar sometida en los últimos años a una campaña generalizada para desprestigio y desmantelamiento tendente a privatizar los sistemas sanitarios públicos para hacer de la sanidad una oportunidad de negocio. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 5 de febrero de 2022

Solandra grandiflora, el psicodélico y venenoso cáliz de oro


Que las plantas no se puedan mover o que la mayoría de ellas carezcan de estructuras visibles para defenderse (espinas o aguijones), no significa que permanezcan inermes. Aunque todavía ignoremos más de lo que la Ciencia haya podido demostrar, los grandes mecanismos defensivos de las plantas son invisibles. Son moléculas orgánicas que se forman como consecuencia de su metabolismo secundario.

El metabolismo primario incluye aquellos procesos químicos que se llevan a cabo para sobrevivir, crecer y reproducirse: fotosíntesis, glucolisis, síntesis de aminoácidos, síntesis de proteínas, enzimas y coenzimas, síntesis de materiales estructurales, duplicación del material genético, reproducción de células (crecimiento), absorción de nutrientes, etcétera.

Como consecuencia del metabolismo secundario, las plantas producen metabolitos que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a herbívoros. Entre los metabolitos secundarios destacan, sobre cualquier otro tipo de fitoquímicos, los alcaloides, una gran familia de más de 15.000 compuestos orgánicos que tienen en común tres características: son solubles en agua, contienen al menos un átomo de nitrógeno, y exhiben actividad biológica.

Esa actividad biológica se manifiesta entre otras cosas, en que, a concentraciones bajas, son fisiológicamente activos en los animales, de donde derivan sus múltiples usos en medicina, farmacología y fitoterapia, bien en estado puro bien en quimiosíntesis como drogas vegetales. Existen innumerables plantas que contienen alcaloides como la quinina, la morfina, la codeína, la cafeína, la teína, la teobromina, la atropina, la escopolamina, la nicotina y un largo etcétera.

Phyllobates terribilis. 

Algunos alcaloides pueden encontrarse en la piel de ciertos animales, como la bufotoxina (la segregan los sapos) ó la batracotoxina (uno de los alcaloides más potentes conocidos), que segregan las ranas del género Phyllobates. Phyllobates terribilis produce un alcaloide con tales niveles de toxicidad y concentración que un solo miligramo podría matar a diez hombres. Este alcaloide también aparece en las plumas de ciertos pájaros del género Pitohui de Nueva Guinea y produce una paralización en el miembro que lo toca. También producen alcaloides pequeños artrópodos como ciempiés, mariquitas, hormigas, etc.

No obstante, la mayoría de los alcaloides son considerados como “vegetales”. Se calcula que un 10 % del total de las especies “vegetales” contienen algún tipo de estos compuestos. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides producen efectos psicoactivos en los animales, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.

La copa de oro, Solandra máxima, pertenece a la familia de las solanáceas, en la que, además de alimentos tan comunes como tomates, papas, berenjenas o pimientos, se incluyen el tabaco y algunas plantas tóxicas, venenosas o alucinógenas, como el estramonio, el beleño y la mandrágora, de las que me he ocupado en este mismo blog. Esas solanáceas contienen dos alcaloides psicotrópicos activos: hiosciamina y la escopolamina, mientras que otro anestésico y vasodilatador, la atropina, se extrae de otras plantas de la misma familia como el propio estramonio y la burundanga o floripondio (Brugmansia arborea), cuyos efectos tóxicos y empleo con fines ilegales son bien conocidos en los archivos forenses y policiales.

Beleño, Hyosciamus niger


Las propiedades la copa de oro, como las de muchas otras solanáceas incluidas nuestras prosaicas patatas, se deben a sus alcaloides de acción anticolinérgica, que, tal y como expliqué en este artículo, sirven para alterar los efectos producidos por la acetilcolina en el sistema nervioso. En general, las solanáceas contienen numerosos alcaloides tropánicos que tienen una bien ganada fama como alucinógenos químicos delirantes con capacidad de causar la muerte a los que han sido lo bastante locos como para probarlas sin conocimiento. Y es que en dosis elevadas los alcaloides tropánicos, poseedores de propiedades narcóticas que permiten su uso como analgésicos y anestésicos, provocan estimulación antes de causar una fuerte depresión que puede inducir al coma.

Las tropinas son las moléculas responsables de que el estramonio, el beleño, la belladona o la mandrágora formen parte de la clásica y ensoñadora farmacopea de las "hierbas de las brujas" y como tal ha sido protagonista de muchas leyendas, rituales y burdas supersticiones que, venidas desde Oriente Próximo, llegaron a Europa donde trovadores y hechiceros las propagaron por doquier.

El género Solandra comprende especies nativas de las regiones neotropicales de América. Solandra grandiflora, más conocida popularmente como copa de oro o cáliz de vino, es autóctona de los territorios centrales de México. Desde allí su área nativa alcanza por el sur hasta Chiapas y, asilvestrada pero no nativa, alcanza por el norte hasta las regiones subtropicales del sur de Estados Unidos y por el sur se ha extendido a Suramérica y a varias islas del Caribe. También se propaga cada vez más en Australia.

S. grandiflora es una trepadora perenne de crecimiento rápido que puede exceder fácilmente los treinta metros de longitud. Las ramas son nudosas y de cada nudo brotan zarcillos y raíces que permiten que la planta pueda anclarse a sus soportes y produzca un sistema radicular más extenso que mejora su capacidad de acceso a los nutrientes esenciales.

Las solandras son muy utilizadas en jardinería (en climas cálidos, carentes de heladas) por sus grandes flores campanuladas de color amarillo con rayas interiores espiraladas de color púrpura o marrón que pueden alcanzar hasta veinticinco centímetros de largo. El color de las flores oscila desde el blanco brillante al amarillo. Se abren al atardecer y emiten una fuerte fragancia dulce, que huele a coco o a vainilla. La apertura nocturna, los olores potentes y el gran tamaño de las flores, generosas productoras de néctar, son señales claras para atraer a sus polinizadores: los murciélagos.

Floripondio, Brugmansia arborea


En su ambiente natural, donde hay murciélagos y, por lo tanto, se produce la polinización, las diferentes especies de Solandra producen grandes bayas blanco-amarillentas que contienen muchas semillas diminutas. Cuando Solandra grandiflora se cultiva como ornamental, por lo general se propaga por esquejes y rara vez produce frutos.

Algunos pueblos nativos de México y del norte de Centroamérica (huastecos, huicholes y mixtecos) han creído durante mucho tiempo en los poderes mágicos y misteriosos del cáliz de oro. Hay utensilios precolombinos aztecas que representan claramente el uso ritual de la planta entre los aborígenes de Mesoamérica.

El uso más conocido y estudiado de Solandra viene de los indios huicholes de Jalisco, México. Los huicholes tienen una larga historia y una mitología elaborada en torno a su propio origen y la flor de Solandra a la que llaman Kieli. Los ancianos enseñan a los niños que el Dios del viento y la magia, Kieli tewíali, bajó a la Tierra y se transformó en la liana Solandra. Kieli tewíali era el hijo de la Serpiente Cósmica y de la lluvia, que vino a la Tierra para beneficiar a la humanidad mediante la transformación de sí mismo en la maravillosa flor fragante del kieli. Los huicholes creen que, al dormir al lado de las flores, la fragancia penetrará en el cuerpo y los transportará ensoñadoramente a un reino místico.

Como con muchas de las plantas alucinógenas mexicanas se han desarrollado diferentes preparaciones para aprovechar las propiedades mágicas de estas plantas. Algunas tribus comen las flores directamente para inducir estados de trance. Otras hacen infusiones con tallos secos y raíces cocidas en agua. Varias tribus muelen las hojas frescas y las usan como supositorios anales. La forma más popular y el método más documentado de ingestión usa las flores, hojas y raíces secas, molidas y mezcladas con otras hierbas alucinógenas para fumar.

Como en tantos otros casos, la planta goza también de fama como afrodisíaca. La sabiduría popular tradicional cree que al darle a un hombre una infusión hecha de las flores y raíces aumentará su deseo sexual hasta el punto de que el excesivo deseo puede hacer que un hombre muera al "secarlo" por completo.

El peyote, Lophophora williamsii, un cactus enteógeno

Muchos pueblos mesoamericanos comparan los efectos psicodélicos de Solandra grandiflora a los que se producen los cactus peyotes (Lophophora williamsii), pero con efectos mucho más acusados que pueden causar la muerte. La infusión puede producir una psicosis que dura más de treinta y de seis horas con alucinaciones, delirios extremos e inconsciencia absoluta. Los efectos producidos por fumar las hojas secas y las flores son mucho más sutiles y breves, pero sin merma de su potente capacidad psicoactiva y con fuertes efectos afrodisíacos.

El análisis farmacológico del género Solandra ha demostrado que, aunque todas sus especies contienen compuestos psicoactivos en diferentes concentraciones, Solandra grandiflora presenta la concentración más elevada en peso seco. Todas las partes de la planta (flores, hojas, tallos, raíces y bayas) tienen importantes cantidades de alcaloides tropánicos, pero en el sistema radicular es donde se concentra el mayor porcentaje de compuestos activos. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 10 de julio de 2021

En brazos de Morfeo



En el artículo anterior me ocupé de las relaciones históricas entre cafeína, nicotina y opio, este último obtenido de la adormidera, Papaver somniferum. Los productos de la adormidera, sobre todo el opio, un alcaloide narcotizante extraído del látex de sus frutos, han sido recolectados y apreciados desde tiempos prehistóricos.

Como testimonia su uso por los sumerios hace cinco mil años, el uso del opio como somnífero y calmante es muy antiguo. Los chinos la han utilizado al menos desde el siglo X como sedante. Los árabes también la utilizaban con profusión en el siglo XI. En Europa se ha utilizado como medicina, pero sólo a partir del siglo XVII se desarrolló la costumbre de fumar opio, junto con la de fumar tabaco, incluso muchos personajes célebres y de la cultura lo hacían, o bebían una bebida a base de opio, el láudano.

El láudano, se usaba como si tal cosa para aliviar cualquier tipo de dolor, desde el dolor provocado por la salida de los dientes en los niños a los típicos dolores producidos por el cáncer y otras enfermedades terminales; para adormecer, para la ansiedad, para el tratamiento de la diarrea (prescripción que aún sigue teniendo en algunos casos) y para eliminar la tos en todo tipo de procesos, desde una simple gripe a una tuberculosis.

El principio más activo del láudano es la morfina, aunque también incluye cantidades menores de codeína y de narcotina, aunque existía una versión de láudano sin narcotina, una molécula que, a pesar de su nombre, no tiene propiedades narcóticas, y sólo provoca molestias estomacales y vómitos.

El láudano se consideraba como el medicamento más importante de todos los que existían en la farmacopea europea durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Hasta 1925, en España se vendía en las boticas al precio de 30 céntimos por gramo.

Conocidas las cualidades del opio, el desarrollo de la química orgánica a partir del siglo XIX permitió poderosos avances en el conocimiento de los principios activos de muchos productos naturales ahora incorporados de pleno derecho a la Farmacología.

Como consecuencia de su metabolismo, las plantas producen metabolitos primarios (como hidratos o proteínas que utilizan para su crecimiento y desarrollo,) y metabolitos secundarios que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a herbívoros. Se llaman alcaloides los metabolitos secundarios de las plantas sintetizados a partir de aminoácidos, y que, por lo tanto, son nitrogenados.

Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides poseen acción fisiológica intensa en los animales con efectos psicoactivos, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.

El opio contiene veinticuatro alcaloides diferentes, lo que le convierte en todo un arsenal de potencial uso farmacológico. El alcaloide más abundante, la morfina, constituye alrededor del 10 % del extracto de opio crudo, una secreción seca y pegajosa de la cápsula de la adormidera. En 1803 un boticario alemán, Friedrich Serturner, fue el primero en aislar morfina pura de ese látex de adormidera. Al compuesto que obtuvo le llamó morfina, en honor a Morfeo, el dios romano de los sueños. La morfina es un narcótico, una molécula que adormece los sentidos (eliminando así el dolor) e induce el sueño.

Una intensa investigación química siguió al descubrimiento de Serturner, pero la estructura química de la morfina no se determinó hasta 1925. Este retraso de 122 años no debe considerarse improductivo. Por el contrario, los químicos orgánicos consideran que el desciframiento real de la estructura de la morfina ha sido tan beneficioso para la humanidad como los conocidos efectos analgésicos de esta molécula, porque debido al trabajo realizado sobre la composición de la morfina, se han deducido estructuras de otros compuestos importantes y la química orgánica tuvo un impulso sin precedentes.

Los métodos clásicos de determinación de la estructura, los nuevos procedimientos de laboratorio, la comprensión de la naturaleza tridimensional de los compuestos de carbono y las nuevas técnicas sintéticas fueron solo algunos de los resultados de la resolución del maratón de acertijos químicos desencadenado por el deseo de desentrañar la estructura molecular de la morfina.

Hoy en día, la morfina y sus compuestos relacionados siguen siendo los analgésicos más eficaces que se conocen. Desgraciadamente, el efecto calmante o analgésico trae consigo una fuerte adicción. Su amplio uso en la Guerra de Secesión, por ejemplo, dejó unas 400 000 víctimas adictas a la morfina, una adicción que pasó a conocerse como la “enfermedad del soldado”, ya que fue el analgésico de preferencia desde su venta como alcaloide aislado del opio.

La codeína, un compuesto similar que se encuentra también en el opio, pero en cantidades mucho más pequeñas (alrededor del 0,3 al 2 %), es menos adictiva, pero también es un analgésico menos potente. La diferencia de estructura es muy pequeña; la codeína tiene un CH3O que reemplaza al HO en la posición que muestra el círculo verde en la estructura de abajo.



Estructura de la morfina, de la codeína y de la heroína. Las flechas rojas indican dónde el CH3CO ha reemplazado a los H en los dos HO de la morfina, produciendo heroína.

Cuando los químicos orgánicos lograron reemplazar los hidrógenos (H) de los dos grupos OH de la morfina con grupos acetilo (CH3CO), el producto obtenido resultó ser, sin embargo, un asunto diferente. La diacetilmorfina, nombre técnico de esta droga, fue sintetizada en 1874 por el químico Alder Wright, en el St. Mary’s Hospital Medical School de Londres, pero, a pesar de comprobar su capacidad para disminuir la presión arterial y la frecuencia respiratoria, el nuevo agente no despertó el suficiente interés clínico, aun cuando, en los siguientes años, se demostró, en pacientes tuberculosos, que calmaba la tos y facilitaba el sueño.

Finalmente, Heinrich Dreser, investigador de la compañía farmacéutica Friedrich Bayer & Co., se interesó por la diacetilmorfina, a la que consideró más potente para el alivio del dolor y con un perfil de seguridad más aceptable que la morfina. En 1895 Bayer logró su producción industrial, y comenzó a comercializarla en 1898 únicamente para calmar la tos. Dreser describió este fármaco como una “droga heroica”, por lo que el nombre comercial adoptado por Bayer fue “Heroína”. Este fármaco adquirió un rápido éxito comercial, y pasó a ser utilizado en todo el mundo, especialmente como antitusígeno.

Al principio, los resultados parecían prometedores. La diacetilmorfina era un narcótico aún más poderoso que la morfina, tan eficaz que se podían administrar dosis extremadamente bajas. Pero su eficacia enmascaraba un problema importante: resultó ser una de las sustancias adictivas más poderosas que se conocen.

Los efectos fisiológicos de la morfina y la heroína son los mismos; dentro del cerebro, los grupos diacetilo de la heroína se vuelven a convertir en los grupos OH originales de la morfina. Pero la molécula de heroína se transporta más fácilmente a través de la barrera hematoencefálica que la morfina, lo que produce la euforia rápida e intensa que los que se vuelven adictos.

La heroína de Bayer, que inicialmente se pensó que estaba libre de los efectos secundarios comunes de la morfina como náuseas y estreñimiento y, por lo tanto, se asumió que también estaba libre de adicción, se comercializó como un antitusígeno y un remedio para los dolores de cabeza, el asma, el enfisema e incluso la tuberculosis.

Anuncio de jarabe Bayer de Heroína publicado en la prensa española en 1912. 


Cuando los efectos secundarios de su "súper aspirina" se hicieron obvios, Bayer dejó de publicitarla sin hacer ruido. Cuando las patentes originales que poseía Bayer del ácido acetilsalicílico expiraron en 1917 y otras compañías comenzaron a producir aspirina, Bayer presentó una demanda por incumplimiento de los derechos de autor sobre el nombre. No es sorprendente que Bayer nunca haya presentado una demanda por violación de los derechos de autor del nombre comercial de heroína para la diacetilmorfina.

La mayoría de los países prohíben ahora la importación, fabricación o posesión de heroína. Pero esto ha hecho poco para detener el comercio ilegal de esta molécula. Los laboratorios clandestinos que se establecen para fabricar heroína a partir de morfina a menudo tienen problemas importantes para deshacerse del ácido acético, uno de los productos secundarios de la reacción de acilación. El ácido acético tiene un olor muy característico, el del vinagre, que es una solución al 4% de este ácido. Este olor a menudo alerta a fuerzas policiales sobre la existencia de un fabricante ilegal de heroína. Los perros policías especialmente entrenados pueden detectar leves rastros de olor a vinagre por debajo del nivel de sensibilidad humana.

La investigación de por qué la morfina y los alcaloides similares son analgésicos tan eficaces sugiere que la morfina no interfiere con las señales nerviosas del cerebro. En cambio, modifica selectivamente la forma en que el cerebro recibe estos mensajes, es decir, cómo el cerebro percibe el dolor. La morfina imita la acción de las endorfinas, compuestos que se encuentran en concentraciones muy bajas en el cerebro que sirven como analgésicos naturales cuya concentración aumenta en momentos de estrés.

Como hacen la heroína y la morfina, la metadona, un analgésico muy potente sintetizado en laboratorio, deprime el sistema nervioso, pero no produce la somnolencia ni la euforia asociadas con los opiáceos. Sin embargo, la metadona sigue siendo adictiva. La dependencia de la heroína puede transferirse a la dependencia de la metadona, pero si éste es un método razonable para lidiar con los problemas asociados con la adicción a la heroína es todavía objeto de un intenso debate habida cuenta los múltiples problemas médicos asociados a su dependencia. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca