Vistas de página en total

Mostrando las entradas para la consulta alcaloides ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta alcaloides ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de febrero de 2022

Solandra grandiflora, el psicodélico y venenoso cáliz de oro


Que las plantas no se puedan mover o que la mayoría de ellas carezcan de estructuras visibles para defenderse (espinas o aguijones), no significa que permanezcan inermes. Aunque todavía ignoremos más de lo que la Ciencia haya podido demostrar, los grandes mecanismos defensivos de las plantas son invisibles. Son moléculas orgánicas que se forman como consecuencia de su metabolismo secundario.

El metabolismo primario incluye aquellos procesos químicos que se llevan a cabo para sobrevivir, crecer y reproducirse: fotosíntesis, glucolisis, síntesis de aminoácidos, síntesis de proteínas, enzimas y coenzimas, síntesis de materiales estructurales, duplicación del material genético, reproducción de células (crecimiento), absorción de nutrientes, etcétera.

Como consecuencia del metabolismo secundario, las plantas producen metabolitos que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a herbívoros. Entre los metabolitos secundarios destacan, sobre cualquier otro tipo de fitoquímicos, los alcaloides, una gran familia de más de 15.000 compuestos orgánicos que tienen en común tres características: son solubles en agua, contienen al menos un átomo de nitrógeno, y exhiben actividad biológica.

Esa actividad biológica se manifiesta entre otras cosas, en que, a concentraciones bajas, son fisiológicamente activos en los animales, de donde derivan sus múltiples usos en medicina, farmacología y fitoterapia, bien en estado puro bien en quimiosíntesis como drogas vegetales. Existen innumerables plantas que contienen alcaloides como la quinina, la morfina, la codeína, la cafeína, la teína, la teobromina, la atropina, la escopolamina, la nicotina y un largo etcétera.

Phyllobates terribilis. 

Algunos alcaloides pueden encontrarse en la piel de ciertos animales, como la bufotoxina (la segregan los sapos) ó la batracotoxina (uno de los alcaloides más potentes conocidos), que segregan las ranas del género Phyllobates. Phyllobates terribilis produce un alcaloide con tales niveles de toxicidad y concentración que un solo miligramo podría matar a diez hombres. Este alcaloide también aparece en las plumas de ciertos pájaros del género Pitohui de Nueva Guinea y produce una paralización en el miembro que lo toca. También producen alcaloides pequeños artrópodos como ciempiés, mariquitas, hormigas, etc.

No obstante, la mayoría de los alcaloides son considerados como “vegetales”. Se calcula que un 10 % del total de las especies “vegetales” contienen algún tipo de estos compuestos. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides producen efectos psicoactivos en los animales, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.

La copa de oro, Solandra máxima, pertenece a la familia de las solanáceas, en la que, además de alimentos tan comunes como tomates, papas, berenjenas o pimientos, se incluyen el tabaco y algunas plantas tóxicas, venenosas o alucinógenas, como el estramonio, el beleño y la mandrágora, de las que me he ocupado en este mismo blog. Esas solanáceas contienen dos alcaloides psicotrópicos activos: hiosciamina y la escopolamina, mientras que otro anestésico y vasodilatador, la atropina, se extrae de otras plantas de la misma familia como el propio estramonio y la burundanga o floripondio (Brugmansia arborea), cuyos efectos tóxicos y empleo con fines ilegales son bien conocidos en los archivos forenses y policiales.

Beleño, Hyosciamus niger


Las propiedades la copa de oro, como las de muchas otras solanáceas incluidas nuestras prosaicas patatas, se deben a sus alcaloides de acción anticolinérgica, que, tal y como expliqué en este artículo, sirven para alterar los efectos producidos por la acetilcolina en el sistema nervioso. En general, las solanáceas contienen numerosos alcaloides tropánicos que tienen una bien ganada fama como alucinógenos químicos delirantes con capacidad de causar la muerte a los que han sido lo bastante locos como para probarlas sin conocimiento. Y es que en dosis elevadas los alcaloides tropánicos, poseedores de propiedades narcóticas que permiten su uso como analgésicos y anestésicos, provocan estimulación antes de causar una fuerte depresión que puede inducir al coma.

Las tropinas son las moléculas responsables de que el estramonio, el beleño, la belladona o la mandrágora formen parte de la clásica y ensoñadora farmacopea de las "hierbas de las brujas" y como tal ha sido protagonista de muchas leyendas, rituales y burdas supersticiones que, venidas desde Oriente Próximo, llegaron a Europa donde trovadores y hechiceros las propagaron por doquier.

El género Solandra comprende especies nativas de las regiones neotropicales de América. Solandra grandiflora, más conocida popularmente como copa de oro o cáliz de vino, es autóctona de los territorios centrales de México. Desde allí su área nativa alcanza por el sur hasta Chiapas y, asilvestrada pero no nativa, alcanza por el norte hasta las regiones subtropicales del sur de Estados Unidos y por el sur se ha extendido a Suramérica y a varias islas del Caribe. También se propaga cada vez más en Australia.

S. grandiflora es una trepadora perenne de crecimiento rápido que puede exceder fácilmente los treinta metros de longitud. Las ramas son nudosas y de cada nudo brotan zarcillos y raíces que permiten que la planta pueda anclarse a sus soportes y produzca un sistema radicular más extenso que mejora su capacidad de acceso a los nutrientes esenciales.

Las solandras son muy utilizadas en jardinería (en climas cálidos, carentes de heladas) por sus grandes flores campanuladas de color amarillo con rayas interiores espiraladas de color púrpura o marrón que pueden alcanzar hasta veinticinco centímetros de largo. El color de las flores oscila desde el blanco brillante al amarillo. Se abren al atardecer y emiten una fuerte fragancia dulce, que huele a coco o a vainilla. La apertura nocturna, los olores potentes y el gran tamaño de las flores, generosas productoras de néctar, son señales claras para atraer a sus polinizadores: los murciélagos.

Floripondio, Brugmansia arborea


En su ambiente natural, donde hay murciélagos y, por lo tanto, se produce la polinización, las diferentes especies de Solandra producen grandes bayas blanco-amarillentas que contienen muchas semillas diminutas. Cuando Solandra grandiflora se cultiva como ornamental, por lo general se propaga por esquejes y rara vez produce frutos.

Algunos pueblos nativos de México y del norte de Centroamérica (huastecos, huicholes y mixtecos) han creído durante mucho tiempo en los poderes mágicos y misteriosos del cáliz de oro. Hay utensilios precolombinos aztecas que representan claramente el uso ritual de la planta entre los aborígenes de Mesoamérica.

El uso más conocido y estudiado de Solandra viene de los indios huicholes de Jalisco, México. Los huicholes tienen una larga historia y una mitología elaborada en torno a su propio origen y la flor de Solandra a la que llaman Kieli. Los ancianos enseñan a los niños que el Dios del viento y la magia, Kieli tewíali, bajó a la Tierra y se transformó en la liana Solandra. Kieli tewíali era el hijo de la Serpiente Cósmica y de la lluvia, que vino a la Tierra para beneficiar a la humanidad mediante la transformación de sí mismo en la maravillosa flor fragante del kieli. Los huicholes creen que, al dormir al lado de las flores, la fragancia penetrará en el cuerpo y los transportará ensoñadoramente a un reino místico.

Como con muchas de las plantas alucinógenas mexicanas se han desarrollado diferentes preparaciones para aprovechar las propiedades mágicas de estas plantas. Algunas tribus comen las flores directamente para inducir estados de trance. Otras hacen infusiones con tallos secos y raíces cocidas en agua. Varias tribus muelen las hojas frescas y las usan como supositorios anales. La forma más popular y el método más documentado de ingestión usa las flores, hojas y raíces secas, molidas y mezcladas con otras hierbas alucinógenas para fumar.

Como en tantos otros casos, la planta goza también de fama como afrodisíaca. La sabiduría popular tradicional cree que al darle a un hombre una infusión hecha de las flores y raíces aumentará su deseo sexual hasta el punto de que el excesivo deseo puede hacer que un hombre muera al "secarlo" por completo.

El peyote, Lophophora williamsii, un cactus enteógeno

Muchos pueblos mesoamericanos comparan los efectos psicodélicos de Solandra grandiflora a los que se producen los cactus peyotes (Lophophora williamsii), pero con efectos mucho más acusados que pueden causar la muerte. La infusión puede producir una psicosis que dura más de treinta y de seis horas con alucinaciones, delirios extremos e inconsciencia absoluta. Los efectos producidos por fumar las hojas secas y las flores son mucho más sutiles y breves, pero sin merma de su potente capacidad psicoactiva y con fuertes efectos afrodisíacos.

El análisis farmacológico del género Solandra ha demostrado que, aunque todas sus especies contienen compuestos psicoactivos en diferentes concentraciones, Solandra grandiflora presenta la concentración más elevada en peso seco. Todas las partes de la planta (flores, hojas, tallos, raíces y bayas) tienen importantes cantidades de alcaloides tropánicos, pero en el sistema radicular es donde se concentra el mayor porcentaje de compuestos activos. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 17 de junio de 2023

El mito de la belladona: seducción y brujería

 



La belladona (Atropa belladonna) ha sido origen de no pocas leyendas y mitos creados a su alrededor. Más allá de lo esotérico, lo que es seguro es que si visitas al oftalmólogo gozarás de sus midriáticos poderes.

Atropa deriva de Átropos, una de las tres moiras de la mitología griega (las parcas romanas) y belladonna proviene del italiano, "mujer hermosa". Ambos nombres aluden tanto a su efecto venenoso (Átropos elegía el mecanismo de la muerte y terminaba con la vida de cada mortal cortando su hálito con sus «aborrecibles tijeras») como a su uso para dilatar las pupilas para conseguir una mirada más seductora, artificio que utilizaban las damas romanas (donnas bellas) aplicando el jugo de su fruto en los ojos para provocar dilatación de las pupilas (midriasis) y preparando infusiones con sus hojas para blanquear el cutis.

La belladona es un arbusto perenne de la familia solanáceas, donde se reúnen tanto plantas comestibles como berenjenas, patatas, tomates y pimientos como otras de efectos tóxicos o alucinógenos como el tabaco, el beleño, la mandrágora, la solandra o el estramonio. Es nativa de Europa, África del Norte, y Asia Occidental y se puede encontrar en lugares normalmente sombreados y con buenos suelos ricos en limos.



Sus flores tienen forma acampanada, de color púrpura oscuro con reflejos verdosos y olor débil. Los frutos son bayas de color verde que mutan a negro brillante al madurar y aproximadamente del tamaño de una aceituna minúscula. Las bayas son dulces, contienen atropina y son consumidas por las aves, que dispersan las semillas en sus excrementos, a pesar de que contienen ingredientes tóxicos a los que los pájaros son inmunes, porque las semillas han evolucionado para pasar sin alterarse por el sistema digestivo de las aves. De hecho, los jugos gástricos ayudan a que germinen. Sin embargo, el sabor dulce de los frutos puede convertir esta planta en una verdadera asesina para otros animales, incluidos nosotros. En un adulto, tomar de cuatro a ocho bayas puede suponer la muerte.



Como beleños y mandrágoras, la belladona pertenece a la clásica farmacopea de las "hierbas de las brujas" de muchas tradiciones europeas centradas en creencias, leyendas y fábulas sin mayor fundamento que la ignorante superstición. Fue utilizada en el antiguo Egipto como narcótico; en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco; en las ofrendas romanas a Atenea, diosa de la guerra, para provocar el fulgor en la mirada de los soldados; en Siria para "alejar los pensamientos tristes", y en tierras celtas y centroeuropeas para honrar a Bellona, diosa de la guerra.



En la Edad Media penetró en los turbios terrenos de lo esotérico vinculados a la alquimia y la brujería. La belladona fue un ingrediente fundamental en las pócimas de brujas y magos. El mito de las escobas voladoras tiene su origen en estos ungüentos. Encontrar la dosis adecuada de belladona con el rudimentario instrumental de aquellos tiempos era muy difícil y se corría peligro de muerte si se ingería. Por eso, se utilizaba por vía tópica. Untaban palos con la crema y se lo aplicaban en la vagina o en el ano. Cuando la droga surtía efecto, alucinaban y creían volar.

Propiedades medicinales de la belladona: la atropina

Como consecuencia del metabolismo secundario, las plantas elaboran productos (metabolitos) que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a los herbívoros. Entre los metabolitos secundarios destacan, sobre cualquier otro tipo de fitoquímicos, los alcaloides, una gran familia de más de 15 000 compuestos orgánicos que tienen una actividad biológica que ejerce diferentes influencias sobre nuestro organismo, en especial sobre el sistema nervioso central.

Entre otras cosas, esa actividad biológica se manifiesta en que, a concentraciones bajas, los alcaloides son fisiológicamente activos en los animales, de donde derivan sus múltiples usos en medicina, farmacología y fitoterapia, bien en estado puro, bien por quimiosíntesis como drogas vegetales. Existen innumerables plantas que contienen alcaloides como la quinina, la morfina, la codeína, la cafeína, la teína, la teobromina, la atropina, la escopolamina, la nicotina y un largo etcétera.

Algunos alcaloides pueden encontrarse en la piel de ciertos animales, como la bufotoxina (la segregan los sapos) o la batracotoxina (uno de los alcaloides más potentes conocidos) que segregan las ranas del género Phyllobates, una de las cuales, P. terribilis, produce un alcaloide con tales poderes tóxicos y concentración que un solo miligramo podría matar a diez hombres. También producen alcaloides muchos artrópodos como los ciempiés, mariquitas, hormigas, etc.

No obstante, la mayoría de los alcaloides son considerados como “vegetales”. Se calcula que un 10 % del total de las especies “vegetales” contienen algún tipo de estos compuestos. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides producen efectos psicoactivos en los animales, por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor.



El uso de la belladona como planta medicinal se remonta a hace miles de años. Contiene altas cantidades de alcaloides tropánicos. Su principio activo es la atropina que se concentra fundamentalmente en sus raíces y en sus bayas de color negro de olor fuerte y desagradable. La atropina es un polvo blanco, cristalino e inodoro, pero en medicina se aplica como sulfato de atropina que es muy soluble en agua. En el cuerpo humano, la atropina bloquea la producción de una molécula esencial para la transmisión del impulso nervioso, la acetilcolina, un neurotransmisor

Además de dilatar las pupilas, los efectos inducidos por la atropina pueden producir, en dosis leves, la reducción de la salivación, la sudoración y las flemas, por lo que se aplica en ocasiones antes de las operaciones quirúrgicas. En dosis más elevadas aumentan el pulso y el ritmo respiratorio, la acción de los músculos involuntarios decrece, la frecuencia cardíaca se acelera, la dilatación de las pupilas es muy marcada y se inhibe la acomodación ocular, es decir, el cristalino se fija para la visión lejana y los objetos cercanos se ven borrosos. En dosis muy altas la atropina puede producir alucinaciones visuales y auditivas.

En medicina popular se utilizaban las hojas desecadas, a veces mezcladas con las ramitas floridas para el tratamiento sintomático de toses, para el estreñimiento por su actividad espasmolítica, para el tratamiento de dolores inducidos por trastornos funcionales del tubo digestivo, pero el riesgo que supone su utilización desaconseja su uso.

En cosmética se ha utilizado el jugo o el agua destilada de los tallos y hojas para mantener la piel de la cara tersa y blanca; el fruto proporciona un polvillo utilizado para enrojecer las mejillas. También se ha utilizado para dilatar las pupilas. Al parecer era costumbre en la antigüedad añadir al vino los frutos de belladona, con el fin de conseguir efectos alucinógenos.

A pesar de que la belladona no provoca ninguna adicción ni física ni psicológica, se recomienda mucha prudencia en su uso, siempre restringido a prescripciones médicas controladas. Ahora bien, como es una planta que puede encontrarse en el campo, especialmente en el norte de España, existe riesgo de intoxicación.

En caso de envenenamiento accidental lo recomendable es tomar lo más pronto posible alguna sustancia que provoque el vómito, como un vaso grande de vinagre caliente o agua de mostaza, seguido de un vaciado estomacal con una dosis de magnesia o estimulantes como café cargado. De ser necesario hay que ayudar al paciente con respiración artificial.

La belladona está incluida en la Orden SCO/190/2004, de 28 de enero, por la que se establece la lista de plantas cuya venta al público queda prohibida o restringida por razón de toxicidad. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca



miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA HIERBA QUE LOS CONEJOS NO SE ATREVEN A COMER

 

Durante años estamos asistiendo en el Real Jardín Botánico a una demostración cotidiana de lo que puede hacer un herbívoro con un apetito formidable y escasas preocupaciones paisajísticas. Los conejos arrasan buena parte de las herbáceas que encuentran a su paso, pero hay una planta a la que parecen haber concedido una especie de inmunidad diplomática: Heliotropium europaeum. Mientras otras plantas sucumben a los incisivos de nuestros visitantes, los heliotropos permanecen intactos.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué tiene esta humilde hierba para que los conejos la respeten? La respuesta podría encontrarse en una sofisticada industria química que la planta mantiene en funcionamiento sin chimeneas, trabajadores ni inspectores de sanidad.

El heliotropo europeo pertenece a las boragináceas, una familia que incluye plantas tan conocidas como las borrajas, las viboreras y los nomeolvides. Es una herbácea anual, de aspecto grisáceo, cubierta de pelos y con pequeñas flores blancas dispuestas en inflorescencias que se curvan sobre sí mismas. Estas estructuras reciben el nombre de cimas escorpioides porque recuerdan a la cola de un escorpión. El parecido resulta particularmente oportuno: aunque nuestro heliotropo carece de aguijón, parece haber encontrado otra manera de defenderse.

Su nombre procede del griego helios, sol, y tropos, giro. Los antiguos atribuían a los heliotropos la capacidad de orientar sus flores siguiendo el movimiento del Sol. Nuestra protagonista crece en terrenos removidos, barbechos y márgenes de caminos. Tiene el aspecto de esas hierbas que los jardineros arrancan sin preguntarles el nombre. Pero su modestia exterior oculta un arsenal químico capaz de provocar lesiones gravísimas en los animales que la consumen.

Para comprenderlo debemos familiarizarnos con unas sustancias que tienen un nombre poco apropiado para una conversación de sobremesa: los alcaloides pirrolizidínicos. Son compuestos nitrogenados producidos por determinadas plantas, entre ellas numerosas boragináceas. Algunos pueden provocar lesiones hepáticas, alterar el ADN y favorecer la aparición de tumores. El heliotropo europeo fabrica varios de los más preocupantes.

Entre sus productos destacan la heliotrina, la europina y la lasiocarpina. Sus nombres podrían corresponder a tres hermanas de una novela rusa, pero designan sustancias que ningún veterinario desearía encontrar en el pienso de sus pacientes. Un estudio publicado en 2015 identificó treinta alcaloides pirrolizidínicos y derivados en ejemplares de esta especie y en forraje contaminado con ella. Los compuestos de los tipos heliotrina y lasiocarpina representaban aproximadamente el 80 % y el 18 % del contenido total, respectivamente.

Lo extraordinario es que el heliotropo no fabrica estas sustancias en cantidades testimoniales. En 1989, los ecólogos Dennis O'Dowd y John Edgar estudiaron dos poblaciones australianas y descubrieron que las plántulas podían acumular alcaloides en concentraciones superiores al 2,2% de su peso seco. Cuando las plantas se aproximaban al final de su ciclo vital, las concentraciones descendían por debajo del 0,5 %. Más del 95 % de los alcaloides se encontraba, por término medio, en forma de N-óxidos.

Es una inversión metabólica considerable. Las plantas no disponen de energía ilimitada y cada molécula que sintetizan requiere recursos que podrían haberse empleado en fabricar hojas, raíces o semillas. La defensa frente a los herbívoros constituye una explicación plausible para semejante despliegue químico.

Las plantas llevan cientos de millones de años enfrentándose al inconveniente de ser comestibles. Algunas desarrollaron espinas, otras endurecieron sus tejidos y muchas aprendieron a fabricar sustancias que interfieren con la digestión, resultan desagradables o intoxican a sus consumidores. El heliotropo pertenece a este último grupo, aunque todavía no podemos asegurar que sus alcaloides sean los responsables concretos de la conducta que observamos en nuestros conejos.

Y aquí aparece una complicación fascinante. La toxicidad de una sustancia no equivale necesariamente a su capacidad para disuadir a un animal. Un veneno que actúa varios días después de la ingestión puede resultar formidable para matar a un herbívoro, pero bastante mediocre para convencerlo de que no dé el primer mordisco. Para conseguir esto último necesita producir alguna señal inmediata, como un sabor desagradable, o que el animal aprenda a relacionar el consumo de la planta con sus consecuencias.

Nuestros conejos podrían estar respondiendo al sabor de los alcaloides, a otras sustancias presentes en las hojas o incluso a su textura pilosa. También podrían haber aprendido a evitar la planta. La observación demuestra un rechazo aparente, pero todavía no permite identificar el mecanismo que lo produce. En ciencia conviene desconfiar de las explicaciones demasiado elegantes, especialmente cuando parecen escritas por las propias plantas.

El asunto se vuelve todavía más interesante cuando descubrimos que estos alcaloides no siempre son directamente responsables del daño que ocasionan. Muchos necesitan pasar por el hígado, donde determinadas enzimas del sistema citocromo P450 los convierten en metabolitos mucho más reactivos. Es uno de esos casos en los que nuestro organismo, intentando librarnos de un problema, termina agravándolo.

Estos metabolitos pueden unirse a proteínas y al ADN, provocar lesiones celulares y alterar el funcionamiento de los pequeños vasos sanguíneos hepáticos. Las intoxicaciones crónicas pueden producir fibrosis y daños irreversibles. Lo más inquietante es que algunas lesiones moleculares persisten mucho después de que el animal haya dejado de ingerir la planta.

No estamos hablando de una posibilidad meramente teórica. En 2014, un rebaño de 73 bovinos de la región israelí de Galilea recibió accidentalmente heno que contenía un 12% de heliotropo europeo. Los animales consumieron el forraje durante 42 días. Las primeras muertes aparecieron después de aquel periodo de alimentación y continuaron durante las semanas siguientes. Murieron 24 animales, aproximadamente un tercio del rebaño. Las necropsias revelaron lesiones hepáticas graves y fibrosis.

El episodio también revela algo importante: las vacas consumieron la planta porque estaba mezclada con el heno. Una cosa es encontrarse un heliotropo vivo en el campo, rodeado de alternativas alimentarias, y otra recibirlo troceado y seco junto con el resto de la comida. El secado no garantiza la destrucción de sus alcaloides.

Esto nos devuelve a nuestros conejos y plantea una cuestión evolutiva. Si la toxicidad del heliotropo está tan bien documentada, ¿por qué no lo evitan todos los herbívoros? La respuesta es que la relación entre las plantas y sus consumidores depende de diferencias fisiológicas, capacidades de metabolización y comportamientos alimentarios que varían según la disponibilidad de comida y la experiencia.

De hecho, el estudio australiano de O'Dowd y Edgar proporciona un dato que impide convertir a nuestro heliotropo en una planta universalmente rechazada. En las dos localidades investigadas, las ovejas consumían H. europaeum y reducían tanto la densidad como la biomasa de sus poblaciones. Mientras que nuestras observaciones apuntan a un rechazo persistente por parte de los conejos, aquellas ovejas australianas consumían la misma especie vegetal.

Hay otro aspecto interesante. Los herbívoros no solamente consumen vegetación: modifican las relaciones competitivas entre las especies. Cuando eliminan unas plantas y respetan otras, alteran la disponibilidad de luz, agua, nutrientes y espacio. Las especies rechazadas pueden beneficiarse indirectamente de la desaparición de sus competidoras, un fenómeno ecológico conocido como liberación competitiva.

Una planta que no resulta especialmente competitiva en ausencia de herbívoros puede adquirir una ventaja considerable cuando estos eliminan sistemáticamente a sus vecinas. No necesita crecer más deprisa, desarrollar raíces más profundas ni producir más semillas. En determinadas circunstancias, le basta con resultar menos apetecible.

Nuestras parcelas protegidas y abiertas constituyen un escenario especialmente interesante para investigar este proceso. Cinco años de observaciones permiten reconocer un patrón persistente, aunque demostrar sus consecuencias sobre la competencia vegetal exige comparar cuantitativamente la cobertura, la abundancia y el éxito reproductivo de las distintas especies.

Durante mucho tiempo hemos interpretado las defensas vegetales a partir de sus manifestaciones más evidentes. Una espina parece un arma porque podemos verla y sentirla. Una hoja coriácea anuncia que será difícil de masticar. Las defensas químicas, en cambio, permanecen ocultas hasta que la investigación descubre su existencia o algún animal tiene la desgracia de comprobar sus efectos.

Quizá por eso me resulta tan sugerente lo que ocurre en nuestras parcelas. Los conejos, que no han leído un solo artículo de toxicología vegetal, parecen haber llegado a una conclusión práctica que nosotros hemos tardado bastante más en investigar. No sabemos todavía si reconocen el sabor de los alcaloides, si desconfían de los pelos que recubren las hojas o si alguna experiencia desagradable les ha enseñado a mantenerse alejados. Lo que sí sabemos es que el heliotropo dispone de una maquinaria química considerable y que, durante cinco años, nuestros visitantes han preferido dedicar sus esfuerzos gastronómicos a otras especies.

Tal vez la mejor manera de contemplar esta planta sea imaginar que, en medio de una pradera frecuentada por conejos, existe un pequeño restaurante que nadie visita. No tiene espinas en la puerta, carteles de advertencia ni un vigilante que impida la entrada. Su propietario se limita a ofrecer un menú que, por razones todavía pendientes de esclarecer, los clientes habituales parecen haber decidido no probar.

Y mientras los conejos devoran el jardín, el heliotropo continúa floreciendo.

domingo, 5 de marzo de 2023

Un botánico en el quirófano y una brevísima historia de la anestesia



La rueda, la máquina de vapor, el telégrafo y el teléfono, el hormigón, la bombilla, el fuego, la pólvora, la imprenta, internet y así hasta quince invenciones más constituyen la lista de los inventos más importantes de la historia elegida a través de una encuesta. Nadie pondría ninguna objeción salvo si, como se encontraba un servidor la semana pasada, estuviera viajando en una camilla camino del quirófano. Para mí, como para cualquiera que estuviese en mi lugar, la anestesia debería incluirse en cualquier lista de grandes descubrimientos de la humanidad.

Caballeros, esto no es ninguna tontería

«Anestesia» significa literalmente «sin sensación». El estado de somnolencia o insensibilidad producido por una sustancia narcótica se llama narcosis. La primera narcosis, es decir, la primera operación realizada bajo anestesia general se llevó a cabo el 16 de octubre de 1846 en el Hospital General de Boston, cuando el dentista William Morton anestesió a un paciente llamado Edward Abbott, haciendo que inhalara éter etílico. Abbott tenía un tumor en el cuello que el cirujano, John Collins Warren, le extirpó en cinco minutos mientras él dormía plácidamente. Todo salió bien y el paciente se despertó como si nada después de la intervención. Warren quedó muy impresionado y pronunció una frase premonitoria: «Gentlemen, this is no humbug» («Caballeros, esto no es ninguna tontería»).

Un parto real y un anestesista aficionado

Aquel fue un punto de inflexión en la historia de la cirugía que, siete años después, se divulgaría gracias al parto sin dolor del octavo y último hijo de la reina Victoria de Inglaterra. La mujer más poderosa del mundo no podía soportar los dolores del alumbramiento. La reina había vivido los partos de sus siete primeros hijos como otros tantos traumas insufribles. En 1853 se quedó otra vez embarazada y el mal trago que se avecinaba estaba empezando a ponerla histérica. Su marido, el príncipe Alberto, decidió que la cosa no podía seguir así y llamó a palacio a un tal doctor John Snow: había llegado la hora de probar la anestesia.

Snow era un médico inglés que sería considerado padre de la epidemiología moderna después de que en 1854 demostrara que el cólera desatado en Londres era causado por el consumo de aguas contaminadas con materias fecales. En realidad, aunque Snow era un médico concienzudo, era un anestesista aficionado cuya experiencia en lo que luego se llamaría anestesiología era puramente teórica: había escrito un libro sobre el éter y el cloroformo, y había desarrollado una mascarilla especial para administrar lentamente el cloroformo y controlar las dosis. Eso era todo.

Snow no era consciente de los riesgos de lo que iba a hacer ni qué efectos secundarios podían presentarse en la reina o en su futuro hijo. Nadie había anestesiado jamás a una embarazada ni nadie sabía siquiera si podía hacerse. Inexperto pero atrevido, Snow debió acudir a palacio un tanto acongojado. Una vez al lado del lecho de su majestad, puso sobre la nariz y la boca de la reina un simple pañuelo limpio sobre el cual había vertido unas gotas de cloroformo.

El cloroformo no llegó a aturdir a la reina en ningún momento: su graciosa majestad se mantuvo consciente durante todo el parto dándose cuenta de que las temidas y dolorosas contracciones eran prácticamente indoloras mientras en los intervalos se encontraba perfectamente bien. El niño nació sin problemas. En palabras de la propia Victoria: «... el maravilloso cloroformo, increíblemente reconfortante y placentero».



Aunque, como de costumbre, los religiosos se escandalizaron porque la Biblia dice que las mujeres deben parir con dolor, la sociedad europea acogió con alborozo la noticia. En Francia, el uso del cloroformo —al que se le dio el pegadizo nombre de l’anesthésie à la reine— se popularizó enormemente. La anestesia revolucionó los quirófanos: en adelante la nueva cirugía sólo sería posible bajo anestesia general.

El cloroformo que entusiasmó a la reina Victoria dejó de utilizarse en el siglo XX cuando se descubrió que podía causar daños hepáticos y arritmia cardíaca. El éter, su alternativa, también fue reemplazado por el óxido nitroso (N2O), conocido como gas hilarante, una sustancia narcótica muy potente y fácil de administrar que en 1884 había utilizado por primera vez el odontólogo Horace Wells, pero que ya no se utiliza por un motivo de peso: resultó ser un potente gas de efecto invernadero, hasta tres veces más dañino para el medio ambiente que el dióxido de carbono.

Entonces, alguien se acordó de las plantas.

 Anestesiología y metabolitos secundarios de las plantas

Hoy en día la anestesiología es una especialidad clínica en sí misma, y con razón. Los días en que se administraban cuatro gotas de éter con un pañuelo han pasado a la historia. En la anestesia general moderna se utilizan tres tipos de medicamentos. Uno provoca sueño (narcosis) y amnesia. Sin embargo, no suprime completamente procesos de reacción al dolor como el aumento de la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la piel de gallina y el sudor. Por eso también se administran analgésicos potentes. A menudo se trata de derivados del opio.

Muchas veces también se administra un relajante muscular para evitar que los músculos se tensen como reacción a la manipulación que sufren en el quirófano. Los relajantes musculares proceden del curare, el veneno que los indios amazónicos usan para envenenar sus flechas. Esta triple combinación deja al paciente relajado y dormido e impide que su cuerpo reaccione a la operación.

En el origen de la anestesiología moderna están las plantas. Como consecuencia de su metabolismo, las plantas producen metabolitos primarios (como hidratos o proteínas que utilizan para su crecimiento y desarrollo) y metabolitos secundarios que emplean con diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a los herbívoros.

Los metabolitos secundarios sintetizados por las plantas a partir de sus aminoácidos se llaman alcaloides. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides provocan efectos psicoactivos intensos por lo que se emplean mucho para tratar problemas mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la atropina, la quinina, la cafeína, la estricnina, la tubocuranina y la morfina.

En los brazos de Morfeo: el opio y sus derivados

Adormidera, Papaver somniferum.

El término «opio» deriva del griego ópion que significa ‘jugo’, refiriéndose al látex, una secreción seca y pegajosa que exuda la cápsula de la adormidera Papaver somniferum. El opio contiene veinticuatro alcaloides diferentes, lo que le convierte en todo un arsenal de potencial uso farmacológico. El alcaloide más abundante, la morfina, constituye alrededor del 10% del extracto de opio crudo. 

En 1803 un boticario alemán, Friedrich Serturner, fue el primero en aislar morfina pura de ese látex de adormidera. Al compuesto que obtuvo le llamó morfina, en honor a Morfeo, el dios romano de los sueños. La morfina es un narcótico, una molécula que adormece los sentidos (eliminando así el dolor) e induce el sueño.

Hoy en día, la morfina y sus compuestos relacionados siguen siendo los analgésicos más eficaces que se conocen. Desgraciadamente, el efecto calmante o analgésico trae consigo una fuerte adicción. Su amplio uso en la Guerra de Secesión, por ejemplo, dejó unas 400 000 víctimas adictas a la morfina, una adicción que pasó a conocerse como la “enfermedad del soldado. La codeína, un compuesto similar que se encuentra también en el opio, pero en cantidades mucho más pequeñas (alrededor del 0,3 al 2%), es menos adictiva, pero también es un analgésico menos potente.

La investigación de por qué la morfina y los alcaloides similares son analgésicos tan eficaces es que modifican selectivamente la forma en que el cerebro percibe el dolor. La morfina imita e incrementa la acción de las endorfinas, compuestos que se encuentran en concentraciones muy bajas en el cerebro que sirven como analgésicos naturales cuya concentración aumenta en los momentos de estrés.

Curares: de la selva amazónica al quirófano



El término curare se aplica genéricamente a diversos venenos elaborados con extractos de numerosas plantas diferentes. Con el curare, o mejor dicho con los curares, porque no hay dos mezclas iguales, los indios impregnaban flechas y cerbatanas que causaban parálisis progresiva, que podía ser mortal cuando las toxinas difundían a los músculos respiratorios.

En 1856, el fisiólogo francés Claude Bernard descubrió que, al inyectar curare a una rana sus músculos se detenían completamente, ¡pero el corazón seguía latiendo! El curare era, sin lugar a duda, una herramienta farmacológica con mucho potencial. El problema es que estaba compuesto por demasiados ingredientes… ¿Cuál de ellos era el responsable del efecto paralizante?

El curare es una mezcla de muchos alcaloides, entre los cuales la droga más activa es la tubocuranina, cuya fórmula se identificó en 1935. Tal es la potencia de este alcaloide que si un dardo con tubocuranina se inyecta en la sangre, el alcaloide difunde rápidamente a los músculos y causa una parálisis súbita, de inmediato, en cuestión de segundos. ¿Cómo logra tener ese efecto?

La tubocuranina actúa bloqueando los receptores de acetilcolina del organismo. La acetilcolina es un neurotransmisor endógeno (producido por el cuerpo de manera natural) que actúa en el sistema nervioso en las uniones neuromusculares, que son las que envían la señal al músculo para que se contraiga. Por lo tanto, cuando la tubocuranina bloquea el receptor de acetilcolina, los músculos son incapaces contraerse y se produce la parálisis muscular.

Flores de la “pareira”, la liana amazónica Chondrodendrom tomentosum, una de las fuentes del curare de la que se obtiene el alcaloide d-tubocurarina (un potente relajante muscular). Fuente.

En anestesia, los curares se utilizan en la inducción para facilitar la intubación traqueal en las intervenciones que la requieren y de forma preoperatoria para optimizar las condiciones quirúrgicas, asegurando la relajación muscular y la inmovilidad del escenario quirúrgico. Los relajantes musculares que se utilizan hoy en anestesia ya no son derivados de la tubocurarina, sino que se sintetizan artificialmente y tienen un mejor perfil farmacológico como son el vecuronio, el atracurio, el cisatracurio o el rocuronio.

Epílogo

Y ahora, tumbado sobre la mesa de operaciones comienza la inducción, la fase en que se duerme al paciente. Una vez que estoy narcotizado, el anestesista tiene que vigilar en todo momento la frecuencia cardíaca, la presión sanguínea, el nivel de oxígeno en sangre y el nivel de dióxido de carbono en el aire exhalado. Para ello utiliza un manguito para la toma de presión arterial y electrodos en el pecho y el dedo. Durante la operación, realiza una monitorización mucho más amplia que incluye el nivel de sangre, la producción de orina, los niveles de azúcar en sangre y la coagulación.

Ya fuera qel quirófano, comienza la fase en la que despierto: la recuperación. Si estoy escribiendo esto es porque todo ha salido bien gracias a los profesionales de la sanidad pública, un pilar fundamental para el desarrollo del Estado del Bienestar sometida en los últimos años a una campaña generalizada para desprestigio y desmantelamiento tendente a privatizar los sistemas sanitarios públicos para hacer de la sanidad una oportunidad de negocio. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

jueves, 11 de junio de 2026

EL ANESTÉSICO DEL MATALOBOS

 

Matalobos (Aconitum napellus)

Hay plantas que parecen haber sido creadas para inspirar confianza. La manzanilla transmite serenidad incluso antes de que uno la convierta en infusión. La lavanda huele a ropa limpia y a vacaciones en la Provenza. La menta tiene la honestidad aromática de quien nunca ha ocultado sus intenciones a nadie. El caso del acónito es muy diferente.

El acónito posee una belleza sospechosa. Sus flores, agrupadas en espigas de un azul violáceo intenso, recuerdan pequeñas capuchas medievales o los cascos de ciertos guerreros antiguos. De ahí algunos de sus nombres populares: capuchón de monje, casco de Júpiter. Pero otros apelativos resultan mucho menos tranquilizadores: matalobos, hierba de los lobos o, en inglés, wolfsbane. No son exageraciones poéticas.

Hace algún tiempo, al elaborar una lista con una decena de las plantas más venenosas del mundo para este mismo blog, incluí sin vacilar al género Aconitum. Pocas especies vegetales han acumulado una reputación tan temible. Sus alcaloides figuran entre los tóxicos naturales más potentes conocidos, y bastan cantidades minúsculas para desencadenar alteraciones cardíacas potencialmente mortales. Durante siglos, cazadores y guerreros impregnaron con sus extractos las puntas de flechas destinadas a abatir lobos, osos y otros animales de gran tamaño.

Por eso resulta tan desconcertante descubrir que esta asesina botánica pudo haber desempeñado también un papel compasivo: aliviar el dolor humano. La historia comienza en una tumba de la dinastía Ming. Investigadores que estudiaban el ajuar funerario de Xia Quan, enterrado entre 1348 y 1411 en Jiangyin, al este de China, analizaron unas tijeras y unas pinzas quirúrgicas halladas entre sus pertenencias. Los instrumentos presentaban restos de un óxido rojizo adherido a pequeñas hendiduras y zonas difíciles de limpiar. En apariencia, no parecía gran cosa: apenas una costra microscópica acumulada durante más de seis siglos.

Sin embargo, los análisis químicos revelaron una sorpresa extraordinaria. Los residuos contenían compuestos orgánicos compatibles con la aconitina, uno de los principales alcaloides presentes en plantas del género Aconitum.

De pronto, aquellas tijeras dejaban de ser simples piezas arqueológicas. Se convertían en testigos silenciosos de una práctica médica olvidada. La aconitina es, en términos estrictamente farmacológicos, una molécula terrible. Actúa sobre los canales de sodio de las membranas celulares, especialmente en neuronas y fibras musculares. Dichos canales funcionan como diminutas compuertas eléctricas imprescindibles para la transmisión de impulsos nerviosos. La aconitina las mantiene abiertas más tiempo del debido, alterando el delicado equilibrio electroquímico del organismo. El resultado puede comenzar con hormigueos alrededor de la boca, sensación de calor o entumecimiento, para progresar hacia náuseas, debilidad muscular y peligrosas arritmias cardíacas.

Los toxicólogos la conocen bien. Los pacientes intoxicados suelen describir una combinación inquietante de adormecimiento y consciencia preservada, como si el propio sistema nervioso comenzara a comportarse de manera caprichosa. En dosis suficientes, la muerte puede sobrevenir por fibrilación ventricular. Y, sin embargo, ahí estaban aquellas tijeras.

Los textos médicos chinos ofrecen una posible explicación. Los médicos Ming conocían la peligrosidad del acónito, pero también sabían que determinados procedimientos reducían considerablemente su toxicidad. Las raíces eran sometidas a complejos procesos de lavado, hervido y procesamiento destinados a disminuir la concentración de alcaloides activos. Aplicados tópicamente sobre la piel, esos preparados podían inducir un entumecimiento local suficiente para facilitar pequeñas intervenciones quirúrgicas: escisiones, drenajes o la retirada de tejido enfermo.

La imagen resulta fascinante. Mientras buena parte de Europa medieval todavía contemplaba la cirugía con una mezcla de resignación y valentía estoica —la anestesia general no llegaría hasta el siglo XIX—, un cirujano chino podía estar impregnando cuidadosamente sus instrumentos con derivados de una de las plantas más peligrosas del planeta para aliviar el sufrimiento de sus pacientes. No deja de ser una extraordinaria paradoja. Pero quizá no debería sorprendernos tanto.

La historia de la medicina está llena de sustancias que habitan peligrosamente la frontera entre el remedio y el veneno. La adormidera nos proporcionó la morfina, probablemente el analgésico más eficaz jamás descubierto, y también algunas de las formas más devastadoras de dependencia. La dedalera, utilizada para tratar ciertas enfermedades cardíacas, contiene glucósidos capaces de desencadenar intoxicaciones graves. Incluso el tejo, árbol asociado durante siglos a cementerios y toxicidad, acabó proporcionando el paclitaxel, uno de los fármacos antitumorales más importantes del siglo XX.

La naturaleza parece incapaz de distinguir entre la compasión y la crueldad. Somos nosotros quienes trazamos esa línea. El propio acónito posee una biografía extraordinaria. Los antiguos griegos afirmaban que había brotado de la espuma caída de las fauces de Cerbero cuando Hércules arrastró al perro del inframundo hasta la superficie. Algunos filólogos creen que su nombre deriva de akone, «piedra», en alusión a los terrenos rocosos donde prospera; otros prefieren relacionarlo con términos vinculados a la muerte, una interpretación menos académica pero difícilmente discutible.

Distribuido por regiones templadas del hemisferio norte, el género Aconitum comprende más de doscientas especies adaptadas a montañas húmedas y bosques frescos. Sus flores continúan adornando jardines de medio mundo, probablemente porque la humanidad nunca ha sabido resistirse del todo a aquello que puede matarla. El hallazgo descrito por Ling y sus colaboradores posee, además, otra virtud: obliga a revisar nuestros prejuicios sobre la medicina antigua.

Aconitum napellus. Izquierda: detalles de la flor despiezada. Centro: porte general. Derecha: esquema de una sección de la flor de la que se han eliminado los pétalos laterales para mostrar el ovario y los estambres.

Existe cierta arrogancia moderna al imaginar que nuestros antepasados actuaban guiados únicamente por supersticiones y casualidades afortunadas. La realidad suele ser más interesante. Trabajaban mediante ensayo y error, sí, pero acumulaban observaciones durante generaciones enteras. Aprendían qué dosis resultaban peligrosas, qué preparaciones reducían la toxicidad y qué aplicaciones merecían conservarse. No disponían de ensayos clínicos aleatorizados ni de agencias reguladoras.

Disponían de memoria. Y esa memoria colectiva, transmitida a través de tratados, maestros y aprendices, permitió a los cirujanos Ming domesticar —aunque fuera parcialmente— uno de los venenos vegetales más temibles conocidos. Quizá esa sea la enseñanza más hermosa de esta historia. Las flores azuladas del acónito siguen siendo tan peligrosas hoy como hace seiscientos años. La aconitina continúa figurando entre los alcaloides naturales más tóxicos. Pero unas microscópicas manchas rojizas adheridas a unas tijeras enterradas en una tumba china nos recuerdan que la medicina nació muchas veces precisamente ahí, en la frontera incierta entre el miedo y la necesidad.

El mismo veneno que mataba lobos podía aliviar el dolor humano. Todo dependía de quién lo manejara, cuánto utilizara y cuánto hubiera aprendido de quienes le precedieron. Y sospecho que ninguna definición de medicina ha logrado mejorar todavía esa vieja y humilde fórmula.

viernes, 15 de mayo de 2026

BELEÑO NEGRO: LA PLANTA QUE HACÍA VOLAR A LAS BRUJAS

 

Beleño negro o hierba mora (Hyoscyamus niger) en la fortaleza de Suomenlinna, cerca de Helsinki, Finlandia. Foto de Anneli Salo. 

Las solanáceas son una familia botánica con problemas de personalidad. En un extremo producen patatas, tomates, berenjenas y pimientos; en el otro, plantas capaces de provocar delirios, amnesias, alucinaciones y alguna que otra conversación con el demonio. Pocas familias vegetales han contribuido tanto al progreso de la cocina y, simultáneamente, al desarrollo histórico de la brujería europea. Uno puede cenar tranquilamente una tortilla de patatas mientras contempla, a escasos metros, un beleño negro creciendo en una cuneta con aspecto de conocer secretos desagradables.

El beleño negro, Hyoscyamus niger, pertenece precisamente a esa rama sombría de las solanáceas. Toda la planta es tóxica. Hojas, semillas, raíces y flores contienen alcaloides tropánicos como la hiosciamina y la escopolamina, sustancias que actúan sobre el sistema nervioso con la eficacia brutal de una ganzúa química. La hiosciamina es además precursora de la atropina, célebre compuesto utilizado todavía hoy en medicina para dilatar pupilas, tratar ciertas bradicardias o combatir intoxicaciones concretas. Lo fascinante —y alarmante— es que las mismas moléculas que permitieron avances farmacológicos notables también podían convertir una sobremesa medieval en una experiencia metafísica de consecuencias inciertas.

Porque el beleño posee una larga carrera médica y criminal a partes iguales. Durante siglos se empleó para aliviar dolores dentales, combatir el insomnio, tratar espasmos, calmar ataques asmáticos o sedar a pacientes con delirium tremens. La antigua farmacopea mantenía con estas plantas una relación muy parecida a la de un domador con un tigre hambriento: mientras todo saliera bien, el espectáculo resultaba admirable; cuando salía mal, el desenlace era rápido y bastante educativo para los espectadores.

El efecto del beleño negro no es exactamente una alucinación convencional. Las descripciones históricas coinciden una y otra vez en sensaciones de ligereza extrema, flotación o vuelo. El sujeto intoxicado siente que abandona el suelo con una perseverancia tan sólida que resulta inútil discutirlo. Esto explica buena parte de la reputación mágica de la planta. Durante siglos formó parte de ungüentos y pócimas atribuidos a hechiceras y brujas, normalmente acompañado de otras amables especies de la familia como la belladona, la copa de oro y el estramonio, además de invitados externos igualmente poco recomendables, como la cicuta. La teoría moderna sostiene que muchos relatos medievales de vuelos nocturnos y aquelarres probablemente nacieron menos de Satanás y más de la absorción cutánea de alcaloides tropánicos.

Lo cierto es que la química de las solanáceas tiene algo de teatral. La misma familia vegetal que alimentó a media Europa con la patata también produjo algunas de las plantas más peligrosas del continente. La patata, por ejemplo, pertenece a la especie Solanum tuberosum, el pimiento al género Capsicum y el tomate a la especie Solanum lycopersicum. Las tres, como su compadre el tabaco (Nicotiana tabacum) contienen asimismo alcaloides defensivos, aunque en concentraciones mucho menores y generalmente inocuas en los frutos maduros. Las plantas no producen estas sustancias pensando en la humanidad; las producen porque no desean ser comidas por insectos, mamíferos o cualquier criatura con malas intenciones. Nosotros simplemente aprendimos, a base de siglos de ensayo y error, qué partes podían cocinarse sin terminar viendo ángeles o notarios celestiales.

El género Hyoscyamus posee un aspecto característico y ligeramente inquietante. Son plantas robustas, cubiertas de pelos glandulosos que les proporcionan una textura pegajosa y un olor desagradable, mezcla de tabaco viejo, establo húmedo y medicina caducada. No parecen plantas amistosas. El beleño negro, en particular, presenta hojas grandes, blandas y sinuosas, con un tono verde oscuro algo enfermizo. Sus flores son extraordinarias: amarillentas, atravesadas por venas púrpuras o violáceas que recuerdan pequeñas redes capilares. Hay algo anatómico en ellas, como si la flor hubiese sido diseñada por un estudiante de medicina obsesionado con las disecciones.

Botánicamente, distinguir el beleño negro del beleño blanco, Hyoscyamus albus, no resulta demasiado complicado una vez conocidos algunos detalles. El beleño blanco suele presentar flores más claras y uniformes, de amarillo pálido o crema, sin el marcado reticulado violáceo que convierte a H. niger en una especie tan reconocible. También tiene un aspecto general más limpio y luminoso, si semejante adjetivo puede aplicarse a una planta venenosa. El beleño negro, por el contrario, parece siempre ligeramente sucio, sombrío, como si hubiera dormido vestido bajo la lluvia.

Las hojas ofrecen también pistas útiles. En H. niger suelen ser más oscuras, viscosas y densamente pubescentes. La planta entera transmite una impresión pegajosa y áspera. H. albus, mucho más frecuente en ambientes mediterráneos cálidos y secos, posee un porte algo más delicado y menos agresivo visualmente. Ambos, sin embargo, comparten cierta predilección por terrenos removidos, ruinas, corrales abandonados y bordes de caminos. Son plantas de lugares marginales, como si sospecharan que la civilización humana no termina de apreciarlas. Y quizá tengan razón.

La literatura sobre los beleños es inmensa. De Materia medica, el tratado escrito por Dióscorides, ya les dedicaba extensas observaciones hace casi dos mil años. Desde entonces, médicos, herboristas, botánicos, toxicólogos y aficionados a lo oculto no han dejado de escribir sobre ellos. Hay plantas útiles; hay plantas bellas; y luego están las plantas que parecen arrastrar una biografía. El beleño negro pertenece claramente a esta última categoría.

Hoy sigue creciendo en descampados y cunetas europeas, silencioso y casi ignorado. Los automóviles pasan junto a él sin sospechar que esa hierba pegajosa formó parte de rituales mágicos, anestesias primitivas y pesadillas medievales. Mientras tanto, sus parientes domésticos continúan llenando cocinas de salsa de tomate, pimientos asados y purés de patata. Las solanáceas nunca eligieron entre alimentar a la humanidad o intoxicarla. Decidieron hacer ambas cosas al mismo tiempo, quizá porque la naturaleza, a diferencia de nosotros, jamás ha visto contradicción alguna entre el remedio y el veneno.

sábado, 3 de julio de 2021

La adormidera y las protestas de Hong Kong

 

El opio, precursor de la morfina y la codeína, se extrae del látex que producen los frutos de Papaver somniferum. 

En Hong Kong, colonia británica hasta 1997 cuando pasó a ser una Región Administrativa Especial de la República Popular China, se han sucedido desde 2019 una serie de protestas y grandes manifestaciones en demanda de democracia que ni siquiera cesaron en plena pandemia. 

Dada la tendencia humana a desear aquellas cosas que nos hacen sentir a gusto, no es sorprendente que durante milenios se hayan buscado y apreciado tres moléculas alcaloides diferentes: la morfina de la adormidera, la nicotina del tabaco y la cafeína procedente del té, del café y del cacao. Pero, aunque estas moléculas han aportado enormes beneficios a la humanidad, también han creado problemas geopolíticos cuyas consecuencias siguen teniendo plena vigencia. Las tres moléculas se juntaron inesperadamente en un cruce de la historia que derrocó a la última dinastía imperial china, la dinastía Qing, estableciendo en su lugar la República China, después de que Hong Kong hubiera caído en manos inglesas.

Aunque en la actualidad se asocia principalmente con el Triángulo Dorado, la región fronteriza de los países de Birmania, Laos y Tailandia, la adormidera, Papaver somniferum, es originaria del Mediterráneo oriental. Es muy posible que los productos de la adormidera, sobre todo el opio, un alcaloide narcotizante extraído del látex de sus frutos, hayan sido recolectados y apreciados desde tiempos prehistóricos. Las pruebas arqueológicas sugieren que hace más de cinco mil años se conocían las propiedades del opio en el delta del río Éufrates, generalmente acreditado como el sitio de la primera civilización humana reconocible como tal.

En Chipre se han descubierto indicios arqueológicos del consumo de opio hace al menos tres mil años. El opio se incluyó en las listas de hierbas y remedios curativos de los griegos, fenicios, minoicos, egipcios, babilonios y otras civilizaciones de la antigüedad. Supuestamente alrededor del 330 a.C., Alejandro Magno llevó el opio a Persia y la India, desde donde el cultivo se extendió lentamente hacia el este y llegó a China aproximadamente en el siglo VII.


Durante cientos de años, el opio siguió siendo una hierba medicinal, bien para beber como una infusión amarga o bien ingerida comprimida a modo de pellets. En el siglo XVIII, y en particular en el XIX, los artistas, escritores y poetas de Europa y Estados Unidos usaban el opio para lograr un estado mental onírico que se pensaba que aumentaba la creatividad. Al ser menos costoso que el alcohol, el opio también se usaba como un embriagante barato entre los pobres.

Durante esos años, su capacidad de crear hábito, si es que se conocía, rara vez fue motivo de preocupación. Su uso era tan generalizado que incluso a los bebés pequeños y a los niños en fase de dentición se les administraban preparados de opio que se anunciaban como jarabes calmantes y que contenían hasta un 10% de morfina. El láudano, una solución de opio en alcohol recomendada a menudo para las mujeres, se consumía ampliamente y estaba disponible en cualquier farmacia sin receta. Era una forma de opio socialmente aceptable hasta que fue prohibida a principios del siglo XX.

"Drogar" a los bebés es una práctica que nos ha acompañado durante muchos siglos. Sin ir más lejos, estos preparados, como el jarabe de la señora Winslow, no dejaron de administrarse a los niños hasta bien entrado el siglo XX. En 1845, los farmacéuticos Jeremiah Curtis y Benjamin A. Perkins, de Maine (EE. UU.), se asociaron para comercializar este remedio que, según contaron, había ideado la señora Charlotte Winslow, suegra de Curtis, tras ejercer durante años de enfermera. Su efecto calmante era mucho más rápido y eficaz que cualquiera de los utilizados hasta la fecha e incluso hoy en día, porque contenía morfina, un derivado del opio.

En China, el opio ha sido una hierba medicinal respetable durante cientos de años. Pero la introducción de una nueva planta con alcaloides, el tabaco, cambió su papel en la sociedad china. Fumar era desconocido en Europa hasta que Cristóbal Colón, al final de su segundo viaje en 1496, trajo el tabaco del Nuevo Mundo, donde lo había visto usar. A pesar de las severas sanciones por posesión o importación en muchos países de Asia y Oriente Medio, el consumo de tabaco se extendió rápidamente.

En China, a mediados del siglo XVII, el último emperador de la dinastía Ming prohibió fumar tabaco. Posiblemente, como sugieren algunos informes, los chinos comenzaron a fumar opio como sustituto del tabaco prohibido. Otros historiadores responsabilizan a los portugueses residentes en los pequeños puestos comerciales en Formosa (ahora Taiwán) y Amoy, en el Mar de China Oriental, por haber inducido a los comerciantes chinos a mezclar opio con tabaco.

El efecto de alcaloides como la morfina y la nicotina cuando se absorben directamente en el torrente sanguíneo a través del humo, es extraordinariamente rápido e intenso. Cuando se toma de esta manera, el opio se vuelve adictivo rápidamente. A principios del siglo XVIII, el consumo de opio estaba muy extendido por toda China. En 1729, un edicto imperial prohibió la importación y venta de opio, pero probablemente ya era demasiado tarde. Ya existía una cultura de fumar opio y una vasta red de distribución y comercialización relacionada con el opio.

Aquí es donde entra en juego nuestro tercer alcaloide, la cafeína. Los comerciantes europeos no estaban muy satisfechos del comercio con China. Había pocos productos básicos que China estuviera dispuesta a comprar a Occidente, y menos los productos manufacturados que los holandeses, británicos, franceses y otras naciones comerciales europeas querían vender. En cambio, las exportaciones chinas tenían demanda en Europa, particularmente el té. Probablemente la cafeína, la molécula alcaloide ligeramente adictiva presente en el té, alimentó el apetito insaciable de Occidente por las hojas secas de un arbusto que se había cultivado desde la antigüedad en China.

Fumadero clandestino de opio en Chinatown Nueva York, hacia 1925


Los chinos estaban predispuestos a vender su té, pero querían que les pagaran en monedas o en lingotes de plata. Para los británicos, comprar té con plata no encajaba en su concepto de comercio. Pronto se dieron cuenta de que había un bien, aunque ilegal, que los chinos deseaban y no tenían. Así, Gran Bretaña entró en el negocio del opio. El opio, cultivado en Bengala y otras partes de la India británica por agentes de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se vendía a comerciantes independientes. Luego era revendido a importadores chinos, a menudo bajo la protección de funcionarios chinos sobornados.

En 1839, el Gobierno chino intentó detener este comercio prohibido pero floreciente. Confiscó y destruyó un suministro de opio para un año depositado en unos almacenes del puerto de Cantón y en algunos barcos británicos que esperaban ser descargados en los muelles de esa ciudad. Solo unos días después, un grupo de marineros británicos borrachos fue acusado de matar a un granjero local, lo que dio a los británicos una excusa para declarar la guerra a China. La victoria británica en lo que ahora se llama la Primera Guerra del Opio (1839-1842) cambió la balanza comercial entre las naciones. Se exigió que China pagara una cantidad enorme en concepto de reparaciones de guerra, que abriera cinco puertos chinos al comercio británico y que cediera Hong Kong como colonia de la corona británica.

Casi veinte años después, otra derrota china en la Segunda Guerra del Opio, que involucró tanto a franceses como a británicos, le arrancó más concesiones a China. Se abrieron más puertos al comercio exterior, se permitió a los europeos el derecho de residencia y viaje, se otorgó libertad de movimiento a los misioneros cristianos y, finalmente, se legalizó el comercio del opio. El opio, el tabaco y el té se convirtieron en los responsables de acabar con siglos de aislamiento chino. China entró en un período de agitación y cambio que culminó con la Revolución de 1911.

En Hong Kong, el problema geopolítico continúa. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca